Capítulo 58
CeCe
—¿Por qué estoy tan nerviosa? —le pregunto a mi madre—. Esto es solo por diversión.
—Porque es tu hombre y quieres que gane, cariño, aunque sea por caridad.
Asiento con la cabeza. Tiene razón: quiero verlo ganar. Quedan tres minutos del tercer tiempo del partido benéfico en el Festival del Atardecer, y los Profesionales y los Lugareños están empatados.
Nash tiene un aspecto increíble ahí fuera.
Siempre lo he visto jugar, desde que era pequeña, pero ahora es diferente.
Es un bólido sobre el hielo. Tan rápido, tan refinado, que es fácil entender por qué sus fans lo apodaron «El Cohete».
Los Profesionales no han sido muy duros con los Lugareños.
Han encajado goles dignos de fotografiar para mantener contenta a la afición local, aunque todo el mundo sabe que podrían machacarlos sin esfuerzo alguno.
Nash ha marcado tres de los ocho goles de su equipo contra el exportero de los Chicago Blackhawks , Damien Smith , quien está en la red de los Lugareños.
Cole y Wade están reviviendo los recuerdos más preciados de su infancia y han echado unas buenas y emocionantes carreras tras el disco con Nash .
Mi chico se mueve con total naturalidad, incluso cuando deja que el otro equipo marque algunos goles, y se lo ve tan feliz mientras juega que es contagioso.
—Voy a ser yo quien lo diga: está buenísimo, joder —susurra Olivia para que Mabel no la escuche.
Lo observo como lo hace ella. Lleva un jersey azul marino con la equipación a juego, algunos mechones oscuros se asoman por el casco, está sudoroso y tiene una mirada siniestra. Sí, está buenísimo.
Harry ni siquiera discutió cuando Nash le dijo que había encargado urgentemente jerséis personalizados para ambos equipos.
Y mientras estoy sentada en la grada con la camiseta del año en que ganó la copa con los Stars , Nash me mira y me guiña un ojo.
Luego se da un golpecito en el corazón con el pulgar y me señala mientras patina hacia la esquina de la pista para hacer el saque. Le devuelvo la sonrisa.
Llevo su nombre y su número en la espalda, a juego con su jersey, y me siento genial.
Somos un equipo. Ahora que Nash ha admitido lo que siente por mí, es como si hubiéramos abierto la caja de Pandora.
Me siento mimada a todas horas, todos los días, venerada como ahora sé que merezco, y nunca he sido tan feliz.
El disco cae, Nash se hace con él y se lo pasa a su antiguo compañero, Cory Kane . Ambos corren por la pista y Cory le devuelve el disco a Nash , quien lo intercepta de inmediato, pero el árbitro pita fuera de juego cuando es evidente que no lo era.
Antes de que me dé tiempo a contenerme, me levanto de golpe y empiezo a insultar a Roger Booth , mi antiguo profesor de ciencias, por haber pitado mal la falta.
Ginger me agarra del brazo y se parte de risa.
—Menos mal que no estabas con este hombre cuando jugaba en la NHL , te habrían echado de la pista —resopla.
—Eso no era falta —replico a la defensiva, y me vuelvo a sentar mientras todas las mujeres de mi vida se ríen de mí.
Vuelven a hacer el saque mientras el reloj sigue corriendo.
Finalmente, Nash y su antiguo compañero, Jackson Reynolds , se enfrentan en un dos contra uno contra Angus Brewer , un enorme albañil del pueblo que juega al hockey recreativo.
Nash le pasa el disco a Jackson , y estoy convencida de que Jackson va a intentar lanzar a portería.
No obstante, en el último segundo, le devuelve el disco a Nash , quien lo estampa en la red justo por encima del hombro de Damien , y todo el estadio enloquece, incluida yo.
Doy botes de alegría y choco los cinco con Mabel y mi madre. Soy una orgullosa fanática del hockey que salta en las gradas por el hombre que tiene mi corazón y no lo cambiaría por nada del mundo.
El día ha sido increíble. Prácticamente han venido todos los vecinos de los condados de los alrededores.
El clima ha sido perfecto e incluso parecía que el aire olía un poco a otoño.
En la vida me había sentido tan orgullosa de formar parte de algo, lo siento al ver todas las caras sonrientes de nuestros vecinos, tanto del pueblo como de los alrededores; al observar a los vendedores y dueños de negocios locales felices, y al contemplar a mi hombre en su salsa.
Cuando me despido de mi familia y aprovecho para charlar con muchos de los vendedores que han venido, presiento que esta ha sido la primera de muchas cosas buenas que Nash y yo haremos juntos y que saldrán así de bien.
Mi orgullo por trabajar con él va mucho más allá de mi profundo amor por él.
Proviene de nuestro amor compartido por esta comunidad y del gran cariño que él le tiene.
Quiere establecerse y echar raíces en Laurel Creek .
Nash dice que es su segunda fase en el pueblo, su fase conmigo.
Su «felices para siempre». Y siempre y cuando me siga mirando como hace en este mismo momento, mientras sale del vestuario recién duchado y se acerca a mí, estoy dispuesta a todo lo que me proponga, y probablemente siempre lo estaré.
Porque en lo que respecta a Nash Carter , estoy prácticamente a su merced.
—Quítate los pantalones, déjate el jersey —gruñe Nash mientras me empotra contra la pared de la entrada de su casa.
—¿Ni siquiera me vas a dejar entrar? ¿O quitarme las botas?
Nash gime mientras sus manos recorren mi cuerpo con avidez, como si yo fuera su salvavidas y él estuviera flotando a la deriva sin mí.
—Oh, te voy a dejar entrar, ya lo creo que sí. Hoy he marcado el gol de la victoria —me ruge al oído—. He jugado muy bien, cariño. Me merezco una recompensa.
—¿Ah, sí? —pregunto, y me río ante su excusa para someterme a lo que sea que quiera hacerme—. ¿Y en qué recompensa estás pensando?
—Te tumbas en mi cama y me das el control total, sin hacer preguntas, pero tienes que confiar en mí.
Sonrío.
—Has jugado muy muy bien, cariño —susurro mientras desliza las manos bajo el jersey que llevo puesto y me acaricia los pechos.
—Sí, desde luego. Es difícil concentrarse en jugar al hockey y ganar cuando estás en las gradas con mi número en la espalda. Parecías un puto sueño húmedo andante.
Me pellizca el pezón con el pulgar y el índice, y arqueo la espalda contra la pared.
Aprovecha ese hueco para deslizar las manos hacia abajo, levantarme por la cintura y llevarme hacia el dormitorio, nuestro dormitorio, a toda velocidad.
Nash me deposita sobre la cama, me quita los vaqueros y los tira quién sabe dónde.
Luego se tumba encima de mí para besarme, me toca la entrepierna con la mano y gime.
—Joder, nunca me acostumbraré a lo lista que estás siempre para mí. Veamos cuánto más podemos prepararte, ¿quieres?
Se levanta de la cama, se quita la ropa y abre el cajón de su mesita de noche, de donde saca mi preciado vibrador verde azulado.
—¿De dónde… cuándo has ido a por eso? —pregunto. El calor se acumula entre mis piernas solo de pensar en que se acerque a mí con eso en la mano.
—Lo he cogido hoy del dormitorio de mi niña traviesa. Me muero de ganas de verte utilizarlo desde el día que supe que lo tenías. No puedo dejar de pensar en el placer que te das con este juguetito.
Lo enciende y el zumbido silencioso llena el aire.
—Dime, cariño. —Lo desliza por mi garganta y me estremezco—. ¿En quién pensabas mientras usabas esto?
Lo sube hasta mi hombro, lo baja por mi brazo y finalmente llega hasta mis pechos. Me arqueo sobre la cama, con la esperanza de que lo siga moviendo por mi cuerpo.
—En ti —digo—. Desde el día que volví a casa, en ti.
—Mmm… —responde—. Eso pensaba.