Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Nash

CeCe está conmigo y eso es lo único que importa.

Me giro para comprobar que sigue sentada en la parte trasera del taxi y asegurarme de que es real, que realmente está aquí.

No se ha enfadado por haberla perseguido por todo el país hasta Seattle ; de hecho, parecía agradecida.

No ha dudado ni un segundo de mis disculpas, se ha limitado a devolverme el beso y a dejarme entrar como si mi sitio estuviera entre sus brazos, y eso ha hecho que me enamorara aún más de ella.

Es perfecta, la luz del sol que ilumina los rincones más oscuros de mi condenada alma.

Es mi pequeña luciérnaga, mi Rae , y nunca dejaré de demostrarle que voy en serio con ella. Jamás.

Llegamos a su apartamento en tiempo récord, recogimos sus últimas pertenencias y nos largamos de allí. CeCe ni siquiera miró atrás cuando dejó caer la llave sobre la encimera y cerró la puerta al salir.

Nuestras miradas se encuentran en la oscuridad del taxi y la necesidad de tocarla se apodera de mi cuerpo.

Es primitiva. Deslizo una mano entre sus muslos, sobre sus medias de seda, y siento el calor que emana de su cúspide.

Joder, solo han pasado tres días, pero la he echado tanto de menos que resulta doloroso.

Cubre mi mano con la suya cuando aprieto la carnosa suavidad entre sus muslos con los dedos.

Miro por la ventana para hacerme una idea de dónde estamos y cuánto nos queda para llegar a nuestro destino.

El taxista lleva los auriculares puestos y puedo oír el podcast que está escuchando desde aquí.

Busco con el pulgar la dulce perla que hay entre sus piernas, la presiono ligeramente y ella jadea en la oscuridad.

Le rodeo el clítoris y su respiración se intensifica con cada caricia.

—No puedes hacer ruido, nena —le susurro, y ella asiente.

CeCe recuesta la cabeza en el asiento y meto la mano bajo sus medias después de taparla con su bolsa de tela para que ni el conductor ni nadie vean lo que es mío.

Toda la sangre de mi cuerpo se acumula en mi polla cuando deslizo un dedo por su centro.

Le acaricio el clítoris con su propia excitación.

Me muero de ganas de saborearla. Ya falta poco… quince minutos para llegar al hotel. Quince minutos para el paraíso.

—Todavía no te he perdonado del todo —murmura con una sonrisa, pero no protesta.

—Está bien, cariño, solo quiero hacer que te corras. Puedes perdonarme luego.

Siento que CeCe aprieta los muslos alrededor de mi mano y se restriega contra mi palma, que presiona su coño.

Su respiración es superficial e irregular, pero no dice ni mu mientras la penetro con el dedo corazón sin moverme siquiera, ya que solo utilizo los músculos del antebrazo.

Continúo follándomela y añado otro dedo a su apretado y húmedo coño mientras la lluvia de Seattle golpea las ventanas.

Le susurro al oído lo guapa que está cuando se corre y qué buena chica es por permanecer callada.

Apoya un codo en la ventanilla y se lleva un dedo largo y elegante a los labios para mordérselo cuando su coño se tensa alrededor de mis dedos.

Mi polla palpita contra la cremallera cuando siento que le tiemblan las piernas por el orgasmo.

Deja caer la cabeza hacia atrás y un leve gemido escapa de sus labios, luego otro, mientras se corre sobre mis dedos.

— Nash … —susurra.

Mis ojos se encuentran con los del taxista a través del retrovisor. Él, ajeno a todo, acelera durante los últimos cinco minutos de trayecto. Saco los dedos de sus medias y los lamo hasta dejarlos limpios. Luego la beso y espero con impaciencia a llegar a nuestro hotel para destrozarla viva.

El Four Seasons está tranquilo cuando entramos.

—¿Llevas aquí desde ayer? —pregunta CeCe mientras entramos en el vestíbulo, tras comprender mi necesidad de estar cerca de ella.

Me echo su bolsa de viaje al hombro y asiento con la cabeza. No puedo pensar en nada más que en arrancarle toda la ropa del cuerpo.

—No podía dejarte aquí sola. Sabía que era muy probable que necesitaras mi ayuda, pero quería dejarte a tu aire a menos que fuera totalmente necesario. Espero que entiendas por qué tuve que venir.

—Solo intentaba demostrar que podía hacerlo yo sola. Me alegro de que estuvieras ahí. En cuanto te vi, supe que estaba a salvo.

Le aprieto la mano cuando nos subimos en el ascensor y esperamos hasta llegar al décimo piso.

En cuanto la puerta de mi habitación se cierra tras nosotros, poso mi boca sobre la suya para reclamarla.

En la vida he estado tan desesperado por ella mientras la siento encima de mí en el mullido sillón de la sala de estar de mi suite.

Durante los últimos días, en más de una ocasión pensé que quizá nunca volvería a estar con ella de esta manera, y eso hace que este momento sea aún más especial.

Un leve gemido se escapa de sus labios mientras me devuelve el beso con calma.

Se adapta al ritmo que le ofrezco y se ajusta a mí, de modo que desliza los labios por mi garganta como si la pequeña bruja tuviera todo el tiempo del mundo para torturarme.

Siento su sonrisita contra mi cuello cuando sus labios carnosos se curvan hacia arriba.

—No te vas a salir con la tuya tan fácilmente —susurra mientras se separa de mí y se pone de pie.

Me muevo para levantarme yo también, pero me empuja contra la silla con su diminuta mano.

—Todavía no, cariño —murmura CeCe mientras se aleja de mí y me obliga a permanecer sentado en la silla, tan desesperado por ella que apenas veo con claridad.