Capítulo 50
Nash
Aunque esté frustrado con CeCe , no puedo evitar fijarme en lo preciosa que está ahí de pie, con ese vestidito blanco agitado por la brisa y esas malditas botas vaqueras de color turquesa.
Me concentro y vuelvo al trabajo para intentar disimular que no dejo de pensar en ella. Termino las dos clases que tengo y luego hago algo diferente a lo que llevo haciendo cinco semanas. Me subo a mi camioneta y me voy a casa. Solo. Necesito tiempo para aclararme. Estoy hecho un lío por ella.
Me mantengo ocupado durante todo el día: voy al bar, me dejo la piel trabajando allí y quedo con Rocco para pescar por la tarde. Esta era mi vida antes de que apareciera ella, y cuando lo nuestro se vaya a la mierda, es a lo que volveré.
A las siete y media ya he comido, me he duchado, todo está limpio y CeCe no me ha escrito en todo el día.
Ya me estoy arrepintiendo de mi decisión y me estoy volviendo loco.
Mire donde mire, la veo: en mi cama, en mi sofá, en la puta encimera de la cocina.
Por no hablar de que su aroma a fresa está impregnado por todas partes.
Me he portado como un imbécil, lo sé. Pero eso es lo que hago. Décadas de miedo y pánico salen a la superficie y levanto todos los muros. Como dice el viejo dicho: «No puedes hacerme daño si yo te hago daño primero». Y me odio por ello, joder.
Hago algo que nunca hago: me sirvo un bourbon y me lo bebo de un trago.
«¿Por qué no me ha escrito ni me ha llamado todavía?».
A las ocho, ya no aguanto más y decido tantear el terreno.
Yo: ¿Sigues empecinada en ir sola a Seattle ?
Diez minutos después.
Yo: Creo que deberías considerar la posibilidad de que todo esto sea una estratagema suya para estar a solas contigo y tratar de presionarte para que vuelvas con él. Es que no confío en él, sobre todo en lo que a ti respecta.
Otros diez minutos después.
Yo: Digo todo esto porque me preocupo por ti, Rae .
Tres minutos después.
Yo: No responderme es de lo más inmaduro.
Pasan otros diez minutos y cojo mis llaves.
—Me cago en la puta —murmuro mientras salgo disparado por la puerta principal y me dirijo hacia mi camioneta.
Conduzco a toda velocidad por la autopista y me pregunto cómo cojones he llegado hasta aquí, cómo es posible que una mujer que conozco de toda la vida me tenga tan confundido que no consigo encontrar la salida.
Entro en el rancho y la grava sale despedida por debajo de mis neumáticos.
Repaso mentalmente lo que voy a decir, lo tranquilo y lógico que voy a ser.
Soy el mayor de los dos, el experimentado, el sensato y el más sabio.
Aparco la camioneta ahí en medio, me importa una mierda si alguien me ve. Llamo a su puerta.
«No puedes ir sola a Seattle porque…».
«No puedo perderte a ti también…».
«Ya no quiero vivir esta vida sin ti…».
«Te deseo… a ti… a nosotros… pero estoy aterrorizado, joder».
«Te quiero…».
La puerta se abre y CeCe aparece frente a mí, con el pelo suelto, con ese vestido de lino blanco y descalza.
Joder, me quedo en blanco al instante. Ella es el sol, y yo no hago más que vivir dentro de su órbita.
— Nash , estoy demasiado cansada para discutir contigo —murmura mientras se cruza de brazos de tal forma que sus pechos perfectos se elevan, y me mira con los ojos brillantes.
—Pues… joder… no seas tan irritante —espeto de golpe.
«Ese no era el plan, idiota».
CeCe suspira.
—¿Por favor, quieres pasar? —Señala con la mano su pequeño recibidor y entro a toda prisa por si cambia de opinión, que es lo que yo haría si fuera ella.
—Es que… podría pasarte cualquier cosa mientras estás allí. Algo trama, CeCe . Llámalo sexto sentido, o no sé… pero voy contigo y punto. Me planto. —Me paso la mano por el pelo y la miro.
Si las mujeres pudieran lanzar fuego con la mirada, ahora mismo sería un montón de ceniza humeante. Sin embargo, habla con voz suave y tranquila.
—¿Y dónde te plantas exactamente, Nash ? ¿Justo en medio de la línea de «solo estamos follando»? O, espera, ¿qué tal en medio de «no me van las relaciones»? —se mofa mientras hace el gesto de las comillas con las manos, y me debato entre darle un puñetazo a la pared y estrecharla entre mis brazos.
— CeCe … —le advierto.
Ella sigue hablando, con las manos en las caderas y su habitual actitud desafiante. Tengo delante el carácter sureño personificado.
—No, en serio, me gustaría saber… ¿Qué es todo esto para ti? ¿Qué soy yo? ¿Una mujercita obediente que va a hacer todo lo que le digas? Que entres en mi vida como un tornado y me folles como un cavernícola no significa que puedas comportarte como tal fuera de la cama.
La forma en que me planta cara ahí de pie, su tono picante y su necesidad de estar al mando me ponen sumamente cachondo.
Toda mi frustración y mi ira hacia mí mismo, hacia ella y hacia mi pasado se evaporan en el aire y rodeo su pequeña cintura con las manos antes de que le dé tiempo a decir nada más.
Luego estampo mis labios contra los suyos.
Me muero por reclamarla, por silenciar su debate sobre mis sentimientos, sobre nosotros. No puedo hablar, solo la deseo a ella, y pienso tomarla, joder.
Ella me devuelve el beso y separa los labios para dejarme entrar, así que mi lengua se adueña de su boca.
Mordisqueo sus labios, su mandíbula, su oreja.
El calor que emana de nosotros podría quemar toda la maldita casa, pero ni aun así me detendría.
Seguiría besándola y me la follaría en medio de las llamas.
—Siento haberme enfadado contigo… —susurro en su cuello.
—¿Quieres decir que sientes haber tenido una rabieta? —pregunta. Sí que tuve una rabieta. Joder, siempre tiene razón y eso hace que la desee aún más, si cabe—. Necesito oírtelo decir en voz alta, Nash .
Gruño, en parte por la frustración, en parte por la necesidad que siento por ella.
—Siento haber tenido una rabieta. Y para responder a tu pregunta, pequeña luciérnaga, eres mía, joder. Y protejo lo que es mío —le gruño al oído.
Gime y echa la cabeza hacia atrás para ofrecerme ese cuello delgado, sedoso y perfecto para mordisquear.
Enloquecido, deslizo las manos bajo su vestido para apretar su culo respingón y dejo que mis dedos se cuelen bajo el encaje de su tanga casi inexistente.
Nuestros cuerpos se acoplan al instante, como dos piezas de un rompecabezas.
—Maldita sea, ¿por qué tienes que estar tan bueno? —pregunta, y me río.
La arrastro a través de la habitación y me siento en el sofá frente a ella. Espero a que se acerque a mí mientras me desabrocho los vaqueros.
Veo la duda en su mirada, su deseo de acercarse a mí y su lucha interna. Me desea tanto como yo a ella y no tiene mejor explicación que la mía para eso.
Me saco la polla de los pantalones y la empiezo a acariciar delante de ella para seducirla. Sus ojos esmeralda se abren como platos y se muerde el labio inferior.
«Eso es, nena. Lo deseas, sabes que lo deseas, joder».
—Que te follen, Nash , por creer que no puedo resistirme a ti —refunfuña CeCe mientras su pecho se eleva con pesadez por el deseo.
Le devuelvo una sonrisa socarrona.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer. —Sigo acariciándome—. Ahora, necesito que te portes bien, Rae . Ven aquí, súbete ese vestidito tan fino y siéntate sobre mi polla. Justo donde sabes que perteneces.
Unos jadeos entrecortados escapan de sus labios carnosos y rosados mientras me mira fijamente durante un segundo y, a continuación, se levanta el vestido y se baja el tanga por las caderas hasta que cae al suelo.
CeCe lo aparta de una patada y mi miembro palpita bajo mi mano.
Se me escapa un poco de líquido preseminal al verla.
—No eres mi dueño, Nash —afirma con voz sexy mientras camina en mi dirección y luego se sienta a horcajadas sobre mí en busca de fricción para el dolorido brote de nervios situado entre sus dulces y sedosos muslos.
Introduzco la mano entre nuestros cuerpos y paso el dedo corazón a lo largo de sus pliegues ya empapados. Gimo de placer.
—No, cariño, no soy tu dueño. Tú eres mi dueña. Ahora, fóllame como si te perteneciera.
—Está bien, pero… —Se queda sin palabras y gime cuando rozo su entrada con la punta de mi pene.
El fuego regresa a su mirada cuando nuestros labios se encuentran y, de forma paul atina, introduce mi miembro en ese coño que fue hecho para mí hasta que está completamente sentada sobre él.
Mi chica es una puta campeona y me acepta por completo, como si hubiera nacido para esto.
—Esta conversación no ha terminado —murmura mientras se eleva.
Se me nubla la vista. «Qué apretada está, joder».
Echo la cabeza hacia atrás y agarro sus anchas caderas con fuerza para guiar su cuerpo hacia abajo. Ambos soltamos un gemido al mismo tiempo. Es imposible resistirse a esto. No sé a quién cojones queremos engañar.
—Desde luego que no, nena —le aseguro mientras continúo follándomela. La levanto despacio para luego moverla hacia abajo, y ella me lo permite.
CeCe me cede todo el control mientras se deja llevar. Es un acto de sumisión mínimo que me demuestra que ella siente por mí lo mismo que yo por ella.
«No le digas que la quieres mientras te está cabalgando».
«No le digas que la quieres mientras te está cabalgando».
Le bajo el vestido de un tirón y sus pechos rebotan en mi cara mientras me cabalga; es una puta maravilla.
Tiene los pezones erectos y reclaman mi atención mientras me los meto con cuidado en la boca y los succiono.
Madre mía, qué cachondo estoy. Esto es lo único que deseo. Ella es lo único que deseo.
—Joder —gimotea mientras la penetro hasta el fondo. Nunca ha estado tan llena.
—Eres increíble, Rae —susurro—. Quiero hundirme en ti cada segundo de cada puto día.
Así es tan fácil. Cuando estamos solos en momentos como este, es sencillo creer que es completamente mía, mi primera y única mujer.
Que puedo convencerla de que vuelva a mis brazos una y otra vez y que nunca la perderé.
Que puedo darle la bienvenida a mi hogar, a mi cuerpo y a mi corazón, y que no la dejaré ir hasta que la muerte me lleve.
CeCe me rodea el cuello con los brazos y enreda los dedos en mi pelo para agarrarme con fuerza mientras aumenta el ritmo. Está cerca, siento que empiezan a temblarle las piernas y que gime cada vez más fuerte en mi oído.
— Nash … por favor —me suplica.
—Estás preciosa mientras me cabalgas. Mírate, nena. Ahora, córrete. Córrete sobre mi polla, pequeña luciérnaga, y haz que me corra contigo. Soy todo tuyo.
—Sí… —gime CeCe mientras rompe nuestro beso y me sonríe.
Todo mi puto mundo estalla en llamas al verla.
—No lo olvides nunca, joder —susurra, y entonces me corro.
Mi liberación sale disparada desde cada célula de mi alma mientras la agarro por los hombros para tirar de su cuerpo hacia abajo y mantenerla pegada a mí.
Me introduzco hasta el fondo de ella y me corro.
Cada oleada de placer es más increíble que la anterior, y sigo corriéndome mientras ambos susurramos el nombre del otro.
No me detengo, no puedo hacerlo, y las oleadas continúan mientras ella se desmorona de nuevo sobre mí. «¿ Aún me estoy corriendo o es la segunda vez que me corro?».
Sus gemidos resuenan en la pequeña cabaña y nos envuelven. Son como música para mis oídos, una puta sinfonía.
«Quiero a esta mujer».
Quiero a esta mujer como nunca he querido a nadie ni a nada.
La quiero más que al sol del amanecer que sale tras la montaña y me baña el rostro, más que al momento en que mis patines tocan el hielo fresco o cuando levanté aquella copa sobre mi cabeza.
Quiero a mi pequeña luciérnaga como si no tuviera otra opción.
En realidad, puede que nunca la haya tenido.