Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Nash

Coloco el plato delante de CeCe y ella me mira.

—No puedo comerme esto, es demasiado bonito.

—Podría decir lo mismo de ti —replico, y ella me ofrece esa sonrisita tímida que va directa a mi polla.

— Touché . — CeCe le da un mordisco al pollo marsala que he preparado y gime—: Qué bueno.

«Sí, está delicioso, joder».

—Cocinas muy bien —murmura entre bocado y bocado.

Me encojo de hombros y le doy un mordisco a mi ración mientras le dirijo una sonrisa.

Nos hemos sentado en la mesa del comedor. El sol se esconde tras los árboles, sobre el arroyo.

—Bueno, mi casa es tuya durante las próximas veinticuatro horas, ¿crees que podemos evitar que tu clan de amigas y tu familia llamen a Cole para que venga a buscarte?

—Mi clan de amigas sabe que estoy aquí. —Me sonríe—. A Ginger le gustas en el fondo.

—Qué suerte la mía —canturreo.

—Mamá Jo está en la fiesta de Sandra, y no creo que a Wade le importe que salga. —Contempla el paisaje que nos rodea y suspira—. Me encanta este lugar. Está tan aislado. ¿Es esa la razón por la que te gusta tanto? —pregunta mientras moja el pan en su marsala y le da pequeños mordiscos.

Casi parece nerviosa, lo que hace que quiera enterrarme aún más en ella. Me encanta sacar ese lado salvaje que esconde bajo esa fachada dulce. Es jodidamente adorable. Traerla aquí es la mejor idea que he tenido nunca.

Asiento con la cabeza.

—Necesito la paz que ofrece este lugar; en cuanto lo vi, lo supe.

Después de que… murieran, me resultaba imposible encontrar ni un ápice de tranquilidad.

Lo único que me daba un poco de calma era el hockey .

Era como si tuviera que demostrar que no murieron en vano.

Si lo conseguía de alguna manera, lo sabrían. Parece una locura, lo sé.

CeCe me sonríe, pero no dice nada.

—Es la primera vez que digo eso en voz alta —confieso.

—Creo que lo saben —susurra, y me coge la mano por encima de la mesa—. Creo que estarían orgullosos de ti.

Me aclaro la garganta y aparto la mano. Siempre he apartado este tipo de emociones, y verla preocuparse tanto por mí, descubrir la inquietud en sus ojos, me recuerda que me estoy abriendo a ella al abrirle la puerta a mi casa. El pánico me paraliza momentáneamente.

Su semblante se torna serio cuando retiro mi mano a toda prisa.

—Sabes que puedes hablar conmigo. Creo que es bueno que expreses lo que sientes.

Me levanto y llevo nuestros platos al fregadero.

—Sí, podemos hablar. Es solo que… no se me dan bien las emociones. —Le doy la espalda mientras pronuncio esas palabras y me maldigo mentalmente por alejarla de mí.

¿Por qué no puedo funcionar como un ser humano normal? Deseo a esta mujer con todas mis fuerzas, pero cada vez que pienso en tener algo real con ella, vuelvo a ese coche donde perdí todo lo que tenía.

Sigo secando los platos, absorto en mis pensamientos, cuando siento las manos de CeCe sobre mi cuerpo. Las desliza por mis costados y me envuelve con ellas mientras apoya la cabeza en mi espalda.

—Lo que pasó fue terrible. Impensable. Pero debes recordar que solo porque pasó no significa que volverá a pasar —susurra, y siento una punzada en el pecho.

Me doy la vuelta para mirarla fijamente y contemplar su impecable rostro. La cabeza me da vueltas. Intento decir algo, lo que sea. Debería decir algo.

Antes de que me dé tiempo a descubrir el qué, CeCe sonríe y me da el mejor regalo que podría ofrecerme. No me obliga a hablar. Simplemente lo deja pasar.

—Creo que me debe un orgasmo, señor Carter , y no quiero esperar más —me recuerda con su voz sexy y una ceja arqueada mientras se pone de puntillas. Me inclino para encontrarme con sus labios.

Sin intentarlo siquiera, CeCe me da justo lo que necesito, como cuando me invitó a meterme en la cama con ella anoche y me abrazó sin decir palabra.

Simplemente estuvo ahí, tarareando suavemente hasta que el tiempo dejó de importar.

Da igual lo que intente decirme o cuánto intente convencerme de lo contrario, todo esto hace que cada vez sea más difícil vivir sin ella.

Me olvido de los platos y sostengo su cara para besarla.

Dejo que mis manos recorran su cuerpo y memorizo cada curva, cada línea.

Acaricio su espesa melena mientras devoro su boca.

Quiero reclamarla, poseerla, ser todo para ella.

Quiero no tener ni idea de lo que me depara el futuro y que no me importe.

Un torrente de emociones me recorre mientras la beso como nunca antes había besado a una mujer, con sentimientos que van mucho más allá del sexo.

Las manos de CeCe se deslizan hacia mi cintura y se cuelan bajo mi camiseta. La agarra y tira de ella con desesperación. Me la quito con una mano y la arrojo al suelo. Luego cojo a CeCe en brazos y deslizo las manos por su culo perfecto y regordete hasta que la sujeto por los muslos.

Se aprieta contra mí como si este fuera su lugar y envuelve las piernas alrededor de mi cintura.

Entrelaza los dedos en mi pelo mientras la llevo a mi habitación.

Me tumbo en la cama con ella encima y recorro cada rincón de su cuerpo con las manos.

Intento saciarme de ella. Podría pegarme a CeCe como si fuera una segunda piel y, aun así, no me sentiría lo suficientemente cerca.

Me incorporo y le saco la camiseta por la cabeza.

Estoy ferviente, desesperado por sentir su piel contra la mía.

Gime cuando le chupo los pezones a través del encaje de su sujetador. Dejo la boca ahí y la torturo de forma incansable, simplemente porque puedo. Acaricio esos pequeños botones con la lengua mientras lloriquea y gime.

—Estoy… estoy en llamas —murmura, y sonrío contra sus labios.

—¿Qué necesitas, pequeña luciérnaga? —le pregunto.

—Tócame… en todas partes —suplica.

La levanto y la recuesto bocarriba para deshacerme de sus shorts mientras ella gime por mí. Se acaricia el clítoris con los dedos antes de que me dé tiempo siquiera a quitarle esas bragas de encaje negro.

—¿Quieres tocarte, cariño? Puedes hacerlo.

Ella gime y susurra algo así como: «Lo necesito».

Me recuesto a su lado y contemplo el espectáculo que tengo ante mí.

Su pelo se despliega a su alrededor mientras desliza los dedos bajo sus bragas y gime.

Le levanto la mano y veo que tiene los dedos brillantes por su excitación.

Lamo el dulce néctar con la lengua y mi pene palpita, suplicando que lo liberen.

Le quito las bragas y escupo justo encima de su húmedo coño, a lo que ella responde gimiendo mi nombre.

Vuelvo a bajarle los dedos y hago presión con el mío para volverla aún más loca.

—Métetelos y fóllate con esos deditos. Prepárate para recibir mi polla. Quiero oírte gritar mi nombre cuando te dé permiso para correrte.

— Nash … —gimotea CeCe —. Necesito… por favor.

Le inclino la barbilla para que me mire fijamente.

—Lo sé, pequeña.

Ella asiente y gime. Continúa follándose a sí misma, primero con un dedo y luego con dos, de una manera descaradamente salvaje, natural y jodidamente increíble.

—Lo estás haciendo muy bien —le digo al oír lo mojada que está mientras se toca. Apenas unos instantes después, ya he visto suficiente. Necesito saborearla—. Ahora dejaré que te corras. ¿Es eso lo que quieres?

—Joder, sí… por favor —suplica.

Le aparto la mano y reemplazo sus deditos con los míos.

No lo hago con delicadeza, sino que introduzco dos dedos en su húmedo y apretado coño y le succiono el clítoris con la boca.

Gruño contra ella porque es lo más dulce que he probado en la vida.

Saco los dedos y vuelvo a metérselos tan hondo como puedo.

Luego los doblo para masajear su punto favorito y sigo torturándole el clítoris con la lengua y los labios mientras se vuelve loca encima de mí.

Apenas un minuto después, empieza a retorcerse, completamente fuera de control.

—¡ Nash ! Oh, Dios… —grita CeCe mientras se deshace y se corre sobre la cama y sobre mí.

—Eso es, mi chica traviesa —murmuro mientras todo su cuerpo se estremece a mi alrededor, pero no me detengo.

Sigo chupándola, lamiéndola y follándola con los dedos hasta que se deshace en gemidos por mí.

Luego me levanto para quitarme el resto de la ropa y acaricio su coño apretado con la punta de mi polla.

Me tumbo sobre ella y la contemplo; está desesperada por mí. Ni siquiera pienso en ponerme un condón. Nunca volveré a utilizarlos con ella, no después de sentirla sin ninguna barrera entre nosotros.

—No tengo reparos en suplicar —susurra.

—Pues suplica, joder —gruño mientras introduzco la punta de mi polla en ella. «Joder, solo con esto ya me derrito».

CeCe gime y lloriquea.

—Joder, Nash . Te suplico que me folles.

—Pídemelo con amabilidad, Cecilia . Di «por favor». —Sonrío con picardía.

El fuego vuelve a sus ojos. Ahora soy capaz de reconocerlo y me encanta, joder.

—Por favor, por favor, fóllame, señor Carter . —Pestañea como la dulce belleza sureña que es, y yo cedo al instante.

Es jodidamente imposible resistirse a ella. Ella siempre gana.

Embisto su precioso coño y CeCe grita mi nombre cuando la tomo por completo, tal y como yo quería.

—Está hasta el fondo… Me llenas demasiado —jadea.

Su cuerpo se adapta a mí y me exprime al mismo tiempo, y es una puta maravilla.

—No, nena… —resoplo—. Te lleno en la justa medida. Tu cuerpo está hecho para mí. Me recibes a la perfección, joder.

La penetro una y otra vez mientras se entrelazan nuestros labios. Disminuyo el ritmo para saborearla, adorarla y ofrecerle caricias lentas y suaves con mis manos y labios para contrarrestar la fuerza con la que la follo.

Me acomodo entre sus piernas y la miro. Tiene los ojos cerrados mientras gime y se prepara para correrse por segunda vez.

Mi chica codiciosa. CeCe se aferra a mi pelo y tira de los mechones lo justo para excitarme.

Mis labios van en busca de su boca al tiempo que el calor y la presión se acumulan en mis caderas y mi columna.

Acopla su ritmo al mío sin esfuerzo alguno y es pura magia. Son los fuegos artificiales y violines de los que tanto se oye hablar. Es de otro puto mundo. Nuestras miradas se encuentran, el tiempo se detiene y me ofrece una sonrisa que me rompe y me reduce a cenizas.

—Córrete conmigo, cariño —me susurra, y caigo en picado. Su coño se aprieta alrededor de mi miembro y me suplica que me libere. Vuelve a cerrar los ojos y hago algo que nunca había hecho.

Yo también cierro los míos.

Dejo que suceda y, por primera vez en mi vida, simplemente me dejo llevar.

Solo existe ella mientras me derramo en su interior sin dejar de repetir su nombre.

Me exprime hasta la última gota mientras intento estabilizarme sobre ella y la beso, abrazándola como si fuera el ancla que llevo tatuada en el pecho.

Esto va mucho más allá de follar.

Acepto el hecho de que acabo de hacer el amor con Cecilia Ashby y nunca me había sentido tan completo como ahora.