Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—No pasa nada, nena, tengo suficiente fuerza de voluntad por los dos. He practicado bastante desde anoche. Tenemos mucho que hacer. Puedes empezar limpiando todas las encimeras, los taburetes y las mesas.

Me lanza una lista de tareas de apertura y cierre sobre la barra para que le eche un vistazo y asiento mientras él me entrega unos guantes y un trapo sin dejar de sonreír.

—Yo me encargaré del inventario mientras tú te encargas de esto. Si no estoy aquí estaré en la parte de atrás, por si me necesitas. — Nash no dice nada más, pero pone su lista de reproducción de Zach Bryan en el equipo de música cuando nos ponemos a trabajar.

Me dedico a mis tareas de la lista durante la siguiente hora mientras Nash va de aquí para allá.

Abrillantar los vasos y copas.

Abrillantar la cubertería de plata y los artículos del bar.

Limpiar los grifos y fregaderos.

Quitar el polvo de las botellas de alcohol en exhibición.

Tacho todas las tareas de mi lista y empiezo a limpiar las botellas de licor situadas en los estantes que hay encima de la barra.

Las tropecientas que hay. Me sorprende la cantidad de trabajo que esto requiere.

Este hombre es una máquina, tanto para sus negocios como para esta comunidad.

Tras dormir en su casa anoche y ver que no dispone de mucha paz mental, entiendo por qué no para en todo el día.

Es más fácil mantenerse ocupado, no acercarse demasiado a la gente, hacerlo todo por sí solo. De ese modo, no tienes nada que perder.

Trabajamos juntos en silencio mientras buscamos el equilibrio en este punto crítico.

«Jamás quiero volver a ver las manos de otro hombre sobre tu cuerpo».

Recuerdo las palabras de Nash y la suavidad de sus labios sobre mi piel cuando me quitó el chupito anoche. La frescura de su aliento en mi oído cuando me pidió que le dijera que lo entendía; no una, sino dos veces.

Noto que entra y sale de la habitación mientras me subo al taburete para limpiar las botellas.

No habla y la música tampoco me permite oírlo bien, pero percibo cuándo está en la habitación y cuándo no.

No puedo evitar observarlo cuando está cerca de mí.

La forma en que flexiona los bíceps al levantar los taburetes, la fuerza de su espalda y sus hombros al barrer el suelo, incluso la manera en que frunce el ceño al repasar la lista de empleados de esta noche.

Las acciones más sencillas y nada sensuales son de lo más sexy s cuando las ejecuta Nash . Me está volviendo loca.

La canción cambia y suenan los primeros acordes de Something in the Orange por el equipo de sonido. Mientras limpio la última botella, oigo que Nash cierra la puerta principal con llave.

Antes de que me dé tiempo a bajar del taburete, siento que unas manos recorren la parte trasera de mis muslos y se detienen justo debajo del borde de mis shorts .

Nash desliza los pulgares por debajo y acaricia el borde de encaje de mis bragas y la curva de mi culo.

Me giro para mirarlo y suelto el trapo cuando sus manos suben por mis pantalones y me agarra por la cintura para levantarme del taburete y colocarme frente a él sobre la encimera del fondo.

Se alza sobre mí mientras se acerca, situándose entre mis piernas abiertas.

Lo miro fijamente, pero no digo nada porque no tengo palabras. Con el brazo extendido, trazo las enredaderas de tinta que suben por su cuello y coloco la palma de la mano sobre su mandíbula.

Mi respiración se calma mientras me recorre el rostro con la mirada y luego la posa en mi boca. Espero a que nuestros labios se encuentren, ya que el calor empieza a acumularse en mi sexo por la anticipación.

—¿Está pensando en hacerme suplicar, señor Carter ? —pregunto con los labios prácticamente pegados a los suyos.

Nash me sonríe con suficiencia y me acaricia lentamente la clavícula con un dedo. Me derrito debajo de él. Se inclina y me besa justo debajo de la oreja, y gimoteo porque estoy tan excitada por todo lo que hace que apenas puedo soportarlo.

—Ya lo creo que me vas a suplicar, pequeña luciérnaga —susurra.

—Oh, Dios. —Solo Nash podría llamarme «pequeña luciérnaga» y que suene de lo más sexy . Me agarra el cuello con la mano y ardo por dentro cuando sus labios bajan hasta mi clavícula. Su mano libre me recorre el muslo y se desliza bajo mis pantalones mientras acerca su boca a milímetros de la mía.

—Estoy harto de fingir que no te deseo cada segundo de cada puto día, CeCe .

El placer me recorre la parte baja del vientre como una cerilla impregnada en gasolina, y apenas me ha tocado.

Me roza la mejilla con los labios y luego los deposita sobre los míos para besarme profundamente y fundir nuestros cuerpos.

Me permito sentirlo a él, tanto como a este momento.

Me quita la camiseta por la cabeza y, mientras se quita la suya, recorre con un dedo el valle entre mis pechos a la vez que me besa la mejilla.

Luego se desabrocha los vaqueros y los aparta de una patada.

Intento tocarlo, pero él me detiene y vuelve a colocar mi mano en mi regazo.

—No, cariño —susurra con un tono sombrío—.

Vas a entender lo que se siente al desear tantísimo algo que casi te mata.

—Se baja los boxers y libera su pene. Está muy duro y apunta directamente hacia mí, rígido y surcado de venas.

El líquido preseminal gotea de la punta.

Intento tocarlo de nuevo, pero me lo impide.

—Escupe —ordena Nash al tiempo que coloca la mano con la palma hacia arriba debajo de mis labios.

Parpadeo, atónita, pero ya estoy perdida en él, así que hago lo que me dice y observo cómo envuelve su miembro con su gran mano y empieza a masturbarse sin quitarme los ojos de encima.

Su mano ni siquiera alcanza el tamaño de su enorme polla, ya que solo cubre la mitad.

Me estremezco cuando siento que me llena con su miembro fantasma.

—Quítate los pantalones. Déjate esas putas bragas negras —me ordena, y lo hago. Me los desabrocho y me los quito, todavía sentada en la barra.

Un dedo me acaricia sutilmente el pezón endurecido a través del encaje de mi sujetador. Solo una vez.

—Esa es mi chica —gruñe mientras me recorre el labio inferior con la lengua—. Vas a ver cómo me masturbo hasta correrme sobre tus perfectas tetas mientras juegas con tu dulce y estrecho coño.

Se inclina y me besa los labios con demasiada suavidad. Casi pierdo el control.

—Pero no te correrás, CeCe . No te correrás hasta que yo lo decida.

—Por favor —suplico, aunque no estoy muy segura de qué le estoy pidiendo exactamente. Lo quiero todo.

Nash me sonríe. Hay algo oscuro en sus ojos mientras se toca, y me muero lentamente al verlo.

Es tremendamente excitante. Si este es mi castigo, que me castigue, joder.

—Por favor no es suficiente, Rae . —Desliza su dedo corazón hacia abajo y roza el encaje que cubre mi sensible y endurecido clítoris.

Gimo en respuesta y apoyo la cabeza sobre su pecho musculoso—.

¿Sabes lo difícil que fue para mí no tocarte anoche cuando me enteré de que entraste en mi bar sin bragas, como la zorrita perfecta que eres para mí?

¿Lo difícil que fue para mí no follarte en mi propia cama cuando estaba tu coño desnudo entre mis sábanas?

¿Que el alcohol fuera, de entre todas las cosas, lo que me impidiera tomar lo que quería?

Nash mete la mano en el congelador que está debajo de mí y saca un trozo grande de hielo. Se lo coloca entre los labios y empieza a deslizarlo lentamente por mi cuello. El frío del hielo, rodeado por el calor de sus labios, forma rápidamente un charco en mis bragas negras de encaje mientras jadeo.

— Nash —gimo.

Todo mi cuerpo se pone rígido ante la sensación.

Me baja el sujetador y deja mis pechos a la vista.

Luego lleva la boca hacia mis pezones y gira el hielo alrededor de ellos en perfecta armonía con su lengua, lo que me hace caer en picado.

Gimo mientras me palpita el coño hasta el punto en que me duele.

Necesito algo, lo que sea. El hielo está tan frío que casi me hace daño.

Mis pezones comienzan a entumecerse justo cuando los libera y desliza la boca por mi estómago hasta llegar al encaje de mis bragas, donde me rodea con el hielo y la lengua.

Mi fuerza de voluntad se deshace más rápido que el hielo que restriega contra mi coño caliente.

Nash continúa chupándome el clítoris a través del fino encaje, no lo suficiente como para llevarme al límite, pero sí para volverme loca.

Los gemidos que suelto serían vergonzosos si realmente me importara.

Nash aspira una bocanada de aire entre sus dientes mientras lo que queda de hielo se derrite y se levanta.

Me acaricia entre las piernas, y tengo las bragas empapadas tras su gélido ataque.

—¿Lo sientes? ¿Lo mucho que me deseas ahora mismo? —me pregunta con voz áspera al oído.

—Sí —consigo balbucear.

—¿Lo mucho que me necesitas?

—Sí, Dios, sí.

—Anoche te deseé mil veces más —masculla con voz áspera en mi cuello, y yo lloriqueo contra él.

Todos mis sentidos están sobreestimulados y fuera de control, y empiezo a restregarme contra su mano en busca de cualquier fricción que me ofrezca. Justo cuando estoy a punto de suplicar de nuevo, se mete un pezón en la boca y estoy a punto de correrme solo con esa sensación.

— Nash —le suplico—. Por favor.

—¿Por favor qué, CeCe ? —Se mete el otro pezón en la boca y la sensación abrasadora vuelve a invadirme mientras el calor de su lengua calma el frío de mi pecho—. ¿Quieres que te permita correrte? No. Puedes esperar un poco más. Pero puedes meterte un dedo en ese coñito estrecho.

Hago lo que me ordena y me introduzco el dedo corazón en la vagina.

—Enséñame cómo te tocas cuando estás sola, CeCe , porque sé que lo haces —me insta mientras acelera el ritmo de su mano alrededor de su polla.

Asiente una vez con la cabeza.

—Ahora, otro —me ordena, y hago lo que me dice. Meto dos dedos en mi sexo empapado y gimo mientras echo la cabeza hacia atrás—. ¿Piensas en mí cuando te corres?

—Sí, siempre —respondo con voz temblorosa.

—Ya lo creo que sí, joder —gruñe.

Es demasiado. Verlo así, el sitio donde estamos, sus palabras, todo. Voy a explotar. Nash me aparta la mano del coño y me lame los dedos para limpiarme toda mi excitación. Hace movimientos lánguidos con la lengua para no desperdiciar ni una gota.

—Qué puta delicia.

Gimo mientras empieza a masturbarse más rápido.

—Ahora, ponte de rodillas, nena. Junta esas tetas perfectas y saca la lengua para mí. Enséñame dónde quieres mi semen.

Me bajo de la barra y caigo de rodillas ante él. Desde este ángulo, es enorme en todos los sentidos. Me siento diminuta a su lado y nunca lo había deseado tanto. Me sonríe con chulería desde arriba; su aspecto es glorioso mientras me acaricia el labio inferior con el pulgar.

—Qué buena chica. Suplicas por mi semen como la buena zorrita que eres. Lo deseas con desesperación, ¿verdad?

—Sí —suspiro, porque estoy realmente desesperada.

—Este coño perfecto es mío cuando quiera. ¿Verdad, CeCe ?

—Sí. Es tuyo —grito.

—Claro que sí, joder —gruñe.

Estoy a punto de restregarme contra mi talón en busca de fricción cuando tensa las piernas.

Unos chorros calientes de semen salen disparados y se esparcen por todo mi pecho, mi lengua, mi cuello y mi barbilla mientras gime mi nombre, arrastrando cada letra.

Sigue bombeándose hasta que se vacía por completo.

Mientras su respiración se calma, me limpia el semen de la barbilla con el pulgar y me lo mete en la boca. Lo chupo obedientemente y él vuelve a gemir.

—Esa es mi chica —susurra Nash , y me besa suavemente en los labios—. Ahora estamos en paz. Solo tienes que esperar un poco más.