Capítulo 40
Nash
Como le he dicho, me he cansado de fingir. Y la verdad es que sí que hay algo entre nosotros. Puedo hacer como si fuera solo sexo, pero no voy a fingir ni un segundo más que no deseo a Cecilia Ashby con cada fibra de mi ser, más de lo que jamás he deseado a ninguna mujer.
Así que he tomado una decisión. Va a pasar el día conmigo y va a disfrutar de cada segundo.
Oigo que cierra el grifo de la ducha y, quince minutos después, se abre la puerta del baño. Yo ya me he duchado en el otro baño antes de prepararle el desayuno esta mañana, para darle privacidad en mi habitación. Encaja muy bien ahí, en mi cama, en mi lado habitual.
Me cuesta contenerme cuando CeCe aparece con el conjunto que escogí para ella, con el pelo rubio húmedo y peinado de manera que le cae por la espalda.
Está más buena que las chicas de las portadas de los Two Dollar Pistols .
Solo por el simple hecho de saber que lleva esas braguitas negras debajo de los shorts se me pone la polla dura, pero seré paciente.
Por muchas ganas que tenga de arrancarle la ropa, tengo planes para ella. Va a pagar por lo que me hizo pasar anoche. En la vida he tenido que contenerme de esa manera. Nunca he deseado tanto a alguien que no pudiera tener, pero jamás me acostaría con una mujer tan borracha.
Hoy será ella quien me desee a mí. De hecho, me suplicará que la tome y me muero de ganas de que lo haga, joder.
—¿Me trenzaste el pelo anoche y me lo ataste con hilo dental? ¿O fue solo un sueño?
—Nah, seguro que lo soñaste. —Le guiño un ojo y cojo mi caja de aparejos de pesca—. Vamos, cielo, que al final nos quedaremos sin luz.
Ella se ríe y me sigue cuando salgo por la puerta.
Levanto la vista desde mi posición en el lago Cave Run y observo cómo CeCe lanza el anzuelo justo como le he enseñado esta mañana desde la orilla.
Se ríe con Rocco Pressley , el viejo al que le compré el bar.
Pescamos juntos casi todos los sábados y hablamos de negocios y de la vida.
Se ha quedado totalmente prendado de CeCe en cuanto la ha visto conmigo esta mañana.
Desde entonces, apenas me ha dirigido la palabra y se ha pasado la mañana con ella, enseñándole qué anzuelos usar o cómo enrollar el carrete y contándole un montón de anécdotas chorras en las que él siempre termina pescando peces más grandes que los míos.
Se oyen risas al otro lado del río y me quedo mirando a CeCe , completamente absorto con su belleza. El pelo se le ha secado al viento y se lo ha recogido en una coleta. No lleva ni una pizca de maquillaje y es la mujer más guapa que he visto en la vida.
—¡Oh, Dios mío! —grita CeCe —. ¡ Rocco ! —Está recogiendo el sedal y su caña se ha doblado en una bonita curva, lo que indica que en el otro extremo hay un pez de buen tamaño.
—Tal y como te he enseñado, querida. Recógelo con suavidad y firmeza.
Hace lo que le dice con cara de concentración mientras me acerco a ella y recojo la red por el camino.
—No tan rápido, podría romper el hilo y llevarse el cebo. Ve despacio —la insta Rocco , emocionado por su victoria—. ¡Ha pescado uno! —grita cuando me acerco, claramente entusiasmado—. Tiene un talento natural.
Ambos permanecemos a su lado y observamos con la respiración contenida cómo CeCe recoge el hilo hasta que, al final, una gran lubina de boca pequeña cae en la orilla a sus pies.
—¡Lo he conseguido! —grita. Una enorme sonrisa se expande por toda su cara y se me forma un nudo en el pecho.
—Buena chica —la elogio—. Ahora tienes que hacer tres cosas. Primero, le sacamos el señuelo, luego le hacemos una foto como prueba y finalmente lo soltamos.
—¿No nos lo quedamos para, no sé, comérnoslo? —pregunta con expresión perpleja.
—No, cariño. Siempre los soltamos.
—Espera, ¿quieres que le toque la boca? —En cuanto asimila la idea, empieza a negar con la cabeza—. Nop, no pienso hacer eso.
Rocco se ríe de su expresión.
—Ya te digo que lo harás —le aseguro con total naturalidad—. Y date prisa, no tenemos mucho tiempo.
Veo que CeCe entra en pánico, así que me acerco a ella, la miro a los ojos para tranquilizarla y le hablo en voz baja.
—Puedes hacerlo, nena.
Asiente con la cabeza y su mirada vuelve a brillar con determinación.
—Puedo hacerlo —se anima a sí misma.
Nos agachamos y le enseño cómo quitar el anzuelo sin hacerle daño al pez, y ella lo hace.
—Tiene los dientes bastante puntiagudos, pero no cortan. Sujétalo fuerte, no le harás daño —le explico.
Sacamos el anzuelo y el pez se calma al instante.
—Muy bien, agárralo con fuerza por la parte inferior de la boca y levántalo en el aire.
—Me está clavando los dientes en el pulgar —exclama mientras se ríe, pero lo sostiene de todas maneras, como la luciérnaga intrépida que es.
Sonríe mientras le saco la foto con el móvil y luego Rocco le enseña a liberarlo. El pez tarda un minuto en orientarse, pero luego se aleja bajo el agua y CeCe grita.
—Qué intenso ha sido. ¡Siempre pensé que pescar era aburrido! —Suelta una risita.
—Es aburrido si eres como nuestro amigo aquí presente —dice Rocco mientras me da una palmadita en el hombro—. Nunca pesca nada.
—Ni en tus mejores sueños, vejestorio. —Me río entre dientes.
Y así transcurre el resto de la mañana: Rocco y yo nos lanzamos pullas mientras CeCe nos vuelve a hacer quedar mal a ambos y pesca otra lubina bastante grande.
—Tengo una pregunta. ¿Soy yo o lo estoy haciendo genial en esta hermosa mañana? ¿O sois vosotros los que lo estáis haciendo fatal? —pregunta con una sonrisa inocente al tiempo que suelta el segundo pez.
Rocco se parte de risa.
—Esta mujer es una joya, Nash . Es una experta en soltar pullitas.
CeCe sigue riéndose, pero no lo niego. Me limito a observarla, radiante de orgullo por mi chica.
Tengo dos cosas totalmente claras. Primero: sea lo que sea que haya entre nosotros, no solo hemos cruzado el límite de «solo una noche de sexo», sino que lo hemos borrado por completo.
De hecho, es como si nunca hubiera existido siquiera.
Segundo: aquí de pie en la orilla con CeCe , en este preciso instante, sé que quiero más momentos como este con ella.
Quiero presenciar más primeras veces y la deseo con todas mis fuerzas, pero no durante una sola noche ni a escondidas.
Creo que la deseo durante todo el tiempo que ella me acepte.
Ese pensamiento me acelera el corazón y me aterroriza a partes iguales.