Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

CeCe

Hace mucho calor. Demasiado. Abro un ojo y me ciega la luz del sol que se filtra por la rendija de las oscuras cortinas, que es lo suficientemente grande como para darme de lleno en los ojos.

Los cierro con fuerza. Estoy ardiendo y clavada en la cama por el enorme torso desnudo de Nash .

Estamos tumbados en la misma posición en la que nos quedamos dormidos, con sus brazos alrededor de mi cuerpo.

— Nash —mascullo—. No puedo respirar.

Se mueve y deslizo la mano por su brazo suave y fuerte. Sin darse cuenta, presiona su erección matutina contra mi cadera, lo que despierta algo en mí a pesar de que me encuentro fatal. Necesito agua o morirme, lo que consiga primero.

Nash se incorpora en la cama y se estira como si hubiera dormido mejor que nunca.

Aunque me siguen palpitando los ojos, admiro su increíble belleza.

El pelo ondulado le cae sobre la frente y su cuerpo musculoso y tatuado contrasta con el suave tono crema del edredón y las sábanas gris oscuro.

Menudas sábanas. Muevo las piernas por primera vez y es como si estuviera envuelta en seda.

—Ahí tienes Gatorade y paracetamol —gruñe mientras se frota los ojos, todavía medio dormido.

Me doy la vuelta y me fijo en el salvavidas que anoche dejó para mí. Me bebo el Gatorade de un trago y me tomo el paracetamol de golpe.

Se ríe a mi lado.

—¿Estás de resaca, cariño?

—Uf —gruño—. Ni una palabra.

Se levanta y cierra las cortinas con fuerza para que el sol desaparezca, y casi lloro de a liv io. Mi pobre cabeza.

—Enseguida vuelvo, duerme un poco más.

Miro el despertador y veo que aún no son ni las ocho. Tampoco tengo planes para hoy.

Es sábado. Gracias a Dios, joder.

El olor a beicon y café me despierta más de una hora después y me ruge el estómago.

Me estiro en la enorme cama de Nash y me doy cuenta de que ya no me martillea la cabeza ni tengo náuseas.

De hecho, me siento casi humana, hasta que recuerdo que acusé a Nash de coquetear con aquella camarera.

De repente, me muero por saltar por la ventana y ahogarme en el arroyo.

«¿Por qué bebí tanto? ¿Qué demonios me pasa?».

Me asaltan recuerdos de anoche. El vaquero de la pista de baile, la mirada furiosa de Nash cuando me acerqué a la barra, la forma en que me sacó de allí como si fuera una niña.

¡Dios mío! El suelo del baño cuando casi vomito. Gimo y me toco el pelo. ¿Lo tengo trenzado y atado con hilo dental? ¿No lo había soñado?

Me levanto de la cama y me dirijo al baño. Llevo puesta su camiseta y recuerdo que me quitó el vestido. Recuerdo sus palabras. Lo recuerdo todo.

Uso el cepillo de dientes que sigue en el lavabo y, a continuación, cojo una toalla limpia y me lavo la cara.

Rebusco en los cajones de su tocador y encuentro un cepillo, que utilizo para deshacer la trenza y peinarme las ondas.

Sus cajones están impecables. Organizados.

Limpios como una patena. De hecho, toda la casa es preciosa.

Me acerco a la ventana del baño y me asomo al patio trasero para admirar las vistas.

Me quedo sin aliento. Observo el amplio arroyo y el embarcadero, cubierto por un cenador, así como el pequeño bote y algunos pájaros y otros animales salvajes que deambulan por el lugar.

Unos enormes robles rojos bordean el espacio y ofrecen algo de sombra para combatir el ardiente sol de agosto.

Hay una terraza junto a la habitación de Nash que cuenta con una pérgola, unas acogedoras butacas de mimbre con cojines y una fogata justo al otro lado.

Es muy bonito y tranquilo, y de repente entiendo por qué vive aquí.

Tras presenciar su pesadilla de anoche, supongo que disfruta de cualquier momento de paz que pueda conseguir, y me siento fatal por él mientras termino en el baño.

Cuando veo que no tengo pantalones ni ropa interior, vuelvo a su habitación y me meto en la cama.

—Me había parecido oírte. — Nash aparece por la puerta, sin llevar nada aparte de un par de pantalones deportivos Nike grises de cintura baja y perfectamente ajustados. Tiene el pelo mojado, como si se hubiera duchado recientemente, y lleva una bandeja con café humeante y comida en las manos.

Lo observo con atención durante un rato, aturdida porque es tan guapo que duele.

—Te has quedado embobada. —Sonríe y se sienta a mi lado en la cama.

Parpadeo y luego me sonrojo porque me ha pillado de lleno.

—Tú también estás preciosa por las mañanas, Rae , sobre todo con mi camiseta —comenta mientras me tiende un café.

—No tengo nada de ropa aquí —replico.

—Sí que tienes. Fui a buscarte algo antes de preparar el desayuno. No puedo dejar que te vayas de aquí con el vestido que llevabas anoche.

—¿Qué?

—Tengo la llave de la Stardust y cogí algo de ropa para ti —aclara con la cabeza inclinada—. Y unas bragas… ya que decidiste entrar sin ellas en el bar. —Me da el café y deja la bandeja a mi lado.

—Gracias —murmuro. Ni siquiera protesto porque haya estado en mi casa él solo. De hecho, me gusta—. ¿Qué me has traído? —pregunto, divertida y con muchísima curiosidad. Madre mía, qué bueno está este café.

Nash se ausenta durante cinco segundos y luego reaparece con una bolsa. Se la quito de las manos y dejo mi café en la mesita para ver el contenido.

Unos shorts vaqueros, una camiseta blanca de la gira de Shania con los hombros descubiertos, las únicas bragas de encaje negro que tengo, unas chanclas, unos coleteros, un brillo de labios, desodorante y unas gafas de sol.

Alzo las bragas negras con un dedo para mostrárselas.

—Vaya, vaya —insinúo con una ceja arqueada.

Levanta las manos en señal de defensa.

—Fueron las primeras que encontré en tu cajón, no suelo rebuscar entre las cosas de una mujer. Solo estaba siendo práctico.

Me río mientras dejo la bolsa en el suelo y recupero mi café.

—¿Tienes hambre? He hecho beicon y gofres.

—Me muero de hambre. —Asiento y le sonrío.

De todas las versiones de él que conozco, la que me trae el desayuno a la cama es indescriptiblemente adorable y probablemente mi favorita. Me pone el plato delante y se va a por el suyo.

Unos segundos después, se sienta a mi lado en la cama y se cubre con las sábanas para poner el plato encima. Empieza a comer y yo hago lo mismo. Comemos en un silencio cómodo. Tengo una sensación extraña, como si desayunar con él en la cama fuera lo más natural del mundo.

Nash termina antes que yo y me observa mientras me zampo el último de mis deliciosos gofres de canela. Me retira el plato cuando termino.

—¿Sabes cocinar? —pregunto, aunque ya sé la respuesta a juzgar por este festín.

—Lo intento.

—Gracias —susurro.

—¿Por qué?

—Por cuidarme y no restregarme lo de anoche en la cara. Me avergüenza haber actuado así. No es cosa mía a quién le des tu número de teléfono. Lo siento.

— Rae … —interviene, pero sigo hablando.

—Es guapa, y es evidente que le gustas. Deberías salir con ella.

— Rae —replica, un poco más alto esta vez, más molesto—. No voy a salir con Chantel , pero eres adorable cuando estás celosa.

Chantel . Uf, hasta su nombre es bonito. Lo odio.

—No estoy celosa.

Me dedica una sonrisa burlona, sin creerse mi mentira.

—Su marido falleció hace tres meses de forma repentina.

Tienen un hijo, Luke , de seis años, y le encantaba jugar al hockey con su padre en la entrada de su casa.

En fin, cuando su marido murió, tuvo que buscar otro trabajo en el Sage & Salt para llegar a fin de mes.

Anoche estuvimos hablando de incluir a Luke en mis programas de patinaje.

El número que le di era el de Sonny . Le dije que el Olympia cubriría todos los gastos. Eso es todo.

—Oh, Dios mío —gimo mientras me tapo la cabeza con las sábanas.

Se ríe entre dientes y tira de la tela para intentar quitármela.

—No pienso salir de aquí —anuncio.

Se ríe a carcajadas y me da un azote en el culo por encima de las sábanas.

—Ya lo creo que lo harás. Ve a darte una ducha. Vas a pasar el día conmigo.

Me destapo la cara y lo miro.

—¿Ah, sí?

—Sip. —Me sonríe.

—¿Por qué? —pregunto. No entiendo por qué quiere pasar el día conmigo después del nivel de dependencia y celos que mostré anoche.

Nash se acerca a mí, de modo que acabo tumbada en la cama, hasta que su rostro se cierne sobre el mío y se queda ahí suspendido.

—Porque en lugar de fingir que no hay nada entre nosotros, creo que deberíamos probar algo diferente. Pasemos el día juntos —sugiere, y me quedo sin palabras.

—¿Juntos? —repito.

—Sí. Los sábados por la mañana voy a pescar y luego voy al bar a preparar todo lo necesario para la noche más ajetreada de la semana.

Puedes venir conmigo y resarcirte de tu comportamiento de anoche, porque aún tienes que pagar por lo que me hiciste pasar.

—Se levanta con un asentimiento de cabeza y decido ignorar el tono de advertencia en su voz—.

Ahora ve a prepararte. Saldremos a pescar en treinta minutos.

—Pero no sé pescar…

—Treinta minutos —replica desde el salón, y esbozo una sonrisa de oreja a oreja porque lo único que me apetece hacer hoy es pasar todo el día con Nash .