Capítulo 37
Nash
Entro en mi camino de entrada y comienzo a recorrer el largo tramo.
—¿Dónde estamos?
—En mi casa. Te quedarás conmigo esta noche. Me imaginé que no querrías que durmiera en tu sofá y que toda tu familia te interrogara por la mañana.
—No tienes que quedarte conmigo. Puedo cuidarme sola —susurra.
Me río entre dientes desde mi asiento.
—Me gusta tu compañía, CeCe .
Le sonrío y ella me hace una peineta.
—Está bien. Me gustaría ver dónde duerme todas las noches Nash Carter , extremo derecho de los Dallas Stars y ganador de la Copa Stanley .
Abre la puerta de su lado y apenas llego a tiempo para agarrarla cuando se baja tambaleándose de la camioneta.
—Mierda —masculla—. Se me ha atascado el talón; esta tierra es muy blanda.
El único sonido que nos envuelve es el de los insectos mientras cierro la puerta de la camioneta. Intenta dar un paso, pero sus tacones de diez centímetros se hunden en la grava.
—Solo tengo que quitarme los zapatos, un segundo —murmura al tiempo que levanta un dedo en el aire. Se inclina hacia la derecha y trata de quitarse el zapato.
Pongo los ojos en blanco y la levanto en brazos. No pesa nada, y no me sorprende que encaje conmigo a la perfección, como si estuviera hecha a mi medida. Su cálida espalda desnuda parece de seda contra mi antebrazo.
—Puedo caminar, Nash . Bájame —protesta CeCe .
—Shhh, vas a despertar a los grillos —la regaño.
Ella jadea.
—¡Mira cuántas luciérnagas!
Le sonrío en respuesta.
Está tan oscuro en mi terreno que parece de otro mundo.
Las luciérnagas siguen danzando en el aire, aunque estemos en agosto.
Dicen que viven en ciclos, pero aquí, con este calor, proliferan, sobre todo alrededor de la medianoche.
Muchas noches, cuando no podía dormir, me sentaba en el porche para disfrutar del espectáculo.
Por muy oscuro que esté, sus pequeños destellos siempre logran abrirse paso.
El arroyo resplandece detrás de nosotros y la única luz que me guía hacia la casa proviene de la luna y del farolillo del porche.
CeCe , en su estado de embriaguez, se dedica a admirar la belleza de mi propiedad mientras mira a su alrededor.
—Esto es impresionante, Nash . Es como un pequeño oasis privado —susurra.
—¿Crees que esto es especial? Mira hacia arriba —la insto.
Hace lo que le pido y se queda sin aliento cuando ve el millón de estrellas que hay en el cielo. Me detengo frente al porche y dejo que lo contemple durante un segundo mientras la abrazo contra mi cuerpo.
—Increíble —susurra. Mira al cielo con asombro y yo me quedo ahí quieto para que disfrute de la vista. La observo entre mis brazos bajo la luz de la noche y siento de nuevo esa punzada en el pecho. Que le jodan a las estrellas, no hay nada más hermoso que ella.
Sus ojos, vidriosos y agotados, se apartan del cielo.
—¿Me va a llevar dentro, señor Carter ?
Asiento con la cabeza y meto a CeCe en casa, luchando de nuevo contra el impulso de estrujarla entre mis brazos. La dejo con cuidado en el recibidor. Se quita los zapatos y se queda descalza en medio del pasillo. Una expresión extraña se dibuja en su rostro.
—Habitación. Vueltas —se queja mientras levanta la mano para sostenerse la cabeza.
—Mierda —murmuro. Vuelvo a cogerla rápidamente y la llevo al baño que está junto a mi dormitorio.
Mi habitación tiene un aspecto sombrío y melancólico cuando enciendo la lámpara de mi cómoda.
Los tonos grises y crema destacan sobre las paredes oscuras de la cabaña y crean un ambiente natural.
Mi cama es enorme, una California King , y cuenta con las mejores sábanas del mercado.
Puede que no sea ostentoso, pero hay ciertas cosas en las que no escatimo y mi cama es una de ellas.
Quiero estar cómodo las pocas horas que duermo.
Saco una camiseta del cajón de mi sinfonier y se la doy. Con lo diminuta que es, le quedará como un camisón. Se me hace raro que haya una mujer aquí. Y aunque llevo mucho tiempo solo, no me molesta verla en mi habitación. Para nada.
CeCe se queda parada en la puerta, como si fuera una ardilla a la que le diera miedo moverse.
Paso junto a ella y me meto en el baño. Es muy parecido al dormitorio.
Gris, con suelo radiante de baldosas blancas y azulejos en la ducha, además de una bañera de dos metros, la más grande del mundo.
Hay días en los que simplemente necesito un baño de sales tras pasarme el día entrenando a los chiquillos, y no quepo bien en una bañera normal.
Abro el tocador de nogal. Le cojo un cepillo de dientes nuevo y una toalla limpia para la cara, y enciendo la calefacción radiante para que no se le enfríen los pies.
—Te daré… un poco de privacidad.
Ella asiente.
—Estaré aquí fuera si me necesitas. —Cierro la puerta y camino por la habitación mientras oigo que abre el grifo.
Retiro el grueso edredón de la cama y dejo a la vista mis sábanas gris oscuro de mil doscientos hilos.
Cojo un Gatorade de la cocina, lo vierto en un vaso con hielo y lo dejo sobre un posavasos en mi mesita de noche junto a un paracetamol, porque algo me dice que lo va a necesitar por la mañana.
Luego me siento a esperar, dando golpecitos con el pie en el suelo de la habitación.
Quince minutos después, sigue sin salir del baño. Me pregunto si debería llamar a la puerta. El agua ya no corre y no oigo nada.
— CeCe —la llamo.
Como no recibo respuesta, toco la puerta.
—Me encuentro… mal. No entres —escucho a través de la puerta.
—Y una mierda —murmuro mientras abro la puerta y paso.
Sigue con el vestido puesto, sentada en el suelo del baño con la cabeza sobre el inodoro. Se le ha corrido la máscara de pestañas bajo los ojos vidriosos. Se me encoge el corazón al darme cuenta de que seguramente no se ha movido de ahí desde que la dejé sola.
—Joder, cariño… —Voy directo hacia ella y me agacho a su lado en el suelo.
—No hace falta que veas esto. Me… cepillé los dientes, pero luego empecé a encontrarme mal. La pasta de dientes. Demasiadas margaritas. Creo que voy a vomitar —me explica.
—No pienso irme hasta que estés bien para salir de este baño —susurro.
Le quito el pelo de la mano y me agacho con cuidado detrás de ella para apartárselo de la cara y hacerle una trenza.
Un truco que aprendí después de ver a Cole trenzarle el pelo a Mabel mil veces.
No tengo gomas de pelo ni nada que se le parezca, así que improviso.
Estiro el brazo y saco hilo dental del cajón del mueble.
Rompo un trozo y lo ato en forma de lazo alrededor de la parte inferior de la trenza.
Funciona de maravilla. Nos pasamos otros quince minutos sentados en el suelo mientras le froto la espalda.
—Ya me encuentro mejor. Pero tengo muchísima sed —comenta, apoyada contra la bañera.
Voy a la habitación a por el Gatorade y se lo traigo. No digo nada mientras le da un sorbo. Ahora tiene mejor aspecto, ha recuperado el color.
—¿Qué quieres, Rae ? —le pregunto mientras le aparto un mechón de pelo de la cara y se lo coloco detrás de la oreja.
CeCe mira a su alrededor.
—Qué baño tan bonito.
—Solo tú te fijarías en la decoración —digo mientras me levanto y mojo la toalla con agua caliente.
—No pienso beber nunca más —murmura, y me río.
Le lavo la cara con la toalla caliente y se la pongo en la nuca.
Suspira al notarla y cierra los ojos. La bestia obsesiva que hay en mí se da cuenta de lo cerca que está mi mano de la parte interior de sus muslos y de lo mucho que se le ha subido el vestido cuando se ha desplomado en el suelo del baño.
¿Soy mala persona por pensar en meterme dentro de ella mientras está borracha y vulnerable? Probablemente.
¿Quiero hacerlo de todas formas? ¡Joder, sí!
—Venga, vamos a la cama —la insto en lugar de dejarme llevar por mis pensamientos. Me levanto y la ayudo a ponerse en pie—. Te voy a quitar el vestido y a ponerte la camiseta, ¿vale?
Ella se acurruca en mis brazos como si fuera su hogar.
—Está bien, Nash —suspira.
Sentir que me necesita me llena el pecho de una intensa calidez.
La dejo a los pies de la cama y me coloco detrás de ella para bajarle rápidamente la cremallera del vestido, situada debajo del brazo, y deslizárselo por los hombros.
La sangre se me acumula en la entrepierna al sentir su piel sedosa bajo mis dedos.
Se le pone la piel de gallina al notar mi tacto, y se me aflojan las rodillas ante la necesidad de acariciar esos pezones rosados y firmes.
Si no estuviera sentado ya, tendría que hacerlo con urgencia.
Deslizo el vestido por su cuerpo y cae al suelo.
Cierro los ojos. «Joder».
—Virgen Santa, CeCe , me vas a matar.
Suelta una risita y coge la camisa que está a su lado para ponérsela. Gracias a Dios, su reluciente coño desnudo desaparece de mi vista.
Hablo despacio y con voz contenida.
—¿Entraste en mi bar con ese vestido y te has pasado toda la noche a mi lado sin llevar bragas debajo? —Mi voz baja varios tonos mientras intento controlarme.
—No quería que se me marcaran en el vestido. —Se encoge de hombros, con la misma inocencia de siempre, y luego se acuesta. En mi lado de la cama—. Oh, Dios mío, estas sábanas son increíbles. —Suelta ese gemido gutural que cada vez ansío más escuchar.
No la muevo. Me limito a usar toda mi fuerza de voluntad para taparla con los ojos cerrados. Vuelvo a llenarle el vaso, cojo una almohada y me dirijo al sofá.
No sé por qué me han obligado a rastrillar todas esas hojas cuando debería estar entrenando.
Ahora voy con prisas al partido y no me siento preparado.
Si quiero conseguir una beca para la Universidad de Kentucky , debería entrenar tres horas al día.
Al menos eso es lo que dice Harry , y se enterará si no lo hago.
—Las hojas podrían haber esperado hasta mañana —le gruño a mi madre mientras sale por la puerta. Luego le espeto—: ¿Puedes abrir el maletero?
Estoy molesto y ella lo sabe. Frunce el ceño al tiempo que abre el maletero y meto mi bolsa de hockey dentro.
—¿Dónde está papá? —Miro mi iPod , ya son las tres.
—Ahora viene, Nash , y había que limpiar las hojas hoy. Mañana vienen a hacer la evaluación.
Es verdad, el banco vendrá para ver si podemos ampliar nuestra hipoteca porque estamos en números rojos. Por mi culpa, ya que el hockey competitivo les ha costado una fortuna en los últimos dos años.
Me ablando porque, por muy molesto que esté, les agradezco que siempre hagan todo lo posible para que juegue. Trabajo cuando puedo en el estadio, recogiendo la basura y limpiando los vestuarios, pero los entrenamientos me quitan tanto tiempo que es difícil compaginarlo todo.
Mi padre baja las escaleras cojeando; lleva un tiempo con la rodilla fastidiada.
Su trabajo en la única fábrica del pueblo es muy laborioso y sin duda debería presentar una queja en el Departamento de Trabajo, pero necesitamos el dinero, así que va todos los días a trabajar tras tomarse dos analgésicos con el desayuno.
Se acerca a mí en la parte trasera del coche y me da una palmadita en el hombro.
—No hay que sobrecargarse, hijo. Necesitas un respiro de vez en cuando. Una hora rastrillando hojas no hará que seas peor extremo derecho, y también es una forma de ejercitar el cuerpo. Puedes hacerlo.
Este partido es importante, puesto que habrá ojeadores en las gradas y podrían seleccionarme directamente. Necesito estar listo.
Me sacudo la lluvia de la sudadera y nos ponemos en marcha.
—Llegaremos a tiempo, no te preocupes. —Mi padre se frota la rodilla en el asiento delantero y mi madre le agarra la mano.
Llueve a cántaros y el cielo está de un color gris oscuro y profundo.
El otoño siempre trae un ambiente melancólico.
Todos mis conocidos estarán allí esta noche.
Los Ashby , todos mis amigos del colegio, incluso lo emitirán en la televisión local.
Estoy muy nervioso y no dejo de reproducir jugadas en mi mente.
Me pongo los auriculares y miro la hora en el móvil: las 15.13. Nos quedan quince minutos para llegar. Subo el volumen de Jay-Z en el iPod para intentar calmarme y miro el paisaje a través de la ventana.
Luces, volantazos, gritos, cristales rotos.
Todo ocurre en un instante a mi alrededor.
Nos movemos y damos vueltas, y luego chocamos contra algo con un golpe sordo.
Creo que me desmayo, y cuando echo la cabeza hacia atrás, siento el pelo de mi madre en la cara.
Al momento sé que algo no va bien. Mi madre está sentada delante, no debería sentir su pelo en la cara.
Intento moverme, pero no puedo: tengo las piernas atrapadas y hay cristales rotos por todas partes.
Dolor. Por todas partes. Tengo la pierna rota.
Voy a vomitar. Lo hago, creo. Tengo sangre en la boca, pero no sé de dónde proviene.
—¡Mamá! —grito, pero no obtengo respuesta—. ¡Papá!—. De nuevo, nada.
Me concentro, o lo intento, pero me zumba la cabeza.
Abro los ojos y los entrecierro para ver las sombras de mis padres frente a mí.
¿Dónde estamos? Tanto mis padres como yo hemos pasado a formar parte del frontal del coche.
Sacudo a mi madre por los hombros y la llamo, pero no se mueve.
Estiro el brazo hacia el asiento delantero para tocarla con una mano temblorosa e intento sacar la pierna de debajo de su asiento, pero el dolor es insoportable.
Le coloco la mano sobre el pecho. Apenas noto nada. No sabría decir si respira o no.
—Mamá. Respira, mamá… —chillo, pero no recibo respuesta.
Oigo gemidos. Llantos. ¿Soy yo?
—¡No! Joder… ¿papá? —le grito, pero entonces veo sus ojos clavados en mí. Me duele la cabeza.
Su brazo cuelga detrás del asiento. Tiene los ojos abiertos y vacíos.
Están muertos.
Oigo el sonido de las sirenas y todo se vuelve negro.