Capítulo 36
Nash
Si Brent Wilson vuelve a tocarla, le romperé el cuello en medio del bar. A fin de cuentas, nunca me ha caído bien. Se pasa la noche coqueteando con mujeres cuando viene y parece que se cree alguien especial por ser el nuevo integrante de la policía de Laurel Creek .
Llevo una hora y media sin hacer nada más que observar a CeCe porque, por alguna razón, esta noche está descontrolada y los hombres no dejan de echársele encima por culpa de ese vestidito que lleva puesto.
Corto y ajustado, de manga larga, espalda escotada y de un color rojo intenso.
El escote es infinito, y lo único que quiero hacer es arrancárselo para hundir la cara entre sus perfectas tetas.
—Se acabó el alcohol para CeCe —le ordeno a Asher cuando se dirige hacia una mesa.
Él asiente y sigue su camino.
Justo cuando veo que ese cabrón la toca de nuevo, clavo la mirada en Olivia y ella sabe que estoy que echo humo.
Empiezo a acercarme, pero veo que Olivia aparta a CeCe del sobón, así que me detengo y dejo que se acerquen ellas.
Lógicamente, sé que no tengo ningún derecho sobre ella.
No tengo derecho a enfadarme, pero estoy muy cabreado y ahora mismo me importa una mierda que todo el mundo lo sepa.
Olivia arrastra a CeCe hasta la barra justo cuando se desata una pequeña pelea al otro lado. Agarro a uno de los chicos involucrados mientras Victor sujeta al otro, y sacamos a los dos borrachos y los echamos a la calle.
Cuando vuelvo a entrar, CeCe sigue en la barra con Olivia . Justo cuando me acerco, Margaret , mi nueva camarera, le pasa un chupito a CeCe . El sobón la ve y empieza a caminar hacia ella.
«Se acabó, joder». Es la gota que colma el vaso. Agarro a CeCe del codo y la guío entre la multitud. Se tambalea mientras la arrastro por el pasillo, la meto en mi oficina de un empujón y cierro la puerta de golpe tras ella.
—¿Qué demonios te pasa, vaquero a tiempo parcial? —Está borracha, pero sigue siendo la más sexy de todo el puto lugar.
—Te cierro el grifo y voy a llevarte a casa.
—Ah… claro, esta noche eres el Nash del bar. ¿Está enfadado el camarero malote? ¿Me has traído aquí para castigarme con bebidas caras y alitas de las malas? — CeCe se ríe. «¡Joder con esta chica!»—. No tienes derecho a llevarme a casa, Nash Carter —balbucea.
—Ya lo creo que sí, maldita sea.
—¿Por qué no te llevas a casa a la señorita Coqueta de Culo Prieto? Ya sabes que tarde o temprano lo harás —me reprocha mientras se ríe, y me quedo completamente desconcertado por lo que está diciendo.
Continúa riéndose al tiempo que levanta su chupito en el aire, que sigue en su mano milagrosamente sin derramarse por todo el suelo.
—¡Por los hombres buenorros y las rubias coquetas con culos increíbles! —grita CeCe , brindando como la borracha que es ahora mismo.
Intento quitárselo para que no se lo beba, pero es muy rápida.
—Dame el chupito, Rae , créeme que no lo necesitas.
—¿Quieres el chupito, Nash ? —pregunta en voz muy baja, lo que envía una descarga de rabia a mi pecho y una de calor a mi entrepierna, todo al mismo tiempo—. Tendrás que quitármelo —me incita mientras se mete el vaso entre sus grandes pechos.
Me acerco hasta que me detengo justo frente a ella.
Apoyo la mano en la pared junto a su cabeza y la miro fijamente.
Traga sa liv a. Lo único que se oye en la habitación es nuestra respiración sincronizada y el estruendo de la música al otro lado de la puerta de mi despacho.
Me está poniendo a prueba. A todo mi ser.
¿Cómo puedo estar tan enfadado y, a la vez, tan jodidamente excitado por esta mujer? Nunca lo entenderé.
Deslizo la mano por la pared y envuelvo las dos manos alrededor de su pequeña cintura para acercarla más a mí. Se le entrecorta la respiración cuando lo hago.
Mantengo la voz calmada y serena porque se me da de maravilla disimular mi rabia cuando es necesario.
— Cecilia Rae , jamás quiero volver a ver las manos de otro hombre sobre tu cuerpo —declaro mientras me inclino y me permito besarla una vez en el cuello.
Se le pone la piel de gallina al instante y empiezan a reproducirse imágenes de la otra noche en mi cabeza.
—¿Me he expresado con claridad? —pregunto en voz baja para que sepa que hablo totalmente en serio. La beso de nuevo en la clavícula y ella gime.
Le doy un tercer beso justo encima de los pechos y mantengo los labios justo encima del vaso de chupito. La deseo con todas mis fuerzas y me merezco un puto premio por el autocontrol que estoy demostrando.
—¿Lo has entendido? —repito, más fuerte esta vez.
—Sí, señor —susurra. El descaro que percibo en su voz me obliga a apretar los dientes para no echarme encima suyo. Tiene el pecho agitado mientras espera que haga algo, lo que sea. Así que, como es natural, le devuelvo la pulla.
—Buena chica. No me obligues a repetírtelo otra vez.
Mi miembro se aprieta contra la cremallera, duro como una piedra. La puta tortura de saber que ese coño estrecho y dulce está empapado bajo la falda es casi insoportable.
Deslizo las manos hacia arriba por su cintura y las detengo bajo sus pechos.
Luego los empujo hacia arriba para que el vaso suba lo justo para poder rodearlo con los labios.
Vuelve a dejar escapar otro gemidito. Saco el vaso con la boca y me lo bebo de un trago.
El ardor del tequila que siento en la garganta no se compara con el dolor que se ha instalado bajo mis vaqueros, pero lo combato con todas mis fuerzas.
No pienso follármela. No así, después de todo lo que ha bebido. Pero tengo dos cosas claras: no voy a dejarla sola ni un segundo más esta noche y, segundo, me las pagará por toda esta tortura a la que me está sometiendo.
Dejo el vaso en el escritorio y me inclino hacia ella, con el sabor a tequila impregnado en la lengua.
Despacio, le lamo el labio inferior y lo succiono durante unos breves segundos.
Normalmente detesto el tequila, pero mezclado con los dulces labios de CeCe , me lo bebería todos los días. Lo bebería para sobrevivir.
—Esto es lo único que vas a saborear de ese chupito.
Su lengua sale disparada para humedecer esos carnosos labios de color rojo cereza, y casi pierdo el control. Aprieto los dientes y aparto la mirada de ella.
—Y si piensas por un segundo que puedo mirar a otra persona mientras te paseas por mi bar con ese puto vestido, es que te has vuelto loca.
—Vuelvo a girarme hacia ella y veo que me mira con los ojos muy abiertos—.
Lo único que deseo ahora mismo es follarte tan fuerte y durante tanto tiempo que sabrás sin lugar a dudas que la única mujer a la que miro eres tú.
Sus labios están a un par de centímetros de los míos y puedo oler su dulce aliento.
—Odio desearte tanto —refunfuña, y le ofrezco una sonrisa burlona.
—El sentimiento es mutuo. Ahora coge tu bolso, nos vamos.
Me sigue cuando salgo de la oficina y nos colamos entre la multitud en busca de Ginger y Olivia para decirles que la llevo a casa.
Me aseguro de que Asher esté bien; tiene suficiente personal esta noche.
Llamo a Cole al salir por la puerta y le digo que venga a buscar a las otras chicas, que CeCe no se encuentra bien y que la dejo en casa.
Acepto porque Mabel vuelve a dormir en casa de Jo esta noche. Y no es la primera vez que Cole tiene que recoger a Ginger cuando se emborracha para llevarla a casa. Está de guardia, pero no pasa nada por llevarlas a casa con lo tranquilas que son las noches en Laurel Creek .
Llevo a CeCe a la seguridad de mi camioneta, pero se tambalea cuando la levanto para ayudarla a entrar. Me dirijo hacia mi lado y me subo.
—Ojalá no estuvieras tan bueno, así sería mucho más fácil no desearte —murmura con la cabeza apoyada contra el cristal mientras enciendo la camioneta.
—De nuevo, el sentimiento es mutuo —mascullo.
Empiezo a bajar por la carretera y me doy cuenta de que podría llevarla a su casa.
Tengo la llave de la Stardust y de todas las puertas del rancho.
Pero si lo hago, tendré que dejar la camioneta allí, y eso no me viene bien.
Lo último que necesitará CeCe por la mañana es que le pregunten por qué he dormido allí, porque no pienso dejarla sola en este estado.
Así que tomo la precipitada decisión de seguir adelante, obviar el atajo que lleva al rancho y poner rumbo a mi casa. Esta noche se quedará conmigo.
—¿No estabas mirando a la señorita Coqueta de Culo Prieto? Vi que le diste tu número de teléfono —murmura arrastrando las palabras.
—¿Estás celosa, CeCe Ashby ? —Me río al darme cuenta mientras conduzco por la oscura campiña.
—No —responde rápidamente—. Que quiera arrancarle ese sombrero de vaquera y estrangularla con las cuerdas que lo atan al cuello no significa que esté celosa. No soy celosa. De hecho, soy todo lo contrario —parlotea.
Siento que mi ira se desvanece mientras habla. Incluso cuando está borracha es adorable, joder.
—Bueno, sé que no recordarás nada de esto mañana, pero quiero que sepas que no le he dado mi número.
—Claro, claro —resopla ella.