Capítulo 35
CeCe
—¡Vamos allá, chicas! —canturrea Ginger , imitando a Shania , cuando Asher llega a nuestra mesa con la primera ronda de chupitos de Baileys .
Ya estoy un poco achispada después de la cena de cumpleaños de Avery en el Dolcettos .
Su risotto y el mejor Pinot Grigio italiano del pueblo me provocan una cálida sensación en el pecho mientras cojo un chupito de la bandeja.
Asher clava los ojos en Olivia durante un breve segundo mientras ella coge el chupito que le tiende. No sé si es por la borrachera o si simplemente me estoy imaginando cosas, pero parece que la devora con sus ojos oscuros, como si fuera su próxima comida.
El chico retrocede al tiempo que ella masculla:
—Gracias.
Asher asiente y desaparece entre la multitud.
—Madre mía, ese hombre podría haberte incinerado con esos ojos grises tan profundos. — Ginger se ríe.
Olivia lo mira fugazmente.
—Me asusta un poco.
Me giro para ver a qué se refiere. ¿Que asusta un poco? Sí, entiendo por qué lo dice.
—Es como si viera a través de mí —explica Olivia . Se tapa la cara con el pelo para evitar su atenta mirada, como si pudiera escucharla desde el otro lado del bar.
—Es el jefe de bomberos, ¿verdad? —pregunto—. Quizá estamos juzgando un libro por su portada. Hay que tener un alma bondadosa para salvar a la gente del fuego, ¿no?
Olivia lo mira de nuevo.
—Supongo —murmura, pero no parece del todo convencida.
—Olvidémonos del jefe de bomberos sexy y aterrador y centrémonos en Avery —exclama Ginger .
Todas estamos de acuerdo y brindamos con nuestros chupitos, como si el hecho de que Avery cumpla veinticuatro años fuera lo más importante del mundo.
Los nervios me tienen hecha polvo. Lo he hecho de verdad.
Me he puesto el vestido. El Max Mara de color rojo que reservo solo para cuando quiero estar cañón.
Quiero que Nash me desee cuando me mire.
La llamada a altas horas de la noche, las miradas, el segundo café de esta mañana en mi barandilla, sin contar con lo ardientes que somos en la cama.
Es mucho contra lo que luchar. Quiero otra noche con él, aunque solo sea una más.
Quince minutos después de habernos sentado y de darme cuenta de que sufriré como una condenada cuando termine lo que sea que tenga con Nash Carter , lo veo.
Me deja sin aliento. A ningún hombre le sientan tan bien unos vaqueros, una camisa de franela de manga larga sobre una camiseta y esa maldita gorra de béisbol del revés.
Nuestras miradas se encuentran desde el otro lado de la sala y me sonríe. Me derrito sobre la silla.
—Ya, claro, solo fue un rollo de una noche —susurra Ginger y resopla a mi lado. Le doy un codazo y Avery se gira para ver de qué estamos hablando.
—Espera, ¿eres tú la razón por la que lleva los dos últimos días cantando a Shania por el centro? Y Sonny me dijo que el otro día lo pilló silbando. — Avery me mira con cara de incredulidad y luego se queda impasible—. Silbando.
Olivia se parte de risa mientras yo niego con la cabeza.
—Somos viejos amigos —le aclaro.
—¿Amigos con derecho a roce? ¿O solo amigos?
— Nash ya tiene bastantes amigas con derecho a roce —suelto para acallar a Avery .
Me fío de mis amigas y es una chica muy dulce, pero no conozco a Avery lo suficiente como para confiar en ella plenamente todavía.
Avery se encoge de hombros.
—Si te sirve de algo, nunca lo he visto con nadie en los cinco meses que llevo trabajando con él. Así que si eres tú la que le hace tilín, yo digo que adelante. El tío está buenísimo. —Lo mira de arriba abajo mientras lo dice y eso me molesta, aunque sé que no lo dice con mala intención.
—¡Por los hombres buenorros! —grita Olivia con el chupito en alto, y todas la imitamos. El dulce líquido me quema la garganta. Sabe a caramelo.
Por el rabillo del ojo me fijo en Nash , que está en la barra hablando con una rubia y una morena.
Observo la ropa de las chicas. La rubia lleva unos vaqueros que se ajustan a sus curvas y una blusa campestre con volantes que cae de sus bronceados hombros.
Tan solo veo su perfil, pero me resulta familiar.
Sea lo que sea de lo que estén hablando, están totalmente enfrascados en la conversación.
Levanto la mano hacia Asher , quien se acerca rápidamente.
—Tres margaritas de fresa, por favor. —Le sonrío, ya que el miedo que sentía antes ha desaparecido con el alcohol.
Normalmente paro después de cuatro o cinco copas, incluso en una noche de fiesta como esta.
Conozco mis límites, pero esta noche me siento salvaje.
Solo quiero bailar y olvidar que tengo a Nash Carter metido en la cabeza, aunque sea durante cinco minutos.
Lo observo mientras anota algo en un papel y se lo da a la rubia.
Me inunda la rabia cuando llego a la conclusión de que tiene que ser su número de teléfono.
¿Qué otra cosa podría ser? Ella le dice algo y se ríe mientras echa la cabeza hacia atrás.
Luego se guarda el papel en el apretado bolsillo de sus vaqueros.
Cuando se gira y veo su rostro al completo, me doy cuenta de quién es.
Es la señorita Coqueta de Culo Prieto del Sage & Salt . ¿Y Nash acaba de darle su número?
Dos horas y quién sabe cuántas margaritas de fresa después, las chicas y yo estamos en la pista de baile moviendo el culo al ritmo de la increíble banda de country que Nash ha contratado para esta noche.
Están tocando todos los temas favoritos del público, y los pies me estarían matando con estos tacones si el alcohol no me calmara el dolor.
Finjo que Nash Carter no existe mientras bailo.
Tengo mi dignidad. De hecho, necesito conservarla desesperadamente.
He sido tan tonta como para pensar que tal vez había algo real entre nosotros.
Algo más allá del sexo alucinante. La señorita Coqueta se quedó otros veinte minutos en la barra antes de ir a buscar una mesa con su amiga y Nash no dejó de hablar con ella durante todo ese rato.
Así es Nash , preparando el terreno para su próxima conquista.
La banda empieza a tocar Country Girl (Shake It for Me) , de Luke Bryan , y la multitud se vuelve loca.
La pista de baile está a reventar, y Ginger , Olivia y yo nos movemos justo al centro.
Nos sabemos la letra entera, por supuesto, así que cantamos al ritmo de la música.
Estoy convencida de que somos las mejores bailarinas del bar, puede que incluso del mundo.
¿O son las margaritas las que hablan? En fin, me da igual.
Lo damos todo durante tres canciones más.
Siento unas manos sobre mi cuerpo: no tengo ni idea de a quién pertenecen, pero no me importa mientras Ginger y yo bailamos hasta hartarnos de la canción de Sweet Home Alabama .
Alguien vuelve a agarrarme las caderas por detrás y empieza a mecerse al ritmo de la música, pero Olivia me coge de la mano.
—Vamos a tomar algo. Tu jefe parece muy alterado.
Me doy la vuelta para ver quién me ha agarrado y tengo un momento de lucidez. No reconozco al chico alto y rubio con pintas de futbolista y sombrero de vaquero que se aferra a mi cuerpo.
Olivia me aparta y el hombre me saluda con un gesto de cabeza.
—Nos vemos cuando vuelvas, preciosa —dice por encima de la música.
Sonrío porque sí, desde luego que nos veremos. Es guapo y seguro que no coquetea con camareras rubias.
Dirijo mi borrosa mirada hacia la barra, donde Olivia me lleva, y mis ojos se encuentran con los de Nash desde el otro lado de la habitación.
La mirada que me lanza podría incendiar el bar y quemarlo hasta los cimientos.