Capítulo 27
Nash
—Cuando tenía diecinueve años, volví a casa para el aniversario de la muerte de mis padres.
Fue después del último derbi; no tenía mucho que hacer para mantenerme ocupado y la temporada de hockey de la Universidad de Kansas había terminado.
No podía sacarme los demonios de la cabeza, así que tenía que adormecerla.
Me llevé una botella de bourbon a la pradera norte.
Tú me encontraste allí. ¿Recuerdas esa noche?
CeCe asiente.
—Sí, yo tenía… ¿doce años? Me dijiste que me fuera, pero no lo hice y me senté contigo. Estaba preocupada. Dijiste que a veces eras un desastre y que no lo entendería. Que era demasiado pequeña. Que era un problema de adultos.
Parpadeo y no digo nada porque no me creo que recuerde lo que le dije palabra por palabra.
—Te sentaste conmigo durante un rato y escuchamos a Kenny Chesney en mi iPod . Charlaste sin parar sobre Shania y tus amigos del colegio, y eso me hizo olvidar por un momento lo que estaba pasando. Agradecí tus divagaciones preadolescentes esa noche.
—Sabía que no podía ayudarte, pero no quería dejarte solo. Por aquel entonces, ya eras como un hermano mayor para mí —confiesa, perdida en el recuerdo.
— Cole vino y se sentó con nosotros, y poco después te envió de vuelta a casa. Intentó que me quedara con vosotros, pero no le hice caso y me fui. Vosotros os marchasteis a casa.
Suspiro, porque esta parte es la más difícil de admitir.
—Cogí el coche, pero no debí haberlo hecho.
Lo supe en cuanto giré la llave. No se me ocurrió hacer otra cosa a pesar de cómo murieron mis padres…
Me arrepiento de esa estúpida decisión a diario.
No llegué muy lejos. Creí ver algo en la carretera.
Di un volantazo para evitar la cuneta, pero rompí dos señales del condado y choqué contra la valla del señor Saulito .
Destrocé una parte y terminé en su jardín.
Tu madre y tu padre vinieron corriendo detrás de mí; Cole les había dicho que me había ido.
Tu padre vio lo que había sucedido y me obligó a subir al coche con tu madre.
Ella me trajo aquí y tu padre cargó con la culpa de todo.
Dijo que era él quien conducía la vieja camioneta de mi padre para ir a la tienda del pueblo porque estaba bloqueando la suya y que un ciervo se metió en la carretera.
Pagó los daños al señor Saulito , se reunió con la policía y se hizo cargo de las señales.
Si me hubiera dejado lidiar con esto yo solo, me habrían acusado de conducir bajo los efectos del alcohol siendo menor de edad y de los daños materiales.
Me habría echado a perder tanto a mí mismo como a mi futura carrera en el hockey .
Volvimos al rancho y se quedaron despiertos conmigo hasta altas horas de la noche.
Me dijeron que era mi única carta para salir de la cárcel, pero que tenía que madurar y buscar ayuda.
—Recuerdo que me desperté a la mañana siguiente y mi padre me dijo que había tenido un accidente. —Parece sorprendida, y una lágrima enorme cae por su mejilla. Se ha dado cuenta una vez más de lo bondadoso que era su padre.
—El resto es historia. Hasta hace dos años, cuando tu madre me llamó.
Las facturas médicas de tu padre eran desorbitadas; solo su cirugía costó casi doscientos mil dólares.
Necesitaban ayuda, pero ella no me la pidió, solo quería desahogarse.
Así que contacté con la clínica y pagué la factura, así como todas las que vinieron después.
—No tenía ni idea —admite mientras se seca las lágrimas y sorbe por la nariz—. ¿El tratamiento experimental?
—Sí.
—Los médicos dijeron que, gracias a eso, pudimos estar dos meses más con él. ¿Fue por ti?
—Sí. También he estado ayudando a tu madre a no venirse abajo durante el último año. Como ya sabes, ha sido difícil desde que tu padre…
Ella entierra la cara entre sus manos.
—Parece que no sé tanto como tú. Debería haber estado aquí.
—No hagas eso. Ella sabía que podía permitírmelo, CeCe , y no quería preocuparte. No quería que supieras que lo estaba pasando mal. Estabas en Seattle , tenías una vida allí. Sabía que, si te decía que te necesitaba, la priorizarías por encima de todo.
—Sé que mi padre y tú teníais un vínculo muy estrecho, pero no imaginaba que tanto.
—Me llevó a terapia después de la noche del accidente para ayudarme a superar todo aquello.
Porque aunque vivía bajo su techo, no sabía lo mucho que seguía sufriendo.
Me ofreció más trabajo aquí. Vinieron a todos mis partidos y os trajeron a ti, a Cole y a Wade .
Me dijo que la vida se basa en las decisiones que tomamos.
Podía dejarme llevar o tomar las riendas y sujetarlas con fuerza —repito sus palabras—.
Tu futuro es tuyo y puedes dirigir ese caballo como quieras.
—Lo echo mucho de menos —susurra CeCe , con las lágrimas ya secas, mientras se aparta el pelo del hombro.
—Yo también.
Permanecemos en silencio durante unos minutos, bebiendo nuestros respectivos cafés.
—Mi vida podría haber tomado un rumbo muy diferente si no hubiera sido por él. Nunca lo olvidaré.
—¿Sabes que, en este último mes, las únicas dos veces que me he sentado a la mesa contigo por la mañana me has hecho llorar? —Los ojos de CeCe siguen vidriosos, pero ahora se está riendo.
—La próxima vez, nada de lágrimas —le aseguro—. Lo prometo.
—Creo que estoy más sentimental de lo normal porque me has dejado grogui de tanto follar. —Esboza una sonrisa socarrona.
—Vaya, pues pienso aprovecharme de eso hoy en la oficina. Te daré una lista de cosas para hacer por las que sueles darme la tabarra.
—No tientes a la suerte, Nash . Sabes que mi descaro volverá a resurgir. A mediodía estaré a tope de nuevo. —Me señala con un dedo, y mi pene obsesionado ya la desea de nuevo mientras me imagino lamiéndole dicho dedo.
Me río entre dientes y le doy un sorbo a mi café, que está buenísimo. Su dichosa cafetera de alta gama es digna del sufrimiento que he pasado.
El sol baña por completo la ladera de la montaña tras su rostro perfecto, y la belleza que veo al otro lado de la mesa me deja atónito.
Nunca pensé que encontraría una vista que me gustara más que cabalgar por Silver Pines mientras contemplo cómo sale el sol por encima de la montaña Sugarland hasta que me senté frente a Cecilia Ashby , recién follada con su café matutino.
Nos terminamos la taza en silencio. Me levanto y limpio su cocina mientras ella se va a la ducha. Estoy empezando a perder el control. Pienso en unirme a ella en la ducha, pero no me muevo. Quiero que su aroma permanezca en mi piel un poco más, aunque eso me convierta en un pervertido de mierda.
Me visto con la ropa de anoche y a continuación le hago la cama, doblo sus mantas con cuidado y coloco sus cincuenta cojines en perfecto orden.
Me paro frente a la cama y empiezo a recordar las caras que ponía cuando estaba dentro de ella.
Justo en ese momento, el teléfono empieza a vibrar sobre la mesa, lo que interrumpe mis recuerdos más recientes.
Le doy la vuelta y veo que es Wade , así que respondo.
—¿Estás en casa de CeCe ? Acabo de ver tu camioneta de camino al granero.
«Mierda». Por suerte, estamos a jueves. Es el único día de la semana en que Wade duerme hasta tarde y Cole viene a trabajar una vez terminadas las tareas de la mañana. De lo contrario, Cole habría ido directo al granero a las cinco de la mañana.
—Sí, anoche tuvimos un problema con la contabilidad. Acabo de llegar, llevamos desde las siete y media resolviendo algunas cosas.
«Estoy sudando. ¿Por qué estoy sudando? Soy un hombre adulto de treinta y tres años. Solo ha sido una noche».
—Genial, quiero enseñarte el lote que hemos preparado para tu festival. Me paso en un minuto.
Me imagino la llegada de Wade mientras CeCe está en la ducha, sin contar con que la cabaña debe oler a sexo todavía.
—No, ya me iba. Me acercaré hasta donde estés —replico rápidamente mientras cojo mis llaves y mi cartera.
—Vale. Estoy en el granero norte, pero nos vemos en la casa principal.
—Estaré ahí en cinco minutos.
Le envío un mensaje a CeCe mientras salgo de la cabaña.
Yo: He tenido que irme. Wade ha visto mi camioneta en tu casa e iba a pasarse por aquí, así que he quedado con él en otro sitio.
Respiro hondo cuando una ráfaga de aire fresco me golpea la cara y me paso una mano por el pelo.
Cojo una camiseta limpia. Siempre guardo alguna de repuesto en mi camioneta: es una vieja costumbre de mis tiempos mozos.
Me la pongo, lanzo mi camisa de vestir a la parte trasera y, tras coger mi sombrero de vaquero del asiento de atrás, me dirijo a la casa principal.