Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Tienes suerte de no haber tenido nunca una relación. Te destroza por dentro cuando se termina.

—Exacto —responde—. O lo pierdes todo cuando menos te lo esperas.

Asiento. Lo ha pasado mal. No insisto y caminamos unos segundos en silencio hasta que vuelve a hablar.

—¿Cuál fue el momento decisivo, si puedo preguntar?

Suspiro. Por muy raro que sea explicarle esto a Nash , es liberador decirlo en voz alta ahora que está hecho.

—Cuando vine a casa por Navidad el año pasado, hubo una mañana en que mi padre estaba muy lúcido. Tomamos café en el estudio… bueno, por aquel entonces era su habitación improvisada.

Nash asiente con la cabeza.

—Lo recuerdo. Vine unos días en enero, antes de que falleciera.

Levanto la mirada hacia él.

—No lo sabía —confieso. Al parecer, es un tema recurrente. No sé nada de lo que ha hecho Nash en los últimos años.

—Sí, volvía siempre que podía… sobre todo al final. Fue como volver a perder a mi padre, solo que esta vez tenía la oportunidad de despedirme. No pensaba desaprovecharla por nada del mundo.

El silencio nos envuelve durante unos segundos, hasta que siento la necesidad de decir algo.

—Papá te quería mucho.

Nash asiente sin mirarme a los ojos.

—Era el mejor. Nunca habrá nadie como él —afirma en voz tan baja que prácticamente es un susurro.

Miro al frente y contengo las lágrimas que amenazan con caer. Me aclaro la garganta.

—En fin, me dijo que un hombre debería estar ahí para mí.

Dijo que alguien que me quisiera no me obligaría a viajar sola a casa por Navidad, sobre todo cuando mi padre estaba tan enfermo.

Y luego insinuó que tal vez Andrew me estaba siendo infiel.

En ese momento me di cuenta de que si era tan obvio para mi padre, que vivía al otro lado del país, todas las excusas con las que lo defendía eran mentiras que estaba creando yo misma.

—¿Así que indagaste y descubriste que había otra mujer después de eso?

—Mujeres —corrijo.

Nash se gira hacia mí con expresión de sorpresa y, si no supiera que es imposible, diría que también de rabia pura.

—Hijo de puta… —murmura.

—Sí, eso pienso yo también. —Sonrío porque a estas alturas no tengo más remedio que reírme de todo esto—.

Empecé a observar con más atención lo que hacía y revisé los cargos de su tarjeta de crédito.

Aparecían comidas y cenas para dos de las que yo no había disfrutado, recargos de compras de lencería que nunca llegué a recibir…

—Joder, CeCe .

Los viejos escalones de la Stardust resuenan bajo nuestros pies cuando subimos.

Una vez dentro, guío a Nash hacia mi escritorio recién instalado frente a la ventana de la cocina y enciendo la lámpara de la entrada.

Deja la caja sobre la mesa y voy a la cocina a buscar algo para abrirla.

Enciendo la luz del extractor de humo, que ilumina ligeramente la oscura habitación.

—Lo peor fue cuando llevé sus abrigos a la tintorería en mayo, como hago todos los años.

Cuando fui a recogerlos, la dependienta me entregó una pequeña funda con un tanga rosa brillante dentro.

Dijo que estaba en el bolsillo interior y supuso que era mío.

No se me había ocurrido echar un vistazo ahí dentro.

En ese momento, lo supe con certeza. Fueron los días más humillantes de mi vida, pero sabía lo que tenía que hacer.

No hacía más que oír la voz de mi padre.

Todavía sueño con eso a veces y siento que está orgulloso de mi decisión.

Puede que parezca una tontería, pero creo que me visita en sueños para decírmelo.

Llegados a este punto, he empezado a divagar, y entonces recuerdo con quién estoy hablando. En otra vida, supongo que Nash era como Andrew .

—Te he contado más de lo que querías escuchar, lo siento. —Suelto una risa incómoda mientras abro la caja. Me vuelvo hacia él y veo que me observa detenidamente, como si estuviera sumido en sus pensamientos.

—Ninguna mujer merece que la engañen, la utilicen o la degraden. Me alegro muchísimo de que escucharas a tu padre y hayas seguido tu instinto.

Le echo un vistazo rápido mientras empiezo a sacar libros de la caja.

—La verdad es que no he sido justa contigo, Nash . Supongo que te veía como eras antes, parecido a Andrew .

Él resopla y parece horrorizado cuando lo miro.

—¿Crees que trataría así a una mujer? —pregunta.

Me encojo de hombros e intento escoger las palabras con cuidado para no ofender a mi nuevo jefe. A veces desearía que hubiera un filtro entre mi cerebro y mi boca. Le doy la espalda y evito su penetrante mirada azul mientras intento retractarme.

—Bueno… yo… quizá no las engañarías, pero siempre estabas con una chica diferente, cada día de la semana. Leí algunos artículos cuando jugabas al hockey . Esa modelo con la que saliste dijo que te acostabas con la mujer de Cory Kane .

Nash se quita la gorra y la deja en mi sofá mientras se pasa una mano por el pelo y se acerca a la ventana. La montaña Sugarland sigue siendo amenazante incluso en la oscuridad de la noche.

—Me importa una mierda lo que la prensa piense de mí.

Esa modelo con la que salí y de la que hablas se llama Kelsey .

Nunca tuvimos nada serio y nunca la engañé.

He salido con muchas mujeres de forma casual, sí…

pero nunca engañaría a ninguna. Jamás. Todas las mujeres con las que he estado sabían dónde se metían.

No salgo con nadie. No me van las relaciones.

Pero Kelsey pensó que podía cambiarme. Y apenas unas semanas después me di cuenta de que estaba más preocupada por sus seguidores en redes sociales que por mí.

Hacía tiempo que habíamos terminado cuando dijo esas cosas sobre mí en TMZ, y ninguna de ellas era cierta.

Se aleja de la ventana para acercarse a mí. Es raro estar a solas con Nash .

— Cory lo sabe, yo lo sé y su mujer también.

De hecho, sigo teniendo muy buena relación con ellos; hablo con Cory al menos una vez a la semana.

¡Joder! Incluso celebré la Navidad con ellos el año pasado y en junio fui a la fiesta de cumpleaños de su hijo.

Los rumores son parte del trabajo. Kelsey buscaba sus quince minutos de fama y los consiguió. Parecía sincera cuando la conocí.

Se acerca a mí y apoya las manos en mis hombros para darles un fuerte apretón mientras me mira. Sus ojos de color zafiro se clavan en los míos y me doy cuenta al instante de que está siendo sincero.

—No te equivoques, lo que Andrew te hizo estuvo mal. Te mereces algo infinitamente mejor, Rae .

No estoy preparada para el magnetismo que transmite Nash cuando se acerca tanto a mí y me mira con sus ojos azul marino.

Soy incapaz de hacer nada, salvo devolverle la mirada.

Esta proximidad, sus palabras, sus manos sobre mi cuerpo.

Madre mía, incluso su delicioso aroma acapara toda mi atención.

Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y ese simple gesto me enciende la piel como si fuera una cerilla.

Su mirada se posa en mi boca. Veo cómo se le mueve la garganta cuando traga sa liv a.

¿De verdad estoy pensando en lo que sentiría si Nash Carter posara los labios sobre los míos?

«Virgen Santa, qué bonitos son». Imaginar nuestros cuerpos fusionados me calienta el alma al instante.

Se me acelera el pulso como hacía tiempo que no me pasaba por un hombre y siento cada fibra de la ropa que llevo en contacto con mi piel.

Nuestras respiraciones se sincronizan mientras desliza el pulgar con delicadeza bajo el cuello de mi camiseta y me acaricia el hombro con suavidad.

—Para que lo sepas, el hecho de que haya mirado siquiera a otra mujer me dice que está loco o que es el cabrón más idiota de la faz de la Tierra.

Es demasiado… Sus ojos, sus palabras, sus pulgares acariciándome la piel. Es embriagador.

«Bésame», grita mi entrepierna.

Ambos pegamos un bote cuando oímos que llaman a la puerta.

Nash desliza las manos por mis brazos y se aclara la garganta mientras se aleja de mí.

—Lo siento, CeCe . Esta mañana me dejé el sombrero y las gafas de sol aquí —grita Cole desde la puerta.

Me enderezo y los busco con la mirada, pero mi cuerpo sigue ardiendo tras sentir las ásperas manos de Nash deslizándose por mis brazos hace apenas unos segundos.

Encuentro las cosas de Cole sobre la mesita del salón y se las doy.

—¿Te vas? —le pregunta Nash a Cole .

—Sí, ahora mismo —responde él, ajeno a la tensión que flota en la habitación y que me estaba comiendo viva.

—Genial, te acompaño hasta mi camioneta. — Nash se gira hacia mí—. Hasta luego, Rae —se despide mientras vuelve a ponerse la gorra al salir.

—Hasta luego —murmuro cuando la puerta se cierra y me pregunto qué coño acaba de pasar.