Capítulo 10
Nash
—¿Duermes mejor, hijo?
—Algunos días —le respondo a Wyatt mientras pone una escalera de cinco números sobre la mesa. El Rummikub es lo nuestro; desde que enfermó, jugamos cada vez que vengo a casa, aunque llevamos años haciéndolo.
—Veo que aún se te da fatal mentir.
Resoplo.
—Supongo que sí.
—¿Te estás tomando la mierda esa vudú que te dio Jo? —me pregunta, refiriéndose a la melatonina y la manzanilla que tengo en el armario de la cocina.
—Sí. No me ha servido de mucho, pero no se lo digas. Me lo tomaré de todos modos. —Esbozo una sonrisa burlona.
—Chico listo. Tu secreto está a salvo conmigo. Valoro el tiempo que me queda, ni se me ocurriría decirle a Jo que se equivoca en algo.
Me río, pero detesto oír hablar del poco tiempo que le queda. Es tan joven. Solo tiene sesenta años. Es muy injusto.
—Quizá sea eso lo que necesitas. Tu propia versión de Jo.
Tienes treinta y dos años, puede que vaya siendo hora de encontrar a alguien con quien empezar una vida, ¿no crees?
Alguien que te mantenga ocupado, algunos bebés que te agoten la energía.
Quizá así duermas mejor. — Wyatt hace una mueca de dolor cuando estira el brazo sobre la mesa para colocar más fichas.
—¿Estás bien? —Me preparo para levantarme y ayudarlo, pero él me hace un gesto para que me despreocupe.
—Todo bien, pero me arden los malditos nervios de vez en cuando.
Asiento con la cabeza. Odio el cáncer. Aunque «odiar» no es un verbo lo bastante fuerte como para describir lo que siento.
Se está llevando al hombre más fuerte que conozco y lo ha dejado en los huesos.
Lo admiro muchísimo, joder. Wyatt nunca se queja, se lo toma todo con calma e incluso ahora, en sus últimos días, sigue preocupado por mí.
—Esa vida no es para mí —replico.
—¡Chorradas! Esa vida es para todo el mundo una vez encuentras a la persona adecuada. Vosotros, mis hijos, sois lo mejor que me ha pasado en la vida.
Siento una presión en el pecho y coloco otra combinación en la mesa. Una buena.
—Joder, ¿te la estabas guardando para soltarla en una ocasión especial?
—Sí, la ocasión de volver a darte una paliza. Me quedan tres fichas. —Señalo mi bandeja y sonrío.
Wyatt hace una mueca. Detesta perder, pero detesta todavía más que lo deje ganar. El silencio nos envuelve durante un segundo.
—Ni siquiera puedo cuidar de mí mismo, ¿cómo voy a cuidar de otra persona o de mis hijos?
Eso no entra dentro de mis planes. Estoy contento con mi carrera y cuando termine volveré aquí.
En abril, iremos a pescar, trabajaremos en mi barco y podrás ayudarme a encontrar una buena casa.
Eso es todo lo que necesito. Una pequeña parcela y un poco de espacio para respirar. Algo de paz.
Wyatt sonríe con los ojos brillantes.
—No tengo tanto tiempo.
Me pica el puente de la nariz. Sé que tiene razón, pero no puedo aceptarlo. Otra vez no.
—Veamos cómo va este tratamiento experimental después de Acción de Gracias. Parece que da muy buenos resultados.
—Chico, voy a hablar con total claridad durante un minuto —suelta, y me río.
—Es lo que haces siempre.
Me sobresalto cuando Wyatt me agarra el antebrazo.
—Quiero que estés aquí para ellos, para todos. Eres más fuerte de lo que crees, Nash . Y ya sabes lo que se siente al perder a alguien. A un padre. Ellos no. Usa tu dolor y ayúdales a superar mi marcha. Sobre todo a las chicas. Mis chicas te necesitarán.
—Estás diciendo tonterías, pero te seguiré el rollo, viejo amigo.
—Bien. —Asiente—. Ahora esfuérzate un poco durante el resto de la partida. No tiene gracia si no me das un poco de juego… —dice mientras coloca una combinación de seis fichas—. Me quedan dos fichas. —Sonríe.
Me deshago de los recuerdos que siguen invadiendo mis pensamientos a diario, cojo el Betty Cobbler —un postre típico de Estados Unidos que hacen en nuestra panadería local— del asiento delantero y dejo las llaves en la consola de mi camioneta.
Las cenas de los lunes por la noche en casa de los Ashby son legendarias.
He venido todos los lunes desde que tenía quince años, salvo los años en los que estuve en la NHL , e incluso entonces, siempre llamaba esos días.
No hay invitación ni hora de llegada, simplemente nos presentamos porque Jo siempre decía que, aunque tu lunes sea una mierda, siempre puedes disfrutar de una buena cena en familia a la antigua usanza.
Entro por la puerta principal y escucho la película En la cuerda floja y la risa de Mabel provenientes de la cocina.
Es como volver a casa. Mamá Jo ha sido como una madre para mí desde que lo perdí todo y, por mucho que lo intente, nunca podré llegar a compensarla por ello.
Ni siquiera se cuestionó su rol, simplemente tomó las riendas de todo junto a Wyatt .
Ahora es la única que queda. Haría cualquier cosa por ella, sobre todo ahora que su marido ya no está.
—Hola, cariño. —Jo me sonríe desde la isla de la cocina, donde está extendiendo una masa de galletas casera con las manos.
Cole y Mabel han sido los primeros en llegar. Mabel es la niña más guay del mundo. Está junto a Jo con su delantal rojo a juego, ayudándola a enrollar y esparcir la harina.
—Mamá Jo —la saludo mientras le doy un beso en la coronilla.
Luego me acerco a la niña.
—¡Qué nivel, Mabel ! —exclamo mientras le choco los cinco. Se ríe y veo que me ha dejado la mano cubierta de harina—. Vaya, muchas gracias, renacuaja —refunfuño mientras me limpio la mano con un paño de cocina.
Cole me lanza un trozo de masa de galleta.
—Pobrecito, que le han fastidiado sus pintas a lo Matthew McConaughey . ¿Has dejado tu Lincoln aparcado fuera?
Me escondo detrás de Mamá Jo y le hago una peineta mientras me dirijo al bar para servirme la bebida habitual de los lunes por la noche. El bourbon favorito de Wyatt . Es el único momento en que bebo alcohol. Una vez a la semana, por Wyatt .
—¡Tienes que meter un dólar en la botita de las palabrotas, tío Nash ! —exclama Mabel al tiempo que señala su bota de vaquera de bebé en la que metemos dinero cuando decimos tacos delante de ella.
—¿Acaso tienes ojos en la nuca? Y no he abierto la boca, solo he hecho un gesto, así que no debería contar.
—¡Claro que cuenta! —chilla. Se está haciendo de oro gracias a mí, pero me da absolutamente igual.
Meto un billete de cinco dólares en la bota; ya está medio llena y solo estamos a lunes.
—Con esto cubro las próximas que suelte. —Le sonrío de forma socarrona.
—Nunca tengas hijos —murmura Cole mientras sacude la cabeza, justo cuando Wade entra por la puerta trasera.
—Mamá, familia —saluda.
—Sargento —decimos todos casi a la vez, lo que provoca la risa de Mabel .
—Hola, tío Wade .
—Hola, cariño. —Le besa la cabeza. Hasta el corazón helado del Sargento se derrite por Mabel .
Harley corre hacia la puerta principal, ya que huele a la gente antes de que los oigamos llegar siquiera.
—Entiendo lo que dices, abuelo, pero seguro que hay otra forma de decirlo —sugiere CeCe mientras abre la puerta principal.
—¡Tita! —grita Mabel .
Deja lo que está haciendo y corre hacia CeCe , que todavía está entrando por el vestíbulo con el padre de Jo, el abuelo Dean .
A pesar de sus setenta y ocho años, sigue igual de enérgico y travieso que siempre y no deja de probar nuevos pasatiempos.
Esta noche, lleva consigo su vieja guitarra acústica.
Mabel chilla y se lanza a los brazos de CeCe antes de que pueda dejar su bolso y sus llaves.
—Ohhh, cariño… déjame abrazarte. Mírate, por FaceTime no se aprecia lo grande que estás. ¿Has traído tu kit para hacerme la manicura? Tengo las uñas fatal. —Extiende una mano de manicura perfecta para que Mabel la vea.
—Sí, he traído unos colores muy bonitos. Siempre las llevas rosas. ¿Qué te parece el azul?
CeCe sonríe y aprieta la barbilla de Mabel con los dedos.
—Me has leído la mente, cariño. Hace tiempo que quiero pintármelas de azul. ¿Nos ponemos después de cenar?
Mabel esboza una sonrisa resplandeciente y asiente; luego corre hacia la cocina.
—¿Puedo ir al estudio para ver a Rosanna Pansino en el ordenador de la yaya? —le pregunta a Cole .
—Sí, cariño. Sin auriculares, usa los altavoces —le indica, y ella asiente y se va a la otra habitación—. ¿Vas a tocarnos una canción con esa guitarra, abuelo? — Cole se ríe entre dientes y le da un trago a su bourbon .
—Acabo de recogerlo de su clase de guitarra en la residencia de ancianos; le habían movido la clase a hoy. — CeCe se detiene y me mira como si acabara de darse cuenta de que estoy aquí. Claro que estoy aquí. ¿Dónde iba a estar si no?
—¿Queréis saber lo que me dijo mi profesora? Creo que está coladita por mí. Es jovencita, solo tiene setenta años. —Sonríe.
—Abuelo… —le advierte CeCe .
Cole sonríe de oreja a oreja. Incluso Wade se muestra interesado cuando levanta la vista tras servirse su bebida.
—Yo quiero saberlo —afirma Cole —. ¿Te invitó a salir, viejo?
El abuelo Dean deja su guitarra en el suelo y se encoge de hombros.
—Dijo que quiere ayudarme a mejorar mi habilidad con los dedos. Que tengo los dedos tensos y necesito relajarlos un poco.
Wade suelta una risita y Cole esboza una sonrisa.
—Bueno, eso está bien, abuelo. Solo tienes que practicar tu movimiento de dedos —comenta Cole mientras suelta una fuerte carcajada.
—Bueno, como todos, ¿no? —pregunta Wade al tiempo que se encoge de hombros.
Mamá Jo parece horrorizada y todos nos partimos de risa. Todos menos CeCe .
—Seréis críos —nos reprende.
Dean sigue hablando:
—Estoy dándolo todo. Esta noche se quedó alucinada mientras le tocaba un acorde mayor.
—¡Virgen Santa, abuelo! —exclama CeCe , pero esboza una gran sonrisa y entierra la cara entre las manos mientras los demás estallamos en carcajadas.
Dean se limita a sonreír como el viejo alborotador que es, pues sabe perfectamente cómo suena todo lo que ha dicho, y añade:
—¿Sabíais que si tocáis una cuerda con la presión adecuada, emite una nota más alta?
—¡Papá! —le grita Mamá Jo, y lo azota con un paño de cocina mientras los tres chicos nos partimos de risa.
Qué ganas de ser mayor para salirme siempre con la mía sin preocupaciones.
—Menos mal que Mabes se ha ido de la habitación —regaña a Cole —. ¿Cómo esperas criar a una señorita con este tipo de comportamiento a su alrededor?
—Y encima vosotros lo animáis —interviene CeCe mientras se sirve su bourbon .
La observo, ya que ya no parece la empresaria profesional de antes.
Ahora lleva unos pantaloncitos vaqueros deshilachados, de esos que terminan justo después de la curva de su perfecto y mullidito culo, y una camiseta blanca de la gira de Blondie con un cuello ancho y escotado que hace que una de las mangas cuelgue de su hombro desnudo.
Recuerdo su obsesión con las camisetas vintage y estoy seguro de que todavía las conserva todas; tenía muchísimas cuando era adolescente, de todas las épocas de la música.
¿Cuándo fue la última vez que Blondie salió de gira?
Ahora camina descalza por la cocina. Se ha recogido su espesa cabellera en una coleta alta y lisa, y no lleva nada de maquillaje en el rostro.
Decido que así es como más me gusta. Natural.
Fresca y con un aspecto tan jodidamente joven que me recuerda quién es mientras intento salir de mi ensoñación.
Me aclaro la garganta y Cole me da un manotazo.
—¿Estás bien?
Lo miro. ¿Me ha pillado comiéndome a CeCe con los ojos como un viejo pervertido?
Asiento y decido que tengo que decir algo. Ya.
—Bueno, esa historia es insuperable, abuelo Dean … pero CeCe y yo tenemos que contaros algo muy interesante que ha pasado hoy —anuncio. Todos me miran con expectación, incluida CeCe .
— Olympia tiene una nueva administrativa y gerente de contabilidad. —Señalo a CeCe con la cabeza.
Mamá Jo nos mira a CeCe y a mí.
—¿Por fin ha aceptado Wade el trabajo? —pregunta con una sonrisa en la cara. Nos está vacilando.
—A regañadientes —replica Wade —. Pero le he dicho que nada de acoso sexual, que bastante me acosa ya en el granero.
—Anda, tío. No eres mi tipo. —Sonrío.
Mamá Jo mira a CeCe con una sonrisa cómplice, pero se dirige a mí.
—Qué curioso, CeCe no me había contado nada, y mira que hemos estado toda la tarde juntas en casa, pero me parece genial. Necesitas ayuda en ese caos de oficina. —Sus ojos se posan en los míos—. No te ofendas, cariño. Eres muy guapo, pero se te da fatal la contabilidad.
—¿Gracias? —medio pregunto. No sé si sentirme ofendido o halagado. Jo es una maestra de la ambigüedad.
—Te lo iba a decir, mamá. Aún me estaba haciendo a la idea y quería asegurarme de que no iba a dimitir antes de empezar siquiera —se defiende CeCe mientras me mira fijamente. Sonrío con suficiencia. Y una mierda. No va a dimitir.
Cole se levanta y le da una palmadita en el hombro.
—Yo también tendría que acostumbrarme si tuviera que trabajar para este cabrón. Al menos sabemos que no se acuesta con las mujeres de su oficina. — Cole se ríe entre dientes y luego añade—: CeCe es… bueno, CeCe . Y seamos realistas, Nash jamás estaría a la altura de Sonny .
Wade se ríe.
—Y que lo digas.
Jo me entrega los cubiertos.
—Bueno, te toca poner la mesa, jefazo.
Asiento y me dirijo al comedor. Me alegro de que ninguno pueda leerme la mente mientras me alejo.