Capítulo 9
Nash
CeCe resopla y pone los ojos en blanco.
—No eres tan afortunado.
«Pero lo soy, porque estás aquí».
Esto sería perfecto. En parte porque sé que CeCe es increíblemente inteligente en cuanto a los negocios y las finanzas, pero también porque su mirada de fastidio me impulsa todavía más a intentar que se quede.
—Mmm… creo que esto podría ser un conflicto de intereses, Sonny .
—Me mira y noto lo mucho que se esfuerza por ser profesional.
Parece que se ha vestido para una empresa de alto nivel en una gran ciudad—.
¿Eres el dueño del centro y del bar? No lo sabía…
aunque debería haberlo imaginado. ¿Quién haría algo así o tendría el tiempo o el dinero para hacerlo?
—murmura CeCe , casi más para sí misma que para mí.
Nos mira a Sonny y a mí con sus bonitos ojos esmeralda.
—Es un gran jefe. Le da demasiada importancia a los pequeños detalles…
pero es genial —comenta Sonny para intentar convencer a CeCe de que me dé una oportunidad, como si le estuviera pidiendo que trabajara para el mismísimo Drácula.
Sonny se encoge de hombros—. Si consigues que mantenga la música a un volumen razonable durante el día mientras los demás intentamos trabajar, diría que es casi perfecto.
—Me dedica una sonrisita burlona y me río entre dientes.
CeCe se pone de pie.
—Muchas gracias por la oportunidad, pero no creo que esto vaya a funcionar.
Intenta irse, pero le bloqueo el paso con facilidad. Conozco a esta mujer desde hace más de media vida y no tengo ni idea de qué he hecho para enfadarla, pero no pienso dejar que se escape tan fácilmente.
— CeCe —la llamo mientras bajo la mirada hacia ella. Con los patines puestos, supero con creces su diminuta figura.
Ella me mira y parpadea, expectante.
—¿Qué, Nash ? No creo que pueda trabajar para ti.
Ahora me siento ofendido. Intento recordar todas mis interacciones con ella en cuestión de diez segundos. Me mira fijamente a través de sus espesas pestañas, a la espera de que me mueva.
No lo hago. No pienso claudicar. No acepto un no por respuesta cuando quiero algo.
—No estoy de acuerdo. Funcionaría a la perfección.
Ni siquiera lo has pensado con detenimiento.
Es evidente que estás cualificada, confío en ti y conoces el pueblo.
Te propongo algo. Va a empezar mi clase de patinaje de potencia, que no dura mucho.
Deja que Sonny te enseñe las instalaciones, te presente a los instructores y te muestre dónde estaría tu oficina y en qué trabajarías.
Luego nos vemos y, si sigues diciendo que no, respetaré tu decisión.
No dirá que no. Apuesto a que cambiará de opinión en cuanto vea la bonita oficina destinada a ser suya, desde la que se ve la pista, y todo lo que hacemos aquí por los más pequeños.
Si no recuerdo mal, CeCe siente debilidad por los niños y le encantan los retos.
Y, sin duda, nuestra contabilidad es todo un reto ahora mismo.
Sonny puede tentarla con todo lo que ofrecemos y luego, después de mi clase, cerraré el acuerdo.
Más dinero, mejor horario, lo que ella quiera.
La necesitamos, y no solo porque está increíble con esa minifalda negra de tubo y esa blusa blanca de seda que lleva.
La necesitamos por sus habilidades. Su apariencia es solo un extra, aunque estoy convencido de que Wade o Cole me darían una patada en las pelotas por el simple hecho de fijarme en eso.
CeCe me observa como si intentara averiguar si estoy siendo sincero con ella y si vale la pena perder esta oportunidad por el repentino e injusto desdén que siente hacia mí.
—De acuerdo —conviene al final.
—Bien, nos vemos luego. —Le sonrío y le hago un gesto a Sonny para que se encargue de esto, a lo que responde con un asentimiento de cabeza. Me dirijo a mi clase, más ansioso de lo que me gustaría admitir por ver a CeCe después.
Cuarenta minutos después, salgo de la pista y dejo a Chris , uno de mis entrenadores, a cargo de los últimos diez minutos de clase para poder darme una ducha rápida. Es imposible persuadir a mi posible nueva administrativa si huelo igual que mi bolsa de hockey .
Encuentro a CeCe en su nueva oficina cuando termino. Sí, voy a decirlo hasta que se haga realidad. Es su oficina. Lo manifestaré y todas esas chorradas hippies , como siempre me dice Mamá Jo.
Está sentada frente a Sonny y se ha puesto unas gafas finas de montura dorada para revisar el papeleo.
—¿Ya has visto suficiente? —le pregunto con aire despreocupado mientras me apoyo en el marco de la puerta.
Ella levanta la vista de un montón de papeles.
—Es verdad que necesitas mucha ayuda. Esto es demasiado para una sola persona; has exprimido a la pobre Sonny y todo está muy desorganizado. Me da ansiedad solo de verlo —me reprocha.
—Lo sé, tienes razón, y me siento fatal por ello. Por eso te necesitamos con tanta desesperación —le suplico.
Sonny se levanta del asiento situado frente a CeCe y me da una palmadita en el hombro cuando pasa por mi lado a toda prisa.
—Qué exagerado eres, jefe. Confío en que podrás terminar esto… Tengo que fichar a las 16.15.
Asiento y me giro hacia CeCe con una sonrisa socarrona en los labios.
—Pobrecita, ni siquiera ha podido hacer el descanso para comer hoy. Como pare de trabajar, se le retrasa todo. —Pone los ojos en blanco, e incluso eso me resulta hipnótico.
«¿Hipnótico? ¿Qué cojones me pasa? Sexo. Necesito sexo con urgencia».
—Ah, cállate, Nash . No voy a dejar que me toques la fibra sensible. ¿De verdad crees que esto funcionará? Me sacas de quicio, por si no te has dado cuenta.
—Sí, ya lo veo… pero lo que no entiendo es por qué —le pregunto.
Quiero que ella trabaje aquí… no, necesito que trabaje aquí, así que tenemos que resolver esto y nunca he sido de los que se andan con rodeos.
CeCe suelta un gruñido adorable; su preciosa cara se arruga en una mueca atormentada, como si el problema que tiene conmigo fuera obvio.
Pero yo sigo sin tener ni idea. Aparte de haberla chinchado con los chicos hace un millón de años, no se me ocurre nada.
Siempre la he respetado e incluso he cuidado de ella.
—Porque… es que… siempre me has atormentado, durante toda mi vida. Cada vez que nos veíamos, me molestabas. Le dijiste a Michael Merriweather que tenía mononucleosis para que no me invitara al baile de graduación —dice CeCe mientras levanta el pulgar como si fuera a enumerar las muchas razones.
Me río entre dientes porque sí, lo hice.
Había ido a casa de visita cuando CeCe tenía quince años y Cole se enteró de que Michael iba presumiendo por ahí de que iba a desvirgarla, pero Wyatt nos prohibió terminantemente a Wade y a mí darle una paliza a un chaval de diecisiete, ya que éramos hombres adultos de veintitrés años, así que tuvimos que usar nuestra creatividad para evitar esa cita.
CeCe sigue divagando sobre las razones por las que la irrito, así que la dejo terminar.
—Y, por último, Avery es una chica maravillosa, así que como la trates igual que trataste a todas las chicas con las que saliste en el instituto y la universidad, te las verás conmigo. Sé amable con ella o búscate a otra con quien retozar.
«Vaya. ¿A qué coño viene esto?».
Me acerco a ella. Tengo una oportunidad para explicarme, así que la aprovecho.
—Primero, Avery solo es mi empleada. Nunca me liaría con una empleada, jamás.
Es mi regla de oro. Tenemos mucha suerte de tenerla con nosotros.
Segundo, era un crío cuando me burlaba de ti con tus hermanos.
Mi intención nunca fue molestarte, pero si te ofendí, te pido disculpas.
Tercero, ya no soy la misma persona que era entonces.
—Entonces, ¿ya no te acuestas con mujeres al tuntún?
Es en este momento cuando me fijo en la forma en que me mira. Su mirada no tiene absolutamente nada que ver conmigo, sino con la persona que solía ser y que le recuerda a la persona que le ha hecho daño.
No se equivoca, solía acostarme con mujeres. Muchas mujeres. Cuando juegas al hockey , estás rodeado de mujeres: tienes admiradoras por todas partes. Pero esa fue otra época de mi vida. El hombre que CeCe recuerda se ha esfumado.
Wade me contó que ese tal Andrew es un cabrón, pero yo no soy como él. Me lo explicó todo mientras preparábamos la clase de equitación de nivel cuatro, la más avanzada, de esta mañana, y me cabreé solo de pensar que alguien pudiera hacerle daño a CeCe Rae .
—No soy como crees, al menos ya no. Entiendo por qué me recuerdas así.
Resopla.
—Ya… tenías una regla de no repetir más de tres veces con la misma chica.
De nuevo, tiene razón, pero ahora solo quiero chincharla por su actitud engreída.
—Tengo que admitir, CeCe , que nunca te tomé por una persona prejuiciosa. —Me cruzo de brazos e intento poner cara de ofendido.
Me mira y trata de disimular su mirada prejuiciosa, pero no lo consigue. Se muerde el labio inferior y piensa un segundo antes de responder.
—No te estoy juzgando, Nash . Solo digo que es muy difícil que la gente cambie.
—Puede ser, pero la gente madura, CeCe . ¿Cuánto tiempo hace que no vives aquí? ¿Siete u ocho años?
Algo en su mirada se suaviza. Camina de un lado a otro, recoge un fajo de facturas y las lleva a su nuevo escritorio. Se queda allí un segundo y tamborilea sus uñas rosadas contra la mesa.
—Os hago mucha falta aquí, es el sistema de contabilidad más desorganizado que he visto en la vida.
Esbozo una amplia sonrisa. Ya puedo saborear la victoria.
—Sí, lo sé. Sonny es increíble, pero es de la vieja escuela. Tenemos que modernizar este centro. No quiero que se nos escape nada, pero me ha resultado imposible encontrar personal mejor cualificado. ¿Te parece razonable el sueldo? —pregunto.
Sé que lo es: un veinte por ciento más alto que el salario anual habitual.
Ella asiente en respuesta.
—Sí, lo es.
—El horario lo escoges tú misma, lo que te vaya mejor. Seguro que quieres pasar tiempo con Mamá Jo. Cole me dijo que es importante para ti ahora que estás en casa. Puedes teletrabajar cuando quieras. Tú decides.
Entrecierra los ojos, como si no me creyera.
—Me pones nerviosa cuando me sonríes así. ¿Cuándo te volviste tan amable y complaciente? ¿Dónde está la trampa? —inquiere mientras se enrosca un mechón de pelo entre los dedos.
—No soy amable ni complaciente, soy duro de pelar, ¿recuerdas?
Muy a su pesar, se le escapa una sonrisa.
—¿Eso significa que aceptas el trabajo? —exijo saber.
Deja de jugar con su pelo y me mira.
—Necesitaré un presupuesto para material de oficina y una versión actualizada de Quicken .
—Hecho —acepto al instante.
—Y necesitaré los lunes libres.
Sonrío con suficiencia.
—Qué sorpresa.
Cruza los brazos bajo sus respingonas tetas, de modo que forman un pequeño estante bajo ellas.
—¿Y ahora quién juzga a quién? Quiero ayudar a mamá a preparar las cenas de los lunes y a recoger a Mabes del colegio.
—Está bien. Los lunes son para la familia —convengo. No la presiono más, ya que la tengo a punto de caramelo.
—De acuerdo, empecemos con un período de prueba. Pero no hagas que me arrepienta, Nash . Lo digo en serio.
Mi sonrisa se amplía todavía más.
—¡Vamos! —grito.
Cruzo la habitación y la levanto del suelo para abrazarla, sin pensar.
Sin embargo, no estoy preparado para la reacción de mi cuerpo al suyo.
CeCe se funde contra mi torso como si fuera el lugar perfecto creado exclusivamente para ella.
Ese dulce aroma a fresa me llena la nariz y lo inhalo con ansia mientras apoya sus pequeñas palmas contra mi pecho, lo que provoca que se me erice el vello de la nuca.
—¿Abrazas a todos tus empleados? —me pregunta, y me percato de lo suave y manejable que es entre mis brazos.
—Lo siento —murmuro mientras la suelto—. Estoy muy contento de haber conseguido la ayuda que necesitamos, eso es todo. —Me aclaro la garganta.
«Casi se te ve el plumero».
—Está bien, bueno… Regla número uno: cuando estemos aquí, espero que seas profesional. — CeCe me señala con el dedo y lo único que veo es a una contable sexy que me regaña.
«Maldita sea, Nash ».
—Empezaré el miércoles. Quiero tomarme el día libre mañana para terminar de instalarme y necesito ropa nueva.
—Lo que llevas puesto ahora está… bien —consigo balbucear, como si fuera una quinceañera enamorada de un chaval de su clase.
«Tengo el puñetero don de la palabra».
CeCe mira hacia abajo y le echa un vistazo a su atuendo.
—Me dejé muchas cosas en Seattle . Esto es todo lo que tengo. —La mirada que me dirige hace que quiera golpear a Andrew otra vez, pero en lugar de decir alguna tontería, asiento con la cabeza.
—Haremos que esto funcione, CeCe . Ya lo verás.
Ella asiente mientras pasa junto a mí. Se cuelga el bolso del hombro y me guiña un ojo.
—Pues nos vemos el miércoles, si Dios quiere y el tiempo lo permite.
Cuando oigo que menciona el habitual dicho de Wyatt , me duele tanto el pecho que me olvido de decirle que me verá mucho antes.