Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

CeCe

Llego al Centro Deportivo Olympia quince minutos antes de la hora y lo que veo me deja impresionada. Esta no es la pista vieja y destartalada donde patinaba con mis amigos cuando era pequeña. Es moderna y el doble de grande que antes. Se ve nueva y limpia, y el amplio aparcamiento está casi lleno.

Niños y padres van y vienen mientras aparco. Vale, no he tenido tiempo de investigar qué hace exactamente este lugar, pero veo que se lo han montado bien, sobre todo porque es julio, que no es precisamente época de patinar sobre hielo.

Cuando llego a la gran entrada, veo unas escaleras enormes frente a mí que antes no estaban y que conducen a un segundo piso, que tampoco estaba.

A mi derecha hay una ventanilla, supongo que para las noches que hay partido de la liga local y de los equipos de hockey de competición, y, tras las escaleras, veo dos pistas de hielo de tamaño real.

La de la izquierda tiene ventanales con vistas al hielo y una larga hilera de taburetes para los espectadores.

En la pista hay sobre todo niñas, aunque también hay algunos niños.

Parecen tener unos siete u ocho años, y Avery está con ellos, todos con los patines puestos.

La saludo a través del cristal y me mira con extrañeza mientras me sonríe.

Probablemente se pregunta qué hago allí.

—¡La pequeña Cecilia Rae Ashby ! ¡Cuánto has crecido! —exclama Sherri Lynn mientras se acerca.

Me giro para saludarla y sonrío. Está igual que cuando yo era pequeña, solo que más mayor. Ronda los sesenta y tantos, lleva un corte de pelo rubio canoso y cuidado y unas enormes gafas con estampado de leopardo en la montura. Parece la típica abuela cachonda.

—Sí, así es. ¿Cómo está, señora Sherri ?

—Por favor, llámame Sonny —me insta mientras me da un fuerte abrazo.

—Está bien, Sonny .

—Somos bastante informales por aquí.

—He hecho una nueva amiga que me ha dicho que trabaja aquí. ¿ Avery Pope ?

—Sí, es un encanto. El jefe dice que tenemos suerte de tenerla; patinó con el equipo olímpico en 2018, ¿sabes?

Asiento, impresionada con mi nueva amiga. No lo sabía.

—Vayamos a mi oficina y charlemos un rato.

Me muestra todas las modificaciones que se han realizado en el estadio mientras caminamos lentamente hacia su oficina.

Hay padres tomando batidos y viendo las clases de sus hijos.

Una de las sesiones termina justo cuando pasamos por la sala de espera, por lo que el espacio se llena de niños ruidosos y felices mientras entramos en su despacho.

—¿Y cómo están tu madre y tus hermanos? —pregunta Sonny . Una entrevista pueblerina en su máxima expresión.

—Están todos bien. Nos estamos adaptando a nuestra nueva vida —admito con sinceridad.

—¿Y qué haces aquí? La última vez que vi a Mamá Jo, me dijo que te habías prometido con un abogado y que te habías mudado al oeste.

Me río y me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja. Es como si estuviera tomando un café con unos amigos en lugar de estar en una entrevista de trabajo.

—Bueno, las cosas no eran lo que parecían y tomé la decisión de dejarlo todo y volver a casa.

—En otras palabras, el tío era un capullo, ¿no?

Me río muy a mi pesar, porque eso es exactamente lo que es Andrew .

—Bastante, sí.

—Bueno, tu currículum es increíble. Gestionar las finanzas del Refugio para Mujeres de Seattle y de Grommet es un gran logro.

Creo que pareceremos insignificantes comparados con eso, pero te mantendremos ocupada.

No dispongo del tiempo que quisiera para dedicarle a nuestra contabilidad y el jefe no tiene tiempo para nada.

Asiento y asimilo todo lo que me explica sobre sus programas, sus campamentos de verano y los servicios que prestan a la comunidad, a través de los cuales alquilan la pista por un dólar para celebrar torneos de hockey .

Cada vez me gusta más lo que oigo, y cuando menciona el sueldo, acepto sin dudarlo.

Es más que generoso y me siento eufórica porque prácticamente me ofrece el trabajo al instante.

—Puede que tengas bastante faena. Como ya te he comentado, el jefe no es muy hábil con los números y la señora Cutter , que lleva la contabilidad de su otro negocio, se niega a aceptar más trabajo. —Me guiña un ojo—. Él solo aporta el talento.

—¿Y qué talento es ese? ¿Es entrenador?

Sonny me mira y se encoge de hombros.

—Bueno, es Nash Carter , cariño. ¿No lo sabías? Es el dueño del centro. Seguro que os llevabais muy bien cuando erais jóvenes, ¿verdad?

—¿Qué? Pero ¿no es el dueño del bar…? —empiezo a decir, pero me interrumpen.

—Dos veces en un día… ¿Me estás siguiendo, Rae ? —escucho detrás de mí.

Me giro y veo a Nash apoyado en el marco de la puerta, completamente equipado para patinar y con el casco en la mano. Lleva puesta la equipación de hockey y una camiseta gruesa, azul marino, con el nombre « Olympia » en letras blancas sobre el pecho y la palabra «Entrenador» en la manga.

Al verlo así, el aire de la habitación se desvanece y me quedo sin aliento. No hay situación en la que no esté increíblemente atractivo… y eso me enfurece, porque de verdad quería este trabajo.