Domar a un cowboy (Silver Pines 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Sí, en 1889 —corrijo—. Archibald persiguió a otro tigre que se escapó del circo.

Era un tigre más joven, algunos dicen que era una cría.

El cachorro se detuvo en las vías del tren y Archibald presintió que el tren se acercaba, así que apartó al otro tigre de las vías y el tren lo atropelló.

Sacrificó su vida para salvar a la cría.

Es una leyenda en nuestro pueblo. Hay una estatua suya cerca del parque Cave Run .

—Ohhh… —musita Avery .

—¿Sabes que todo eso son chorradas, verdad? —pregunta una voz grave y tranquila a mi lado. Una voz que conozco muy bien.

Me preparo mentalmente y me giro para ver el rostro que sé que me está esperando.

—No lo es —argumento con una ceja arqueada.

—Es cierto. Al parecer, Archibald solo era un imbécil egoísta que siempre intentaba escapar del circo, probablemente porque trataban fatal a esos pobres animales.

—Un antebrazo lleno de tatuajes coloca un puñado de servilletas en el centro de la mesa, y veo el número diez tatuado en números romanos e integrado en unas enredaderas que desaparecen bajo su manga arremangada de franela—.

En fin, se escapó una noche y estaba completamente solo cuando el tren lo atropelló.

Se inventaron toda la historia de «salvar a una cría» para que pareciera un héroe.

Para quedar bien ante la prensa. Pero nada de eso era cierto.

Ginger y yo soltamos un grito ahogado.

—¿Cómo te atreves? —exclama Olivia Sutton , mi otra mejor amiga y el último componente de nuestro trío de toda la vida—. ¡Aléjate de nuestra mesa con tus sucias mentiras y deja de manchar la historia de nuestro pueblo, Nash Carter ! —Le señala con el dedo.

Nash se ríe de Olivia antes de responder:

—Bueno, os traía esto para darle la bienvenida a Rae , pero supongo que se lo daré a otra mesa…

— Nash nos muestra una jarra llena de la mejor sangría de por aquí.

Lo hace con una sonrisa en los labios y, joder, es el hombre más atractivo que he visto en la vida.

Siempre lo ha sido, pero su aspecto es aún más perfecto de lo que recordaba.

Y lo peor es que lo sabe, de manera que lo usa en su beneficio.

Sin embargo, ya he tenido suficientes hombres así para el resto de mi vida.

—No, no, no —refuta Ginger mientras le ofrece una amplia sonrisa—.

No te precipites, seguro que podemos llegar a un acuerdo.

Supongo que todas las historias pueden tener dos versiones.

Consideraremos tu versión de la historia de Archibald .

Gracias por traernos otra jarra… cortesía de la casa, ¿verdad, Nashby ?

—Le guiña un ojo y le da una palmadita en el antebrazo.

Ha hecho una combinación de su nombre y mi apellido, ya que es como el cuarto hijo de mis padres desde que era un adolescente.

Nash asiente y la deja sobre la mesa.

—Un placer, señoritas. Disfrutadla. Avery , nos vemos mañana.

Ella le sonríe y asiente, con su rostro juvenil iluminado.

—Claro.

La observo detenidamente: pelo largo y oscuro, figura de patinadora, menuda pero fuerte, piel bronceada y ojos de color o liv a. Es guapa y joven, y aún no sabe que probablemente la utilizará hasta que se canse de ella. «Se la está tirando, sin duda», decido.

Nash me pone una mano en el hombro y se inclina para hablarme al oído.

—Me alegro de verte, Rae —dice con voz grave. Sus ojos conectan momentáneamente con los míos mientras me da un suave apretón que me derrite todo el cuerpo.

Lo observo por encima del hombro mientras se aleja e intento comprender qué está pasando aquí.

Nash «El Cohete» Carter , batidor de récords, anotador de tiros de muñeca, ganador de la Copa Stanley , estrella de hockey favorita de los fans de Laurel Creek y el mejor amigo de mi hermano Wade …

¿ahora trabaja como camarero en The Horse & Barrel ?

—Sé lo que estás pensando. — Olivia se inclina sobre la mesa.

Su pelo cobrizo le cae sobre los hombros y sus brillantes labios rosados se curvan en una sonrisa—.

No solo trabaja aquí, sino que le compró el bar a Rocco Pressley justo después de que se retirara y volviera al pueblo en abril. Ahora es el dueño.

—No lo sabía —replico con indiferencia mientras me permito admirar a Nash , que está al otro lado de la barra.

Es ofensivamente guapo, lo admito. Todo en él es amenazador y grande.

Con su metro noventa y cinco de altura, me supera por más de treinta centímetros.

Tiene un aspecto rudo, con el pelo oscuro y ondulado, la barba corta y la mandíbula cuadrada.

Parece el típico hombre que se recuesta en una silla de madera para fumarse un puro, con su camisa de franela y sus vaqueros.

Su figura musculosa y bien formada siempre ha sido perfecta, desde los días en que jugaba al hockey con mis hermanos en el camino de entrada o removía el heno descamisado a los dieciocho años en nuestro rancho mientras yo lo observaba desde la ventana de mi habitación.

Aunque parece que su paso por la NHL ha perfeccionado su cuerpo hasta alcanzar proporciones cinceladas que rozan lo divino, a juzgar por la forma en que sus brazos ponen a prueba los límites de su camisa de franela ahora mismo.

Veo que se ha tatuado todavía más desde que lo vi brevemente en enero, en el funeral de mi padre.

Unas enredaderas le sobresalen de la camisa y trepan por un lado de su cuello.

Los ojos de Nash se encuentran con los míos desde el otro lado de la habitación durante una fracción de segundo, pero aparto la mirada rápidamente.

Siempre me han cautivado sus ojos, de un color azul cobalto intenso y profundo.

Me convierto en una completa idiota cada vez que los clava en mí.

No hay duda de que Nash Carter es guapísimo, pero siempre ha sido un tío arrogante, como un hermano mayor que me trataba como si fuera una chiquilla insoportable y me atormentaba desde que tengo memoria, al menos hasta que me fui a la universidad.

Cada día aparecía en casa con una chica diferente y se enrollaba con ellas en el sofá del salón cuando mis padres no estaban, sin importarle en absoluto que ver tal escena me produjera arcadas.

Una avalancha de recuerdos me viene a la mente: Nash comiéndose todos los tentempiés de mi casa, haciendo cola con mis hermanos para ver un partido de fútbol, tirándome del pelo, quitándome la gorra de la cabeza y ayudando a mis hermanos a gastarme bromas sin remordimiento alguno.

Ha pasado mucho tiempo, pero al ver que exuda la misma confianza y carisma mientras habla con los clientes de su bar y se ajusta la gorra de béisbol de los Dallas Stars , sé que sigue siendo el mismo.

Nash Carter es una superestrella engreída y un mujeriego, exactamente el tipo de hombre del que acabo de huir hasta la otra punta del país.