Capítulo 2
CeCe
—Madre mía, cariño, parece que hace una eternidad que no te veo —grita mi madre ( Jolene , también conocida como Mamá Jo) desde la cocina.
Entra en el salón como un soplo de aire fresco y disipa mi tristeza al instante. Viste con vaqueros ajustados, descalza, con el pelo recogido con un pañuelo rosa a lo Farrah Fawcett y una camiseta de Brooks mamá te ha preparado la Stardust . —Menciona una de las cinco pequeñas cabañas, cuyos nombres son un homenaje a los álbumes de Willie Nelson que tenemos en el rancho: Spirit , Stardust , Blue Eyes , Legend y Bluegrass .
—Te he puesto sábanas nuevas y todo está limpio y fresco, cariño. Incluso llené los armarios de comida.
—Gracias, mamá —exclamo mientras me coloca un mechón de pelo suelto detrás de la oreja y me agarra la cara para mirarme.
Jolene Ashby sigue siendo preciosa y radiante a sus cincuenta y ocho años, y nunca se deja pisotear por nadie. Es un auténtico espíritu libre. Me esfuerzo por ser como ella en mi día a día.
—Parece que has estado llorando, cariño.
Contesto con un simple «Mmm, ajá».
—Bueno, ¿cuántas veces te ha llamado ese mindundi asqueroso?
Me río de su apreciación sobre mi exprometido y me siento en el borde del sofá del salón. Me mira expectante, con las manos en las caderas, pero no le respondo. Me limito a suspirar porque ahora mismo no estoy preparada para hablar de Andrew con nadie.
—¿Me das tregua esta noche? Te prometo que mañana te contaré todos los detalles. Solo quiero respirar aire fresco, deshacer las maletas y esconderme en mi cabaña con un libro.
Ginger aparece desde las sombras de la cocina, situada en la parte trasera de la casa, como si mi plan de quedarme en casa la hubiera convocado.
—Oh, no, no lo harás. —Sus botas resuenan en el suelo cuando entra en el salón con un vaso de té dulce de Mamá Jo en la mano—. Ya les he dicho a todas que estás en casa, y no vamos a perdernos el domingo de sangría. Ya dormirás mañana, no es hora de revolcarte en tu miseria.
—¿Quiénes son «todas»? —gruño.
Me dedica una sonrisa preciosa y perfecta. Sus bonitos ojos color caramelo brillan con picardía y sus rizos castaño oscuro le enmarcan el rostro. Siempre ha sido una de las chicas más guapas que he visto en la vida.
—Pues las chicas. Al fin y al cabo, es noche de chicas. —Me agarra la muñeca—. Venga, vamos a prepararte algo para cenar antes de arreglarte. Te vestiremos como la soltera sexy que eres.
Miro a mi madre en busca de ayuda, pero levanta las manos como si no quisiera tener nada que ver con eso.
—Es mejor que quedarse sola en casa con tu vibrador. —Suelta una risita.
—¡Mamá! —grito mientras ella y Ginger se parten de risa.
Maldito pueblo.
Dos horas después, el servicio de asesoría de vestuario de Mamá Jo y Ginger me ha diseñado un conjunto que, en otra época, jamás me pondría en público.
Pero como bien han dicho, «todo el pueblo sabe que ahora tengo una colección personal de juguetes sexuales, así que más me vale actuar en consecuencia».
Hay más ropa desparramada de la que cabe aquí dentro.
Mi cabaña es pequeña, casi como un pequeño apartamento, pero esta es mi favorita porque tiene un gran ventanal sobre el fregadero de la cocina con vistas a uno de los grandes corrales de caballos de nuestra propiedad.
Y, a lo lejos, se ve la montaña Sugarland en todo su esplendor.
Mamá la ha preparado como si llevara toda la vida viviendo aquí: velas decorativas, cojines y revistas sobre la mesita del salón. Solo tiene una habitación y un baño con paredes oscuras, pero es perfecta para empezar de cero.
En los viejos tiempos, teníamos varios entrenadores de caballos que vivían aquí en el rancho, especialmente durante la época en que mi padre competía en el derbi.
En los últimos diez años Wade se ha encargado de todo, así que dos de estas cabañas suelen estar vacías ahora que Cole vive en el pueblo con mi chica favorita: mi sobrina Mabel , que tiene siete años.
Me miro en el espejo de cuerpo entero que hemos trasladado al salón para este desfile de moda improvisado.
Gruño y gimo mientras me pregunto si de verdad me voy a poner esto: una minifalda vaquera oscura que no dejo de estirar hacia abajo para intentar que me cubra hasta la mitad del muslo y una camiseta roja de encaje de Ginger en la que apenas me caben las tetas.
Tuve la suerte y la desgracia de desarrollarme pronto, pero al menos ahora mis curvas encajan con mi cuerpo.
Me coloco bien las capas de collares y los grandes aros dorados que me ha puesto Ginger .
También me ha peinado la larga cabellera en unas ondas rubias apagadas.
Nunca me habían puesto tanta laca, ni siquiera para mi graduación.
—Le falta algo —musita Ginger mientras se muerde el labio inferior—. Quítate las sandalias —me ordena con un dedo alzado decorado con una manicura francesa.
—Aún no he sacado los zapatos de la maleta…
—No subestimes mi creatividad, quítatelos y ya está.
Se quita las botas Lucchese de color marfil que lleva puestas y me las lanza. Compartimos zapatos desde séptimo curso.
—Sí —afirma—. Ponte esto primero. —Me lanza un par de calcetines de color marfil que hay en el centro de la cama.
—¿Quieres que me ponga tus tesoros? —le pregunto. Rara vez se separa de sus preciadas botas.
—Sí, esta noche las necesitas más que yo.
Hago lo que me dice, me las pongo y me doy vuelta para ver el resultado final.
—¡Sí! Igualita a Dolly , si Dolly tuviera las tetas más pequeñas. —Me guiña un ojo y le tiro una almohada desde el sofá.
—Igualita a Dolly —murmuro mientras me miro en el espejo.
Ginger besa a Mamá Jo en la mejilla y se gira hacia mí.
—¡Muy bien, prepárate para beber sangría y tomar malas decisiones! —Se pone mis sandalias, entrelaza nuestros brazos y me guía hacia la puerta.
El sol está a punto de ponerse cuando nos subimos al coche y nos despedimos de mi madre, que sigue en el porche delantero de mi cabaña.
—Adiós, mamá —grito por la ventana.
—¡Divertíos, chicas! Romped corazones sin quebrantar la ley.
Me río y niego con la cabeza mientras Ginger arranca el coche y Jason Aldean empieza a sonar por los altavoces.
Estoy muy lejos de Seattle y, por primera vez desde que tomé la decisión de dejar a Andrew , me siento total y completamente libre.
The Horse & Barrel está repleto de mujeres de todo el pueblo y algunos hombres valientes que no quieren saltarse su cerveza de después de cenar.
Los domingos de sangría han sido un ritual en Laurel Creek desde que tengo memoria.
Es una noche solo para chicas, y la mejor música country suena a través del equipo de sonido vintage .
Bailamos, charlamos y disfrutamos de bebidas baratas, especialmente de la sangría de la casa.
Todo el mundo sabe que los lunes en Laurel Creek no encontrarás una buena atención al cliente por parte de una mujer.
Lo más probable es que todavía siga algo resacosa.
La multitud está en su salsa esta noche.
El local está a reventar, de modo que mis amigas y yo nos apretujamos en la esquina del único bar rústico de vaqueros que hay en Laurel Creek .
Hace un par de años que no entro, pero no noto mucha diferencia, salvo por el suelo de madera nuevo.
Miro a mi alrededor y me fijo en los antiguos carteles metálicos que adornan toda la pared del fondo, la que está tras el escenario donde tocan las bandas locales los viernes y los sábados.
Han vaciado botellas de Jack Daniel’s y las han convertido en apliques que han colocado sobre las oscuras paredes de madera rústica.
Unas lámparas de araña iluminan de forma tenue los acogedores reservados, y en medio del amplio espacio abierto hay una gran pista de baile.
En la pared este hay una barra decorada con luces de neón y la mascota de nuestro pueblo, Archibald el Tigre, que adorna el centro como un gran templo fosforescente dedicado al tigre.
—Que alguien vuelva a recordarme por qué cojones está ahí colgado el Tigre gigante. Es aterrador, como si me estuviera mirando —se queja Avery Pope , la más joven de nuestro grupo.
La acabo de conocer, pero es dulce y divertid a.
Ginger me ha contado que se mudó aquí hace dos meses desde Lexington para dar clases de patinaje artístico en las instalaciones deportivas del pueblo.
He oído hablar mucho de ella. Por lo visto, se emborracha más que mis amigas, y entiendo por qué cuando se bebe lo que le queda en el vaso de un trago.
—Bueno, es un héroe —respondo. A todas nos encanta contar esta historia, y yo soy una experta tras escribir un trabajo sobre él en octavo curso—. Cuando el circo ambulante venía a la ciudad…
—Allá por el 1800 —interviene Ginger .