Doce citas para no enamorarnos en Navidad La decisión
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La decisión

Desde que Asher me contó que podría irse a otro país, tan lejos de mí, llevo días aprendiendo a respirar alrededor de un nudo que no se deshace.

Comimos con mi familia en Navidad, pero los días siguientes evitamos vernos con frecuencia e intercambiar cualquier mensaje aludiendo a la posible marcha.

Si Asher se va… implicaría, seguro, el fin de lo que sea que tengamos.

Entre lágrimas, le conté la situación a mi madre. Me abrazó y me soltó un puñado de comentarios optimistas como  “las cosas buenas siempre encuentran la manera” o “tu padre habría dicho que la magia no se rinde tan fácilmente”.

Helen, por su parte, ha estado ofreciéndose a investigar la situación llamando a Nico para sonsacarle información. Lo rechacé, prefiriendo esperar a que fuera el propio Asher quien decidiera cuándo estaba preparado para hablar.

Nos vimos dos veces más durante estos días, cenas cortas y tensas donde la conversación se esforzaba en sonar normal y fracasaba estrepitosamente cada vez, con silencios que se alargaban más de lo cómodo y sonrisas que no terminaban de llegar del todo a los ojos, cada uno de nosotros protegiéndose, a su manera, del momento en que la cuenta atrás finalmente llegara a cero.

—No le he preguntado qué ha decidido —le cuento a Helen, el treinta y uno de diciembre por la mañana, sentada en mi cama todavía en pijama, con el teléfono en la mano y ninguna notificación nueva desde ayer por la noche—.

Llevo días evitando la pregunta directa, como si no preguntarla pudiera, de alguna manera mágica, cambiar la respuesta.

—Ay, Diana…

—Sé que suena absurdo. Sé que la magia no funciona así, que ya debería saberlo mejor que nadie, después de toda una vida defendiendo la fe en las cosas bonitas.

Pero cada vez que he estado a punto de preguntarle, me ha dado tanto miedo la respuesta que he cambiado de tema en el último segundo, y él tampoco ha insistido en decírmelo.

Parece que los dos hubiéramos llegado a un acuerdo tácito de posponer lo inevitable todo el tiempo posible.

—¿Qué vas a hacer hoy?

—No lo sé. Su vuelo es esta noche, si decide cogerlo. No sé si va a llamarme antes de irse, o si simplemente va a desaparecer sin decir nada, incapaz de enfrentarse a una despedida en persona. Esa incertidumbre me está matando.

—Ve a buscarlo.

—¿Qué?

—Ve a su casa. O ve al aeropuerto, si hace falta. No te quedes ahí sentada esperando una llamada que quizás nunca llegue. Mereces algo mejor que pasar el último día del año deprimida en tu cama, adivinando qué sucederá.

Cuelgo, con las palabras de Helen todavía resonándome en la cabeza, y me quedo un largo rato mirando el techo, sopesando la posibilidad. Decido, con una determinación que se parece más a la desesperación que al valor genuino, que no puedo seguir esperando en la incertidumbre ni un minuto más.

Voy primero al piso de Asher, con el corazón latiéndome con una fuerza casi dolorosa contra las costillas durante todo el trayecto, ensayando mentalmente lo que voy a decirle.

Cuando llamo al telefonillo, nadie contesta, y después de tres intentos más, cada uno más desesperado que el anterior, me rindo, sentándome en el escalón frío de su portal con las manos temblando.

Es entonces cuando decido ir directamente al aeropuerto.

El trayecto en taxi se me hace eterno, con la ciudad pasando borrosa al otro lado de la ventanilla, decorada todavía con las luces navideñas que en cualquier otro contexto me habrían llenado de esa alegría terca y obstinada que llevo cultivando toda la vida.

Hoy, sin embargo, estoy demasiado ocupada intentando no desmoronarme del todo.

Dentro de la terminal, entre el bullicio de última hora del año, familias enteras arrastrando maletas hacia destinos de vacaciones, la megafonía anunciando vuelos en un goteo constante de nombres de ciudades que no significan nada para mí, me quedo de pie frente al panel de salidas internacionales, buscando entre la lista interminable de destinos y horarios algo que confirme mis peores sospechas.

Me siento en uno de los bancos metálicos cercanos a la zona de facturación de vuelos internacionales, con las manos apretadas sobre el regazo y los ojos escociéndome ya de contener las lágrimas que llevan amenazando con desbordarse desde que salí de casa.

Pienso en lo injusto que resulta todo esto.

Llevo toda la vida creyendo en la magia navideña, defendiéndola contra viento y marea, contra decepciones y desengaños y la desaprobación silenciosa de quienes consideran que crecer significa necesariamente dejar de creer en las cosas bonitas, y justo cuando por fin, después de tantos años, esa fe termina de materializarse en algo tan real y tan perfecto como Asher, la vida decide, con una crueldad casi cómica, ponerlo en un avión hacia el otro lado del mundo.

Saco el teléfono varias veces, escribiendo y borrando mensajes que nunca llego a enviar, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para una situación que no había ensayado nunca en mi cabeza, ni siquiera en los peores momentos de esta semana entera de incertidumbre.

Pienso en llamar a Asher, en preguntarle sin rodeos qué ha decidido, pero cada vez que mi dedo se acerca al botón de llamada, algo dentro de mí se paraliza, aterrorizada de escuchar la respuesta en voz alta, como si el silencio, por doloroso que sea, resultara todavía preferible a una confirmación definitiva.

A mi alrededor, la vida del aeropuerto continúa sin ninguna consideración hacia mi propio drama personal: una familia entera se despide entre abrazos y lágrimas felices junto a la puerta de embarque más cercana, un grupo de amigos jóvenes se hace fotos frente al gran árbol de Navidad que decora el vestíbulo central, alguien arrastra una maleta con ruedas defectuosas que chirría contra el suelo pulido con una insistencia casi cómica.

Todo el mundo parece tener un destino claro, una dirección definida, mientras yo permanezco aquí sentada, inmóvil, sin saber siquiera si estoy esperando una despedida o prolongando innecesariamente mi propio sufrimiento.

No sé cuánto tiempo llevo sentada así, con la vista perdida entre la multitud que va y viene, cuando veo a Asher.

Está a lo lejos, entre el gentío de la terminal, con una maleta grande arrastrando tras él, un abrigo oscuro y el pelo revuelto de una manera que sugiere que ha salido de casa con prisa.

El corazón se me cae hasta algún punto indefinido entre el estómago y los pies, porque ahí está, con la maleta, exactamente donde mis peores temores habían predicho que estaría.

Se va. Va a subirse a ese avión y va a desaparecer de mi vida con la misma rapidez inesperada con la que apareció, dejando solo un árbol de Navidad pequeño y una caja de madera guardando dos cartas que ahora temo que nunca lleguemos a abrir juntos.

Me quedo paralizada en el banco, sin saber si levantarme, si esconderme, si dejar que me vea sin necesidad de dar ningún paso hacia él.

Es Asher quien, tras escanear la terminal con la mirada durante segundos, me encuentra, deteniéndose en seco al verme, con una expresión de sorpresa que rápidamente se transforma en algo mucho más complicado de leer.

Camina hacia mí, arrastrando la maleta sobre las baldosas relucientes del aeropuerto, y cuando por fin se detiene justo delante de donde estoy sentada, no consigo levantar la vista más allá de esa maleta negra, grande, evidentemente hecha para un viaje largo, evidentemente hecha para no volver pronto.

—¡Diana! Fui a tu casa a buscarte y tu madre me dijo que habías salido hacia la mía.

Asiento, sin fiarme todavía de mi propia voz, con la vista todavía clavada en la maleta, incapaz de subir los ojos hasta su cara por miedo a que, en cuanto lo haga, las lágrimas que llevo conteniendo desde el taxi terminen de desbordarse sin remedio.

—¿Cómo sabías que estaría aquí? —consigo preguntar, con la voz apenas audible por encima del bullicio de la terminal.

—Tu madre también me contó que era posible que vinieras al aeropuerto. ¿Por qué has venido aquí? —Asher se agacha un poco para intentar encontrar mi mirada, aunque yo sigo esquivándola.

—Como fui a tu casa y no respondías… Pensé que sería más fácil mentalizarme para la despedida aquí, mientras esperaba a que aparecieras.

—Diana, mírame.

No puedo. Sigo con la vista fija en la maleta. Las primeras lágrimas empiezan a caer, silenciosas, incontrolables, resbalando por mis mejillas sin que haga ningún esfuerzo por detenerlas, demasiado cansada ya de fingir una entereza que no siento en absoluto.

Asher se arrodilla frente a mí y levanta una mano despacio hasta mi mejilla, secándome las lágrimas con el pulgar.

—No me voy —dice él. Eso hace que por fin, casi contra mi voluntad, levante la vista hacia él—. Diana, no voy a subirme a ese avión.

Parpadeo, procesando las palabras. Me he quedado en shock .

—Pero... —Mi mirada baja de nuevo hacia la maleta, buscando una explicación que las palabras todavía no me han dado—. La maleta.

Asher sonríe y se sienta a mi lado en el banco metálico, dejando la maleta apoyada contra sus piernas, sin soltarme la mano en ningún momento.

—Llevo toda la semana dándole vueltas a esto, cada noche, sin encontrar descanso, sopesando estabilidad contra sentimiento, salario contra sonrisa y oportunidad profesional contra la certeza de despertarme cada mañana sabiendo que tú existes en algún lugar cercano.

Anoche me decidí. Muy tarde, casi de madrugada, sentado en mi piso vacío con la maleta ya medio hecha porque no conseguía decidirme del todo hacia qué lado inclinar la balanza.

Entonces me di cuenta de algo bastante simple que llevaba complicándome innecesariamente durante días.

Si pasaba el resto de mi vida en ese trabajo nuevo, en esa ciudad nueva al otro lado del mundo, cada Navidad futura, cada diciembre, iba a sentirse exactamente igual de vacío que todas las navidades anteriores a conocerte.

El trabajo es una oportunidad extraordinaria y el dinero habría cambiado muchas cosas, pero ninguna de esas cosas, ni la estabilidad, ni el dinero ni ninguna oportunidad profesional del mundo, vale absolutamente nada comparada con lo que siento por ti.

Las lágrimas siguen cayendo. Ya no son las mismas de hace un momento. El dolor ha sido sustituido poco a poco por la incredulidad feliz.

—Entonces, ¿qué hay en la maleta? —pregunto, con una risa temblorosa abriéndose paso entre las lágrimas.

—Mi ropa.

—No entiendo.

—Voy a mudarme a vivir contigo en cuanto tu madre vuelva a su casa, después de las vacaciones de Navidad.

Si tú quieres, claro, que también he asumido bastante sobre tus propios deseos en esta ecuación sin preguntártelo primero.

Lo cual, reconozco, que es un fallo considerable en mi planteamiento.

Llamé a la empresa esta mañana para rechazar formalmente la oferta.

Después, en vez de quedarme sentado en mi piso vacío esperando a sentirme mejor con la decisión, decidí que la mejor manera de demostrarte que hablo completamente en serio era hacer la maleta y presentarme en tu puerta, listo para empezar esto de verdad, sin más demoras, siendo oficialmente una pareja.

Me quedo mirándolo sin palabras mientras a nuestro alrededor la terminal sigue su bullicio habitual. Esto es un paso gigante. Esta es la magia navideña de la que mi padre siempre hablaba.

—Así que… —Asher se inclina hacia mí—. Te lo pregunto sentados en un banco metálico bastante incómodo, que es el escenario menos romántico posible para preguntas de esta magnitud. ¿Te parece bien que me vaya a vivir contigo? ¿Continuamos teniendo doce y mil citas más, ya como pareja?

—Sí —respondo rápido, sin ninguna duda, sin necesitar ni un segundo más de reflexión—. Sí, quiero que te mudes conmigo. Sí a todo, Asher, absolutamente a todo.

Incapaz de contener por más tiempo la emoción que se me desborda por todas partes del cuerpo, me lanzo hacia él, rodeándole el cuello con los brazos con una fuerza irreal en mí, aunque él no protesta, abrazándome de vuelta con la misma intensidad desesperada.

—Te quiero —digo contra su cuello—. Te quiero muchísimo, llevaba días aterrorizada de no volver a tener la oportunidad de decírtelo.

—Yo también te quiero, Diana. —Me limpia las últimas lágrimas con ambos pulgares y me sostiene el rostro entre las manos—. Siento haberte hecho pasar unos días tan malos. Te compensaré el daño causado dándote la mejor vida posible.

—Entonces, oficialmente… Apuesta perdida.

—Enamorarse era perder, ¿no? Pues hemos perdido de la manera más completa y más feliz posible. La mejor derrota de toda mi vida, sin ninguna duda.

Nos levantamos. Asher coge la maleta con una mano, entrelazando los dedos de la otra con los míos, y caminamos juntos hacia la salida del aeropuerto, dejando atrás los paneles de vuelos internacionales y toda la angustia acumulada de esta última semana, hacia una ciudad que en apenas unas horas va a recibir un año nuevo con fuegos artificiales y promesas renovadas.

Mientras esperamos un taxi que nos lleve de regreso a casa, me acuerdo de mi padre y en todas las Navidades que compartimos, cuando me contaba historias inventadas.

De alguna manera, él tenía razón en todo.

La magia no está en la nieve, ni en las luces ni en ningún regalo envuelto bajo un árbol.

Está en decidir, una y otra vez, contra todo pronóstico razonable, seguir creyendo que las cosas buenas todavía son posibles.

Y en encontrar, por fin, a alguien dispuesto a creer lo mismo, con la misma terquedad feliz, a tu lado.