Doce citas para no enamorarnos en Navidad Epílogo
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Epílogo

Beatrice tiene tres años. De mí ha heredado la pasión por la Navidad. Incluso quiere que, en algún momento de su vida, hagamos un viaje al Polo Norte para conocer a Santa Claus y sus renos.

Está haciendo una lista de regalos. Muy inverosímil, pero lo normal para una niña pequeña.

—Mamá, ¿un poni cabe por la chimenea? —me pregunta mi hija.

—No tenemos chimenea, cariño.

—¿Y por la ventana?

—Tampoco creo que quepa por la ventana, la verdad.

—¿Y si es un poni pequeño? ¿Un poni bebé? ¿Entrará por la puerta?

—Los ponis bebé también son bastante grandes, cielo. Más de lo que uno imagina.

Beatrice frunce el ceño igual que yo cuando me concentro en resolver un problema que considero urgente. Se queda pensando la solución con una intensidad que hace que Asher, sentado al otro lado de la mesa de la cocina con la cámara colgada del cuello, suelte una carcajada.

—Nuestra hija tiene un plan de contingencia para cada obstáculo —dice él, levantando la cámara para hacer una foto de Beatrice en mitad de su proceso de reflexión, con las cejas fruncidas y un dedo apoyado contra la barbilla.

—Nuestra hija tiene tu misma terquedad, para que conste. Yo solo aporté el optimismo desmedido.

—Una combinación letal, sin duda.

—Papá, ¿tú también querías un poni de pequeño? —pregunta Beatrice, girándose hacia Asher.

—Yo quería una cámara de fotos —responde él—. Y la conseguí, aunque tardé bastante más de lo que a ti te gustaría esperar por tu poni.

—¿Cuánto es “bastante más”?

—Unos veinte años, más o menos.

Beatrice abre los ojos como platos, escandalizada ante la posibilidad de una espera tan larga. Decide que prefiere no arriesgarse a un destino similar con su propio poni.

El piso donde vivimos ahora, mucho más grande que aquel primero donde Asher se mudó conmigo hace seis años, con dos habitaciones y un salón que da a una calle tranquila del barrio, está decorado hasta el último centímetro disponible con la misma dedicación exagerada de siempre: guirnaldas colgando de cada marco de puerta; un belén que Beatrice insiste en reorganizar cada dos días según su propio criterio narrativo particular; y en el centro del salón, un árbol de Navidad más grande y más simétrico que aquel que monté junto a Asher.

—¿Ya está lista la carta para Papá Noel? —le pregunto a Beatrice.

—Casi. Papá me está ayudando con los dibujos.

Asher tiene desplegados sobre la mesa varios folios llenos de dibujos que solo pueden describirse como abstractos, resultado de una colaboración artística entre un padre con más entusiasmo que talento y una hija de tres años con las mismas limitaciones exactas.

Me siento junto a ellos, observando cómo Beatrice dicta, con la seriedad de quien está redactando un documento legal de máxima importancia, la lista completa de sus deseos navideños, mientras Asher toma nota.

—Beatrice, cielo, ¿me dejas hacerte una foto con la carta terminada?

—pregunta Asher, levantando de nuevo la cámara, la que fue de su abuelo.

Ahora también tiene una réflex digital más moderna que usa para el trabajo ocasional que ha ido consiguiendo, poco a poco, fotografiando bodas y sesiones familiares los fines de semana, un negocio pequeño cada vez más asentado que empezó, según cuenta siempre que alguien pregunta, “gracias a una chica que me convenció de sacar una cámara vieja de una caja en la que llevaba años enterrada”.

Beatrice posa sosteniendo su carta a Papá Noel con las dos manos como si fuera un diploma. Es tan adorable, ojalá no se haga más mayor.

Mi madre llega a media tarde, cargada como siempre con bolsas de comida que insiste en traer a pesar de que le hemos repetido cien veces que no hace falta.

En cuanto cruza la puerta, Beatrice sale corriendo a recibirla, gritando algo sobre el poni que mi madre, sabiamente, decide no comprometerse a apoyar ni a desmentir.

—¿Cómo va todo? —pregunta mi madre, una vez instalada en la cocina, ayudándome a preparar los últimos detalles de la cena de esta noche mientras Asher entretiene a Beatrice con algún juego inventado sobre la marcha en el salón.

—Bien. Caótico, como siempre en estas fechas, pero bien.

—¿Y la librería?

—La librería va estupendamente. Diciembre siempre es el mejor mes del año, con diferencia.

La librería, que abrí hace ya cuatro años, con los ahorros conjuntos de Asher y míos y un préstamo que todavía estamos terminando de devolver, ocupa un local pequeño y luminoso en una calle peatonal del centro, con una cafetería integrada como siempre había soñado; un árbol de Navidad permanente en la esquina junto al escaparate que se queda ahí, decorado, durante todo el año, cambiando solo los adornos según la temporada; y estanterías llenas hasta el techo organizadas por un criterio que solo yo entiendo del todo, mezclando géneros según la sensación que produce cada libro en vez de seguir ninguna clasificación convencional.

No pongo villancicos en pleno agosto. Lo intenté, brevemente, durante las primeras semanas de apertura.

Descubrí, con cierta decepción resignada, que la realidad comercial tiene sus propios límites razonables que hasta mi optimismo más desbordante tiene que respetar: los clientes preferían, según descubrí rápidamente a través de sus expresiones cada vez más incómodas, una playlist de jazz suave a Blanca Navidad sonando en pleno calor veraniego.

En un pequeño rincón, todos los diciembres organizo una lectura navideña para niños del barrio, con chocolate caliente gratuito y galletas de jengibre horneadas por mí misma la noche anterior, siguiendo la misma receta de mi abuela que Asher y yo cocinamos juntos en una de nuestras citas.

Helen, que ahora trabaja conmigo tres tardes a la semana después de dejar su antiguo empleo de oficina que “le drenaba el alma lentamente”, se encarga de la cafetería.

Nico, que sigue siendo el mejor amigo de Asher a pesar de las bromas cada vez más elaboradas que se gastan mutuamente, aparece cada viernes por la tarde puntual como un reloj, con la excusa oficial de “revisar las cuentas”, que en realidad consiste en tomarse un café gratis y ponerse al día con los últimos cotilleos del barrio.

—Tu librería es el único sitio del mundo donde el jazz suena bien en pleno diciembre y los villancicos suenan bien el resto del año —me dijo Nico una vez—. Has conseguido invertir el orden natural del universo.

Beatrice adora la librería. Ha adoptado, sin que nadie se lo pidiera, el papel de supervisora oficial del rincón infantil, reorganizando los cuentos según un criterio propio tan misterioso como el mío, e insistiendo en “leer” ella misma a cualquier cliente lo bastante pequeño como para sentarse a escucharla, inventando historias completas a partir de las ilustraciones sin prestar ninguna atención real al texto escrito.

—Mamá, ¿puedo enseñarle la librería a la abuela mañana? —pregunta Beatrice, que aparece corriendo por la cocina.

—Claro que sí, cariño. A la abuela le encantará.

—Voy a enseñarle mi rincón de lectura. Y el árbol que no se quita nunca.

Cuando llega la noche, con la mesa puesta y mi hermano Mateo apareciendo justo a tiempo con su propia familia —una mujer encantadora y una hija apenas unos meses menor que Beatrice, convirtiéndose en su cómplice absoluta para cualquier travesura posible durante la cena—, la casa se llena del bullicio cálido de las Nochebuenas en familia.

Mateo, que ha heredado con el paso de los años una vena de sentido del humor cada vez más parecida a la de mi madre, insiste en contar, como cada Nochebuena sin falta, la historia de cómo conoció a Asher, exagerando cada vez un poco más los detalles hasta convertirla en una anécdota que ya guarda poca relación con lo que realmente ocurrió aquella tarde de compras para un abrigo que no necesitaba realmente.

—Y ahí estaba yo, arrastrado por mi propia madre en una misión de compras inventada, sin sospechar que, en realidad, estaba participando en la operación de emparejamiento más elaborada de la historia familiar —cuenta mi hermano, con el vino ya animándole el relato—. Todavía no me he recuperado del engaño.

—Funcionó, ¿no? —replica mi madre, sirviéndose más ensalada—. Los fines justifican los medios, en ciertas ocasiones muy concretas.

—Los fines justificaron un abrigo que nunca compré ese día, y que tuve que comprar dos semanas después, por mi cuenta, sin ninguna excusa romántica de por medio.

Todos nos reímos, y Asher, sentado a mi lado con Beatrice medio dormida ya en su regazo hacia el final de la cena, me busca la mano por debajo de la mesa.

—¿Recuerdas cuando las cenas de Nochebuena grandes te producían ansiedad? —le pregunto, en voz baja, mientras el resto de la mesa sigue enfrascada en su propia conversación animada.

—Lo recuerdo. Es curioso cómo cambia todo cuando la mesa está llena de la gente correcta.

—¿Ya no te da miedo?

—Ya no. Ahora la única ansiedad que me produce una cena de Nochebuena es calcular si voy a conseguir que Beatrice se coma al menos dos verduras antes de que descubra los postres.

Me río y apoyo la cabeza en su hombro, sintiendo el peso tranquilo de nuestra hija dormida entre los dos.

Cuando la cena termina y los invitados empiezan a despedirse poco a poco, con Mateo cargando a su hija ya profundamente dormida hacia el coche y mi madre quedándose, como cada año, a ayudarnos a acostar a Beatrice antes de irse ella también, Asher y yo nos quedamos por fin solos en el salón, con las luces del árbol parpadeando suaves.

—Tenemos algo pendiente en Nochebuena, ¿verdad? —pregunta Asher, sentándose a mi lado en el sofá con dos copas de vino que ha servido sin que se lo pidiera—. Han pasado seis años. Ya va siendo el momento de no posponerlo más.

—¡La caja con las cartas! —recuerdo, y una sonrisa se me dibuja en la cara, mezclada con una punzada de nervios que no esperaba sentir después de tantos años—. Hace tres años, la noche antes de la boda, intentamos abrirla.

—Pero como no era Nochebuena…

—Nos negamos —completo la frase—. Y mi madre nos interrumpió con una crisis de última hora sobre las flores del banquete.

—Pues no dejemos pasar más tiempo.

Me levanto y voy hasta la estantería del salón, donde la caja de madera de mi padre, con las hojas talladas en la tapa, ocupa el lugar de honor. La traigo hasta el sofá, sintiendo el peso familiar entre las manos.

—¿Estás preparada? —pregunta Asher.

—Creo que sí. Aunque llevo seis años preguntándome qué escribiste, así que probablemente ya no estoy tan preparada como me gustaría creer.

—Yo llevo el mismo tiempo preguntándome lo mismo sobre la tuya, aunque sospecho que la mía va a resultar bastante más incómoda de escuchar en voz alta.

—¿Por qué incómoda?

—Ya lo descubrirás. Prefiero no adelantarte nada y que lo escuches tal y como lo escribí entonces, sin ningún filtro de seis años de perspectiva añadido.

Abro la caja despacio, y ahí, entre el resto de tesoros acumulados a lo largo de toda una vida —guardé también un pequeño zapato de Beatrice y la invitación de mi boda con Asher—, siguen los dos sobres, ligeramente amarillentos por el paso del tiempo, sellados exactamente como los dejamos aquella tarde.

—Leeré primero la mía —anuncio.

Abro el sobre y leo, con una voz que se va quebrando hacia el final, las palabras que escribí: la esperanza de seguir con Asher, el miedo confesado a perderlo, la promesa de que, pasara lo que pasara, el atrevimiento en sí ya había merecido la pena…

—Tenías razón en todo —dice él cuando termino de leer.

Tiene los ojos vidriosos—. En absolutamente todo.

Incluso en la parte donde admitías que tenías miedo.

No lo sabía entonces, ¿sabes? Parecías tan segura de todo, tan valiente sin esfuerzo aparente, que nunca imaginé que por debajo estuvieras tan asustada como yo.

—Ambos lo estábamos, cada uno lo disimulaba a su manera.Tú con ironía y yo con  un optimismo desbordante.

—Dos estrategias de supervivencia distintas para el mismo miedo compartido.

—Ahora te toca a ti.

Asher abre su carta y empieza a leer.

Querido Asher del futuro…

Si estás leyendo esto, espero, con todas mis fuerzas, que sigas con Diana.

Escribo esta carta con un secreto guardado que todavía no me he atrevido a contarle, un secreto que va a poner a prueba todo lo que hemos construido en los últimos días.

No sé cómo terminará esto. Tengo miedo. Quiero ser sincero contigo, futuro yo, tengo miedo de arruinarlo todo, de elegir mal, de dejar que el miedo antiguo a no tener estabilidad me convenza de alejarme de la única cosa que de verdad me ha hecho sentir estable en años.

Quiero que sepas, quienquiera que seas dentro de un tiempo, que ahora mismo, escribiendo esto, ya sospecho cuál es la decisión correcta, aunque todavía no encuentre el valor de tomarla del todo en voz alta.

Diana me ha enseñado algo que mis padres, con su divorcio y su Nochebuena rota, nunca consiguieron enseñarme: que el amor de verdad no es una apuesta que se pierde cuando sale mal, sino la única apuesta que de verdad merece jugarse, incluso sabiendo que puede doler. Especialmente sabiendo que puede doler.

Si sigues con ella, cuídala como se merece, cada día, sin dar nunca por sentado el milagro concreto de que decidiera, entre toda la gente del mundo, fijarse en un escéptico con jersey de “BAH, PAPARRUCHAS” en una fiesta.

Y si no sigues con ella, si esto no salió como ahora mismo espero con toda mi alma que salga, quiero que sepas que estos días con ella me enseñaron a creer en algo que llevaba años sin permitirme creer.

Eso, pase lo que pase después, ya fue suficiente regalo para toda una vida.

Con todo mi cariño, para bien o para mal, tu yo del pasado.

Cuando Asher termina de leer, me encuentro llorando, sin ninguna vergüenza. Siento una gratitud tan pura y desbordante de saber que esta historia entre los dos está funcionando.

—Elegiste bien —consigo decir, con la voz rota.

—Ahora lo sé con toda certeza. Pero leer esto, después de tantos años, escuchar lo asustado que estaba entonces, sin saber todavía que la respuesta correcta ya estaba delante de mis narices... me recuerda lo cerca que estuvimos de que las cosas salieran de manera completamente distinta.

—Pero no salieron distintas. Salieron exactamente así. El amor siempre está ahí antes de que nos atrevamos a nombrarlo del todo, solo hace falta el valor suficiente para dejar de fingir que no lo sabemos.

Asher me atrae hacia él y nos besamos. Nos quedamos así un rato, planeando en voz baja, entre risas y algún beso ocasional, que podríamos escribir más cartas para nuestras versiones del futuro y para Beatrice. Que, esperemos, no hayamos cedido a regalarle un poni. En todo caso, uno de peluche.

Feliz Navidad, que nos queden muchas por vivir juntos.

FIN