La montaña #2
—Con esta ventisca, no van a poder bajar en coche de ninguna manera —nos comunica el hombre—.
Créanme, llevo aquí muchos años y sé cómo funciona el tiempo por esta zona.
Van a tener que quedarse hasta que amaine, como mínimo.
Tengo una habitación libre, la última que me queda, con chimenea propia y vistas al valle, aunque ahora mismo el valle esté menos visible de lo habitual.
—La cogemos —dice Asher, sin dudarlo, y solo entonces caigo en la cuenta, con un vuelco desagradable en el estómago, de lo que esto significa exactamente.
—Es Nochebuena —digo, casi en un susurro, mientras el hombre nos entrega la llave y nos indica el camino hacia la habitación—. Mi madre nos espera para la cena. Vamos a perdérnosla.
—Lo sé. Lo siento muchísimo, esto no era en absoluto parte de la cita.
Saco el móvil, con las manos todavía temblando de frío, y encuentro varias llamadas perdidas de mi madre, además de un mensaje cargado de signos de exclamación preguntando si estamos bien, si hemos visto las noticias sobre la tormenta, si necesitamos que alguien venga a buscarnos.
La llamo de inmediato, y en cuanto contesta, su voz suena a alivio.
—¡Diana! Gracias a Dios. Llevo una hora entera imaginando los peores escenarios posibles.
—Estamos bien, mamá, de verdad. Hemos conseguido refugio en un hostal pequeño cerca de la ruta. Pero no vamos a poder bajar esta noche. Vamos a perdernos la cena.
Hay un silencio breve al otro lado de la línea.
—Cariño, lo único que me importa es que estéis a salvo. Mañana es Navidad, así que podemos reunirnos para comer todos juntos. Bajad en cuanto sea seguro hacerlo. Y Diana...
—¿Sí, mamá?
—Feliz Nochebuena.
—Igualmente, no os comáis todo Mateo y tú. Guardadme un poco de comida.
Cuelgo, y Asher, que ha estado escuchando la conversación entera con una expresión preocupada, me atrae hacia sí en un abrazo.
—¿Está bien? —pregunta él, contra mi pelo.
—Está bien. Preocupada, pero bien.
Subimos a la habitación, pequeña pero acogedora, con una cama de dosel de madera oscura cubierta de mantas gruesas, una chimenea propia ya encendida por el personal del hostal en previsión de la tormenta, y una ventana desde la que, en teoría, se ve el valle completo, aunque ahora mismo solo se distingue una masa blanca y arremolinada golpeando el cristal con una fuerza considerable.
Nos cambiamos la ropa húmeda por la seca que llevábamos en las mochilas, más por precaución que por verdadera necesidad de una excursión larga, y nos sentamos juntos frente a la chimenea, envueltos en una de las mantas gruesas de la cama, viendo las llamas danzar con esa quietud hipnótica que solo consigue el fuego de verdad, tan distinto de cualquier chimenea eléctrica o vela decorativa.
—Bueno —dice Asher, pasándome un brazo por los hombros y atrayéndome más cerca—, no es exactamente como había planeado que termináramos la cita número doce, pero tengo que admitir que tiene cierto encanto inesperado.
—Atrapados en una tormenta de nieve en un hostal de montaña en Nochebuena. Suena a la premisa de una de esas películas románticas navideñas que tanto critica tu escepticismo.
—Mi escepticismo ha sufrido bastantes bajas en las últimas semanas, para que conste. Empiezo a sospechar que ya no queda gran cosa de él.
Me río, apoyando la cabeza contra su pecho, sintiendo el calor del fuego en la cara y el calor de su cuerpo contra el mío.
Nos quedamos así un rato largo, en un silencio cómodo que solo se rompe con el crepitar ocasional de la madera ardiendo y el aullido lejano del viento golpeando contra las ventanas del hostal.
Los dedos de Asher empiezan a trazar círculos suaves sobre mi hombro, por encima de la manta, y yo giro la cabeza para besarle el cuello, sintiendo cómo se le acelera la respiración bajo mis labios.
—Feliz Nochebuena, Asher —murmuro, ahora besando sus labios.
—Feliz Nochebuena, Diana. La más rara y la más bonita que he tenido en años, por igual medida.
Entre besos y caricias suaves, la manta se resbala poco a poco de nuestros hombros sin que ninguno se moleste en recolocarla, hasta que noto, en algún momento entre beso y beso, que Asher se ha quedado callado con una tensión instalándose en sus hombros.
—¿Estás bien? —pregunto, apartándome un poco para poder mirarlo a los ojos, donde encuentro una mirada seria y casi angustiada.
—No del todo, la verdad.
El corazón me da un vuelco y me incorporo un poco, sin soltarle la mano, esperando a que continúe.
—¿Qué pasa?
—Hay algo que necesito contarte. Llevo días intentando encontrar el momento adecuado. Sigo sin encontrarlo, así que supongo que este, en mitad de una tormenta de nieve, va a tener que servir.
—Me estás asustando.
—Lo siento. No es mi intención.
Asher respira hondo.
—Hace pocos días recibí una oferta de trabajo —continúa—.
De una empresa muy importante, mucho más grande que donde trabajo ahora, con un puesto que supondría un salto enorme en mi carrera, un salario que casi triplica el actual, y oportunidades de desarrollo que aquí, sinceramente, tardaría años en conseguir, si es que llegara a conseguirlas alguna vez.
Sabía que Asher estaba ocultándome algo, lo noté durante la cita de la gala benéfica. Sin embargo, esta noticia no era lo que me esperaba.
—¿Dónde?
—En otro país. Al otro lado del océano…
La habitación parece encogerse de golpe. Siento que el calor de la chimenea ahora desprende un frío intenso.
—Estoy sopesándolo —sigue Asher—. No encontré el valor de contártelo antes, cada vez que teníamos un momento perfecto no quería estropearlo con esto.
Es una oportunidad extraordinaria. Profesionalmente, sería una insensatez rechazar sin pensarlo muy seriamente.
Significaría estabilidad de verdad, después de años de sentir que iba tirando como podía.
Significaría, quizás, hasta la posibilidad de retomar la fotografía en serio algún día, con los recursos necesarios para hacerlo bien.
—¿Cuándo tendrías que irte, si aceptaras el trabajo?
Lo pregunto casi en un susurro, casi sin querer conocer realmente la respuesta, y Asher cierra los ojos antes de contestar, como si decir la fecha en voz alta lo hiciera todo insoportablemente más real.
—El treinta y uno de diciembre —responde Asher, que agacha la cabeza para fijar la vista en el suelo—. Si decido aceptar la oferta de empleo, esa noche tendría que coger un vuelo para irme a Europa.
No había visto venir este precipicio. Me duele tanto. Siento que se derrumba todo el peso de lo que hemos construido a lo largo de doce citas.
—¿Todavía no sabes qué vas a hacer?
—No lo sé, Diana. De verdad que no lo sé… Siento muchísimo habértelo dicho hoy, arruinando lo que se suponía que iba a ser el cierre perfecto de las citas.
El fuego sigue crepitando frente a nosotros, indiferente por completo al peso que acaba de instalarse en la habitación.
Afuera, la tormenta sigue rugiendo contra las ventanas del hostal, encerrándonos juntos en este espacio pequeño y cálido con una noticia que amenaza con cambiarlo todo justo la misma noche en que, en circunstancias distintas, deberíamos estar celebrando con mi familia la Nochebuena más feliz que he tenido en años.