La montaña
La carretera serpentea entre curvas cada vez más cerradas y el amanecer tiñe el cielo de un rosa pálido por encima de las montañas que se recortan al frente.
—La última cita oficial de la lista —dice Asher, con las manos en el volante—. Aunque, según lo que acordamos, esto solo significa el final de la numeración, no el final de nada más.
—El final de la numeración suena bien. Lo demás espero que continúe indefinidamente.
El paisaje cambia poco a poco según ascendemos. Los edificios de la ciudad son sustituidos por casas más dispersas y bosques densos de pinos cubiertos de una capa fina de escarcha que brilla con los primeros rayos de sol.
Cuando llegamos al pequeño pueblo de montaña donde empieza la ruta de senderismo que Asher investigó, el paisaje entero se ha transformado en algo que parece sacado de una postal navideña: nieve reciente cubriendo cada tejado y humo saliendo de las chimeneas en columnas rectas contra un cielo todavía pálido.
—Esto es precioso —digo, girando sobre mí misma para abarcar todo el paisaje, con el aliento formando nubes blancas delante de mi cara.
—Espera a ver la ruta completa. Hay un mirador a mitad de camino con unas vistas que, cito textualmente una reseña que leí, “quitan el aliento de manera literal y figurada”.
—Una reseña bastante entusiasta.
—Tenía cinco estrellas. Decidí confiar en el criterio del desconocido de internet.
Nos ponemos en marcha, siguiendo un sendero marcado con pequeñas señales de madera clavadas cada cierta distancia, internándonos poco a poco en un bosque de pinos que amortigua el sonido de nuestros propios pasos y del resto del mundo, dejando solo el crujido de la nieve bajo las botas y el canto ocasional de algún pájaro invisible entre las ramas cargadas de blanco.
—Traje la cámara —dice Asher, deteniéndose para rebuscar en su mochila. Saca una cámara réflex antigua, de cuerpo metálico y correa de cuero desgastada—. La de mi abuelo. La saqué de la caja anoche, después de mucho pensarlo.
Me quedo mirándola, sintiendo un nudo cálido formándose en el pecho, recordando la conversación del puente, cuando me confesó ese sueño guardado que había decidido abandonar.
—No sé si todavía funciona bien —continúa Asher, inspeccionando la cámara—.
Las pilas del fotómetro llevan años sin cambiarse, y la película que conseguí comprar ayer probablemente esté algo desfasada para esta cámara en concreto.
Pero pensé que, si alguna vez iba a intentarlo de nuevo, este era el sitio perfecto para hacerlo.
—Estoy tan orgullosa de ti ahora mismo que no sé ni por dónde empezar a decírtelo.
—No hace falta que lo digas. Se te nota perfectamente en la cara.
Se ríe, un poco avergonzado, y levanta la cámara, enfocándome a través del visor.
—No te muevas —ordena.
El obturador hace un clic mecánico y satisfactorio, distinto al sonido plano y digital de cualquier móvil, y Asher baja la cámara con una sonrisa que ya no tiene nada de vergüenza, solo una alegría pura y sin filtros.
—Primera foto en años —dice Asher, satisfecho—. Ha merecido completamente la pena que sea de ti, con esa cara de sorpresa tan poco favorecedora.
—¡Oye!
—Es broma. Estás preciosa, como siempre.
Seguimos caminando, deteniéndonos cada cierto tiempo para que Asher haga más fotos: un pino cargado de nieve que se dobla de una manera casi escultórica, mis propias huellas marcadas sobre la nieve virgen del sendero, un rayo de sol filtrándose entre las ramas.
—¿Cuántas fotos calculas que puedes hacer con ese carrete? —pregunto, mientras él ajusta algo en el objetivo.
—Treinta y seis, si no me equivoco al cargarlo. Aunque a este ritmo, sospecho que voy a agotarlo antes de que lleguemos al mirador.
—¿Y luego qué? No puedes comprobar el resultado en una pantalla como con el móvil.
—Ese es el encanto. Tienes que confiar en tu propio criterio, sin la posibilidad de revisar y borrar hasta conseguir la toma perfecta. O sale bien, o no sale, y no lo sabes hasta que reveles el carrete entero.
—Cuando reveles el carrete, ¿me enseñas las fotos? Todas, incluso las que consideres que no han salido bien.
—Especialmente esas, son las que más cuentan sobre el proceso.
Llegamos al mirador que Asher había investigado, una explanada rocosa parcialmente despejada de nieve desde donde se ve el valle entero extendiéndose abajo, salpicado de pequeños pueblos y bosques oscuros contrastando con la nieve blanca, y el pueblo del que salimos hace ya un par de horas reducido a un puñado diminuto de tejados con humo saliendo de las chimeneas.
—La reseña de cinco estrellas tenía razón —admito, sin aliento, tanto por la caminata como por la vista que se despliega ante nosotros—. Esto sí que quita el aliento.
—Te lo dije. Nunca dudes del criterio de un desconocido de internet con suficiente entusiasmo en su reseña.
Nos sentamos en una roca, compartiendo el termo de chocolate caliente que preparé anoche, todavía tibio a pesar del frío considerable que hace a esta altura.
Cuando el frío resulta más insistente que romántico, decidimos continuar la ruta, bajando hacia una zona más resguardada donde el bosque se abre en un pequeño claro cubierto de nieve.
Decidimos parar un rato en el claro para hacer un muñeco de nieve.
Formamos la base rodando una bola de nieve cada vez más grande por el claro, dejando un rastro serpenteante sobre la nieve virgen.
Entre risas y discusiones sobre las proporciones correctas de un muñeco de nieve bien construido, conseguimos levantar una figura razonablemente digna, con tres secciones decrecientes apiladas una sobre otra, aunque la base termina resultando más grande de lo que cualquier manual de construcción de muñecos de nieve recomendaría.
—Le falta la cara —observo, dando un paso atrás para evaluar nuestra obra conjunta.
—Y los brazos. Un muñeco de nieve sin brazos parece más una advertencia siniestra que una figura navideña alegre.
Buscamos entre las ramas caídas cercanas hasta encontrar dos palos que sirven de brazos.
Asher, rebuscando en su mochila, saca una bufanda de más que había traído “por si acaso” y la enrolla con cuidado alrededor del cuello improvisado del muñeco, mientras yo uso un par de piedras oscuras que encuentro cerca para los ojos.
Y para que sirva de nariz, utilizo una zanahoria pequeña, robada del sándwich que había preparado para el almuerzo.
—Es precioso —opino entre risas—. Merece un nombre.
—Se llamará Ralph II —decide Asher.
—No te has complicado.
Asher saca de nuevo la cámara para inmortalizar a Ralph II desde varios ángulos, insistiendo en que necesitamos también una foto de los tres juntos.
Consigue convencer a una pareja de senderistas que pasa por el claro en ese momento para que nos haga la foto, los dos abrazados junto a nuestra creación de nieve con las mejillas coloradas y las sonrisas más genuinas que he visto en fotos mías en mucho tiempo.
Es entonces, mientras guardamos de nuevo la cámara y nos preparamos para continuar la ruta de vuelta, cuando el cielo, que llevaba toda la mañana con ese azul pálido e invernal tan característico, empieza a cambiar de color con una rapidez que no anticipábamos: nubes grises y densas avanzando desde el horizonte con una velocidad que hace que Asher, consultando el móvil con el ceño fruncido, suelte una maldición por lo bajo.
—Esto no estaba en el pronóstico de esta mañana —dice él.
—¿Qué dice?
—Alerta de tormenta de nieve. Acaban de emitirla hace apenas diez minutos, según la aplicación. Dice que va a ser intensa, y que se recomienda buscar refugio inmediato en vez de intentar bajar a las zonas más pobladas.
El viento empieza a arreciar mientras habla, arrastrando ya los primeros copos gruesos que caen con una intensidad muy distinta a la nieve fina y decorativa de esta mañana.
En cuestión de minutos, la visibilidad se reduce considerablemente, el bosque que nos rodeaba con tanta claridad hace apenas un momento se ha convertido en una masa borrosa de sombras oscuras entre la nieve que cae cada vez más densa.
—Tenemos que encontrar refugio —dice Asher—. Había un hostal pequeño cerca del inicio de la ruta, lo vi cuando aparcamos. No está muy lejos, pero tenemos que movernos ahora, antes de que esto empeore.
Caminamos tan rápido como la nieve acumulada nos permite, con el viento golpeándonos de frente y los copos cada vez más gruesos dificultando la visión más allá de unos pocos metros.
Durante los siguientes diez minutos, que se sienten más largos de lo que son en realidad, avanzamos en un silencio tenso, concentrados exclusivamente en seguir las señales del sendero que todavía consigo distinguir entre la nieve acumulada, hasta que por fin, cuando empiezo a sentir los dedos completamente entumecidos a pesar de los guantes, distinguimos las luces cálidas de un edificio de madera entre la cortina blanca de nieve.
El hostal es pequeño, construido enteramente en madera oscura con un tejado inclinado ya cubierto de una gruesa capa blanca.
Al empujar la puerta principal, la campanilla que anuncia nuestra llegada suena ridículamente alegre comparada con la tormenta que acabamos de dejar atrás.
El calor del interior, procedente de una chimenea enorme encendida en el centro del salón principal, nos alivia.
—Menos mal —dice el hombre tras el mostrador de recepción, un señor mayor con barba blanca y jersey de lana gruesa—. Con esta tormenta, nadie debería estar fuera. ¿Necesitan habitación?
Asher y yo nos miramos, procesando la pregunta con la misma expresión de sorpresa, como si hasta ese momento no hubiéramos considerado del todo la posibilidad de quedarnos. El hombre, malinterpretando nuestro silencio, añade con una sonrisa comprensiva: