Doce citas para no enamorarnos en Navidad Cartas al futuro
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Cartas al futuro

—Necesitamos una caja —dice Asher, dejando sobre la mesa del salón dos sobres blancos, dos folios, dos bolígrafos elegantes que compró específicamente para la ocasión, y una vela pequeña con olor a canela que enciende de inmediato “para ambientar correctamente el momento”.

—¿Bolígrafos elegantes? ¿En serio?

—El contenido merece la herramienta adecuada. No se puede escribir algo tan importante con un bolígrafo cualquiera que te regalan en un banco.

—Eso suena a una filosofía muy específica sobre papelería.

—Tengo opiniones firmes sobre muchas cosas últimamente. Culpa tuya, por contagiarme tanto entusiasmo por los detalles pequeños.

—Tengo la caja perfecta.

Voy a mi habitación y rebusco en el fondo del armario hasta encontrar una caja de madera pequeña, con la tapa tallada en un motivo de hojas, que mi padre me regaló cuando cumplí doce años, y que llevo usando desde entonces para guardar cosas que me importan demasiado como para dejarlas sueltas por ahí: cartas viejas de amigas de la infancia, la primera entrada de cine que conservé sin ninguna razón concreta, un mechón de pelo de cuando era bebé que mi madre insistió en darme “porque algún día vas a querer tenerlo tú”.

—La caja es preciosa —dice Asher cuando vuelvo al salón y la dejo sobre la mesa, pasando los dedos sobre las hojas talladas—. ¿Segura que quieres usar esta? Parece que ya tiene mucha historia acumulada dentro.

—Por eso mismo quiero usarla. Me parece el sitio perfecto para que nuestras cartas hagan compañía al resto de cosas que me importan.

Nos sentamos en el suelo, cada uno con su folio, su sobre y su bolígrafo, con el árbol que montamos juntos brillando frente a nosotros.

—¿Cuáles son las reglas? —pregunto, jugueteando con el bolígrafo entre los dedos.

—Las que tú quieras, la verdad. Yo había pensado algo sencillo.

Escribimos cada uno nuestra carta, por separado, sin enseñarnos lo que ponemos.

La sellamos, la metemos en la caja, y la guardamos sin abrirla durante un tiempo hasta la próxima Nochebuena.

O la de dentro de dos años, tres, cinco… No sé, el tiempo que sea.

—Me gusta esa fecha. Es bonita y simbólica.

—Pensé que te gustaría. Aunque no puedo prometerte que mi letra sea legible. Nunca he tenido una caligrafía especialmente cuidada.

Nos giramos cada uno, dándonos la espalda por ese acuerdo tácito de que lo que se escribe en una carta como esta merece la ilusión de la privacidad mientras se redacta.

Me quedo mirando el papel en blanco durante un buen rato, mordisqueando la tapa del bolígrafo, sin saber muy bien por dónde empezar, hasta que decido, sin darle más vueltas, simplemente dejar que las palabras salgan como quieran.

Querida Diana del futuro , escribo, y me detengo, sonriendo sola ante lo raro que resulta dirigirse a una misma como si fuera otra persona completamente distinta.

Si estás leyendo esto es porque ha pasado ya un tiempo desde la Navidad más importante de tu vida hasta ahora, la que empezó con un jersey ridículo de renos y una apuesta que los dos sabíamos, en el fondo, que estaba condenada a perderse desde el primer momento.

Espero, con todas mis fuerzas, que sigas con Asher cuando leas esto.

Espero que hayáis discutido por tonterías y hayáis hecho las paces con facilidad.

Espero que sigas decorando la casa a principios de diciembre y que él siga fingiendo cierto desdén a la Navidad mientras cuelga el primer adorno sin que se lo pidas.

Me detengo, pensando en qué más quiero decirle a esa versión futura de mí misma. De reojo, veo a Asher escribiendo con concentración y la lengua asomando ligeramente entre los labios.

Quiero que sepas, o que recuerdes, que ahora mismo, mientras escribo esto, tengo miedo.

No del tipo de miedo que paraliza, sino del tipo que aparece cuando algo importa lo suficiente como para que perderlo dolería de verdad.

Llevo toda la vida protegiéndome de ese miedo concreto siendo optimista de una manera casi obstinada, casi terca, convenciéndome de que si creo lo suficiente en la magia, la magia terminará apareciendo.

Y ha aparecido, esta Navidad, con nombre y apellido, con un jersey que decía "BAH, PAPARRUCHAS" y una sonrisa que hizo que se me olvidara completamente cómo se mantenía una conversación normal.

Espero que sigas sintiendo lo mismo que sientes ahora.

Y si no es así, si las cosas han cambiado, si Asher ya no está, quiero que sepas que está bien también.

Que esta Navidad, pase lo que pase después, mereció la pena vivirla exactamente como la viviste, sin reservarte nada, sin protegerte de más de lo estrictamente necesario.

Eso es lo único que de verdad me importa que recuerdes: que te atreviste.

Firmo con mi nombre, doblo el papel con cuidado y lo meto en el sobre, sellándolo con un trozo de celo que había preparado de antemano, sin darle demasiadas vueltas a lo que acabo de escribir, decidida a confiar en que las palabras que han salido son, de alguna manera, exactamente las que necesitaba poner.

La vela de canela sigue ardiendo despacio sobre la mesa, llenando el salón de un aroma cálido.

Mirando el sobre sellado, pienso en todas las versiones de mí misma que han escrito cartas parecidas a lo largo de los años sin que ninguna llegara jamás a completarse del todo, cuadernos empezados y abandonados, buenas intenciones de Año Nuevo que se disolvían antes de febrero...

Esta, por algún motivo, se siente distinta.

Esta se siente como la primera vez que consigo poner en palabras algo que de verdad pienso terminar de decir.

Levanto la vista y encuentro a Asher todavía escribiendo, con una expresión mucho más seria de la que suele llevar puesta y la mandíbula apretada.

Tiene la concentración específica de quien está intentando poner en palabras algo que le cuesta un esfuerzo considerable.

Aparto la vista para darle el espacio que necesita, mirando por la ventana, donde ha empezado a caer una nieve fina y silenciosa.

—¿Ya has terminado? —pregunta Asher.

—Hace un rato. ¿Y tú?

—Casi. Dame un minuto más.

Espero, jugando distraídamente con el bolígrafo, mientras él termina su propia carta con unos últimos trazos que no puedo ver desde donde estoy sentada. Cuando por fin dobla el papel y lo mete en su sobre, levanta la vista hacia mí.

—No pienso darte ninguna pista sobre lo que he escrito —dice Asher, dibujando una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios.

—Yo tampoco.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Alguna vez te preguntas si esto es real?

Quiero decir, llevamos poco tiempo conociéndonos y estamos aquí escribiendo cartas para nuestras versiones del futuro, como si fuera seguro que seguiremos estando presentes en la vida del otro cuando pasen unos años.

¿No te parece todo de ensueño? ¿No estamos yendo rápido?

Bueno, pensándolo bien, es tontería lo que te pregunto.

¡Si ya en la primera noche que te conocí sentí conexión contigo y quería besarte!

—Me lo pregunto, sí. Pero también pienso que el tiempo no siempre se mide igual.

Hay relaciones de años que nunca llegan a la profundidad que hemos alcanzado nosotros en menos de un mes, y hay conexiones de toda una vida que tardan exactamente el tiempo que necesitan, ni un día más ni un día menos.

No creo que estemos yendo rápido. Estamos yendo exactamente al ritmo que esto necesitaba ir.

Algo en la expresión de Asher se relaja, como si mi respuesta hubiera disuelto una parte del vértigo que llevaba cargando desde que empezó a escribir su propia carta.

Coge la caja de madera de mi padre, abriéndola para depositar los dos sobres dentro, uno junto al otro, sobre el resto de tesoros pequeños que llevo guardando ahí desde hace años.

Cierra la caja despacio y me la tiende con ambas manos, como si me estuviera entregando algo mucho más pesado que su contenido real.

—Guárdala tú —dice Asher—. Confío en que sabrás mantenerla a salvo, sin la tentación de hacer trampas.

—La guardaré en el fondo del armario, junto al resto de mis tesoros. Estará a salvo, te lo prometo.