El baile #2
—Acepto.
Nos unimos al resto de parejas en la pista. En cuanto su mano se posa en mi cintura y la mía sube hasta su hombro, empezamos a movernos despacio, siguiendo el ritmo lento de la música, mucho más coordinados de lo que ninguno anticipaba.
—Hemos mejorado desde la última vez que bailamos juntos —comento, apoyando la cabeza contra su hombro mientras giramos despacio.
—La práctica hace al maestro. O quizás estamos más cómodos el uno con el otro ahora que entonces.
Bailamos varias canciones seguidas, sin ninguna prisa por parar, cambiando de postura de vez en cuando, a veces más cerca, con las frentes casi tocándose, a veces girando con más amplitud cuando la música se anima ligeramente.
Durante todo ese rato no hablamos demasiado, simplemente disfrutamos de la cercanía, del calor compartido y de esa sensación tranquila y luminosa de estar exactamente donde se supone que debemos estar.
Nico y su acompañante se unen a la pista cerca de nosotros, y durante una canción más animada, terminamos los cuatro bailando en una especie de círculo improvisado, riéndonos de los pasos inventados de Nico, que insiste en que su estilo se llama “libertad interpretativa” cuando en realidad se parece más a una serie de movimientos aleatorios sin ninguna conexión aparente con el ritmo de la música.
—Tu amigo baila peor que tú en el hielo —le susurro a Asher, mientras Nico ejecuta un giro que está a punto de derribar a una pareja cercana.
—Es un consuelo saber que existe alguien peor que yo en alguna disciplina física.
Nos reímos y Asher me atrae de nuevo hacia él cuando la música vuelve a ralentizarse, dejando a Nico a su suerte en mitad de la pista.
Volvemos a la cercanía tranquila de antes, meciéndonos despacio al ritmo de una balada instrumental que el cuarteto interpreta con una delicadeza que hace que el salón entero parezca contener la respiración.
—Hace un mes —empieza a contar Asher—, si alguien me hubiera dicho que iba a estar aquí, vestido de esmoquin, bailando lento con una mujer de la que estoy completamente enamorado, en un baile benéfico para niños de hospital, habría asumido que se trataba de una broma.
Ahora no puedo imaginar ningún otro sitio en el mundo donde preferiría estar esta noche.
Levanto la cabeza para mirarlo a sus intensos ojos marrones y oscuros.
—Yo tampoco, Asher, y eso que llevo toda la vida soñando con momentos como este, con la magia navideña en su forma más pura, y la realidad todavía consigue superar cualquier fantasía que hubiera imaginado.
Nos besamos en mitad de la pista, rodeados de otras parejas que giran a nuestro alrededor sin prestarnos atención. Cuando nos separamos, con las mejillas coloradas y una sonrisa que ninguno de los dos hace ningún esfuerzo por disimular, seguimos bailando.
Hacia el final de la velada, cuando la música se vuelve más suave y algunas parejas empiezan a despedirse poco a poco, salimos juntos a un pequeño balcón que da al jardín trasero del hotel, buscando un respiro del calor y del bullicio del salón.
Nos apoyamos en la barandilla de piedra, con el frío de la noche calmándonos las mejillas todavía acaloradas del baile.
—Ha sido una noche perfecta —digo, mirando las luces del jardín, decoradas también con guirnaldas blancas que se enredan entre los arbustos podados con formas geométricas.
—De mis tres favoritas.
—¿Cuál es la primera?
—La noche en que te conocí.
Suelto un grito ahogado por la emoción y le agarro la cara para besarlo. Sus labios son tan dulces como el bastón de caramelo, me alimentaría a cada rato de ellos si tuvieran base nutricional.
Me apoyo contra el costado de Asher, sintiendo el calor de su cuerpo. Nos quedamos en silencio, contemplando el jardín iluminado y escuchando el eco lejano de la música que sigue sonando dentro del salón.
—¿Piensas mucho en esos niños? —pregunto, al cabo de un rato, todavía con la imagen de las fotografías del discurso pegada a la memoria—. Los del hospital, quiero decir.
—Más de lo que esperaba, sinceramente. Pasar la Navidad en un sitio así, tan joven, sin poder decidir nada al respecto, me recuerda un poco a mis propias navidades difíciles, aunque a una escala completamente distinta, evidentemente.
Yo al menos tenía la opción de decidir dónde pasar las fechas. Ellos ni siquiera tienen eso.
—Deberíamos hacer esto cada año. Venir a este baile, donar lo que podamos.
—Sí, claro… —Asher carraspea—. Me parece un plan excelente. Una nueva tradición para añadir a la colección.
El tono de cómo lo ha pronunciado me resulta extraño. ¿Está ocultando algo? Quizá no sea nada, pero el poder de la intuición femenina no suele fallar.
—Asher, ¿ocurre algo?
Él sacude la cabeza, como espantando un pensamiento que prefiere no compartir todavía.
—Nada, olvídalo —responde—. Solo estaba pensando en que solo nos quedan dos citas más. No estoy preparado para que termine.
—Después de esas, supongo que nos quedará el resto de nuestra vida para seguir inventando excusas para vernos. ¿No?
Asher no responde. Tan solo me sonríe y me besa.