El baile
—Mejor que no —dice Helen, plantada en mitad de mi habitación con los brazos cruzados y una expresión de veto absoluto—.
Ese vestido negro que llevas puesto es precioso, pero es el mismo que te pusiste en la boda de mi prima hace dos años.
Necesitas otro, algo que grite “acabo de tener la mejor semana de mi vida y pienso demostrarlo con la tela”.
—Es un baile benéfico, no una pasarela.
—Vas a ir con el hombre del que estás completamente enamorada, después de una semana en la que os habéis besado en Nueva York y os acostasteis en su piso, según me has contado con todo lujo de detalles que no te pedí porque no aguantabas más tiempo ocultándolo. El vestido importa muchísimo.
No puedo rebatirle el argumento, así que terminamos las dos recorriendo tres tiendas distintas del centro esa misma tarde.
—Ese es demasiado formal, pareces la madre de la novia —sentencia Helen ante el tercer vestido que me pruebo, un modelo azul marino con mangas largas que a mí me había parecido bastante elegante—. El siguiente.
—¿Qué tiene de malo parecer elegante en un baile de gala?
—Nada, si el objetivo fuera solo asistir a una gala. Pero el objetivo real es que Asher se quede sin palabras al verte entrar, y ese vestido no va a conseguir ese efecto específico.
—Tienes una manera muy particular de enfocar mis decisiones de vestuario.
Seguimos probando, entre risas y vetos cada vez más específicos —”demasiado corto”, “demasiado conservador”, “ese color no te favorece nada aunque a ti te guste”—, hasta que encontramos el vestido: verde oscuro, casi negro bajo ciertas luces, de una tela que cae con un movimiento fluido a cada paso, con un escote que Helen describe como “elegante pero con intenciones claras” y una espalda parcialmente descubierta que hace que me sienta, al probármelo delante del espejo, como una versión de mí misma que rara vez me atrevo a mostrar en público.
—Ese —sentencia Helen, desde la silla donde lleva instalada toda la tarde, con el tono de quien acaba de presenciar una revelación divina—. Ese es exactamente el vestido. Asher va a olvidarse de su propio nombre en cuanto te vea entrar.
El baile en cuestión es una gala benéfica que se celebra todos los años por estas fechas, organizada para recaudar fondos destinados a comprar regalos de Navidad para niños hospitalizados de larga estancia, aquellos que van a pasar la Nochebuena entre pasillos de hospital en vez de en sus propias casas, rodeados de familia.
Asher se enteró de la existencia del evento a través de su trabajo, que patrocina una mesa completa todos los años como parte de sus iniciativas de responsabilidad social.
En cuanto vio el folleto pegado en el tablón de anuncios de la oficina, decidió que era la cita perfecta: elegante, con un propósito que va mucho más allá de la propia pareja, y con la excusa perfecta para vernos vestidos de gala por primera vez, sin jerséis ridículos ni gorros a juego de por medio.
Por la noche, con el vestido verde puesto y el pelo recogido en un moño bajo que Helen me ayudó a peinar con una paciencia encomiable, me miro en el espejo de mi habitación una última vez antes de salir, sintiendo nervios. Cada cita con Asher revela una capa más de él.
—Quédate quieta un segundo más —dice Helen, ajustándome un mechón suelto con una horquilla que rescata de algún lugar de su bolso, que parece contener todo lo necesario para cualquier emergencia estética imaginable—. Perfecto. Ahora sí.
—¿De verdad tienes que examinarme con tanto detalle? Solo vamos a un baile.
—Vas tú. Yo me quedo aquí, en tu sofá, viendo una película mala con tu madre y esperando el reporte completo de mañana.
—Un reporte que espero que incluya fotos —añade mi madre, asomada a la puerta. Se lleva una mano al pecho en cuanto me ve completamente lista—. Estás preciosa, cariño.
La abrazo, con cuidado de no arrugar demasiado el vestido, y Helen me acompaña hasta la puerta, ajustándome el chal una última vez con la dedicación de una asistente de vestuario profesional.
—Pásatelo bien esta noche —dice, ya en el umbral—. Te lo mereces, después de todo lo que has esperado para llegar hasta aquí.
—Gracias, Helen. Por todo. Por el vestido, por las horquillas y por aguantarme cada día con los análisis obsesivos sobre cada mensaje de Asher.
—Para eso están las mejores amigas. Ahora vete, que llegas tarde.
Salgo hacia el hotel donde se celebra la gala, un edificio elegante del centro con un salón de baile que, según las fotos del evento del año pasado que Asher me enseñó, promete estar decorado con todo lujo navideño.
Asher me espera en la entrada. En cuanto lo veo, vestido con un esmoquin negro clásico, con el pelo peinado hacia atrás de una manera que le da un aire completamente distinto al desaliño habitual, se me corta la respiración de una manera que no anticipaba, a pesar de todo lo que ya hemos compartido este tiempo.
—Estás asombrosa —dice él cuando me acerco, recorriéndome con la mirada de arriba abajo sin ningún disimulo—. Creo que necesito un momento para procesar tanta belleza. No tengo palabras suficientes para admirarte.
Me da un beso en la mejilla y da un paso atrás para volver a mirarme, con una expresión de auténtico asombro.
—Tú tampoco estás nada mal —le halago—. El esmoquin te sienta muy bien.
Me tiende el brazo y entramos juntos al salón de baile, donde el ambiente supera con creces cualquier cosa que hubiera imaginado: techos altos decorados con guirnaldas de luces blancas que caen en cascadas desde arriba; mesas redondas cubiertas con manteles blancos y centros de mesa hechos con ramas de pino, velas y bayas rojas; un cuarteto de cuerda tocando villancicos instrumentales en una esquina; y en el centro de la sala, un árbol de Navidad gigante decorado exclusivamente en tonos plateados y blancos.
Camareros con bandejas circulan entre las mesas ofreciendo copas de champán y canapés diminutos, y a un lado del salón, junto a una serie de mesas cubiertas con manteles blancos, se despliega una subasta silenciosa: cestas de regalo, escapadas de fin de semana donadas por hoteles locales y obras de arte de artistas de la ciudad, todo destinado a engrosar la recaudación final de la noche.
—Esto es precioso —murmuro, absorbiendo cada detalle mientras caminamos hacia la mesa que le corresponde a la empresa de Asher, pasando junto a la mesa de la subasta, donde me detengo a curiosear una cesta decorada con lazos rojos, llena de productos artesanales locales.
—Espera a ver el resto. Según me contaron, cada año superan al anterior en cuestión de decoración.
—¿Deberíamos pujar por algo?
—Deberíamos, sí. Aunque te advierto que mi presupuesto para esta noche ya está comprometido.
Nico nos saluda desde la mesa, con una copa de champán en la mano y una sonrisa que sugiere que lleva ahí el tiempo suficiente como para haber empezado la celebración con cierta antelación, acompañado de un par de compañeros de trabajo de Asher a quienes no conozco todavía y que me reciben con amabilidad.
—Así que tú eres la famosa Diana —dice una compañera de Asher, una mujer de mediana edad con un vestido rojo, estrechándome la mano con una sonrisa cómplice—. Llevamos días oyendo hablar de ti en la oficina. Asher ha estado, y cito textualmente a Nico, “insoportablemente feliz” desde que te conoce.
—No es insoportable —protesta Asher, aunque sin demasiada convicción—. Es simplemente felicidad de nivel alto.
—Es lo mismo, según el resto de la oficina —añade Nico, levantando su copa para dar un trago.
Durante la primera hora de la velada nos dedicamos a cenar, charlar con el resto de la mesa, y escuchar el discurso de apertura que da la organizadora principal del evento, una mujer mayor con una voz cálida y firme que explica, con fotografías proyectadas en una pantalla grande al fondo del salón, el propósito exacto de la recaudación: regalos, sí, pero también acompañamiento, voluntarios que visitan a los niños durante las fechas navideñas para que ninguno pase la Nochebuena completamente solo y decoraciones para las habitaciones de hospital.
Pequeños gestos que, según insiste la mujer, marcan una diferencia enorme en la experiencia de niños que ya están enfrentando algo mucho más grande de lo que cualquier adulto debería tener que enfrentar solo.
—El año pasado conseguimos que más de cien niños tuvieran un regalo esperándolos la mañana de Navidad, incluso desde la cama del hospital —cuenta la mujer, con la voz quebrándose —.
Este año, con vuestra generosidad, esperamos superar esa cifra.
Cada entrada, cada puja en la subasta silenciosa y cada donación adicional se traduce en la sonrisa de un niño que, de otra manera, se habría despertado sin nada bajo un árbol que ni siquiera está en su propia casa.
Un aplauso emocionado recorre el salón entero, y la mujer continúa con un breve vídeo grabado de familias que agradecen, con los ojos llenos de lágrimas, el esfuerzo del año anterior. Un niño pequeño sostiene un peluche nuevo con una sonrisa que ilumina toda la pantalla del salón.
Miro a Asher durante el discurso, y encuentro su expresión seria con la vista fija en las fotografías que van pasando en la pantalla, que muestra a niños sonriendo en camas de hospital con gorros de Papá Noel puestos.
Cuando la organizadora termina su intervención entre aplausos generales, Asher se seca disimuladamente una lágrima que intenta hacer pasar por una simple molestia del ojo.
—¿Estás bien? —le pregunto, apretándole la mano por debajo de la mesa.
—Sí. Es solo que... no sé, pienso en cómo sería pasar la Navidad en un hospital. Tan pequeño, sin poder estar en casa… Se me hace un nudo bastante considerable en la garganta.
—Es normal que te afecte, a mí también.
Después de la cena, cuando el cuarteto de cuerda cambia el repertorio hacia algo más lento y más apropiado para bailar, y las primeras parejas empiezan a moverse hacia la pista central, Asher se levanta y me tiende la mano.
—¿Me concede este baile, princesa navideña? —me pregunta con una sonrisa.