Manta y película
Todavía no me he acostumbrado a la sensación de llevar un secreto tan grande y tan dulce guardado bajo la piel, algo que solo Asher y yo conocemos. No he contado nada del beso ni a mi madre ni a Helen. Siento que así no habrá ningún gafe y Asher y yo terminaremos oficializando nuestra relación.
Él me ha citado en su casa para la novena cita.
—Palomitas y películas navideñas —anuncia Asher, abriéndome la puerta de su piso con un delantal ridículo puesto, estampado con renos, que jura haber comprado específicamente para la ocasión—. He preparado el salón con la dedicación de un profesional.
Entro, y descubro que no exagera del todo: ha apartado la mesita baja para hacer sitio, ha amontonado cojines y mantas sobre el sofá hasta convertirlo en una especie de nido acogedor.
Me dejo caer en el sofá improvisado mientras él desaparece hacia la cocina, de donde llegan ruidos de bolsas de palomitas de microondas siendo maltratadas con más entusiasmo del necesario, y Asher vuelve pocos minutos después con dos boles enormes: uno con mantequilla y sal, el otro con una mezcla de canela y azúcar que insiste en que es “la combinación navideña definitiva”.
—¿Qué peli has elegido para la ocasión? —pregunto, acomodándome bajo una de las mantas.
—Un clásico. Una comedia noventera sobre un niño que se queda solo en casa en Navidad y termina defendiendo su hogar de dos ladrones con una creatividad que roza el sadismo. La habré visto unas quince veces en mi vida, me encanta.
—Excelente elección. Yo también la adoro, aunque tengo que admitir que de pequeña me daba un poco de pena el pobre padre de familia, siempre corriendo por aeropuertos como un loco.
—Ese es, probablemente, el subtexto más triste de toda la película, y nadie habla nunca de ello.
Asher se sienta a mi lado, tan cerca que nuestros muslos se rozan bajo la manta compartida, y pone la película, apagando el resto de luces del salón para que solo quede el resplandor cálido de la pantalla y las lucecitas diminutas del árbol de Navidad parpadeando en la esquina.
Los primeros minutos los pasamos comentando la película, riéndonos de las trampas absurdamente elaboradas del protagonista, discutiendo con una seriedad completamente injustificada si alguna de ellas sería físicamente viable en la vida real, y robándonos palomitas mutuamente de los respectivos boles a pesar de que cada uno tiene el suyo propio.
—Esa trampa con la plancha caliente le provocaría quemaduras de tercer grado a cualquier ladrón real —sentencio, con la boca llena de palomitas con canela.
—Es cine, no necesita superar un examen de física aplicada.
—Solo digo que la suspensión de incredulidad tiene límites razonables.
—Tus límites razonables son sospechosamente flexibles cuando se trata de creer en Papá Noel, pero rígidos cuando se trata de trampas caseras de comedia.
—Son ámbitos completamente distintos de la fe. No se pueden comparar.
Él se ríe y me pasa un brazo por los hombros, atrayéndome más cerca bajo la manta.
Poco a poco, la postura se va transformando: mi cabeza termina apoyada contra su pecho, su mano descansa despacio sobre mi rodilla, y cuando la película avanza hacia su tramo intermedio, esa mano empieza a moverse, despacio, casi sin darse cuenta, trazando círculos suaves sobre la tela de mis vaqueros, subiendo un poco por el muslo con una lentitud que no parece del todo accidental.
—¿Sigues viendo la película? —pregunto, consciente de lo que Asher está haciendo.
—Técnicamente sí, aunque mi atención se está repartiendo de una manera cada vez menos equitativa.
—¿Hacia dónde se está repartiendo exactamente?
—Hacia un cálculo aproximado del setenta por ciento película, treinta por ciento tu pierna. El porcentaje va cambiando con cada escena.
Me río, girándome para mirarlo. La atención de Asher ya no está puesta en la pantalla, sino en mí.
—Creo que la película ha perdido nuestra atención por completo —murmura él, con la mano deteniéndose en mi muslo, apretando suavemente.
—Tienes razón.
Dejo mi bol de palomitas sobre la mesita y, sin pensarlo, sin darle tiempo a mi propio cerebro a inventar ninguna excusa razonable para detenerme, me subo despacio sobre el regazo de Asher, quedando sentada a horcajadas encima de él, con las rodillas hundidas en los cojines a ambos lados de sus caderas.
Por primera vez desde que nos conocemos, estamos exactamente al mismo nivel de altura, mirándonos directamente a los ojos sin que ninguno tenga que inclinarse ni un centímetro.
—Hola —dice él, con las manos subiendo despacio hasta posarse sobre mis caderas. De ahí, con una lentitud deliberada, se deslizan hasta cerrarse suavemente sobre mi trasero, atrayéndome un poco más cerca de él.
—Hola.
El resto de la película sigue sonando de fondo, ignorada por completo, mientras nos quedamos así, muy cerca, respirando el mismo aire cargado de toda la tensión acumulada durante las citas.
—Deberíamos parar —digo, aunque mi propio cuerpo, inclinándose ya más cerca del suyo, contradice completamente la afirmación—. Nueva York era la excepción e íbamos a intentar mantener el control en las citas de aquí, guardar la intensidad para cuando de verdad tocara.
—Lo dijimos, sí.
—¿Y bien?
—Creo que subestimé mi propia capacidad de resistencia cuando lo dije.
Sonaba mucho más razonable en lo alto de un rascacielos que ahora, contigo sentada encima de mí en mi propio sofá, con las manos ya sobre tu cuerpo sin que haya conseguido encontrar la fuerza de voluntad necesaria para retirarlas.
—Yo tampoco estoy encontrando mucha fuerza de voluntad.
Sus manos se aprietan un poco más sobre mí, y noto cómo se le acelera la respiración bajo mis propias manos, apoyadas contra su pecho, sintiendo los latidos de su corazón golpeando con la misma urgencia descontrolada que el mío.
—Diana, necesito que estés completamente segura, antes de que esto vaya a ningún sitio. Podemos seguir viendo la película, comer más palomitas, fingir que este momento nunca ha sucedido, y no va a cambiar absolutamente nada de lo que siento por ti.
—Estoy segura. Llevo días segura, en realidad, aunque las dos habíamos decidido, muy sabiamente, complicarnos la vida con una regla que ya rompimos en lo alto del Empire State.
—Eso es cierto. Ya somos unos incumplidores reincidentes.
Asher se ríe contra mi cuello, y ese sonido, mezclado con el calor de su respiración contra mi piel, termina de disolver cualquier resto de duda razonable que pudiera quedar flotando entre los dos.
Nos besamos despacio y poco a poco el beso se profundiza.
Sus manos recorren mi espalda por debajo de la camiseta y las mías se enredan en su pelo.
La película sigue sonando de fondo, completamente olvidada, con las voces de los actores convertidas en un murmullo lejano que ya no tiene ninguna importancia real.
—Estoy un poco nerviosa —confieso contra sus labios, entre beso y beso, sintiendo la necesidad de decirlo en voz alta antes de que sea demasiado tarde para admitirlo.
—¿Quieres parar?
—No, para nada. Solo quiero que sepas que llevo queriendo llegar a este momento contigo desde hace bastante tiempo, y ahora que por fin está pasando, los nervios se han presentado también, sin que los invitara.
—Los nervios pueden quedarse, si quieren. No van a asustarme.
Asher me besa de nuevo, más despacio esta vez, como si quisiera darme todo el tiempo del mundo para cambiar de opinión si lo necesitara.
Cuando por fin se separa, con la respiración entrecortada y los ojos oscurecidos de una manera que hace que se me encoja algo profundo en el estómago, se levanta del sofá sin ningún esfuerzo aparente, todavía conmigo enredada alrededor de él, mis piernas rodeándole la cintura, y camina hacia el pequeño dormitorio del piso.
Me deja despacio sobre la cama y se queda encima de mí, apoyado en los antebrazos, mirándome con una expresión cargada de ternura y de deseo.
—Eres preciosa —dice Asher, apartándome un mechón de pelo de la cara con la misma delicadeza de siempre—.
Y no lo digo por decir algo bonito en el momento adecuado.
Lo pienso desde la primera noche que te vi, con ese jersey de renos y esa sonrisa que hizo que se me olvidara completamente cómo se mantenía una conversación normal.
—Tú tampoco estabas nada mal con tu jersey y esa actitud de escéptico irremediable que resultó ser, después de todo, una fachada bastante frágil.
Nos besamos de nuevo. Sin ninguna ternura, sino con una pasión desenfrenada.
Sus manos encuentran el bajo de mi camiseta y levanto los brazos para ayudarle a quitarme la prenda por encima de la cabeza.
El aire fresco del dormitorio contra mi piel desnuda me arranca un escalofrío que él calma de inmediato, inclinándose para besarme la clavícula, el hombro y cualquier centímetro de piel que va quedando expuesto.
Terminamos de desnudarnos el uno al otro entre risas y besos que se interrumpen constantemente para volver a empezar, con esa mezcla perfecta de torpeza, ternura y deseo que solo existe en los primeros encuentros de verdad entre dos personas que ya se conocen bien, que ya han compartido secretos y confesiones y que ahora, por fin, deciden compartir también esto, sin ninguna prisa real, sin ninguna regla que respetar más allá del deseo mutuo que llevamos días conteniendo.
Las luces navideñas del arbolito diminuto siguen parpadeando suavemente desde el salón, colándose apenas por la puerta entreabierta del dormitorio, proyectando un resplandor cálido y difuso sobre la habitación entera.
En ese resplandor suave, con el frío de diciembre golpeando contra la ventana y la ciudad entera dormida a nuestro alrededor, Asher y yo terminamos de perder por completo cualquier resto de la apuesta.
Entrelazados bajo las sábanas de su cama, con su corazón latiendo contra el mío y su voz susurrándome cosas que decido guardar solo para mí, entiendo por fin, con una claridad total, que llevábamos perdiendo esta apuesta concreta desde la primera noche que nos conocimos, con jerséis ridículos y un ponche que sabía a naranja arrepentida de existir, mucho antes de que ninguno de los dos se atreviera siquiera a sospecharlo.