Doce citas para no enamorarnos en Navidad Nueva York #3
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Nueva York #3

Asher, con una mano suave en mi espalda, me guía hacia una esquina más apartada de la plataforma, donde la multitud se dispersa un poco y el viento sopla con más fuerza directa, pero también con más intimidad, como si esa esquina concreta hubiera sido reservada, sin que nadie lo supiera, exactamente para nosotros dos.

Nos detenemos ahí, con la ciudad extendiéndose ante nosotros como un mapa iluminado.

—Oye, Diana…

—¿Sí?

—Sé que dije que quería llegar hasta el final del camino, cita a cita, sin saltarnos ningún paso.

Sin embargo, me he dado cuenta, especialmente en lo alto de esta ciudad y tras el día más perfecto que he tenido en años, que no sé cómo seguir fingiendo que puedo esperar más citas cuando lo único que quiero, en este preciso momento, es besarte.

Nueva York parpadea bajo nosotros, como si contuviera la respiración junto con nosotros dos, esperando a ver qué decidimos hacer. El corazón me late muy deprisa y estoy temblando. No por el frío, sino por lo que Asher acaba de confesarme.

—Yo tampoco sé cómo seguir fingiendo —reconozco—. Es muy difícil tener delante a una persona a la que querer besar y no poder hacerlo por una apuesta que, ambos sabíamos, íbamos a perder.

—¿Entonces?

—Creo que hemos llegado al final del camino un poco antes de lo planeado.

—Bueno, puedo esperar… O hacer una excepción por esta ocasión especial. Lo que pasa en Nueva York se queda en Nueva York. Es la ley no escrita de los viajes, ¿no? Lo que ocurre en una ciudad extraña donde nadie nos conoce, no tiene por qué contar oficialmente para las reglas de casa.

—Suena a una trampa lógica bastante conveniente.

—Es completamente una trampa lógica conveniente.

—Asher, cállate y bésame de una vez, antes de que me arrepienta de haber dicho esto en voz alta.

Asher se acerca a mí despacio. Una mano sube hasta mi mejilla y me aparta un mechón de pelo que el viento insiste en devolver a su sitio equivocado.

Nuestros labios por fin se encuentran, bailando una danza que empieza con timidez y termina por arrastrarnos a los dos con una pasión frenética.

La intensidad compensa cada uno de esos momentos suspendidos que decidimos, cita a cita, no resolver.

El beso sabe a castañas asadas, a frío de diciembre y a un alivio inmenso, a la sensación de por fin dejar caer un peso que llevábamos cargando juntos desde aquella primera fiesta con jerséis ridículos.

La mano de Asher se desliza de mi mejilla hacia mi nuca, atrayéndome más cerca, y la mía se aferra a la solapa de su abrigo como si pudiera, de alguna manera, anclarme a este momento exacto para siempre, evitar que el viento o el tiempo o cualquier fuerza externa consiga arrancármelo.

Cuando por fin nos separamos, sin aliento, con las frentes todavía juntas, Asher sonríe y apoyo la cabeza contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón.

Nos quedamos un largo momento abrazados en lo alto del Empire State, con la ciudad entera brillando a nuestro alrededor como si hubiera decidido, generosamente, iluminarse entera solo para celebrar este momento concreto.

Un fotógrafo profesional que trabaja en el mirador, de esos que se ofrecen a hacer fotos a las parejas a cambio de una propina, se acerca tímidamente, preguntando si queremos una foto para recordar el momento. Asher, sin soltarme, asiente.

Posamos junto a la barandilla, con Nueva York de fondo, y en la foto que el hombre nos muestra después en la pantalla de su cámara, aparecemos los dos mirándonos el uno al otro en vez de mirar al objetivo, con esa expresión de felicidad completamente desprevenida que ninguna pose ensayada podría replicar jamás.

Tras pagar al señor por la fotografía y bajar por los ascensores del edificio hasta un taxi que nos lleve de regreso a casa, no puedo borrar de la cabeza el beso con Asher.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunto—. Con la regla, quiero decir. Con las cuatro citas que todavía nos quedan. ¿Vamos a fingir que esto no ha pasado, en cuanto volvamos a casa?

Asher se queda pensando con la barbilla apoyada sobre mi cabeza.

—Vamos a intentar, con todas nuestras fuerzas, volver a contener esto un poco más —responde Asher—, aunque ya sepamos exactamente adónde nos dirigimos.

Porque la regla, al final, nunca fue realmente sobre si nos enamorábamos o no.

Los dos sabemos que esa batalla ya está perdida desde hace bastante tiempo.

Era sobre resistir la tentación de precipitarlo todo, de quemar las últimas citas antes de haberlas vivido de verdad.

Y creo que, a pesar de este beso, todavía quiero vivir las cuatro que quedan con la misma intensidad que las ocho anteriores, no simplemente como el epílogo de algo que ya ha terminado de suceder en lo alto del Empire State.

—La apuesta está perdida, pero podemos seguir jugando las últimas rondas de todos modos. Solo que ahora sabiendo cómo va a terminar la partida.

—Exacto. Creo que hay algo bonito en eso, en realidad.

Vivir las últimas citas ya sin la incertidumbre agotadora de “¿pasará o no pasará”, sino con la certeza tranquila de que sí, va a pasar, y que cada beso que nos guardemos hasta la próxima cita oficial va a valer, precisamente por eso, muchísimo más.