Nueva York #2
—No estoy seguro de que mis ojos estén preparados para procesar tanta información visual de golpe. Me voy a marear.
Un hombre disfrazado de superhéroe pasa junto a nosotros ofreciéndose para fotos a cambio de propina, seguido de cerca por otro disfrazado de personaje de dibujos animados con la cabeza del traje ligeramente torcida.
Asher, observando la escena con una fascinación genuina, niega con la cabeza sin dejar de sonreír.
Nos quedamos un rato en la plaza, observando el espectáculo constante de luces, gente y música que se escapa de distintos locales, comprando un par de recuerdos absurdos en una tienda de souvenirs: un llavero con la Estatua de la Libertad vestida de Papá Noel para el árbol de Asher, y un imán de Nueva York para la nevera de mi piso.
Pasamos las siguientes horas explorando distintos rincones de la ciudad sin ningún itinerario demasiado rígido: una librería enorme, de varios pisos, donde Asher me arrastra hacia la sección de fotografía con un entusiasmo que no intenta disimular, deteniéndose en cada libro con una atención que confirma, sin necesidad de palabras, que aquel sueño guardado en una caja sigue vivo de alguna manera, esperando su momento; una pequeña iglesia con un belén monumental montado en la entrada, con figuras de tamaño casi real que atraen a decenas de turistas haciendo fotos; un puesto de castañas asadas donde compramos una bolsa que compartimos caminando, quemándonos los dedos con el calor que se filtra a través del papel.
—¿Cansada? —pregunta Asher, cuando ya ha oscurecido casi por completo y las luces de la ciudad han sustituido a la luz natural del día.
—Agotada, pero está mereciendo la pena.
—Es el momento perfecto para el gran final de la jornada.
—¿Qué gran final?
—Es una sorpresa. Confía en mí, para variar.
Caminamos hacia el sur hasta que llegamos frente a un edificio imponente, con una fachada art déco que se eleva hacia el cielo con una elegancia que ni la oscuridad consigue disimular, coronado por una antena que parpadea con luces rojas y verdes visibles desde varias manzanas de distancia.
—El Empire State —digo maravillada, echando la cabeza hacia atrás para contemplar el edificio en todo su esplendor.
—Vamos a subir al mirador —me comunica Asher—. Compré las entradas antes de venir.
Tapo mi boca con las manos del asombro y no puedo evitar dar un salto de alegría.
—Sin ninguna duda, es el cierre perfecto. —Doy un abrazo a Asher, agradecida por el detalle.
Entramos al edificio, hacemos la cola correspondiente entre grupos de turistas de distintos rincones del mundo, y mientras avanzamos despacio por el vestíbulo decorado con paneles art déco originales, Asher me coge la mano con más firmeza de la habitual, como si también él sintiera que esta última parada del día lleva un peso distinto al resto.
—¿Nervioso? —le pregunto, notando cómo aprieta un poco los dedos alrededor de los míos.
—Un poco. Aunque no sabría explicar exactamente de qué.
—Yo tampoco, pero lo noto igual.
Subimos primero hasta un piso intermedio, donde hay que cambiar de ascensor, y la espera en ese tramo se hace más larga, suficiente para que empecemos a jugar, sin ningún propósito real, a adivinar qué se verá desde arriba, cada uno proponiendo teorías cada vez más exageradas sobre la altura exacta y la distancia que se podrá abarcar con la vista, hasta que por fin nos llega el turno del segundo ascensor, más pequeño, con un guía uniformado que recita datos sobre el edificio con la cadencia de quien lleva repitiendo el mismo discurso varias veces al día desde hace años.
Cuando por fin subimos en el ascensor que nos lleva hasta el mirador, con los oídos taponándose ligeramente por la velocidad del ascenso, siento cómo el estómago se me encoge de una manera que no tiene nada que ver con el vértigo y todo que ver con la anticipación.
Las puertas del ascensor se abren, y salimos a una plataforma exterior donde el viento nos golpea de inmediato con una fuerza considerable, frío y cortante.
La vista que se despliega ante nosotros hace que el frío se convierta, de golpe, en un detalle completamente secundario: la ciudad entera se extiende en todas direcciones, un mar infinito de luces que titilan hasta donde alcanza la vista, rascacielos iluminados compitiendo entre sí por la atención; el tráfico convertido, desde esta altura, en ríos de luz roja y blanca fluyendo por las avenidas; el brillo distinto de los puentes cruzando el agua oscura que rodea la isla entera; y la Estatua de la Libertad, iluminada, erguida sobre su pequeña isla como una figura que vigila la inmensidad de la ciudad.
Su silueta se recorta contra la oscuridad, con la antorcha alzada hacia el cielo y la corona dibujando pequeños picos sobre su cabeza, mientras una luz tenue resalta el verde envejecido de su cuerpo.
Hacia el sur, distingo la silueta más baja y densa del distrito financiero, con algún que otro edificio histórico asomando entre torres más modernas; hacia el norte, Central Park se extiende como un rectángulo oscuro y silencioso en mitad de todo ese resplandor, un vacío deliberado en medio del brillo incesante de la ciudad, casi como si el propio parque insistiera en recordarle a todo el mundo que también la quietud tiene su lugar aquí.
—Las fotos no le hacen justicia a esto —opino, embelesada por las vistas.
—Las fotos nunca le hacen justicia a nada importante —concuerda Asher—. Por eso hay que venir en persona.
—Dios mío —consigo decir, agarrándome a la barandilla con ambas manos al mirar hacia abajo, incapaz de procesar del todo la magnitud de lo que estoy viendo.
Caminamos despacio alrededor de la plataforma, deteniéndonos en cada ángulo para absorber una perspectiva distinta de la ciudad, señalando edificios que reconocemos de películas o de fotos vistas alguna vez, contando en voz alta los puentes que conseguimos distinguir en la distancia y discutiendo sin ninguna base real de conocimiento cuál de todos los rascacielos cercanos nos parece más elegante.