Doce citas para no enamorarnos en Navidad Nueva York
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Nueva York

Despierto con la frente apoyada contra la ventanilla fría del taxi, con Asher a mi lado todavía medio dormido.

La primera imagen borrosa que consigo enfocar es la ciudad entera desplegándose ante nosotros, un horizonte de rascacielos grises recortados contra un cielo todavía oscuro, salpicado de luces que parpadean como si la ciudad misma respirara.

—La octava cita tenía que ser especial, y no hay nada más especial que gastarse los ahorros en un viaje.

—Espero que la ciudad esté a la altura del sacrificio financiero.

Salimos del taxi frente a un pequeño hotel de Midtown. La emoción vence al cansancio del viaje y al frío, que se siente más cortante y seco. Asher, que no aguanta estas bajas temperaturas, se sube la bufanda hasta la nariz en cuestión de segundos.

—Primera impresión —dice él, con la voz amortiguada por la lana—, hace un frío que no había experimentado en mi vida, y eso que crecí en un sitio con inviernos muy fríos.

—El frío de Nueva York tiene reputación propia. Viene incluido con el paquete completo de la experiencia navideña.

—Un paquete bastante cruel, para ser sincero.

Caminamos sin rumbo fijo durante los primeros minutos, simplemente dejándonos envolver por una ciudad que empieza a despertar a nuestro alrededor: el vapor subiendo de las alcantarillas, los primeros vendedores ambulantes montando sus puestos de castañas y pretzels calientes, el tráfico ya denso a pesar de lo temprano y multitud de taxis amarillos.

Cada escaparate por el que pasamos está decorado hasta el último centímetro disponible con guirnaldas, luces y escenas navideñas completas montadas con un presupuesto que claramente supera cualquier cosa que hayamos visto en nuestra propia ciudad.

Siento, con cada paso, cómo la emoción se me acumula en el pecho.

—Empecemos por Central Park —propongo, consultando el mapa de Nueva York desde el móvil—. Antes de que se llene demasiado de gente.

—Lo que la princesa navideña ordene.

Caminamos hacia el parque, y en cuanto cruzamos la entrada por la zona sur, el ruido de la ciudad se atenúa de golpe, sustituido por un silencio distinto, roto solo por el crujido de nuestros propios pasos sobre una fina capa de nieve reciente que cubre los senderos.

Los árboles, desnudos de hojas, forman esqueletos oscuros contra el cielo que empieza a clarear, y algunas ramas todavía conservan restos de escarcha que brillan con la primera luz del día, como si alguien las hubiera espolvoreado con azúcar glas.

—Esto es precioso —digo, deteniéndome para grabar la imagen en la memoria, más allá de cualquier foto que pudiera hacerle justicia—. Mucho más de lo que había imaginado.

—Todavía no has visto nada. Según internet, hay un puente por aquí cerca que sale en todas las fotos de Instagram de gente enamorada. Deberíamos ir a comprobarlo, puramente por curiosidad investigativa.

—Puramente por curiosidad, claro.

Caminamos hacia allí, siguiendo un sendero que serpentea entre árboles cubiertos de nieve, y encontramos el puente que Asher mencionaba, de piedra oscura, arqueado sobre un pequeño lago parcialmente congelado en los bordes, con la ciudad asomando de fondo entre las ramas desnudas, esa combinación imposible de naturaleza y rascacielos que solo parece existir aquí.

Un par de parejas más posan para fotos sobre el puente, y nosotros, sin necesidad de comentarlo, nos unimos a la tradición improvisada, apoyándonos en la barandilla con Nueva York de fondo mientras un desconocido amable se ofrece a hacernos una foto con mi móvil.

—Sonríe —dice Asher, pasándome un brazo por los hombros, y en la foto resultante, que reviso después con una sonrisa que no consigo controlar, aparecemos los dos con las mejillas coloradas de frío y una expresión de felicidad que ya ni siquiera intentamos disimular delante de las cámaras.

Seguimos caminando por el parque, cruzándonos con corredores madrugadores abrigados hasta las orejas, con algún que otro carruaje tirado por caballos que empieza su jornada laboral con las campanillas del arnés tintineando suavemente contra el silencio general y con ardillas que se acercan con descaro pidiendo comida a cualquiera que se detenga el tiempo suficiente.

—¿Sabes qué me sorprende de este parque?

—comento, mientras caminamos por un sendero flanqueado de bancos vacíos, cada uno con una pequeña placa de bronce dedicada a alguien que ya no está—.

Que en mitad de una de las ciudades más ruidosas y frenéticas del mundo, alguien tuvo la sensatez de reservar este espacio entero solo para que la gente pudiera caminar despacio y respirar.

—Es casi un acto de rebeldía urbanística, si lo piensas. Todo el resto de la isla compitiendo por cada centímetro cuadrado disponible, y aquí, en cambio, kilómetros enteros dedicados a que existan árboles.

—Deberíamos aprender la lección. Reservar espacios en nuestras propias vidas solo para caminar despacio, sin ningún propósito productivo detrás.

Nos detenemos junto a un lago más grande que el del puente, donde varios patos nadan con total indiferencia hacia el frío que a nosotros nos cala hasta los huesos, y Asher, con una ternura que no anticipaba a estas horas de la mañana, saca del bolsillo un trozo de pretzel que había guardado de nuestra parada anterior, desmenuzándolo despacio para lanzárselo a los patos más atrevidos que se acercan a la orilla.

—Les estás corrompiendo la dieta con harina procesada —le digo, aunque sin ninguna intención real de detenerlo.

—Es Navidad. Todo el mundo merece un capricho ocasional, incluidos los patos de Central Park.

Llegamos a una zona más abierta, donde el parque se convierte en una pradera nevada salpicada de árboles solitarios. Asher, sin ningún aviso previo, se agacha y recoge un puñado de nieve, formando una bola compacta con una rapidez sospechosa.

—Ni se te ocurra —le digo, recordando la guerra de harina en la cocina de su piso.

—No tengo ni idea de qué hablas.

Asher me lanza la bola de nieve, que impacta directamente contra mí, y durante los siguientes cinco minutos libramos una batalla campal que termina, inevitablemente, con los dos tirados sobre la nieve, sin aliento de tanto reír, con la ropa empapada y las mejillas ardiendo.

Nos incorporamos, sacudiéndonos la nieve mutuamente con una ternura que contrasta con la guerra de hace un momento, y seguimos caminando hacia el centro del parque, deteniéndonos en una pequeña cafetería junto a uno de los senderos principales para comprar dos cafés calientes que sostenemos con ambas manos, agradecidos del calor mientras seguimos explorando: el zoo del parque, todavía cerrado a esta hora, pero con los sonidos lejanos de los animales despertándose filtrándose a través de las vallas; una fuente monumental, con una estatua alada en el centro, rodeada de una explanada donde ya empiezan a congregarse los primeros turistas del día con sus cámaras preparadas.

Al terminar el café, caminamos agarrados de la mano.

Salimos de Central Park y nos dirigimos hacia la Quinta Avenida, donde la ciudad recupera de golpe todo su bullicio habitual: taxis pitando, gente caminando con esa prisa característica neoyorquina, escaparates de tiendas de lujo decorados con una opulencia navideña que roza lo cinematográfico.

Al llegar a Rockefeller Center, me quedo momentáneamente sin palabras: el árbol de Navidad gigante se alza en el centro de la plaza, decorado con miles de luces multicolores que parpadean en una secuencia hipnótica, coronado por una estrella brillante que corona la copa como si hubiera caído directamente del cielo, y debajo, la pista de hielo bulle de patinadores que se deslizan bajo la estatua dorada de Prometeo.

—Impresionante —dice Asher, contemplando el árbol gigante—. Esto, sin duda, supera al que montamos en tu casa. —No te atrevas a menospreciar a nuestro árbol.

—Sigue teniendo un lugar especial en mi corazón, no te preocupes. Pero este tiene, técnicamente, unas cincuenta mil luces más.

—Detalles menores.

—¿Sabes cuántos años lleva esta tradición? —pregunta Asher, consultando algo en su propio móvil mientras caminamos hacia la barandilla—. Según esto, desde mil novecientos treinta y tres. Casi cien años de gente viniendo a mirar un árbol gigante en pleno invierno.

—Es reconfortante que una tradición pueda sobrevivir tanto tiempo a pesar de guerras, crisis y todo lo que ha pasado en el mundo.

Nos acercamos a la barandilla que rodea la plaza, observando a los patinadores deslizarse bajo el árbol gigante.

No decimos nada, simplemente absorbemos la escena: el frío cortante, el murmullo de cientos de conversaciones en distintos idiomas mezclándose a nuestro alrededor, el brillo de las luces reflejándose en cada superficie cercana, cristal y metal y hielo, multiplicando la sensación de estar dentro de algo mágico e irreal.

—¿Crees que deberíamos patinar? —pregunto, señalando la pista.

—Después de nuestro historial, no estoy seguro de que mi dignidad sobreviva a un segundo intento.

Decidimos no patinar otra vez. Compartimos un pretzel caliente comprado a un vendedor ambulante cercano, y seguimos caminando por la zona, explorando el mercadillo navideño que se extiende junto al Rockefeller Center, con puestos vendiendo desde adornos artesanales hasta comida de todo el mundo, el aire cargado de olores mezclados: canela, castañas asadas y algo frito que ninguno de los dos consigue identificar.

Ya por la tarde, con el cielo comenzando a oscurecer, nos vamos a Times Square.

El bullicio se multiplica y las luces navideñas dan paso a pantallas gigantes que cubren fachadas enteras, anunciando de todo, desde refrescos hasta espectáculos de Broadway, en una explosión de color y sonido que resulta, al mismo tiempo, abrumadora y absolutamente fascinante.

—Esto es un asalto sensorial en toda regla —comenta Asher, girando sobre sí mismo para intentar abarcar toda la plaza con la mirada.

—Es Times Square. Se supone que tiene que ser así.