Lugares que recuerdan a otros tiempos
Para nuestra siguiente cita, Asher y yo vamos a visitar lugares de esta ciudad que, de alguna manera, nos recuerdan al lugar donde vivíamos de pequeños, sitios que nos hacen sentir como estar en casa.
Me gusta la idea porque en el tiempo que llevo viviendo en esta ciudad, he ido acumulando, sin darme cuenta del todo, una pequeña colección personal de rincones que me devuelven, aunque sea por un segundo, a la sensación exacta de estar en la casa de mi infancia, con mi padre todavía vivo y la Navidad todavía intacta en su forma original, antes de que la vida se encargara de reformularla a su manera.
—Yo empiezo —digo, y le cojo de la mano, tirando de él hacia una calle que se aleja del centro, hacia un barrio más tranquilo que descubrí hace un par de años, casi por casualidad, mientras buscaba un atajo un día de lluvia.
Caminamos unos quince minutos, dejando atrás el bullicio navideño del centro, hasta llegar a una pequeña plaza empedrada, con una fuente de piedra en el centro que llevan años sin poner en funcionamiento y un árbol enorme, un castaño centenario según reza una placa oxidada junto al tronco, que extiende sus ramas desnudas sobre casi toda la plaza como un paraguas gigante.
—Aquí es —digo, deteniéndome junto a la fuente seca, sintiendo esa opresión suave en el pecho que siempre me visita cuando vengo a este sitio—.
Este lugar me recuerda a la plaza de mi pueblo, donde crecí.
No es igual, evidentemente, la fuente de mi pueblo funcionaba de verdad y el árbol era un olmo, no un castaño, pero hay algo en la quietud de este sitio comparado con el resto de la ciudad, que me transporta de golpe.
Asher mira a su alrededor, fijándose en los detalles: las piedras desgastadas del borde de la fuente, pulidas por generaciones de gente sentándose exactamente donde estamos sentados ahora; las ventanas de los edificios que rodean la plaza, algunas con macetas de geranios resistiendo tercamente al frío de diciembre; el silencio específico de este rincón, roto solo por el trino ocasional de algún pájaro y el eco lejano del bullicio del centro, como si la plaza entera existiera en una burbuja de tiempo distinto al resto de la ciudad.
—Se siente como si el tiempo fuera más lento aquí —comenta Asher.
—Es la misma sensación que tenía de pequeña en la plaza de mi pueblo, esa certeza de que ahí dentro nada malo podía pasarte, de que el mundo entero podía estar desmoronándose fuera de esas cuatro esquinas y tú seguirías perfectamente a salvo.
Asher se sienta en el borde de la fuente, dando una palmadita al espacio libre a su lado para que me una.
—Cuéntame sobre tu pueblo.
Me siento junto a él, con las manos entre las rodillas para protegerlas un poco del frío de la piedra, y empiezo a hablar con esa cautela particular de quien no ha compartido algo en mucho tiempo y no está segura de cómo van a sonar las palabras una vez salgan al aire.
—Mi padre y yo veníamos a la plaza de mi pueblo casi todas las tardes de diciembre —comienzo a relatar—, desde que tengo memoria hasta que cumplí quince años.
Era nuestra rutina particular: salíamos de casa justo antes de que anocheciera, comprábamos castañas asadas en el puesto que ponían siempre en la esquina, y nos sentábamos en el borde de la fuente, exactamente como estamos sentados ahora, a ver cómo se iban encendiendo las luces navideñas de las fachadas, una por una, mientras él me contaba historias inventadas sobre cada casa del pueblo, quién vivía ahí, qué secretos guardaban, por qué esa ventana en concreto siempre tenía la persiana medio bajada...
—¿Recuerdas alguna historia?
—Había una sobre un perro del vecindario que, según mi padre, en realidad era un antiguo alcalde del pueblo que había sido hechizado por una bruja resentida tras perder unas elecciones.
Y otra sobre el reloj de la torre de la iglesia, que se paraba cada Nochebuena a medianoche durante un minuto, como si el tiempo mismo hiciera una pausa para permitir que ocurriera algo de magia.
—Tu padre parecía alguien extraordinario, qué gran imaginación la suya.
—Lo era. Vengo aquí sola, de vez en cuando, y durante un rato me permito imaginar que él sigue contándome historias inventadas.
Asher deja que el silencio se asiente entre los dos y me aprieta un poco más contra su costado.
Tras levantarnos, caminamos hacia el otro extremo de la ciudad, casi cuarenta minutos a pie que pasamos hablando de cosas ligeras, dejando que la conversación profunda de la plaza se asiente un poco antes de abrir otra herida, hasta que llegamos a un puente pequeño de piedra que cruza un canal estrecho, apenas más ancho que una calle, con el agua corriendo despacio por debajo, oscura y silenciosa bajo la luz gris de la mañana.
—Aquí es —dice Asher, apoyándose en la barandilla de piedra, con la vista fija en el agua—. Descubrí este puente mi primera semana en la ciudad, caminando sin rumbo porque todavía no conocía a nadie y no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Hay un puente muy parecido cerca de donde crecí.
Miro el agua oscura correr despacio bajo nuestros pies, el canal tan estrecho que casi se podría cruzar de un salto si uno fuera lo bastante temerario, y observo a Asher de reojo, la manera en que sus manos se aferran a la piedra fría de la barandilla.
—¿Vienes aquí a menudo? —pregunto.
—Sobre todo por las noches, cuando el piso se siente demasiado vacío y necesito algún sitio donde pensar con claridad.
—¿A qué te recuerda el puente?
—Como ya sabes, mis padres se separaron en Navidad.
Fue una pelea enorme, con familiares delante.
Mi abuela llorando, mi tío intentando mediar sin ningún éxito, mi madre levantándose de golpe y diciendo que ya no podía seguir fingiendo delante de todo el mundo que todo iba bien cuando llevaba meses sabiendo que no era así…
Salí de casa sin que nadie se diera cuenta porque estaban todos demasiado ocupados gritándose entre ellos.
Caminé hasta un puente y me quedé ahí sentado durante casi tres horas, con un frío que todavía recuerdo en los huesos.
Mi tío me encontró y me llevó de vuelta a casa sin decir gran cosa, solo caminando a mi lado en silencio, que en su momento me pareció el gesto más amable que nadie había tenido conmigo en toda la noche.
Me acerco a él, apoyándome también en la barandilla, con el hombro pegado al suyo, sin decir nada todavía, dejándole el espacio que necesita para terminar de contarlo a su propio ritmo.
—Desde entonces —continúa Asher—, las cenas de Nochebuena con mucha familia reunida me producen una ansiedad que no consigo explicar. Sé que no todas van a terminar con una gran discusión, pero el cuerpo no siempre entiende de matices razonables.
Le cojo la mano, entrelazando mis dedos con los suyos sobre la barandilla fría.
—¿Puedo contarte algo que tampoco le he contado a nadie? —pregunta él—. Un sueño, más que un recuerdo.
—Por favor.
—Antes de todo esto, del divorcio, la universidad y el trabajo, quería ser fotógrafo. No como afición, sino de verdad, profesionalmente. Tenía una cámara vieja que fue
de mi abuelo y me pasaba horas fotografiando cualquier cosa: luz entrando por una ventana, sombras alargadas al atardecer, gente desconocida en la calle capturada en momentos que a nadie más le habrían parecido interesantes…
Después del divorcio de mis padres, con la situación económica de mi madre bastante complicada durante un tiempo, decidí que ese sueño era un lujo que no podía permitirme, y elegí una carrera que garantizara estabilidad, algo predecible, algo que no dependiera de la suerte ni del talento reconocido por nadie más que por mí mismo.
—¿Sigues teniendo la cámara de tu abuelo?
—La tengo guardada en una caja, en el armario de mi habitación. No la he vuelto a usar desde hace años.
—Deberías sacarla.
—¿Para qué? Ya elegí un camino distinto.
—Para hacer una foto artística de unos árboles, por ejemplo, como aquella vez que te perdiste en el bosque de adolescente. Parece que la ambición nunca te abandonó del todo, solo la guardaste en una caja, como la cámara.
Asher se queda mirándome, con una expresión que mezcla la sorpresa con algo mucho más tierno, como si nadie hubiera conectado esos dos puntos concretos de su vida antes, y aprieta mi mano un poco más fuerte sobre la barandilla.
—Tienes una manera muy particular de hacerme ver cosas sobre mí mismo que llevaba años sin mirar de frente.
—Es un talento natural. Viene incluido con el paquete de optimismo.
Se ríe, y el sonido se pierde un poco en el aire frío sobre el agua.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Tienes algún sueño guardado en una caja que nunca le has contado a nadie? Además de escribir una novela.
—Quiero abrir una librería algún día. Pequeña, con una cafetería integrada, donde sea Navidad siempre: luces todo el año, un árbol permanente en una esquina, villancicos sonando de fondo en pleno agosto si a mí me apetece.
Un sitio donde la gente pueda entrar cualquier día del año y sentir esa misma sensación de magia y de posibilidad que yo siento cada diciembre, sin tener que esperar doce meses para volver a sentirla.
—Eso es precioso.
—Es también, probablemente, un negocio ruinoso desde el punto de vista financiero. Nadie quiere villancicos en pleno agosto.
—Yo los querría si tú los pusieras.
Nos quedamos mirándonos, con el agua corriendo despacio debajo del puente y el frío calándonos poco a poco a pesar de los abrigos, hasta que esa misma fuerza invisible de siempre empieza a tirar de los dos hacia el mismo punto exacto, más intensa esta vez que en cualquier ocasión anterior, cargada del peso compartido de todo lo que acabamos de confesarnos.
Entonces, despacio, casi con dolor, doy un paso atrás.
No porque quiera alejarme de él, sino porque, después de todo lo que acabamos de confesarnos, siento que este momento merece algo más que un beso apresurado sobre un puente frío.
Una parte de mí, terca y persistente, necesita que sea especial, que podamos recordarlo como el instante en que dejamos de fingir que aquello que nos unía no significaba nada.