Doce citas para no enamorarnos en Navidad Regalos absurdos
65%

Regalos absurdos

—Las reglas son sencillas —comenzó a explicar Asher tras nuestra cita de cocinar galletas—.

Para mañana, nos haremos dos regalos cada uno.

Absurdos, baratos, sin sentimentalismo excesivo permitido.

Como un amigo invisible, pero sin el elemento de sorpresa sobre quién te ha tocado, porque evidentemente los dos sabemos perfectamente quién es quién en esta ecuación.

—Un amigo invisible de dos personas es, técnicamente, solo un intercambio de regalos con pasos extra.

—Es un amigo invisible conceptual. El espíritu de la tradición sigue intacto, aunque la logística sea mínima.

Hoy nos reunimos en mi casa para darnos los regalos.

Mi madre, que ha decidido esta noche que su presencia en el salón es completamente necesaria “para supervisar que los regalos cumplan con el nivel mínimo de absurdo exigido”, se acomoda en el sillón individual con una taza de té y una expresión de anticipación que sugiere que está disfrutando de esto casi tanto como nosotros.

—¿Puedo opinar sobre los regalos? —pregunta ella.

—No —contestamos Asher y yo al unísono, y ella levanta las manos en un gesto de rendición.

—¿Y puedo al menos hacer de jueza imparcial, por si hay dudas sobre quién ha ganado la ronda de lo absurdo? —continúa insistiendo mi madre.

—Tampoco hay rondas que ganar, mamá. Es un intercambio, no una competición.

—Antes de empezar oficialmente —dice Asher, sosteniendo el paquete fuera de mi alcance—, quiero dejar constancia de que he seguido las reglas al pie de la letra. Barato, absurdo, sin sentimentalismo excesivo. Cualquier emoción residual que puedas experimentar es responsabilidad exclusivamente tuya.

—Esa introducción ya me pone en alerta máxima.

—Deberías estarlo. Aunque, en mi defensa, la alerta máxima es el estado natural de cualquiera que se relacione conmigo durante más de una semana.

Asher y yo nos sentamos frente a frente en el sofá, con las bolsas respectivas sobre el regazo, y nos miramos con la expectación específica que solo produce un intercambio de regalos, mezclada con la certeza compartida de que, tratándose de nosotros dos, la seriedad va a durar exactamente lo que tarde en abrirse el primer paquete.

Saco de mi bolsa el primer objeto, envuelto en papel de regalo con estampado de renos que compré específicamente por su fealdad estratégica, y se lo tiendo a Asher.

—Ábrelo con cuidado —le digo—. Es frágil emocionalmente.

Asher rasga el papel con menos delicadeza de la que yo hubiera preferido, revelando una caja pequeña de cartón que decoré yo misma con rotulador, en cuya tapa he escrito, con letras grandes: KIT DE EMERGENCIA DE ESPÍRITU NAVIDEÑO.

Asher levanta la tapa, y dentro encuentra un gorro de Papá Noel en miniatura; un puñado de cascabeles pequeños atados con un lazo rojo; un caramelo de menta con forma de bastón; y una hoja de instrucciones que escribí a mano, con una seriedad médica completamente fingida.

—«En caso de escepticismo severo» —lee Asher en voz alta—, «aplicar inmediatamente el gorro sobre cualquier parte del cuerpo disponible.

Si los síntomas persisten, agitar los cascabeles hasta conseguir al menos una sonrisa involuntaria.

El caramelo de menta es de uso interno, no tópico, a pesar de lo que sugiera el envoltorio».

—Instrucciones médicas de la más alta precisión científica.

—¿Debería preocuparme por tu formación médica real?

—Deberías preocuparte, sí, aunque no por razones relacionadas con esto en concreto.

Se ríe y se pone el gorro de Papá Noel en miniatura sobre el dedo índice, sosteniéndolo en alto como si fuera una marioneta diminuta, con una expresión de orgullo que mi madre, desde el sillón, suelta una carcajada que no intenta disimular.

—Esto es, sin ninguna duda, el regalo más ridículo que he recibido en mi vida adulta —anuncia él, todavía con el gorro puesto en el dedo—. Lo cual, viniendo de ti, es exactamente lo que esperaba.

—¿Vas a probar el resto del kit?

—Voy a probarlo entero, con la debida seriedad científica que el caso merece.

Se pone también los cascabeles alrededor de la muñeca, improvisando una pulsera que tintinea cada vez que mueve la mano, y desenvuelve el caramelo de menta antes de metérselo en la boca.

—Veredicto preliminar —anuncia él, todavía con el caramelo en la boca—. Siento un ligero aumento del espíritu navideño. Podría ser el caramelo, podría ser la compañía. Los resultados no son del todo concluyentes.

—Necesitamos más datos, evidentemente.

—Evidentemente. Recomiendo un estudio longitudinal de varias semanas, como mínimo.

—Ese estudio ya está en curso, para que lo sepas. Se llama “las próximas seis citas”.

—Un diseño experimental excelente.

—Todavía queda otro regalo.

Saco el segundo paquete, más pequeño, envuelto con menos cuidado porque el contenido me pone nerviosa de una manera que el primero no lo hacía, y se lo tiendo con una timidez repentina que Asher nota de inmediato, mirándome con curiosidad antes de empezar a desenvolverlo.

Dentro hay un pequeño marco de madera, comprado en una tienda de todo a un euro, con un dibujo hecho a rotulador que hice yo misma sin ninguna pretensión artística real: una oveja con los ojos mirando en direcciones opuestas, con una expresión de desconcierto permanente, y debajo, escrito con letra cuidadosa, un nombre: Ralph.

—¡La oveja que compraste en el mercadillo!

—recuerda Asher, con los ojos muy brillantes para tratarse de alguien que se pasa la vida insistiendo en su inmunidad a los sentimentalismos navideños—.

Te ha quedado igual. Va a compartir espacio con adornos de verdad porque es, sin ninguna duda, uno de los regalos más bonitos que me han hecho nunca, y no me importa lo ridículo que suene decir eso sobre el dibujo de una oveja.

Mi madre, desde el sillón, emite un sonido que es mitad suspiro y mitad sollozo contenido, llevándose una mano al pecho con un dramatismo que rivaliza con cualquier telenovela vespertina.

—Estoy conmovida por el nivel de sentimentalismo disfrazado de absurdo que estáis alcanzando esta noche —explica ella.

Asher aprovecha el momento para recomponerse, guardando el marco. Me tiende el primer regalo que tiene para mí.

—Prepárate para un nivel de absurdo considerablemente menos artístico que el tuyo —avisa Asher—, pero igual de comprometido con la causa.

Abro el primer paquete y dentro encuentro un trofeo de plástico dorado, con una placa donde, en letras grabadas a mano con un rotulador permanente, se lee: REINA DEL OPTIMISMO.

—¿Un trofeo?

—Uno completamente merecido. Llevas semanas insistiendo en que la magia navideña existe a pesar de toda evidencia razonable en contra, y creo que ese nivel de compromiso con el optimismo merece un reconocimiento oficial.

—Esto es un insulto disfrazado de premio.

—Es un cumplido con matices. Aprécialo en su complejidad.

Sostengo el trofeo en alto y decido colocarlo inmediatamente sobre la mesita del salón, en un lugar de honor visible desde cualquier ángulo de la habitación.

—Ese trofeo merece estar en la repisa de la chimenea, si hubiera chimenea —comenta mi madre, desde el sillón—. Es de una calidad artística excepcional.

—Mamá, tiene una placa grabada a mano con rotulador permanente.

—Precisamente por eso. El arte verdadero no necesita pretensiones.

—Gracias por el apoyo incondicional —dice Asher, dirigiéndose a mi madre con una inclinación de cabeza teatral.

—Siempre estaré de tu lado, especialmente cuando se trata de hacer sonreír a mi hija de esa manera tan particular.

—¡Mamá! —Mis mejillas se encienden.

Asher me tiende el segundo paquete, más pequeño, envuelto con el mismo cuidado descuidado que el anterior, y cuando lo abro, encuentro dentro un cuaderno pequeño, de tapa dura color verde oscuro, completamente en blanco, sin ninguna decoración especial más allá de una etiqueta escrita a mano pegada en la cubierta: PARA LA NOVELA QUE NUNCA EMPEZASTE.

Me quedo mirando el cuaderno, sintiendo cómo se me cierra la garganta de una manera que no tiene nada que ver con la risa fácil de hace un momento, y cuando levanto la vista hacia Asher, encuentro su expresión mucho más seria de lo que la broma inicial del trofeo sugería.

—No tienes que escribir nada en él si no quieres —dice él, con cuidado, como si temiera haberse pasado de la raya—.

Pero pensé que, ya que sigues guardando esa historia perfecta en tu cabeza sin atreverte a estropearla poniéndola por escrito, quizás te vendría bien tener un sitio físico donde empezar, aunque sea con una sola frase imperfecta.

Sé que rompe la regla de “sin sentimentalismo excesivo”.

Aprieto el cuaderno contra el pecho, sintiendo el peso ligero de la tapa dura contra mis costillas, y cuando consigo hablar de nuevo, mi voz suena tan rota como me siento por dentro, en el buen sentido, en ese sentido específico que solo produce alguien viéndote de verdad, recordando cosas que dijiste de pasada, sin darle demasiada importancia, y decidiendo que merecían más cuidado del que tú misma les diste.

—Es precioso —opino, sin apartar la vista del cuaderno.

Mi madre, desde el sillón, ya no intenta disimular las lágrimas, secándose los ojos con la manga del jersey mientras murmura algo sobre “estos dos tortolitos”. Se marcha a la habitación, supongo que para darnos un poco de intimidad.

—Creo que acabamos de intercambiar los regalos más sinceros que nos hemos hecho hasta ahora disfrazados de broma —digo a Asher—. No sé tú, pero a mí me está costando bastante recordar por qué seguimos fingiendo que esto es solo una apuesta.

—A mí también me está costando, si te sirve de consuelo.

—¿Por qué seguimos fingiéndolo?

—Porque todavía quedan seis citas, y una parte de mí quiere llegar hasta el final del camino que trazamos juntos, aunque ya sepamos perfectamente hacia dónde nos lleva.

Me gusta la idea de que cuando por fin pase, sea porque hemos recorrido cada paso a propósito, no porque nos saltamos el resto del mapa por impaciencia.