Harina en la cara #2
—Tienes... por aquí... —murmura Asher, sin terminar del todo la frase, con la mano todavía apoyada contra mi cara, mucho más tiempo del que requeriría limpiar un poco de harina.
El ambiente de la cocina cambia, la risa desvaneciéndose para dejar paso a esa misma electricidad que ya conocemos tan bien los dos, esa tensión suspendida que se instala cada vez que estamos lo bastante cerca.
—Estamos completamente cubiertos de harina y sigo pensando que eres la persona más guapa que he visto nunca, incluso así, con pinta de fantasma de repostería —dice Asher, y tengo que contenerme para no chillar de emoción.
—Eso es, sin duda, el cumplido más raro que me han hecho jamás.
Asher deja caer la mano y da un paso atrás, sacudiéndose parte de la harina de su propio jersey.
—Deberíamos, eh, limpiar esto —dice él—. Y quizás empezar de nuevo con la masa, porque creo que hemos perdido una cantidad considerable de harina en el proceso de guerra.
—Buena idea.
Limpiamos la cocina entre risas, sacudiendo trapos y barriendo el suelo, y conseguimos, con la harina que queda, terminar de amasar la mezcla hasta conseguir una textura aceptable.
Estiramos la masa sobre la encimera limpia con un rodillo, y sacamos el cortapastas con forma de estrella que traje, junto con un par de moldes más que Asher tenía guardados: un reno, una casita, una figura que se supone que representa a Papá Noel pero que resulta, en la práctica, bastante más abstracta de lo esperado.
—Este molde de Papá Noel parece más bien un fantasma con sombrero —comento, sosteniendo la primera galleta cortada contra la luz de la ventana.
—Es arte conceptual, no todo el mundo está preparado para apreciarlo.
—Está claro que yo no lo estoy.
Vamos cortando formas, colocándolas con cuidado sobre la bandeja del horno.
—¿Listos para el momento de la verdad? —pregunta Asher, sosteniendo la bandeja con ambas manos, mirando el horno.
—Listos. Y recuerda: si empieza a salir humo, la prioridad es evacuar, no salvar las galletas.
—Prioridades claramente establecidas. Aprecio tu sentido práctico en situaciones de crisis potencial.
Él mete la bandeja en el horno con cuidado, cierra la puerta, y programa el temporizador. Cuando se incorpora, secándose las manos en un trapo de cocina con una expresión de orgullo desproporcionado, parece que acabáramos de completar una hazaña de ingeniería considerable.
—Lo hemos conseguido sin incendios —celebra Asher, sin visitas de los bomberos y sin daños estructurales evidentes.
—Todavía queda la fase de horneado, no cantes victoria tan pronto.
Mientras las galletas se hornean, llenando el pequeño piso de un aroma cálido a jengibre y canela que se mezcla con el ambiente ya festivo del arbolito parpadeante en la esquina, nos sentamos juntos en el sofá del salón, todavía con restos de harina en el pelo que ninguno de los dos se ha molestado en terminar de quitar, viendo el árbol diminuto desde una nueva perspectiva.
—Cuéntame la historia completa del árbol —le pido, apoyando la cabeza en su hombro—. La versión sin restarle importancia.
—Fui a comprar detergente y pasé por delante de una tienda que vendía árboles pequeños de última hora, rebajados porque ya casi nadie los compra tan tarde en diciembre.
Y me quedé ahí parado, delante del escaparate, durante un buen rato, pensando en ti y en lo mucho que insistes en que la magia navideña está en los pequeños gestos, en mantener vivas las promesas aunque parezcan absurdas.
Antes de darme cuenta, ya estaba dentro comprando el árbol más pequeño que tenían, sintiéndome un poco ridículo todo el camino de vuelta a casa, cargando con él por la calle como si fuera un secreto vergonzoso.
—No es ningún secreto vergonzoso.
—Durante un rato pensé que si alguien me veía, algún compañero de trabajo o algún vecino, iban a cuestionar seriamente mi identidad como persona escéptica y curtida por la vida.
Me río contra su hombro, y él me rodea con un brazo, atrayéndome un poco más cerca.
El temporizador del horno suena con un pitido insistente. Nos levantamos de un salto, corriendo hacia la cocina con una urgencia cómica, como si las galletas fueran a incendiarse si tardamos más de un segundo en sacarlas.
—¡No se han quemado! —exclama Asher, con auténtico alivio, sosteniendo la bandeja con dos guantes.
Dejamos las galletas enfriar sobre una rejilla, y mientras esperamos, preparamos un glaseado sencillo con azúcar glas y un poco de agua, que usamos para decorar las formas ya frías con un entusiasmo mucho mayor que la habilidad artística real de cualquiera de los dos: mis estrellas terminan con un glaseado razonablemente elegante, mientras que los intentos de Asher por decorar el reno resultan en algo que se parece más a un accidente de tráfico que a cualquier animal reconocible.
—Este reno ha sufrido un trauma —comento, sosteniendo su creación en alto.
—Este reno es una representación artística de la angustia navideña contemporánea. No todos podemos crear belleza convencional.
Cuando por fin nos atrevemos a probar la primera galleta, todavía tibia, con el glaseado apenas asentado, los dos nos quedamos en silencio, masticando con una concentración exagerada, antes de que Asher rompa el silencio con una expresión de sorpresa.
—Esto está realmente bueno.
—¿Esperabas que estuviera mal?
—Esperaba un desastre parcial, como mínimo. Esto es, sorprendentemente, una galleta de jengibre completamente deliciosa.
—Eso es porque yo me encargué de las proporciones exactas mientras tú te dedicabas principalmente a la guerra de harina.
—Un reparto de tareas eficiente, en retrospectiva.
Comemos varias galletas más, sentados en el suelo de la cocina con la espalda apoyada contra los armarios, compartiendo el resto de la tarde entre risas, migas de galleta y esa cercanía que ya no necesita ninguna excusa física para justificarse.
—Deberíamos guardar algunas para Helen, Nico y mi madre —comento, contando mentalmente cuántas quedan en la bandeja—. Si no, van a sospechar que las hemos devorado todas nosotros solos, lo cual, para ser justos, es exactamente lo que está a punto de pasar.
Envolvemos una docena en papel de cocina, reservando las formas más presentables, mientras seguimos picoteando del resto sin ninguna moderación real.
Asher, con las manos todavía manchadas de azúcar glas, se inclina para robarme un trozo de galleta directamente de la mano antes de que pueda llevármela a la boca.
—¡Esa era mía! —me quejo.
—Ahora es mía. Las reglas de propiedad sobre galletas son bastante flexibles en esta cocina.
—No recuerdo haber aceptado esas reglas.
—Las acabo de inventar.
Intento robarle una galleta a él. Durante un rato seguimos así, en una versión mucho más tierna y mucho menos harinosa de la guerra de antes, hasta que la bandeja queda prácticamente vacía y los dos declaramos una tregua de mutuo acuerdo.