Doce citas para no enamorarnos en Navidad Harina en la cara
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Harina en la cara

Voy a ir a casa de Asher. Cuando anoche se lo conté a Helen, se puso tan seria que pensé que iba a darme algún tipo de charla formal sobre precauciones de seguridad, la típica charla del sexo que ya no hace falta dar a los adolescentes porque saben más que un adulto.

—Es un paso importante —me dijo—. La casa de alguien te cuenta cosas que la persona nunca te diría en voz alta. Fíjate en los libros que tiene, en si hace la cama, en qué hay en la nevera…

—No voy a inspeccionarle la nevera —protesté.

—Deberías. Es información valiosísima.

Durante el trayecto hasta el piso de Asher, caminando las quince manzanas que separan mi barrio del suyo con una bolsa de ingredientes que pesa más de lo que había calculado —harina, especias, azúcar glas para la decoración, un cortapastas con forma de estrella que compré específicamente para la ocasión porque me pareció que la simetría con mis pendientes resultaba irresistible—, no puedo evitar sentir curiosidad por ese espacio que hasta ahora solo existe en mi cabeza como un concepto abstracto: la casa donde Asher vive, donde duerme, donde se pasa las noches sin saber muy bien cómo llenar un espacio que todavía no siente como propio del todo.

Asher vive en un edificio de los años setenta, con un portero automático que tiene la mitad de los nombres borrados por el tiempo, en una calle tranquila que hasta ahora nunca había tenido motivo para pisar. Llamo al telefonillo y su voz distorsionada me contesta casi al instante.

—Tercero A —me comunica Asher desde el telefonillo—. El ascensor hace un ruido preocupante pero funciona, te lo prometo.

El ascensor, en efecto, hace un ruido que sugiere estar viviendo sus últimos días de servicio.

Sin embargo, me deja sana y salva en el tercer piso, donde Asher ya me espera con la puerta abierta, descalzo, con un jersey desgastado y una sonrisa que se le ensancha en cuanto me ve cargada con la bolsa de ingredientes.

—Bienvenida a mi humilde morada —dice él, apartándose para dejarme pasar—. Perdona el caos. Aunque para ser sincero, no hay mucho caos que perdonar. Llevo poco tiempo aquí y todavía no he conseguido que esto parezca un hogar de verdad en vez de un piso piloto.

Entro, y descubro que tiene razón solo parcialmente: el piso es pequeño, con un salón que hace también de comedor y una cocina abierta separada apenas por una encimera de madera clara.

Hay, en efecto, esa sensación de provisionalidad que tienen los espacios recién ocupados —pocas fotos en las paredes, una estantería con apenas media docena de libros colocados sin ningún orden aparente, cajas todavía sin abrir apiladas discretamente en una esquina—, pero también hay algo que contradice su discurso de humildad desangelada: en el rincón junto a la ventana, sobre una mesa auxiliar pequeña, hay un árbol de Navidad diminuto, de apenas medio metro de altura, con unas pocas luces blancas parpadeando suavemente y tres o cuatro adornos colgados.

No encaja con la imagen de escéptico declarado que Asher lleva construyendo desde que lo conozco.

—¿Un árbol de Navidad? —lo señalo con un dedo, incapaz de disimular la sorpresa.

—Es solo un árbol pequeño. No es nada del otro mundo.

—Asher, tienes un árbol de Navidad en tu casa. Tanto quejarte de que estas fechas te resultan una obligación social disfrazada de alegría…

—Lo compré en un momento de debilidad —se defiende, encogiéndose de hombros.

—Significa muchísimo, en realidad.

—No significa nada más allá de que el piso se sentía demasiado vacío y las luces le dan algo de ambiente.

Me acerco al árbol, examinándolo con más atención. Los adornos, pocos pero cuidadosamente elegidos, incluyen una pequeña estrella plateada en la copa, un adorno de fieltro con forma de tren y un pequeño patín de hielo en miniatura.

Dejo la bolsa de ingredientes sobre la encimera de la cocina y Asher, recuperando algo de su compostura habitual, empieza a sacar utensilios de los armarios.

—Bueno —dice él, extendiendo sobre la encimera un bol grande, una batidora de mano que parece bastante más nueva que el resto de su menaje, y una tabla de cortar—, ¿por dónde empezamos? Mi historial con el horno es, como mínimo, preocupante.

—Empezamos por la masa. Y por que tú te encargues solo de las tareas que no impliquen fuego directo, hasta que hayamos evaluado tu nivel real de peligrosidad.

—Me parece una estrategia sabia.

Saco la receta que he traído impresa, garabateada con anotaciones de mi propia letra de años anteriores, y empezamos a medir los ingredientes: harina, mantequilla ablandada, azúcar moreno, jengibre molido, canela y una pizca de clavo que Asher huele con una desconfianza cómica antes de añadirla al bol.

—Esto huele agresivamente a Navidad —comenta él, con el frasco de clavo todavía en la mano.

—Ese es el objetivo.

—Un objetivo bastante intenso, para ser sincero. Podrían embotellarlo y venderlo como arma química de persuasión festiva.

—Esta receta es de mi abuela, para que conste. Lleva en la familia más de cuarenta años, así que cualquier crítica hacia las proporciones de especias se considera una ofensa familiar.

—Retiro inmediatamente cualquier crítica implícita. Tengo un profundo respeto por las tradiciones familiares ajenas.

—Muy sabio por tu parte.

Mientras yo mido la harina con precisión casi obsesiva, siguiendo las anotaciones al margen que mi abuela dejó hace años sobre la importancia de tamizarla dos veces, Asher se encarga de ablandar la mantequilla en el microondas con una técnica que consiste en calentarla a inter

valos cada vez más largos mientras reza en voz baja para que no termine derretida del todo.

—¿Por qué rezas a la mantequilla? —le pregunto, incapaz de contener la risa ante la situación surrealista.

—No rezo a la mantequilla, negocio con ella.

—¿Y va bien la negociación?

—Muy bien, hasta ahora. Creo que hemos alcanzado un entendimiento mutuo.

Nos turnamos para mezclar los ingredientes secos mientras la mantequilla se ablanda un poco más sobre la encimera.

Mientras Asher intenta cascar un huevo con una técnica que solo puede describirse como “agresiva”, un trozo de cáscara termina cayendo directamente dentro del bol, arrancándome una carcajada que él intenta defender con dignidad.

—Es intencional —dice él, pescando el trozo de cáscara con dos dedos—. Añade textura.

—Añade la posibilidad de que alguien se rompa un diente, más bien.

—Detalles menores.

Conseguimos, entre risas y correcciones mutuas, terminar la masa.

Cuando llega el momento de amasarla sobre la encimera enharinada, la cosa empieza a torcerse de una manera que ninguno de los dos anticipa del todo: Asher, con más entusiasmo que técnica, aprieta la masa con tanta fuerza que un puñado de harina salta disparado desde la encimera, aterrizando directamente sobre mi jersey y parte de mi cara.

—¡Asher!

—Ha sido un accidente completamente involuntario.

—Tienes harina en las manos y acabas de hacer un gesto que solo puede describirse como “lanzamiento deliberado”.

—Circunstancial. Pura casualidad física.

Le lanzo, sin ninguna advertencia previa, un puñado de harina directo a la cara, que aterriza con precisión satisfactoria sobre su nariz y parte de su pelo oscuro, dejándolo momentáneamente blanco, como si hubiera envejecido treinta años de golpe.

—Esto —señala Asher, sacudiéndose la harina de los ojos—, es una declaración de guerra.

—Es una respuesta proporcional a una agresión previa.

—No hubo ninguna agresión previa. Fue un accidente.

—Los accidentes no suelen tener esa trayectoria tan específica.

Asher se abalanza hacia el bote de harina que queda sobre la encimera, y yo intento apartarlo antes de que consiga alcanzarlo.

En cuestión de segundos la cocina entera se convierte en un caos de nubes blancas, los dos persiguiéndonos alrededor de la pequeña isla de la cocina, riéndonos con esa risa descontrolada que solo consigue la gente cuando ha dejado de importarle completamente el ridículo.

—¡Ríndete ahora y sufrirás menos! —grita él, blandiendo el bote de harina como si fuera un arma medieval, arrinconándome contra el fregadero.

—Nunca me rindo. Es una cuestión de principios navideños.

—Tus principios navideños van a terminar cubiertos de harina en aproximadamente tres segundos.

Intento escabullirme por un lateral, pero él es más rápido, bloqueándome el paso con un brazo mientras con el otro sostiene el bote fuera de mi alcance.

En el forcejeo que sigue, mitad risa mitad estrategia torpe, consigo hacerme con un puñado de harina de la encimera que le lanzo directamente a la cara antes de que pueda usar su propia munición contra mí.

Aprovechando su momentánea ceguera harinienta, intento escapar hacia el salón, pero resbalo ligeramente con la harina esparcida por el suelo de la cocina, y Asher, recuperándose a tiempo, me acorrala contra la encimera y, con una sonrisa que no tiene ninguna intención de disculparse, me vacía lo que queda del bote directamente sobre la cabeza.

—¡No me puedo creer que hayas hecho eso! —grito. En otras circunstancias, con otras personas, hubiera terminado muy enfadada. Con Asher no tengo ninguna queja.

—Te dije que era una declaración de guerra. Las advertencias existen por algo.

Estoy cubierta de harina de pies a cabeza, con el pelo blanco y la ropa espolvoreada como si hubiera atravesado una tormenta de nieve agresiva.

Cuando me miro en el reflejo borroso de la ventana de la cocina, la imagen resulta tan absurda que no puedo evitar volver a reírme con tantas ganas que se me saltan las lágrimas.

—Estás horrible —dice Asher, todavía riéndose, aunque su propio estado no es mucho mejor, con la harina pegada al pelo revuelto y una mancha blanca extendida por toda la mejilla izquierda.

—Tú tampoco estás para presumir, que conste.

Se acerca y levanta una mano despacio hacia mi cara, hasta que sus dedos me rozan suavemente la mejilla, limpiando parte de la harina con cuidado.