Gorros a juego
Para nuestra cuarta cita, acudimos al mercadillo navideño para dar un paseo.
Los puestos de madera rebosan de guirnaldas de luces, figuritas de belén talladas a mano, tarros de miel con lazos rojos, y ese olor denso y dulce a castañas asadas y vino caliente que se mete en la ropa y no se va hasta el día siguiente.
Él me mira, confuso.
—¿Más importante que encontrar algo que llevarnos a la boca? Tengo un poco de hambre.
—Primero los gorros, después la comida.
Caminamos entre la multitud, con ese ambiente festivo específico de los mercadillos navideños: el olor a castañas asadas, villancicos instrumentales sonando desde algún altavoz oculto entre las casetas, familias enteras cargadas de bolsas y niños pequeños tirando de las mangas de sus padres para detenerse frente a cada escaparate iluminado.
Encontramos una caseta donde hay gorros tejidos a mano. El hombre mayor que los vende nos mira entusiasmado, oliendo una posible venta.
Hay gorros de todos los tipos: de lana gruesa, con pompones enormes, con orejas de reno, con cascabeles e, incluso, algunos que llevan luces diminutas incorporadas.
—Necesitamos gorros a juego —explico al señor mayor—. Algo que combine, que sea gracioso. No queremos parecer una pareja de anuncio de calendario navideño.
El hombre nos enseña varias combinaciones, descartando algunas por demasiado llamativas —un par a juego con renos bordados que Asher rechaza con un veto tan firme que ni siquiera me deja intentar convencerlo—, y otras por demasiado discretas, hasta que llegamos a un par que parece, casi milagrosamente, cumplir con todas nuestras exigencias contradictorias.
—Estos —digo, casi sin dudarlo, sosteniendo el mío contra la luz de las guirnaldas del puesto para verlo mejor—. Estos son perfectos.
Rojos, con un pompón blanco enorme y desproporcionado en la parte superior. Uno tiene un texto bordado en la parte frontal que dice “HO HO HO”. El otro tiene bordado “PRINCESA NAVIDEÑA”.
Asher se prueba el que será el suyo, ajustándoselo sobre el pelo revuelto por el viento. Me mira, esperando mi veredicto.
—Muy favorecedor —opino, mordiéndome el labio para no reírme.
—¿Y por qué contienes la risa?
—Porque te queda muy bien. —Me pruebo el otro gorro—. ¿Y a mí qué tal me sienta?
—Mucho mejor que a mí.
El vendedor, visiblemente encantado con la escena, nos hace un pequeño descuento “por la ocasión especial”, sin especificar exactamente cuál es esa ocasión, aunque los dos entendemos perfectamente a qué se refiere.
Además, nos anima a que Asher y yo nos tomemos una foto con los gorros puestos.
No se lo negamos, así que nos fotografía, un recuerdo para la posteridad.
—Nos vemos ridículamente adorables —opina Asher al ver la foto.
Yo pienso que nos vemos exactamente como se supone que debe verse la gente enamorada en Navdidad, pero no me atrevo a decirlo en voz alta.
Pagamos y seguimos caminando entre los puestos, ahora oficialmente uniformados, y descubro rápidamente que llevar un gorro a juego con alguien cambia, de manera sutil pero innegable, cómo la gente nos mira: sonrisas discretas de desconocidos; una señora mayor que nos comenta, sin que se lo pidamos, la bonita pareja que hacemos; y un niño pequeño que señala nuestros gorros, queriendo uno para él y su hermana.
Nos detenemos en un puesto para probar trozos de turrón, donde la vendedora insiste en que probemos todas las variedades antes de decidirnos. En otra caseta compro un par de figuritas de belén que Asher elige con un criterio específico: “esta oveja tiene una expresión de
descontento existencial que me representa mucho ahora mismo”. Ha decidido bautizarla con el nombre de Ralph.
—Deberíamos comprarle algo a Helen —sugiero, deteniéndome frente a un puesto de velas artesanales con aromas—. Se merece algo por aguantar mis crisis existenciales.
—¿Y a Nico? Últimamente no hace más que preguntarme por ti cada cinco minutos. Es una curiosidad que empieza a resultar invasiva.
—Comprémosle algo ridículo, se lo merece por chismoso.
Terminamos comprando una vela con aroma a “bosque encantado” para Helen y un calcetín navideño del Grinch para Nico.
En un puesto de artesanía cercano al centro de la plaza, donde un hombre talla pequeñas figuras de madera a la vista de todos con una destreza hipnótica, nos detenemos para observar cómo un bloque se va transformando, viruta a viruta, en la silueta reconocible de un ciervo.
—Es fascinante —murmura Asher, con la vista fija en las manos del artesano—. Ver cómo algo se convierte en otra cosa completamente distinta, solo quitando lo que sobra poco a poco.
Seguimos caminando, ahora hacia la zona central de la plaza, donde han instalado un pequeño escenario con un coro local cantando villancicos, las voces mezclándose con el murmullo general del mercadillo y con el repique ocasional de una campana que alguien hace sonar cerca de la entrada.
Asher pasa un brazo por encima de mis hombros, atrayéndome hacia su costado. Yo me dejo, apoyando la cabeza contra él mientras el coro sigue cantando, con las luces del mercadillo parpadeando a nuestro alrededor y el frío de la tarde suavizado por el calor compartido.
Cuando el coro termina su actuación entre aplausos, la gente empieza a dispersarse de nuevo hacia los puestos. Llegamos hasta una caseta que vende dulces. Esto ayudará a saciar el hambre de Asher.
—Elige tú —me dice él—. Yo invito.
Inspecciono cada uno de los dulces hasta que me decido por unos bastones de caramelo. Asher compra una bolsa que contiene seis bastones y me ofrece uno. Lo pruebo mientras seguimos andando.
—¿Qué nota le pones? —me pregunta Asher, dando un mordisco al bastón de caramelo.
—Un ocho.
—Pues yo un nueve, pero le subo al diez porque estoy disfrutándolo por la compañía.
Me giro hacia Asher, sonriéndole, y él se detiene frente a mí. Sus ojos marrones, que tienen un brillo especial, se clavan en mis labios.
—Tienes azúcar en la comisura —dice Asher. Pasa suavemente el pulgar por mis labios—. Ya está quitado.
Así me resultará imposible llegar a la duodécima cita sin haberlo besado. Cada vez me cuesta más aguantar las ganas.