Patinando sobre hielo
—Vas a caerte —vaticina Asher en cuanto nos encontramos frente a la pista de hielo que han montado en la plaza del ayuntamiento, rodeada de un mercadillo de puestos de madera y de un abeto gigante decorado con esferas plateadas que domina el centro de la plaza.
—Vas a caerte tú primero —le contradigo.
La pista brilla bajo las luces navideñas que cuelgan de un extremo a otro en hileras doradas, con un altavoz cercano emitiendo villancicos a un volumen lo bastante bajo como para resultar agradable en vez de invasivo.
Decenas de personas se deslizan sobre el hielo con distintos grados de éxito, desde niños que patinan con una soltura envidiable hasta adultos que se agarran a la barandilla con el mismo pánico existencial que empieza a asomarle a Asher en la cara.
—Mira. —Señalo a un grupo de niños de unos seis o siete años que cruzan la pista sin la más mínima dificultad, riéndose entre ellos—. Si ellos pueden, tú puedes.
—¿Tanto dudas de mí? Si soy un patinador profesional.
—Tu cara te delata. Bueno, no te preocupes. Tienes el doble de años de experiencia vital que cualquiera de esos niños.
—La experiencia vital no se traduce automáticamente en equilibrio sobre una superficie resbaladiza. Son habilidades completamente distintas.
—Será divertido.
—Eso es lo que dice la gente justo antes de romperse una muñeca.
Asher me sigue hasta el mostrador donde alquilan los patines, donde una chica joven, con gorro de Papá Noel y las mejillas coloradas del frío, me entrega un par de patines de mi talla.
Asher trajo los suyos propios porque los de alquiler le producen una desconfianza higiénica que prefiere no analizar demasiado.
Nos sentamos en un banco cercano para atarnos los patines.
Observo, con diversión, cómo Asher se enfrenta al proceso de atarse los cordones con la misma concentración que le vi dedicarle al código de colores del árbol de Navidad que montamos en mi casa, como si la tarea dependiera de una precisión milimétrica que no requiere.
—¿Necesitas ayuda? —le pregunto.
—No, tengo esto totalmente controlado.
—Llevas un rato peleándote con el mismo cordón.
Me agacho de todos modos para ayudarle, apartando sus manos con suavidad y terminando el lazo en cuestión de segundos.
—Gracias —murmura él, un poco avergonzado.
Termino de atarme mis patines y me pongo de pie con más seguridad de la que en realidad siento porque hace años que no me subo a una pista de hielo, probablemente desde algún cumpleaños de la infancia que ya se difumina en el recuerdo.
Asher, en cuanto sus patines tocan el suelo firme junto al banco, se tambalea de una manera tan exagerada que pienso que va a caerse antes de llegar al hielo. Se agarra a mi hombro con una urgencia que casi me hace perder el equilibrio también.
—Esto es peor de lo que anticipaba —dice él, con los ojos muy abiertos, sujetándose todavía a mí como si yo fuera el único punto fijo en un mundo que se ha vuelto completamente inestable.
—Y todavía no estamos en el hielo… —digo entre risas.
—Empiezo a preocuparme por lo que vaya a pasar cuando lo pisemos.
Caminamos, o más bien nos tambaleamos, hasta la entrada de la pista.
—¿Preparado? —le pregunto, con una mano ya apoyada en la barandilla de entrada.
—Prepárate tú para presenciar mi ruina física y emocional en tiempo real.
—Va a ser un honor.
En cuanto Asher pone el primer patín sobre el hielo, sus piernas deciden, de manera autónoma y sin consultarle, que la mejor estrategia es abrirse en direcciones opuestas, obligándolo a agarrarse a la barandilla con ambos manos con desesperación.
Me hace estallar en carcajadas, ni intento contenerlas.
—Eh, no te rías —protesta él—. Esto es una situación seria.
Yo, con las piernas todavía recordando vagamente la mecánica básica de patinar, consigo avanzar un poco más lejos antes de que mis propios pies me traicionen.
Grito, agitando los brazos en un intento inútil de recuperar el equilibrio, justo antes de aterrizar con un golpe seco sobre el hielo.
Me arranca una carcajada tan fuerte como el propio dolor del golpe.
—¡Al final te caíste tú primero! —me grita Asher con una fuerte risa, todavía aferrado a la barandilla.
—¡Porque he sido la más valiente dando más pasos!
Me incorporo y me acerco a Asher, recuperando poco a poco la confianza en patinar como hacía de pequeña.
Recuerdo las tardes con mi padre en pistas de hielo, sujetándome la mano mientras yo daba mis primeros pasos torpes.
Al estar frente a Asher, le tiendo ambas manos con una sonrisa que espero que resulte más alentadora que burlona.
—Suéltate de la barandilla —le animo—. Yo te sujeto.
—Si me caigo, tú también. No pienso sufrir esta humillación en solitario.
—Trato hecho.
Asher suelta la barandilla y agarra mis manos con una fuerza que roza lo doloroso, deslizándose hacia adelante con pasos diminutos y completamente rígidos que consiguen, contra todo pronóstico, mantenerlo de pie durante los primeros metros. Hasta que ambos nos caemos.
—Esta noche me va a doler bastante el trasero —comenta Asher tras la caída que hemos sufrido.
Nos ayudamos mutuamente a levantarnos, con más torpeza que eficacia, resbalando un par de veces más en el proceso, hasta que conseguimos, entre risas y maldiciones, ponernos de pie otra vez, agarrados el uno al otro con
una necesidad que ya no tiene nada que ver con la coquetería y todo que ver con la supervivencia física básica.
—Vale, nuevo plan —anuncia Asher, todavía tambaleándose ligeramente—. Nos agarramos de las manos y avanzamos juntos, como si fuéramos una sola unidad de equilibrio combinado.
—Eso suena a receta segura para que los dos caigamos a la vez de nuevo.
—O a receta segura para que nos sostengamos mutuamente. Depende del optimismo con el que lo mires.
Me tiende las dos manos, y yo las acepto, entrelazando mis dedos enguantados con los suyos, y empezamos a deslizarnos juntos, despacio, coordinando pasos torpes que poco a poco, milagrosamente, empiezan a parecerse a algo remotamente funcional.
El truco, descubrimos entre risas y ajustes constantes, está en no mirar los pies del otro, en confiar en el impulso compartido en vez de calcular cada movimiento por separado.
Para cuando completamos nuestra primera vuelta entera sin caernos, ambos celebramos con un entusiasmo tan desproporcionado que un par de niños que pasan patinando junto a nosotros nos miran con diversión.
—¡Lo hemos conseguido! —grito, todavía agarrada a sus manos, girándome hacia él con una sonrisa que no consigo controlar.
—Una vuelta entera. Somos prácticamente profesionales ya.
—Absolutamente. Deberíamos plantearnos ir a las Olimpiadas.
—Empecemos por sobrevivir a la segunda vuelta antes de hacer planes tan ambiciosos.
—No has patinado muchas veces en tu vida, ¿verdad?
—Muy poco. Recuerdo que, de pequeño, en una pista de hielo terminé con la ceja partida y varios puntos de sutura. Evito cualquier superficie helada por decisión propia y completamente racional.
Envalentonados por el pequeño triunfo, decidimos soltarnos un momento, cada uno probando suerte por su cuenta, y el resultado es, en el mejor de los casos, mixto: yo consigo avanzar unos metros con cierta elegancia antes de que una grieta invisible en el hielo, o quizás simplemente mi propia torpeza acumulada, me haga perder el equilibrio de golpe, aterrizando de rodillas con un ruido sordo que me arranca un gemido de dolor mezclado con una carcajada incontrolable.
—¡Diana! —Asher se desliza hacia mí, con más urgencia que estilo, casi cayéndose—. ¿Estás bien?
—Estoy perfectamente, solo que mis rodillas han decidido que odian esta actividad con toda su alma.
—Deja que te ayude.
Me tiende una mano que acepto agradecida, y en cuanto tira de mí hacia arriba, el impulso resulta excesivo: me levanto con tanta fuerza que choco directamente contra su pecho, y los dos nos tambaleamos un momento, agarrados el uno al otro, antes de recuperar un equilibrio precario que dura, como mucho, cinco segundos antes de que ambos volvamos a resbalar, esta vez hacia un lado, terminando agarrados a la barandilla con las piernas enredadas de una manera que parece más coreografía cómica que patinaje real.
—Esto es un desastre absoluto —dice Asher, riéndose contra mi hombro, sin ninguna intención de soltarme.
—Un desastre encantador, eso sí.
—El adjetivo no le quita mérito al desastre.
Recuperamos cierta compostura, aunque ninguno suelta del todo al otro, y seguimos avanzando así, agarrados a la barandilla con una mano y el uno al otro con la otra, riéndonos cada vez que alguno pierde ligeramente el equilibrio, hasta que, animados de nuevo por una falsa sensación de dominio del hielo, decidimos intentar otra vuelta completa, esta vez sin apoyo en la barandilla.
Intentamos la segunda vuelta con la confianza renovada de quien acaba de descubrir que quizás no está tan perdido como pensaba, pero el hielo, con esa crueldad específica que solo tiene el hielo, decide que nuestra racha de éxito ya ha durado suficiente.
Asher, animado por su propio progreso, intenta un giro que ha visto hacer a una niña unos metros más allá, con un resultado desastroso.
Sus piernas se abren de golpe, sin ningún control, y la gravedad lo hace caer.
—Sobreviviré —me tranquiliza desde el suelo, tratando de no parecer tan magullado—. Aunque mi dignidad ha sufrido daños irreparables.
Le tiendo una mano para ayudarlo a levantarse y, en el proceso de incorporarse, con a una torpeza que sospecho parcialmente fingida para justificar lo que viene a continuación, Asher tira de mi mano con fuerza y me desequilibra por completo.
Caigo encima de su pecho. Mi cara queda muy cerca de la suya, su brazo queda rodeándome la cintura y el vaho de nuestras respiraciones se mezcla en el aire frío entre los dos.
—Diana, estás encima de mí.
—Soy muy consciente de la situación, gracias.
—Solo lo confirmo. Por si se te había olvidado.
—No se me había olvidado.
Con las luces navideñas parpadeando sobre nosotros y la música instrumental de fondo mezclándose con las risas lejanas de otros patinadores, el mundo entero se reduce a los pocos centímetros que separan su boca de la mía.
—No estaría bien romper la regla delante de tantos niños pequeños con gorros de reno —dice Asher, con dificultad para respirar.
Nos reímos y con esfuerzo nos incorporamos poco a poco.
—Llevo toda la vida evitando cualquier actividad que implique la posibilidad real de hacer el ridículo delante de otra persona —me cuenta Asher—. Contigo hago el ridículo de maneras cada vez más espectaculares y no me importa lo más mínimo.
—Eso es porque el ridículo compartido es mucho más llevadero que el ridículo en solitario.
—O porque contigo, específicamente, hacer el ridículo no se siente como una debilidad.
Ya con más soltura de la que teníamos al principio, Asher se atreve a soltarse de la barandilla, deslizándose unos metros por su cuenta de alguna manera adorable, hasta que consigue completar un giro torpe pero funcional, levantando los brazos como si acabara de ganar una medalla olímpica.
—¿Has visto eso? —grita, todavía girándose, con una sonrisa tan amplia y genuina que contagia inmediatamente la mía—. Un giro completo. Sin caerme.
—¡Ha sido impresionante!
—Ha sido, técnicamente, mediocre, pero acepto la exageración con gusto.
—Deberías intentar otro para confirmar que no ha sido suerte.
Se lanza de nuevo, esta vez con más velocidad, completando el giro con un poco menos de gracia, pero con el mismo entusiasmo desbordante, levantando los puños al aire como si acabara de batir un récord mundial.
—¡Dos de dos! —exclama Asher, deslizándose de vuelta hacia mí—. Soy oficialmente un patinador consumado.
Me deslizo hacia él y le cojo la mano de nuevo, esta vez sin necesidad real de apoyo para no caerme. Simplemente, lo hago porque me gusta la sensación de su mano en la mía mientras patinamos juntos, describiendo círculos lentos alrededor de la pista y esquivando a otros patinadores.
Al cabo de media hora, salimos de la pista, tambaleándonos ligeramente al pisar de nuevo el suelo firme después de tanto rato sobre el hielo, y nos acercamos a un pequeño puesto ambulante junto a la plaza que vende vino caliente y sidra especiada, comprando dos vasos de cartón humeantes que sostenemos con ambas manos, agradecidos del calor que se filtra a través del cartón hasta nuestros dedos entumecidos.
Nos sentamos en uno de los bancos cercanos a la pista, todavía con los patines puestos, viendo a otros patinadores deslizarse por el hielo bajo las luces que ya empiezan a destacar más contra un cielo que se oscurece progresivamente hacia el atardecer,
—Para alguien que apenas sabía patinar, has mejorado muy rápido —comento, dando un sorbo a la sidra caliente, que sabe a canela y a manzana.
—Tenía motivación, no quería que me superaras. Cuando llegue a casa seguro que descubro moratones en sitios que preferiré no mencionar.
—Los moratones son el precio justo de la diversión navideña.