Doce citas para no enamorarnos en Navidad Dos verdades y una mentira #3
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Dos verdades y una mentira #3

—Eso no es verdad. Lo que pasó con Claudia no dice nada sobre si tú estás hecho o no para algo. Dice algo sobre ella, sobre lo que ella era capaz de dar o no en ese momento concreto de su vida, no sobre tu capacidad de merecer algo bueno.

—¿Cómo es posible que sigas siendo tan optimista sobre el amor después de oír una historia como esta?

—Porque no es la historia del amor la que estaba rota.

Era la historia de dos personas concretas que no encajaban del todo, por muchas razones que ni siquiera ella supo explicarte del todo bien.

Eso no significa que el amor en sí sea una mentira.

Solo significa que Claudia no era la persona correcta.

—¿Cómo sabes que la persona correcta existe siquiera?

—No lo sé con certeza. Nadie lo sabe, pero elijo creerlo de todos modos, porque la alternativa de dejar de creer del todo y cerrarme por completo como una especie de protección permanente, me parece mucho más triste que el riesgo de equivocarme otra vez.

—¿Nunca te cansas? De creer, quiero decir. De mantener esa fe funcionando a pesar de todo lo que podría, razonablemente, haberla apagado ya.

—Me canso, a veces. Hay días en los que sería mucho más fácil rendirme, volverme cínica, protegerme como has hecho tú.

Entonces pienso en mi padre, en cómo él nunca dejó de creer en la magia de diciembre ni siquiera cuando la vida le dio motivos de sobra para no hacerlo, y decido que prefiero heredar eso de él antes que cualquier otra cosa.

Es lo único que realmente me queda suyo, en cierto modo.

Esa terquedad para seguir esperando cosas buenas.

Asher se queda callado, como si mis palabras hubieran tocado algo que él mismo llevaba tiempo sin permitirse sentir.

—Creo que eres la persona más valiente que he conocido en mucho tiempo —dice Asher—. No por no tener miedo, sino por decidir actuar a pesar de tenerlo.

—Tú también estás siendo bastante valiente ahora mismo, para que conste. Contándome todo esto.

—Contigo parece menos aterrador de lo que debería.

Se queda mirándome y se inclina hacia mí, despacio, por encima de la mesa pequeña, apartando sin querer una de las tazas vacías que tintinea contra el platillo, y yo me inclino también, atraída por esa misma fuerza invisible que ya empieza a sentirse menos como una casualidad y más como una ley física particular entre los dos, algo tan inevitable como que el chocolate caliente se enfríe si lo dejas demasiado tiempo sin tocar.

Estamos otra vez tan cerca de besarnos… Pero la camarera aparece junto a nuestra mesa con la tetera en la mano, preguntando con total inocencia si queremos que nos rellene las tazas, y los dos nos apartamos de golpe, compartiendo una mirada cómplice.

—No, gracias —contesto, y la señora se aleja silbando una melodía navideña por lo bajo.

Asher y yo evadimos lo que acaba de suceder y miramos por la ventana. La lluvia se ha convertido en una llovizna casi imperceptible, con algún rayo de luz anaranjada de atardecer abriéndose paso entre las nubes grises que empiezan a dispersarse.

Pagamos la cuenta entre risas por decidir quién invita esta vez —terminamos dividiéndola, otra vez, como dos adultos razonables que todavía no han resuelto del todo esa negociación—, y salimos a la calle, donde huele a humedad.

Las luces navideñas de los escaparates se reflejan en los charcos que cubren la acera.

—Cita dos, completada —dice Asher, mientras caminamos despacio hacia la parada de autobús—. Aunque esta no estaba en la lista oficial.

—Improvisación de última hora. A veces las mejores citas son las que no se planean.

Caminamos despacio, esquivando los charcos más grandes de un salto.

—Llevaba mucho tiempo sin sentirme así —cuenta Asher de improvisto—.

Parece que diciembre puede ser algo bueno de nuevo, en vez de solo algo que hay que sobrevivir hasta que termine.

Empiezo a entender por qué le tienes tanto cariño a esta época del año.

Nunca lo había entendido del todo, hasta esta tarde.

Aprieto su mano, sin decir nada, dejando que el silencio hable por los dos mientras seguimos caminando hacia la parada, con el atardecer tiñendo el cielo despejado de un naranja suave que contrasta con las nubes grises que todavía se alejan hacia el horizonte, últimos restos de la tormenta que nos regaló, sin proponérselo, una de las tardes más honestas que he tenido con nadie en mucho tiempo.

Llegamos a la parada donde nuestros caminos se separan.

Asher me abraza fuerte, con la barbilla apoyada sobre mi cabeza, y siento su corazón latiendo contra mi mejilla, rápido, como si el esfuerzo de contenerse durante toda la tarde le hubiera costado bastante más energía de la que aparenta con su tono siempre ligero.

—Gracias por lo de hoy —murmura, contra mi pelo—. Por lo del juego y todo lo que me has dicho.

Se aparta despacio, sin soltarme del todo las manos.

—Llevaba años evitando este tipo de conversación —continúa Asher—. Cualquier indicio de que alguien pudiera acercarse demasiado a la parte de Claudia, y yo cambiaba de tema, hacía una broma, desaparecía educadamente de la situación. Contigo ni siquiera lo pensé.

—Puede que sea la magia navideña de la que tanto hablo.

—Puede que sea, simplemente, tú.