Dos verdades y una mentira #2
—Tenía seis años, el chico se llamaba Paul, y estaba profundamente convencida de que era mi destino besarlo bajo el muérdago que había en la puerta del aula porque mi madre me había explicado esa tradición la semana anterior y me pareció la cosa más romántica del mundo.
Él no compartía mi entusiasmo. Lloró durante casi diez minutos seguidos y su madre tuvo una charla bastante seria con la mía esa misma tarde.
—Eso es acoso escolar en su forma más navideña posible.
—Tenía seis años, Asher, no estaba cometiendo ningún delito, estaba enamorada del concepto abstracto del muérdago.
—El pobre Paul probablemente sigue en terapia por tu culpa.
—El pobre Paul ahora es dentista y está felizmente casado, según la última información que tengo por redes sociales, así que sobrevivió razonablemente bien al trauma.
—Eso es un final feliz inesperado para una historia de acoso navideño infantil.
—Te toca a ti otra vez. Y esta vez quiero algo bueno.
—Vale, dame un segundo para pensar en algo a la altura del muérdago.
Asher se queda pensando, tamborileando los dedos sobre la mesa, hasta que su cara se ilumina.
—Uno: gané un trofeo de natación en el colegio, categoría relevos, aunque mi contribución real al equipo fue prácticamente nula porque nadé el último tramo casi ahogándome.
Dos: una vez, en una entrevista de trabajo importante, me presenté con los zapatos de dos pares distintos sin darme cuenta hasta que ya estaba sentado delante del entrevistador.
Tres: sé silbar imitando el canto de, al menos cinco pájaros distintos, una habilidad completamente inútil que mi abuelo me enseñó de pequeño.
—Ojalá que la verdad sea lo de los pájaros porque necesito ver esa habilidad en directo… Voy a decir que la mentira es el trofeo de natación. Nadie que casi se ahoga en la última posta gana ningún trofeo.
—Incorrecto. El trofeo es completamente real, el equipo ganó a pesar de mí, no gracias a mí, y todavía conservo la medalla en algún cajón como recordatorio de humildad.
La mentira son los zapatos distintos. Aunque, para que conste, sí que una vez estuve a punto de hacerlo, mi compañero de piso me avisó justo a tiempo en la puerta.
—Ya me estás mostrando ahora mismo tu habilidad para imitar el canto de los pájaros.
Asher junta los labios y produce un silbido agudo y entrecortado que, efectivamente, suena parecido al canto de algún pájaro que no consigo identificar, ganándose la mirada curiosa de la señora del delantal a cuadros desde detrás del mostrador.
—Eso es ridículo y maravilloso a partes iguales —opino, riéndome. Siempre que estoy con Asher, termino con agujetas en la tripa por tantas risas que me provoca.
—Mi abuelo estaría orgulloso de que alguien aprecie este arte. Va tu turno otra vez.
—Uno: colecciono bolas de nieve de cada ciudad que visito, tengo ya cerca de treinta repartidas por toda mi casa.
Dos: una vez me presenté a un casting de un anuncio navideño de televisión, sin decírselo a nadie, y no me cogieron porque, cito textualmente al director de casting , “transmitía demasiada intensidad emocional para un anuncio de galletas”.
Tres: soy alérgica a los gatos, así que nunca he podido tener uno, a pesar de quererlo desde niña.
—Voy a decir que la mentira es el casting . Nadie te rechazaría por intensidad emocional excesiva en un anuncio de galletas, eso suena inventado.
—Incorrecto, por desgracia. El casting es completamente real, y esa frase textual del director todavía me persigue en sueños ocasionalmente.
La mentira es la alergia. No soy alérgica a los gatos, simplemente nunca he tenido uno porque mi madre siempre dijo que ya tenía suficiente con criarme a mí como para encima limpiar una caja de arena.
Nos reímos, y la ligereza del momento se estira un poco más, alargando esa sensación cálida de estar simplemente disfrutando el uno del otro sin ninguna urgencia particular, antes de que, casi sin darme cuenta, sea mi turno de nuevo y decida, esta vez, arriesgar revelando algo más íntimo.
—Uno: la última vez que lloré en público fue hace dos semanas, viendo un anuncio de una marca de turrón en la televisión.
Dos: cuando tenía diecisiete años, escribí una carta a mi padre fallecido y la guardé en una caja que todavía no he abierto desde entonces.
Tres: en algún momento de mi adolescencia, quise ser escritora, y todavía tengo, guardada en un cajón, la primera y única novela que empecé a escribir, que nunca superó el capítulo tres.
Asher, que hasta ahora había mantenido una actitud competitiva y divertida propia de las rondas anteriores, se queda callado, mirándome con una atención mucho más seria.
—No voy a intentar adivinar esta —dice al fin, con la voz más suave—. Se siente mal convertir esto en un juego contigo ahora mismo.
—Puedes intentarlo. No pasa nada.
—Voy a decir que la mentira es lo del anuncio de turrón. Aunque, sinceramente, después de conocerte esta semana, no me sorprendería nada que fuera verdad también.
Sonrío, un poco triste, un poco agradecida por cómo ha manejado el momento sin hacerlo más pesado de lo necesario.
—Es verdad, de hecho. Lloré muchísimo con ese anuncio. Es muy efectivo, deberías verlo.
—¿Entonces la mentira es...?
—La novela. Nunca empecé ninguna novela. Quería ser escritora, eso es verdad, pero nunca llegué a escribir ni una sola página de nada. Me quedaba siempre en la fase de imaginar la historia perfecta sin atreverme a estropearla poniéndola por escrito de manera imperfecta.
—¿Y de la carta a tu padre, puedes contarme algo? Si quieres, por supuesto.
—Escribí todo lo que no le había dicho, todo lo que pensaba que se había perdido cuando murió tan de repente sin que tuviéramos tiempo de prepararnos para ninguna despedida.
La guardé en una caja de zapatos, en el fondo de mi armario, y nunca he vuelto a abrirla.
No sé muy bien por qué. Supongo que mientras esté cerrada, todavía siento que hay algo pendiente entre nosotros, algo que todavía no se ha terminado del todo, y abrirla se sentiría como cerrar esa puerta definitivamente.
Asher extiende la mano sobre la mesa y la deja abierta, una invitación silenciosa que acepto sin dudarlo, entrelazando mis dedos con los suyos sobre el mantel de cuadros descolorido.
—Gracias por contarme eso —dice él—. No tenías que hacerlo, en mitad de un juego tonto sobre mentiras y trompetas mal tocadas.
—Quería hacerlo. Contigo, no sé, se siente distinto contar estas cosas. Menos como confesar una tragedia y más como compartir algo que forma parte de quien soy.
—Me alegra ser esa persona para ti. Aunque sea alguien que llegó a tu vida disfrazado de un jersey horrible y un osobuco traicionero.
Me río, la tensión del momento aligerándose un poco gracias a su timing habitual, y aprieto su mano antes de soltarla para volver a coger mi taza de chocolate.
—Te toca —le digo.
Asher se queda pensando más tiempo del que ha necesitado en cualquier ronda anterior, con la vista perdida hacia la ventana, donde la lluvia por fin empieza a dar señales de calmarse, convertida en una llovizna mucho más suave que la tormenta de hace una hora.
—Uno: mis padres se separaron dos días antes de Nochebuena, cuando yo tenía catorce años, y todavía recuerdo exactamente qué estaba viendo en la televisión cuando me sentaron para contármelo.
Dos: hace tres años estuve prometido, brevemente, con una mujer que rompió el compromiso dos semanas antes de la boda, alegando que no estaba segura de querer una vida entera conmigo.
Tres: desde entonces, cada vez que alguien me pregunta si algún día quiero casarme, contesto automáticamente que no, aunque en realidad, en el fondo, sigo queriendo exactamente eso, solo que me da demasiado miedo admitirlo en voz alta.
Sopeso la magnitud de lo que acaba de compartir, mucho más pesado que cualquier cosa que hubiera anticipado de este juego que empezó como una manera ligera de matar el tiempo mientras esperábamos a que escampara.
—No creo que ninguna de las tres sea mentira.
—Tienes razón —contesta Asher, con un deje de tristeza en la voz—. Ninguna lo es.
—¿Quieres hablar sobre esa mujer con la que estuviste a punto de casarte?
—Se llamaba Claudia. Estuvimos juntos cuatro años, y durante los últimos meses antes de la boda yo sabía, en algún nivel que preferí ignorar, que algo no encajaba del todo, que ella se alejaba un poco más cada semana.
Decidí no hacer demasiadas preguntas, convencido de que la proximidad de la boda arreglaría automáticamente cualquier distancia.
Ella rompió el compromiso diciéndome que no podía imaginarse el resto de su vida conmigo.
Desde entonces, he decidido que es más fácil fingir que no quiero lo que ella decidió que no quería conmigo, que seguir esperando algo que evidentemente no estoy hecho para conseguir.