Doce citas para no enamorarnos en Navidad Dos verdades y una mentira
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Dos verdades y una mentira

Al día siguiente, tengo una especie de euforia contenida que hace que Helen entrecierre los ojos con sospecha antes de que yo diga una sola palabra.

—Tienes la cara de alguien que ha estado a punto de hacer algo prohibido —me dice ella, mientras compartimos mesa en la cafetería de siempre.

—Eres muy precisa.

—Llevo años estudiando tus expresiones faciales. Prácticamente, es mi segunda carrera.

—Deberías cobrar por ello.

—Lo haría, si no fuera gratis por amistad. Considera esto un servicio de suscripción premium sin coste alguno.

Remuevo el café que sigo sin tocar. Le cuento a Helen la versión completa de lo que pasó en mi salón: el árbol, las bombillas defectuosas, el álbum de fotos, la mano de Asher apartándome el pelo de la cara, y ese instante en que casi nos besamos.

—Ahora los dos vais a caminar por ahí con esa tensión sin resolver colgando encima como una nube de tormenta particular —opina Helen—. Prepárate para una tensión sexual insoportable durante las próximas once citas.

—¿Tienes algún consejo útil, o solo has venido a diagnosticarme la situación?

—Ambas cosas. Mi consejo es que dejes de analizarlo tanto y simplemente disfrutes del proceso. No todo tiene que resolverse tan pronto. Algunas de las mejores historias son las que se toman su tiempo.

Por la tarde, Asher y yo quedamos para la segunda cita. Esta vez, no hay ningún plan concreto, solo tenemos la vaga idea de dar un paseo por el centro, ver los escaparates iluminados y, quizás, pasar por el mercadillo que ya ha empezado a montarse en la plaza principal.

El cielo tiene la claridad engañosa de diciembre que promete un día despejado y que, según descubrimos apenas media hora después de encontrarnos, miente descaradamente.

—¿Estás segura de que el pronóstico decía sol? —pregunta Asher, con la vista fija en el cielo, que ha pasado de un azul pálido y prometedor a un gris compacto en cuestión de minutos, mientras caminamos por una calle peatonal llena de luces navideñas colgadas de fachada a fachada.

—El pronóstico decía sol con posibilidad de alguna nube suelta.

—Esto no parece una nube suelta, sino el cielo entero reconsiderando sus decisiones vitales.

Apenas termina de decirlo cuando empieza a caer la primera gota, gorda y fría, seguida casi de inmediato por otra, y luego por una cortina entera de lluvia que se desata con una intensidad tan repentina que la gente a nuestro alrededor empieza a correr en todas direcciones, buscando refugio bajo toldos y marquesinas.

—¡Corre! —grito, aunque no hace ninguna falta gritarlo, porque los dos ya estamos corriendo, agarrados de la mano sin que ninguno se haya molestado en pedir permiso para el gesto, esquivando charcos que se forman a una velocidad alarmante, hasta que vemos, a media manzana, un pequeño letrero iluminado que anuncia una cafetería con el nombre pintado en letras cursivas sobre el escaparate: Café Almendra .

Nos metemos dentro empapados, riéndonos sin poder evitarlo, con el pelo pegado a la cara y la ropa chorreando sobre las baldosas del suelo.

Nos recibe la mujer detrás del mostrador, una señora mayor con delantal a cuadros.

Eso me trae malos recuerdos del mantel del restaurante donde tuve que irme corriendo mientras Asher sufría un fuerte dolor de estómago. Por favor, no quiero más desastres.

La señora desaparece un momento tras el mostrador para volver con dos toallas pequeñas de cocina, estampadas con motivos de renos, que nos tiende sin preguntar, como si esta escena se repitiera con la suficiente frecuencia como para tener ya un protocolo establecido cada vez que diluvia repentinamente.

—Gracias —consigo decir, todavía sin aliento por la carrera, secándome la cara con la toalla mientras Asher hace lo mismo a mi lado, con el pelo mojado cayéndole sobre la frente de una manera que, tengo que admitir, le sienta bastante mejor de lo que debería sentarle a nadie después de correr bajo una tormenta.

—Están locos si creen que van a salir otra vez con este diluvio —añade la mujer, señalando la ventana con la barbilla, donde la lluvia sigue cayendo con una intensidad que no muestra ninguna intención de negociar—. Siéntense, siéntense, que les traigo algo caliente enseguida.

Nos señala una mesa pequeña junto a la ventana, la más cercana al radiador, con dos sillas de madera desparejadas y un mantel de cuadros descolorido por los años. Nos dejamos caer en ellas con el alivio de quien acaba de escapar por poco de una situación considerablemente peor.

Asher se quita el abrigo empapado y lo cuelga en el respaldo de la silla, revelando un jersey azul oscuro que se le pega ligeramente a los hombros por la humedad.

—Bueno —dice él, escurriéndose el bajo de la manga con resignación cómica—, oficialmente esto no era el plan.

—Oficialmente no, pero no está mal como plan B.

—El chocolate caliente está demasiado bien para ser el plan B.

Pedimos dos chocolates calientes en cuanto la señora del delantal a cuadros se acerca a la mesa, junto con un par de bizcochos de canela que ella misma nos recomienda con tanta convicción que sería descortés no hacerle caso.

Mientras esperamos, con la lluvia golpeando el cristal de la ventana con una insistencia que no da señales de calmarse pronto, el local entero se va llenando de ese ambiente específico de los refugios improvisados: gente empapada sacudiéndose paraguas rotos.

—Va a llevar un rato esto —comenta Asher, mirando hacia fuera, donde la lluvia ha pasado de intensa a torrencial, con la gente corriendo cada vez menos y refu

giándose cada vez más, resignada a que el cielo no tiene ninguna prisa por calmarse.

—Menos mal que tenemos chocolate caliente y toda la tarde por delante, entonces.

—Toda la tarde encerrados en una cafetería pequeña contigo. Hay peores destinos posibles.

—Qué generoso por tu parte.

—Siempre lo soy, ya deberías saberlo.

Llegan los chocolates, humeantes en tazas de loza gruesa con motivos florales pintados a mano, junto con los bizcochos de canela que resultan, en efecto, tan buenos como prometía la recomendación.

Durante un rato nos limitamos a beber en silencio, calentándonos las manos alrededor de las tazas, viendo cómo la lluvia dibuja regueros irregulares en el cristal de la ventana.

—Necesitamos un juego —dice Asher, con ese brillo particular en los ojos como el preludio de alguna idea que va a resultar, casi con toda seguridad, entretenida—. Algo que haga que este encierro forzoso sea productivo, además de delicioso.

—¿Qué tipo de juego?

—Dos verdades y una mentira. ¿Lo conoces?

—Claro que lo conozco. Aunque nunca lo he jugado con nadie a quien de verdad quisiera impresionar, así que esto es territorio nuevo para mí.

—Perfecto, entonces las dos empezamos en igualdad de condiciones. Yo tampoco he jugado nunca con la intención expresa de sonar interesante.

—Eso suena a mentira ya, para que conste. Seguro que has jugado a esto en decenas de fiestas de oficina intentando sonar interesante.

—Vale, punto para ti. Pero solo porque las fiestas de oficina son un contexto muy específico de desesperación social.

Nos reímos, y él se frota las manos con entusiasmo, como si estuviera a punto de resolver un acertijo particularmente satisfactorio.

—Yo empiezo —anuncia—. Tres cosas sobre mí. Dos verdaderas, una mentira. Tienes que adivinar cuál es la mentira.

—Adelante.

—Uno: de pequeño gané un concurso local de ortografía tres años seguidos. Dos: una vez, en una excursión de instituto, me perdí en un bosque durante casi cuatro horas y tuvieron que enviar a un grupo de búsqueda a encontrarme. Tres: sé tocar la trompeta, aunque bastante mal.

Lo pienso, estudiando con atención la expresión facial de Asher, aunque él se mantiene totalmente neutro, sin ofrecer ninguna pista.

—Voy a decir que la mentira es la trompeta —me arriesgo.

—Incorrecto. La trompeta es completamente cierta, aunque “bastante mal” es generoso, diría “terriblemente mal” para ser más precisos. La mentira es el concurso de ortografía. Fui pésimo en ortografía toda mi infancia. Mi profesora de primaria todavía debe de tener pesadillas conmigo.

—¡Lo del bosque es verdad!

—Completamente verdad. Fue una de las experiencias más aterradoras y, en retrospectiva, más vergonzosas de mi adolescencia.

Me alejé del grupo para intentar hacer una foto artística de unos árboles, según mi lógica de catorce años, y de repente ya no sabía por dónde había venido.

Cuando por fin me encontraron, estaba sentado en una roca comiéndome las galletas de emergencia de mi mochila con una tranquilidad que resultaba ofensiva considerando el pánico que había desatado.

—Eso es tan tierno como ridículo.

—La combinación perfecta de mi personalidad adolescente, sí. Te toca.

Pienso, dándole vueltas a la taza entre las manos, decidiendo qué combinación de verdades y mentira puede resultar lo bastante interesante sin revelar demasiado de golpe.

—Uno: de pequeña quería ser astronauta, tanto que memoricé el nombre de todos los planetas y sus lunas antes de cumplir ocho años.

Dos: una vez le robé un beso a un compañero de clase debajo del muérdago en una fiesta de Navidad del colegio, sin su consentimiento previo, y él lloró.

Tres: toco el piano, aunque llevo sin practicar desde el instituto.

—Por favor, que sea verdad lo del beso robado. Necesito que sea verdad.

—Adivina primero.

—Voy a decir que la mentira es el piano. Tienes toda la pinta de alguien que dejó las clases de piano a los tres meses por aburrimiento.

—Incorrecto. Toco el piano de verdad, aunque estoy bastante oxidada. La mentira es lo de astronauta.

—Uy, Diana, no te tomaba por alguien que robaba besos.