El árbol de Navidad #3
—Sí —respondo, notando un nudo en la garganta—.
Murió de un infarto cuando yo tenía quince años.
Por eso, creo, me aferré tanto a la Navidad después, porque era la época del año en la que más presente lo sentía siempre, incluso después.
Él era quien insistía en decorar la casa el primero de diciembre, quien montaba el árbol conmigo cada año sin falta, quien me convenció de que Papá Noel existía mucho más tiempo del que debería haberme convencido, hasta que en algún momento entendí que no importaba si Papá Noel existía de verdad o no, que la magia estaba en otra parte, en él insistiendo en mantenerla viva para mí…
Asher se queda callado, mirando la foto con una atención que ya no tiene nada de broma, y luego me mira a mí, con una expresión tan tierna que se me hace un nudo distinto en la garganta, uno que no tiene nada que ver con la tristeza y mucho que ver con lo visto que me siento, por primera vez en mucho tiempo, sin haber tenido que explicar demasiado.
—Ahora entiendo un poco mejor por qué defiendes tanto esto —dice él—. No es solo optimismo ciego. Es memoria, mantener viva una promesa que alguien te hizo hace mucho tiempo.
—Nunca lo había explicado así en voz alta, pero sí. Es exactamente eso.
Asher sonríe y estira una mano para apartarme un mechón de pelo de la cara.
El contacto de sus dedos contra mi mejilla hace que el aire entre los dos cambie de textura otra vez, como ya ha cambiado antes en el balcón de Helen, en el baile, en la cafetería con el chocolate caliente, esa misma electricidad terca que insiste en aparecer cada vez que bajamos la guardia lo suficiente.
—Diana —dice, con la voz más baja de lo habitual, la mano todavía apoyada suave contra mi cara.
—¿Sí?
—Creo que estamos rompiendo la regla ahora mismo. Un poco. Solo un poco.
—Todavía no hemos hecho nada que rompa oficialmente ninguna regla.
—Todavía no.
El “todavía” se queda suspendido entre los dos, cargado de intención.
Nos vamos acercando despacio, con el álbum de fotos olvidado a un lado sobre el sofá y las luces del árbol parpadeando suaves sobre nuestras caras.
Estamos bastante cerca. Siento la respiración de Asher mezclarse con la mía.
El corazón me late con una fuerza casi dolorosa contra las costillas.
—Creo que… —susurra Asher, sus labios casi rozando los míos.
—Calla, no creas nada.
—No podemos perder la apuesta en la primera de las doce citas.
Quiero gritar “¡que le den a esa apuesta de mierda!”, pero me aparto de Asher. Él hace lo mismo y evitamos mirarnos, dirigiendo la mirada al árbol de Navidad.
Un ruido metálico resuena desde el rellano: llaves girando en la cerradura. Asher y yo nos incorporamos del sofá de golpe y vemos entrar a mi madre y a mi hermano, cargados de bolsas.
—¡Ay, perdonad! —exclama mi madre—. Pensábamos que ya habríais terminado. No queremos interrumpiros.
Sospecho que mi madre ha querido llegar antes de tiempo para conocer a Asher. Él se presenta a mi madre, con un par de besos en la mejilla y un abrazo; y ante mi hermano, con un firme apretón de manos.
—Veo que el árbol ha quedado precioso —comenta Mateo.
—El árbol ha quedado precioso, sí —confirmo, sin atreverme a mirar a Asher por vergüenza.
—Me alegro muchísimo —dice mi madre, quitándose el abrigo—. Mateo, hijo, ¿por qué no me ayudas a guardar las bolsas en la habitación? Vamos a dejar que Diana despida a su invitado con tranquilidad.
Mi hermano la sigue hacia el pasillo y Asher, aprovechando el momento de privacidad improvisada, se inclina hacia mí una última vez antes de levantarse a por su abrigo.
—Cita uno, completada —susurra, cerca de mi oído—. Y la regla, contra todo pronóstico, sigue intacta. Por los pelos.
—Por los pelos —repito, sin poder evitar la sonrisa—. Once más por delante.
Le acompaño hasta la puerta, donde se pone el abrigo despacio, alargando, como siempre, el momento de la despedida.
—Para que conste —dice Asher, ya con el abrigo puesto—, esta ha sido, con diferencia, la mejor tarde que he pasado desde que me mudé a esta ciudad.
Y eso incluye el día que descubrí que había un sitio que hacía un ramen decente a quince minutos de mi piso, que hasta ahora ocupaba el primer puesto sin competencia.
—Un ramen decente es un rival duro de superar.
—Lo era. Ya no lo es.
Se inclina y me da un beso en la mejilla, peligrosamente cerca de la comisura de mis labios.
—Buenas noches, Diana.
—Buenas noches, Asher.
Se marcha y, cuando cierro la puerta, desde el pasillo mi madre asoma la cabeza con una expresión de ternura que no intenta esconder.
—¿Ha ido bien la tarde? —me pregunta.
—Ha ido bien, sí.
—¿Solo bien? Porque el salón huele a chocolate caliente y tienes una cara que no te había visto desde que ganaste aquel concurso de decoración navideña del barrio hace cuatro años.
—Bastante bien, mamá.
—Me alegro mucho por ti, cariño. Llevaba tiempo esperando volver a ver esa cara de felicidad en ti. Tus ojos brillan.
Vuelvo al salón para apagar las luces del árbol antes de irme a dormir.
Pienso en mi padre, en su gorro de Papá Noel en aquella foto antigua, en cómo insistía en mantener viva la magia incluso cuando yo ya era lo bastante mayor para sospechar que no era del todo real.
Y pienso también en Asher, sentado en el suelo de mi salón peleándose con catorce bombillas defectuosas con una paciencia que no esperaba de él, encontrando sin esfuerzo las palabras exactas para explicar lo que yo llevaba media vida sintiendo.
De todos los árboles que he montado a lo largo de mi vida, este, con toda su imperfección, puede que termine siendo mi favorito. No por cómo ha quedado, sino por quién estaba a mi lado mientras lo montábamos.