Doce citas para no enamorarnos en Navidad El árbol de Navidad #2
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El árbol de Navidad #2

Enrollamos las luces alrededor del árbol entre los dos, coordinando movimientos con una torpeza cada vez menos torpe, pasándonos la hilera por encima y por debajo de las ramas.

Al intentar alcanzar la misma rama alta desde direcciones opuestas, nuestras manos se encuentran a mitad de camino, sus dedos rozando los míos alrededor del cable de luces, y los dos nos quedamos un segundo así, quietos, sin decir nada, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo que debería por algo tan sencillo como colocar una hilera de luces.

—Perdona —dice Asher, retirando la mano despacio.

—No pasa nada, es una operación conjunta. Los roces son inevitables.

—Muy científico por tu parte, otra vez.

—Ya te dije que siempre lo soy.

Terminamos de enrollar las luces, y pasamos a los adornos, vaciando la caja entera sobre la alfombra del salón en un despliegue caótico de bolas de colores, algunas de cristal frágil heredadas de mi abuela, otras de plástico compradas en rebajas de después de Navidad varios años seguidos, un ángel de tela algo deshilachado que corona el árbol desde que tengo memoria, y varios adornos hechos a mano cuya calidad artística deja bastante que desear.

Asher se pone manos a la obra colocándolos.

Rebusca entre la colección de adornos hasta encontrar sus favoritos: un reno de fieltro con un ojo bastante más grande que el otro, resultado de algún experimento infantil mío con pegamento y botones que ya no recuerdo con exactitud; una bola de cristal con una grieta diminuta que refracta la luz de manera un poco extraña; y, el hallazgo que más celebra, un pequeño Papá Noel de cerámica con una expresión facial que, por algún motivo que ninguno de los dos consigue identificar del todo, resulta profundamente inquietante.

—Este de aquí —dice Asher, sosteniendo al Papá Noel en alto como si fuera un trofeo de caza—, va justo en el centro, a la altura de los ojos, para que nadie que entre a esta casa pueda evitar mirarlo directamente y cuestionarse sus decisiones de vida.

—Ese Papá Noel me lo regaló mi tía Catherine cuando tenía ocho años. Le tenía verdadero pánico de pequeña.

—Perfecto, entonces merece un lugar de honor por servicios prestados al terror infantil.

—Eres un monstruo.

Colgamos el Papá Noel inquietante justo en el centro del árbol, tal y como Asher exige, y seguimos añadiendo adornos poco a poco, turnándonos, comentando el origen de cada uno según van apareciendo entre mis manos.

Asher, mientras tanto, va desarrollando su propio sistema de clasificación no solicitado, separando los adornos en dos montones claramente diferenciados sobre la alfombra: uno etiquetado mentalmente, según sus propias palabras, como “objetivamente hermoso” y otro como “crimen contra el buen gusto que merece exhibición pública inmediata”.

—Esta bola dorada va al montón hermoso. —Asher sostiene una esfera de cristal con delicados motivos pintados a mano—. Tiene una calidad artesanal evidente.

—¿Y ese adorno? —pregunto, señalando una figura de fieltro con forma de reno, aunque con las proporciones bastante alejadas de la realidad anatómica de cualquier reno conocido por la ciencia.

—Esa va directa al montón del crimen contra el buen gusto, pero con cariño. Un crimen cometido con amor sigue siendo mi favorito de toda la colección hasta ahora.

—Ese lo hice yo en quinto de primaria. Se suponía que era Rudolph.

—Rudolph tendría motivos legítimos para iniciar acciones legales contra esta representación.

Me río, empujándole suavemente el hombro, y seguimos así hasta que la caja entera queda vacía.

Cuando terminamos, con la última bola colgada y el ángel deshilachado coronando la copa torcida, damos un paso atrás para admirar el resultado conjunto. Asher, con las manos en los bolsillos, asiente despacio.

—Está bastante bien para ser un árbol con problemas de densidad severos —comenta.

—Gracias por el cumplido tan generoso.

—Es lo máximo que voy a admitir en voz alta. Guárdatelo, es un tesoro.

Apago las luces del salón, dejando solo el resplandor cálido de las luces del árbol iluminando el espacio.

Los dos nos quedamos de pie, mirando el resultado de nuestra tarde entera de trabajo, con esa sensación de orgullo compartido que solo se siente al terminar algo juntos, aunque ese algo sea tan pequeño como un árbol artificial.

—Voy a hacer chocolate caliente —anuncio, rompiendo el silencio—. Es lo mínimo que le debo a alguien que ha sustituido catorce bombillas sin quejarse ni una sola vez.

—Me quejé bastante, para que conste.

Asher me acompaña hasta la cocina. Se apoya en la encimera mientras caliento la leche y remuevo el chocolate en un cazo pequeño.

Cuando volvemos al salón con las tazas humeantes, nos sentamos en el sofá, frente al árbol, con la manta de punto compartida entre los dos y las piernas cruzadas bajo el cuerpo, en esa postura relajada de la gente que ya empieza a sentirse cómoda en el espacio del otro.

Es entonces cuando mi mirada se posa, casi sin querer, en la estantería baja junto a la televisión, donde guardo un álbum de fotos de tapa dura y bordes desgastados.

—¿Eso de ahí es lo que creo que es? —pregunta Asher, siguiendo mi mirada con una curiosidad que se le enciende en la cara de inmediato.

—Un álbum de fotos de cuando era pequeña.

—Necesito verlo, ahora mismo. No es negociable.

—Absolutamente no.

—Diana… Hemos montado un árbol juntos y nos hemos rozado las manos de manera significativa alrededor de una hilera de luces navideñas. Creo que el nivel de intimidad alcanzado hoy justifica plenamente que me enseñes fotos vergonzosas de tu infancia.

Aunque una parte de mí protesta débilmente, otra parte, mucho más grande de lo que estoy dispuesta a admitir, ya se está levantando del sofá para coger el álbum.

Vuelvo con el álbum y lo coloco sobre las rodillas de los dos. En cuanto lo abro por la primera página, Asher suelta una carcajada tan genuina que casi derrama el chocolate caliente sobre la manta.

—¿Eso es un flequillo?

—Tenía cinco años, Asher. Todos los niños de cinco años tienen decisiones capilares cuestionables.

—Eso no es un flequillo. Es una declaración de guerra contra la simetría facial.

—Mi madre me lo cortó ella misma con unas tijeras de cocina. Fue un experimento que no volvió a repetirse, por razones evidentes.

Vamos pasando las páginas despacio, deteniéndonos en cada foto el tiempo suficiente para que yo pueda contarle la historia detrás: una foto mía a los siete años disfrazada de ángel en la función de Navidad del colegio, con las alas torcidas y una expresión de pánico escénico total en la cara; otra a los diez, con un aparato dental enorme que ocupaba, según recuerdo, prácticamente toda mi capacidad de sonreír con normalidad durante casi dos años enteros; una más, ya con doce o trece años, sentada junto al árbol de Navidad de mi infancia con una pila de regalos que, según mi propia memoria, resultó ser una decepción monumental porque el que más deseaba, una bicicleta específica que llevaba meses pidiendo, no apareció hasta el año siguiente.

—¿Lloraste? —pregunta Asher al ver mi expresión seria en esa última foto en concreto.

—Lloré muchísimo, con toda la dramática intensidad de una niña de doce años que consideraba la ausencia de esa bicicleta como la mayor injusticia jamás cometida contra un ser humano.

—¿Y la bicicleta llegó al año siguiente?

—Llegó, sí. Para entonces, yo ya casi había crecido lo suficiente como para que me quedara pequeña en cuestión de meses. Fue una victoria agridulce.

—Eso resume bastante bien el espíritu navideño, ahora que lo pienso. Deseo intenso, decepción momentánea, y luego algo que llega tarde pero que, de alguna manera, sigue importando.

Le miro, sorprendida otra vez por esa capacidad suya de encontrar, en medio de una broma sobre mi infancia, una frase que se queda resonando más de lo que debería.

Sigo pasando páginas, ahora más atenta a la reacción de Asher ante cada imagen.

Encontramos, un poco más adelante, una foto de un cumpleaños con temática de princesas que terminó, según mi propio relato entre risas, en un desastre memorable cuando la tarta, decorada con un castillo entero de fondant, se derrumbó sobre la mesa a los cinco minutos de sacarla del frigorífico, ante el horror silencioso de mi madre y la fascinación absoluta de todos los niños invitados, que consideraron el derrumbe mucho más entretenido que la tarta intacta lo habría sido nunca.

Encontrando una foto de Nochevieja en la que aparezco con nueve o diez años, disfrazada de duende con un gorro puntiagudo hecho de fieltro verde que insistí en llevar puesto, según me cuenta la propia foto sin necesidad de que yo lo confirme, durante toda la cena familiar, negándome en redondo a quitármelo ni para comer las uvas a medianoche.

—¿Un duende? —pregunta Asher, con una ceja levantada, claramente disfrutando cada segundo de esta exploración arqueológica de mi infancia.

—Estaba convencida de que ayudaba a Papá Noel en secreto. Era una fase. Duró casi todo un invierno entero.

—Eso explica bastante sobre tu personalidad actual, la verdad.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que sigues siendo, básicamente, la misma niña convencida de que forma parte activa de la magia navideña, solo que ahora en vez de un gorro de fieltro llevas pendientes con forma de estrella.

Llegamos a una foto que me detiene el corazón antes de seguir: yo, con unos seis años, sentada en el regazo de mi padre frente a un árbol de Navidad mucho más pequeño que el de ahora, los dos con gorros de Papá Noel puestos y sonrisas idénticas, una sonrisa que heredé sin darme cuenta hasta que empecé a verla reflejada en fotos como esta.

—¿Ese es tu padre? —pregunta Asher.