Doce citas para no enamorarnos en Navidad El árbol de Navidad
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El árbol de Navidad

Mi madre lleva toda la mañana fingiendo que había planeado desde hace semanas ir de compras navideñas con mi hermano precisamente hoy, coincidiendo con la primera cita oficial con Asher.

—Mateo necesita un abrigo nuevo —anuncia mi madre, mientras rebusca en el armario del recibidor unas llaves que sostiene desde hace ya un buen rato en la otra mano—. Es urgente. No puede esperar a otro día.

—Mateo tiene veintiséis años, puede comprarse un abrigo sin supervisión materna.

—Eso es lo preocupante. Sin supervisión, ese chico se compraría cualquier cosa. El año pasado se presentó en Nochebuena con una chaqueta que parecía sacada de una película de esquiadores de los años ochenta.

—Esa excusa tiene más agujeros que un colador, mamá.

—No sé de qué hablas. He decidido, de manera totalmente independiente a tus planes de esta tarde, que hoy es el día perfecto para llevar a tu hermano de compras.

Mi hermano, que aparece por la puerta de la cocina con una tostada a medio comer en la mano y una expresión de absoluta confusión, se limita a mirarnos a las dos alternativamente, como si estuviera presenciando una obra de teatro.

—¿Vamos de compras? —pregunta, con la boca todavía medio llena—. Nadie me ha dicho nada de ir de compras.

—Vamos de compras, Mateo —confirma mi madre, ya empujándolo suavemente hacia la puerta con una mano en la espalda, sin darle ni tiempo a terminar la tostada—. Necesitas un abrigo. Es urgente.

—Ayer llevaba un abrigo muy decente.

—Ese abrigo es del año pasado.

Mateo, resignado, se detiene en mitad del pasillo y me mira sabiendo que algo raro está pasando.

—¿Esto tiene algo que ver con un chico? —pregunta mi hermano, bajando la voz, aunque mi madre sigue al alcance del oído.

—Mateo…

—Solo pregunto.

—Vete a comprar tu abrigo innecesario y déjame en paz —le hago una mueca divertida.

—Vale, vale. Pero espero una presentación oficial en algún momento de esta Navidad, para que conste. No pienso enterarme por el grupo familiar de WhatsApp de que mi hermana tiene novio.

Mi madre lo arrastra hacia el rellano, sin admitir ninguna discusión, y su cabeza asoma una última vez antes de que la puerta se cierre del todo, con una sonrisa cómplice.

—Que tengáis una compra muy fructífera —les digo, acompañándolos hasta la puerta, con un nudo de nervios y de gratitud instalado en algún punto entre el estómago y la garganta.

—Que tengas una tarde muy productiva tú también —contesta mi madre, con un guiño tan exagerado que prácticamente cierra el ojo entero, antes de desaparecer escaleras abajo arrastrando a mi hermano todavía confuso detrás de ella.

Cierro la puerta y me quedo apoyada contra ella, respirando hondo, mirando el salón de mi piso donde en una esquina, todavía sin montar, espera la caja grande y algo abollada del árbol de Navidad artificial que llevo usando desde que me independicé, junto a una caja más pequeña llena de adornos acumulados a lo largo de los años: algunos comprados por mí, algunos heredados de mi madre, alguno que otro hecho a mano en el colegio que debería, por pura vergüenza estética, haber tirado hace años y que, sin embargo, sigo conservando con un cariño completamente desproporcionado.

El timbre suena a las cuatro en punto de la tarde y cuando abro la puerta, me encuentro a Asher cargado con dos bolsas grandes, el pelo un poco alborotado por el viento de la calle y las mejillas coloradas del frío, con una sonrisa que se le ensancha en cuanto me ve.

—Traigo las luces —dice él, levantando una de las bolsas como si fuera un trofeo—, y traigo también, para que conste, un desprecio absoluto por cualquier actividad que implique decoración navideña organizada, así que espero que sepas que esto es un sacrificio enorme de mi parte.

—Un sacrificio enorme que propusiste, si no recuerdo mal.

—Los sacrificios más nobles siempre son voluntarios. Es lo que los hace nobles.

Le dejo pasar, y mientras se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero del recibidor, echa un vistazo rápido al piso, a las fotos enmarcadas en las paredes, a la manta de punto tirada sobre el sofá y a la caja del árbol esperando en la esquina, con esa curiosidad discreta de quien está viendo, por primera vez, el espacio real donde vive una persona.

—Así que aquí es donde ocurre la magia navideña que tanto defiendes —dice Asher con humor.

—Aquí es donde ocurre, sí. Aunque hoy todavía no hay mucha magia, solo una caja de cartón bastante deteriorada y un montón de adornos sin clasificar.

Empezamos por sacar el árbol de la caja, una operación que resulta bastante más complicada de lo que ninguno de los dos anticipaba, con ramas de plástico verde que hay que ir insertando una a una en el tronco central siguiendo un código de colores en la base de cada rama que, evidentemente, llevaba años sin mirar y que ahora nos cuesta bastante descifrar.

—Esto parece más complicado que montar un mueble de cierta marca sueca —comenta Asher, sosteniendo dos ramas idénticas y comparándolas con una expresión de auténtica concentración—. ¿Estás segura de que esto es un árbol de Navidad y no algún tipo de examen de ingeniería disfrazado?

—Es un árbol de Navidad que compré hace seis años en un momento de entusiasmo excesivo, sin pensar en que algún año futuro tendría que montarlo delante de alguien que se supone que tiene que impresionarse con mi destreza navideña.

—Tu destreza navideña, hasta ahora, consiste en mirar el código de colores de la base durante cinco minutos seguidos sin decir nada.

—Estoy analizando la situación estratégicamente.

—Estás completamente perdida, admítelo.

—Vale, un poco perdida.

Entre risas y varios intentos fallidos —una rama que insistimos en colocar en el lugar equivocado durante casi tres minutos hasta que Asher, con paciencia, se sienta en el suelo para estudiar el código con más calma—, conseguimos ir dándole forma al árbol, rama a rama.

—Creo que este código de colores fue diseñado por alguien que nos odia personalmente —comenta Asher, sosteniendo una rama verde oscuro junto a otra verde ligeramente más claro, entrecerrando los ojos como si la diferencia de tono fuera a revelarse de repente—.

No hay manera humana de distinguir estos dos verdes.

—Hay una diferencia clara.

—No la hay, estás mintiendo para hacerme sentir peor.

—Está bien, quizás la diferencia sea sutil.

—Es inexistente. Alguien en una fábrica se rió mucho imaginando a parejas enteras discutiendo por esto en salones de todo el mundo.

—¿Somos una pareja ahora?

La pregunta se me escapa antes de que pueda pensarla. Asher levanta la vista de las ramas, con una media sonrisa que no llega a resolver del todo la pregunta.

—Somos dos personas montando un árbol con una apuesta de por medio —responde—. Ya veremos qué somos para cuando lleguemos a la cita doce.

—Diplomático.

—Estratégicamente ambiguo. Es distinto.

Seguimos así, hasta que el árbol, rama a rama, empieza a parecerse, vagamente, a algo reconocible como un árbol de Navidad, con esa asimetría entrañable de los árboles artificiales que llevan demasiados años de uso y que ya nunca vuelven a quedar exactamente perfectos.

—Le falta densidad por este lado —observo, dando un paso atrás para evaluar el conjunto con ojo crítico.

—Le falta densidad por todos lados. Este árbol ha visto días mejores.

Pasamos a las luces a continuación, y ahí es donde la promesa que Asher hizo en la cafetería —”yo llevo las luces, si prometes no juzgarme si no consigo que funcionen a la primera”—, se demuestra profética: la primera hilera que conecta a la corriente no enciende ni una sola bombilla.

Asher se queda mirando el enchufe con una expresión de traición personal tan intensa que resulta difícil no reírse.

—Prometiste no juzgarme —dice él, sin apartar la vista del cable, como si pudiera resolver el problema mediante pura fuerza de voluntad.

—Esto merece esa cantidad de juicio.

—Esto es defectuoso. No es culpa mía.

—Claro, culpa de la industria de las luces navideñas en general.

—Exacto. Es un problema sistémico.

Nos pasamos los siguientes minutos revisando bombilla por bombilla, un proceso tedioso y ligeramente ridículo que se convierte en una de las partes más divertidas de la tarde, con Asher sujetando el cable muy concentrado, murmurando teorías cada vez más absurdas sobre por qué las luces navideñas parecen diseñadas para arruinar la paz mental de quien las manipula.

—Creo que hay una conspiración internacional detrás de esto —dice Asher, muy serio, mientras desenrosca otra bombilla sospechosa—.

Alguna corporación gigante se dedica a fabricar luces que funcionan exactamente el tiempo suficiente para que las compres, y luego fallan la primera vez que las necesitas de verdad, garantizando así ventas repetidas cada diciembre hasta el fin de los tiempos.

—Eso es una teoría bastante elaborada para alguien que siquiera cree en la magia navideña.

—No creo en la magia, sino en el capitalismo despiadado disfrazado de espíritu festivo.

—Es la misma cantidad de fe depositada en algo intangible, solo que con menos villancicos de por medio.

—Un punto válido, retiro parcialmente mi argumento.

Seguimos así, entre bombilla y bombilla, turnándonos para sostener el extremo del cable mientras el otro revisa.

Cansados de estar de rodillas sobre la alfombra, terminamos sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y la hilera de luces extendida entre los dos como un mapa de un tesoro que insistimos en descifrar juntos.

Por fin, tras sustituir la bombilla número catorce, la hilera entera se enciende de golpe con un parpadeo triunfal.

—¡Lo conseguí! —celebra Asher, levantando la hilera de luces como si acabara de ganar una medalla olímpica—. Bueno, lo conseguimos con tu ayuda sujetando el otro extremo, pero el mérito principal es mío.

—El mérito es compartido, pero acepto que te lleves el ochenta por ciento.

—Setenta y cinco por ciento me parece más justo.