Doce citas para no enamorarnos en Navidad La apuesta #3
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La apuesta #3

Empiezo a escribir, con letra torcida por la emoción, mientras él va lanzando ideas y yo las voy apuntando sin descartar ninguna.

La servilleta ha quedado llena de ideas por ambos lados hasta quedar sin espacio.

Parece más un mapa del tesoro garabateado por dos niños entusiasmados que un plan serio de citas entre dos adultos, con flechas conectando ideas, alguna palabra tachada y vuelta a escribir, y un pequeño dibujo de un árbol que Asher insiste en que es “arte conceptual” y no, como yo sospecho, simple aburrimiento con el bolígrafo mientras pensaba la siguiente idea.

—No hace falta que decidamos el orden exacto ahora mismo —digo, doblando la servilleta con cuidado—. Podemos ir improvisando cuál toca cada día, según cómo estemos, según el tiempo que haga, según lo que nos apetezca.

—Me gusta esa parte de menos estructura. Contradice todos mis instintos profesionales, pero me gusta.

—Bienvenido al lado desorganizado de la vida, Asher. Aquí las cosas buenas pasan sin hoja de cálculo.

—Voy a fingir que no he oído ese ataque directo a mi profesión.

Me río, guardándome la servilleta en el bolsillo del abrigo con el mismo cuidado con el que se guarda algo mucho más valioso que un trozo de papel arrugado.

Mirando la lista entera a través de la tela del bolsillo, tengo la sensación extraña y maravillosa de estar sosteniendo, literalmente, el mapa de las próximas dos semanas de mi vida, doce paradas hacia algún destino que ninguno de los dos, por mucho que insistamos en las reglas, ha decidido todavía adónde nos va a llevar de verdad.

—Entonces, ¿cuál es la primera cita? —pregunto, ya sin poder disimular la emoción que me sube por el pecho,.

Asher se queda pensando, mirando por la ventana empañada hacia la calle, donde un grupo de niños se ríe frente al escaparate de una juguetería decorado con un tren en miniatura que da vueltas sin parar alrededor de un árbol de Navidad diminuto.

—¿Tienes ya montado el árbol de Navidad? —me pregunta.

—Aún no.Tengo una caja entera de adornos esperando en el trastero desde hace dos semanas y ninguna motivación para montarlo sola.

—Vale, pues mañana tendremos la primera cita. Yo llevo las luces, si prometes no juzgarme si no consigo que funcionen a la primera, y tú llevas los adornos ridículos. Juntos montaremos el árbol más único, o desastroso, de la historia de esta ciudad.

—Eso no suena a una cita muy romántica, pero prometo no juzgarte.

—Nada de lo que hemos vivido hasta ahora ha sido especialmente romántico, si lo piensas. Ha habido gastroenteritis, una huida hacia el aeropuerto y un choque en el pasillo de los congelados. Creo que ese árbol de Navidad encajará bastante bien con nuestro historial.

Tiene razón, por supuesto. Me me limito a sonreír con esa sensación cálida y burbujeante que llevo asociando a él desde la primera noche en la fiesta de Helen, una sensación que ninguna regla, por muy formalmente sellada que esté con un apretón de manos sobre una mesa de cafetería, va a conseguir del todo apagar.

Terminamos los cafés y salimos juntos al centro comercial, cargando cada uno con sus bolsas, y caminamos juntos hasta la parada donde se separan nuestros caminos, él hacia un lado, yo hacia el otro, con la promesa de mañana suspendida entre los dos como una luz de Navidad recién encendida.

—Doce citas —dice, antes de despedirse—. Ninguno se enamora. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —confirmo, aunque incluso mientras lo digo, con toda la convicción que puedo reunir, hay una vocecita traicionera en mi cabeza, la misma que lleva insistiendo desde la fiesta de los jerséis feos, que me susurra que esta es, probablemente, la apuesta más fácil de perder que he hecho en mi vida.

Camino de vuelta a casa con las bolsas de la compra golpeándome suavemente las piernas a cada paso y una sonrisa que no consigo borrarme aunque lo intento, cruzando calles decoradas con guirnaldas que hace un par de horas apenas registraba y que ahora, de repente, me parecen las más bonitas que he visto en toda mi vida, aunque sean exactamente las mismas de siempre, las de todos los años, colgadas en los mismos balcones desde que tengo memoria.

Quizás Asher tenía razón aquella noche, en el balcón de Helen, cuando dijo que la magia no viene de la nieve ni de los villancicos. Quizás simplemente viene de tener, por primera vez en mucho tiempo, algo concreto que esperar cada mañana al despertar.

Cuando llego a casa, mi madre está en la cocina, rodeada de moldes de galletas y con harina hasta en el pelo, y en cuanto me ve entrar con las bolsas y esa sonrisa que evidentemente no consigo disimular, deja lo que está haciendo y se cruza de brazos con una expresión que no necesita palabras para preguntarme qué ha pasado.

—Mañana tengo una cita —anuncio, dejando las bolsas sobre la encimera—. Asher y yo vamos a montar juntos el árbol de Navidad, aquí en casa.

—Bueno, es un comienzo prometedor.

—Y tendremos once citas más después. Es una larga historia.

Mi madre levanta las cejas, intrigada, y aparta un mechón de pelo lleno de harina de su cara con el dorso de la mano.

—Cuéntamela mientras me ayudas con las galletas. Tenemos toda la tarde por delante.

Y mientras le cuento, con todo lujo de detalles, la apuesta absurda y maravillosa que acabo de aceptar, pienso que quizás las mejores historias, como decía ella misma en el aeropuerto, nunca empiezan bien.

Empiezan mal para protegerse de sentimientos que ya están ahí de todos modos, y luego, poco a poco, sin que nadie lo planee del todo, empiezan a convertirse en otra cosa completamente distinta.