La apuesta #2
—Estuve a punto de vomitar en un restaurante precioso frente a una mujer guapísima en nuestra primera cita, demasiada vergüenza me da ya que me hayas visto así.
Lo que te voy a decir me da más vergüenza.
Cuando te fuiste esa noche, antes de que Nico viniera a por mí, me quedé un rato solo en el restaurante, pagando la cuenta, sintiéndome como el hombre más patético del mundo.
Pensé, literalmente, “esto es exactamente lo que pasa siempre que intento que algo funcione en diciembre, el universo se encarga de sabotearlo”.
Entonces llegué a casa, y en vez de sentirme aliviado de que la noche hubiera terminado, me di cuenta de que lo único que quería era escribirte para asegurarme de que sabías que no pensaba que hubieras huido.
Eso me asustó un poco, que después de un desastre tan monumental, mi primer instinto no fuera “menos mal que se acabó” sino “espero que quiera intentarlo otra vez”.
Estiro la mano sobre la mesa, más segura esta vez que en el restaurante, hasta cubrir la suya.
—Yo… —comienzo a relatar—. Cuando llegué a casa esa noche, después de dejar a mi madre instalada, no podía dormir.
No por la culpa, aunque también había culpa, mucha culpa.
Era porque no dejaba de pensar en ti, estando solo y enfermo en ese restaurante; en lo mucho que quería haberme quedado, y en lo raro que era sentir eso por alguien que conozco desde hace apenas una semana.
Normalmente, soy la reina de lanzarme de cabeza al romanticismo sin mirar, ya lo sabes, es prácticamente mi marca personal.
Pero contigo, después de esa noche, sentí algo distinto.
No menos intenso, pero sí... más real. Y lo real, curiosamente, me asusta más que la fantasía.
Asher se queda callado, mirándome con una expresión de vulnerabilidad.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
—me pregunta—. Que yo llevo años convencido de que la Navidad es la peor época posible para que a alguien le pase algo bueno.
Mis padres se separaron en Navidad. Cada año desde entonces ha sido una negociación agotadora entre dos casas que ya no son un hogar.
Había decidido, mucho antes de mudarme aquí, que este diciembre iba a ser el primero en años en el que no esperara nada de estas fechas, ni bueno ni malo, solo aguantar hasta que pasara.
Y entonces apareces tú, con tu jersey de renos y tu fe inquebrantable en la magia navideña, y de repente estoy comprando manzanilla digestiva en un supermercado esperando cruzarme contigo, aunque en el fondo sé que fue una casualidad real, no planeada.
—¿Eso te asusta?
—Me aterra, para ser exactos.
—A mí también me aterra, aunque por razones completamente distintas.
Yo tengo el problema contrario al tuyo. Me enamoro rápido, demasiado rápido, y luego me estrello con la misma velocidad con la que despego.
La última vez que me pasó algo así, tardé meses en volver a sentirme normal.
Así que cuando algo empieza a sentirse tan intenso tan pronto, como me pasa contigo, mi instinto no es lanzarme, es salir corriendo antes de que me vuelva a doler.
Nos quedamos con las manos todavía unidas sobre la mesa, el café enfriándose sin que a ninguno le importe demasiado, y hay algo casi cómico en la situación si lo piensas desde fuera: dos personas que evidentemente se gustan, sentadas en una cafetería con vaho en las ventanas, cada una explicando con toda seriedad por qué precisamente eso, lo que sienten, es un problema.
—¿Y si hacemos algo al respecto? —propone Asher, con una chispa nueva en los ojos—. No para evitarlo, sino para gestionarlo.
—¿Gestionarlo cómo?
—Con reglas, estructura... Ya sabes, soy analista de datos, me van las reglas y la estructura, es literalmente mi trabajo convertir el caos en algo manejable.
—Explícate, porque de momento suena a que quieres convertirme en una hoja de cálculo.
Se ríe y se inclina un poco hacia delante, con las manos todavía sobre las mías, como si la idea le hubiera venido de golpe y necesitara compartirla antes de que se le escapara.
—Vale, escúchame. Faltan doce días para Nochebuena.
¿Y si quedamos? De verdad, sin presión, una cita cada día hasta Nochebuena.
Doce citas. Nos conocemos mejor, pasamos tiempo juntos, disfrutamos de la parte buena de todo esto sin la presión de que tenga que convertirse en algo serio inmediatamente.
Y la regla principal, la única regla que de verdad importa, es esta: ninguno de los dos puede enamorarse.
Lo tratamos como un juego, como una apuesta entre dos personas que se caen bien y quieren pasar la Navidad acompañadas sin el peso de las expectativas.
Proceso la propuesta. Mi parte romántica y soñadora que cree en el destino y en las señales, y en que el amor de verdad no se puede planificar con una hoja de ruta de doce días, quiere reírse de la idea porque es, objetivamente, la cosa menos romántica que se le puede ocurrir a alguien justo después de admitir que le da miedo enamorarse.
Pero otra parte de mí, la que todavía tiene el corazón un poco magullado de la última vez que me lancé sin red, encuentra en la propuesta algo extrañamente reconfortante: una manera de tener todo lo que quiero —su compañía, sus bromas, esa sensación de estar exactamente donde debo estar cuando estoy con él—, sin la vulnerabilidad aterradora de ponerle nombre demasiado pronto.
—Doce citas —repito, saboreando las palabras—. ¿Y si nos enamoramos de todos modos? Porque, sinceramente, viendo cómo va todo esto hasta ahora, no me parece una posibilidad tan remota.
—Perdemos la apuesta, supongo, pero al menos lo intentamos con reglas claras. Es mejor que lanzarnos sin ningún plan y estrellarnos como la otra noche.
—Esa comparación es un poco insultante para el concepto del amor, ¿lo sabes?
—Soy consciente. Aunque funciona, ¿no? Como argumento de ventas.
Me río y miro nuestras manos todavía entrelazadas sobre la mesa de la cafetería, con las bolsas de la compra apiladas a nuestros pies, el vaho de la ventana difuminando la calle llena de luces navideñas al otro lado, y pienso que si alguien me hubiera dicho hace un mes que iba a acabar aquí, negociando los términos de una apuesta romántica con un desconocido de sonrisa bonita y pésimo gusto para los jerséis navideños, no le habría creído ni por un segundo.
Sin embargo, aquí estoy, y no querría estar en ningún otro sitio.
—Vale, acepto la apuesta. Doce citas, una por cada día que queda hasta Nochebuena. Regla principal: ninguno se enamora.
—¿Alguna regla adicional que quieras añadir? —pregunta él, con una sonrisa que le marca un hoyuelo—. Ya que estamos siendo tan formales con esto.
Lo pienso, disfrutando del juego que se ha convertido esto, mitad broma, mitad algo mucho más serio escondido debajo de la broma.
—Nada de cancelar sin una razón de peso —respondo—. Ya hemos tenido suficiente de eso con lo del aeropuerto.
—De acuerdo. Añado la mía: nada de fingir que no nos lo estamos pasando bien, aunque técnicamente se supone que esto es “sin presión”. Si algo funciona o no, lo decimos en voz alta. No vamos a jugar a hacernos los indiferentes solo porque hay una apuesta de por medio.
—Eso me parece muy razonable, viniendo del hombre que llevaba una camiseta que decía “BAH, PAPARRUCHAS” la primera noche que nos conocimos.
—La gente cambia, sobre todo cuando alguien insiste en obligarla a hacer un concurso de peores regalos navideños durante la cena.
Extiendo la mano por encima de la mesa y él la estrecha, sellando el trato con un apretón de manos absurdamente formal para lo que en realidad estamos decidiendo, que es, básicamente, dejarnos llevar por lo que sea que está pasando entre los dos, aunque envuelto en el disfraz seguro de una apuesta con reglas.
—Si vamos a hacer esto en condiciones deberíamos, al menos, tener algunas ideas —digo, sacando una servilleta de papel del dispensador metálico de la mesa y pidiéndole prestado a Asher el bolígrafo que lleva en el bolsillo interior del abrigo—.
Doce citas es mucho compromiso como para improvisar cada una sobre la marcha.
—Adelante, jefa de operaciones navideñas.