Doce citas para no enamorarnos en Navidad La apuesta
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La apuesta

Han pasado tres días desde la desastrosa cita y todavía no tenemos una fecha concreta para el “otra vez” que los dos prometimos.

Esa falta de concreción se ha convertido en la fuente principal de mi ansiedad navideña de esta semana, superando incluso a la preocupación de conseguir envolver todos los regalos antes de Nochebuena.

No hemos dejado de escribirnos. Hay algún mensaje suelto, un “espero que tu madre se haya instalado bien” suyo, un “espero que tu estómago haya sobrevivido a la trufa” mío, pero hay algo distinto, más cauteloso, como si los dos hubiéramos decidido, sin hablarlo, dar un paso atrás para pensar antes de dar el siguiente hacia delante.

Helen dice que es normal, que después de una cita que termina con uno a punto de desmayarse por dolor de estómago y la otra corriendo a un aeropuerto, es lógico que ambos necesiten unos días para procesar el nivel de caos que hemos normalizado entre los dos en tan poco tiempo.

El domingo por la noche, incapaz de dormir, repaso en el móvil la conversación con Asher desde el principio, buscando alguna pista que se me haya escapado sobre lo que de verdad piensa, deteniéndome en cada mensaje como si fuera un jeroglífico que necesita descifrado.

Espero que tu madre se haya instalado bien , escribió el viernes, a las nueve de la noche, una hora que no es ni demasiado tarde ni demasiado pronto, una hora neutral, calculada quizás, o quizás simplemente la hora en la que se acordó de escribir, sin ningún cálculo detrás.

Le contesté al cabo de veinte minutos que pasé fingiendo estar ocupada con otra cosa antes de permitirme responder, porque contestar al instante me parecía una confesión demasiado evidente de que no tenía absolutamente nada más importante que hacer que esperar su mensaje.

Desde entonces la conversación ha seguido ese mismo patrón: cordial, cariñosa incluso, pero sin ningún gesto claro hacia el futuro, sin ninguna mención a cuándo o cómo vamos a vernos de nuevo, como si los dos hubiéramos acordado tácitamente mantenernos en un terreno seguro, sin arriesgar nada, hasta que alguno de los dos reuniera el valor de complicarlo otra vez.

—Es que no sé si el silencio significa “necesito espacio” o “he decidido que esto es demasiado desastre hasta para mí” —le digo a Helen por teléfono, mientras reviso por décima vez la lista de la compra que se supone que tendría que estar comprando ya en vez de quedarme parada delante de la sección de salsas del supermercado, sin verlas realmente, con el teléfono pegado a la oreja.

—Diana, te escribió que quería intentarlo otra vez. Con esas palabras exactas. No inventes problemas nuevos cuando ya tuvisteis suficientes problemas reales la otra noche.

—Ya, pero eso fue hace tres días. Tres días es mucho tiempo en el mundo de los mensajes de texto. Y si de verdad quisiera repetir, encontraría un hueco. La gente encuentra huecos para las cosas que le importan.

—Estás pensando demasiado, deja de montarte películas. Los dos tenéis vida, todo el mundo tiene la agenda hecha un desastre. Cuelga y compra las servilletas de Navidad que me prometiste, tengo la casa llena de invitados el sábado y ni una sola servilleta decente.

Cuelgo, un poco más tranquila y un poco menos tranquila al mismo tiempo. Solo Helen consigue provocarme esa contradicción.

Empujo el carrito hacia el pasillo de decoración navideña, que en esta época del año el supermercado ha triplicado de tamaño a costa de la sección de electrodomésticos, ahora reducida a una esquina tristona entre las servilletas con renos y los turrones apilados en pirámides que parecen a punto de desmoronarse ante el más mínimo roce.

El supermercado está lleno hasta arriba, como cada tarde de estos días previos a la semana grande, con carritos chocando entre sí en los pasillos estrechos, niños tirando de las mangas de sus padres para pedir galletas con forma de estrella, y la megafonía repitiendo en bucle una selección de villancicos instrumentales que a estas alturas de diciembre ya forman parte del paisaje sonoro de mi vida.

Cojo un paquete de servilletas con renos —las más discretas que encuentro, porque Helen tiene un umbral de tolerancia a lo cursi sorprendentemente bajo para alguien que organiza una fiesta de jerséis feos cada año—, y sigo avanzando hacia la sección de congelados, donde tengo que comprar un par de cosas para mi madre, que sigue instalada en mi casa con la firme intención de “ayudar” con la cena de Nochebuena de una manera que hasta ahora ha consistido en reorganizar mi congelador tres veces sin avisarme.

Entonces, doblando la esquina del pasillo de congelados con el carrito medio lleno y la cabeza en otra parte, choco contra alguien.

—Perdón, no estaba mirando… —me disculpo, con la voz más dulce posible.

—No, ha sido culpa mía, iba mirando el teléfono como un idiota…

Los dos levantamos la vista al mismo tiempo y el reconocimiento nos golpea con la misma sincronización torpe con la que acabamos de chocar los carritos: es Asher, con un gorro de lana calado hasta las cejas, una bufanda distinta a la de la fiesta pero igual de mal colocada, y un carrito repleto de media docena de sopas de sobre y una caja de infusiones digestivas.

—¡Diana!

Nos miramos con la sorpresa y el alivio que solo se siente cuando el universo decide resolver por ti una indecisión que llevabas días posponiendo.

—¿Qué probabilidades había de encontrarnos? —pregunta él.

—Tú eres el que sabe de números, pero probablemente las mismas que las de dos personas que necesitan hacer la compra —respondo, sintiendo en el cuerpo la tensión acumulada de estos días de incertidumbre—. No es exactamente como ganar la lotería.

—Deja que disfrute del romanticismo del momento, Diana.

Él baja la vista hacia mi carrito y hacia el suyo, y suelta una risa casi involuntaria.

—Estás comprando servilletas con renos —observa.

—Estás comprando sopa de sobre y manzanilla digestiva. ¿Sigues recuperándote de la cena del otro día? Asher, empiezo a preocuparme de verdad por la resistencia de tu estómago.

—El médico dice que fue una gastroenteritis que ya llevaba incubando —me explica—, y que los nervios, el aceite de trufa y el osobuco aceleraron lo inevitable. Estoy mucho mejor, de verdad.

Nos quedamos en mitad del pasillo de congelados, con la megafonía del supermercado ofreciéndonos de fondo una versión instrumental particularmente entusiasta de algún villancico clásico.

—¿Tienes un minuto? —pregunta Asher, señalando vagamente hacia algún punto indefinido más allá de los congelados—. Hay una cafetería en la esquina del centro comercial. Podríamos hablar.

—Todavía tengo que comprar la mitad de la lista de mi madre.

—Puedo esperar. O acompañarte a terminar la compra y luego vamos. Lo que prefieras.

Decido lo segundo, porque hay algo entrañable en la idea de terminar una compra cualquiera acompañada, sin ninguna presión de cita formal encima.

Los siguientes veinte minutos los pasamos empujando nuestros respectivos carritos juntos por los pasillos del supermercado, discutiendo con una seriedad completamente desproporcionada sobre si el turrón de chocolate con almendras es superior al de chocolate crujiente —él defiende el crujiente con una vehemencia sospechosa, yo insisto en que el de almendras es el único turrón moralmente defendible—, y sin darnos cuenta, nuestras manos se tocan en varias ocasiones.

Es una tontería, un gesto sin ninguna importancia real, pero yo que soy tan romántica… considero que tiene algo especial.

En el pasillo de los adornos, deteniéndonos sin necesitarlo realmente, Asher coge una bola de cristal rosa chillón del expositor y la sostiene en alto, examinándola con el ceño fruncido de alguien evaluando una obra de arte dudosa.

—Esto es un crimen visual —opina—. ¿Quién decide que este rosa necesita existir en formato bola navideña?

—Es un rosa festivo. Tiene su público.

—¿Tú lo comprarías?

—Nunca en la vida, pero defiendo el derecho de otros a tener mal gusto en paz.

—Muy generoso por tu parte.

Deja la bola en su sitio con el mismo cuidado con el que la cogió, y seguimos avanzando, deteniéndonos cada pocos metros para comentar algo —un calendario de adviento con forma de casa que él insiste en que parece “más una amenaza que un regalo”, unas galletas de jengibre precocinadas que yo defiendo con una lealtad que probablemente no se merecen del todo—, hasta que llegamos a la caja y, sin que ninguno lo proponga en voz alta, pagamos por separado, cada uno lo suyo, aunque él insiste en cargar con dos de mis bolsas además de la suya propia, alegando que tiene “más capacidad estructural en los brazos”, una frase que me hace reír lo suficiente como para que la cajera nos mire con una sonrisa cómplice, del tipo que reconoce algo cuando lo ve, aunque las dos personas implicadas todavía no se atrevan a llamarlo por su nombre.

La cafetería de la esquina del centro comercial es pequeña, con las mesas apretadas y el vaho empañando los cristales.

Conseguimos la última mesa libre junto a la ventana, con las bolsas de la compra amontonadas a nuestros pies como testigos silenciosos de la última media hora.

Pedimos dos cafés. Él, tras dudarlo, decide arriesgarse con uno normal en vez de la infusión digestiva que lleva en la cesta, “hay que celebrar la recuperación con algo de cafeína”, dice.

—Bueno —digo, rompiendo el hielo—. Vamos a hablar de la otra noche, ¿no?

—Creo que hay que hacerlo, sí. Aunque no sé muy bien por dónde empezar sin sonar ridículo.

—Puedes empezar por donde quieras. Yo ya sonaba ridícula mientras salía corriendo del restaurante gritando, así que el listón para sonar ridículo está bastante bajo entre nosotros dos.

Asher se pasa una mano por el pelo, revolviéndoselo todavía más de lo que ya estaba.