El desastre con mantel de cuadros #4
Tiene razón, por supuesto, así que en cuanto encontramos un taxi y ayudamos al conductor a meter las maletas en el maletero, me siento en el asiento trasero junto a mi madre y escribo, con los dedos temblándome un poco por el frío y por los nervios acumulados de toda la noche: Asher, espero que estés mejor.
Siento muchísimo cómo ha terminado todo, de verdad que no quería que sonara a excusa, era mi madre de verdad, la tienes aquí a mi lado ahora mismo, algo enfadada conmigo por haberte dejado en tu peor momento, pero también encantada de que exista una cita de la que hablarme.
Prométeme que has llegado bien a casa. Y prométeme también que no piensas que hoy ha sido representativo de cómo soy yo normalmente en una cita.
Lo envío y me quedo mirando el teléfono con esa ansiedad específica de esperar respuesta después de un desastre, mientras mi madre, a mi lado, mira por la ventanilla las luces navideñas de la ciudad pasando borrosas, y dice, sin girarse hacia mí, con ese tono ligero que usa cuando en realidad está diciendo algo muy serio disfrazado de comentario casual:
—¿Sabes? Por cómo hablas de él, aunque solo lleves conociéndolo una semana, se te nota algo en la voz que no te había notado en mucho tiempo.
—Mamá…
—Solo digo lo que veo.
—Ha sido un desastre total. Él enfermo, yo huyendo, tú sola en un aeropuerto. No es exactamente el principio de un cuento de hadas.
—Los mejores cuentos nunca empiezan bien, cariño. Empiezan mal, y luego alguien decide quedarse a pesar de eso.
Apoyo la cabeza en su hombro, como hacía de pequeña en los trayectos largos en coche, y miramos juntas las luces de la ciudad pasar por la ventanilla.
Me aferro a la esperanza terca y ridícula de que, a pesar de todo, esto tampoco sea el final de la historia, solo un tropiezo más, uno de esos que hacen falta a veces para que dos personas decidan, después, si quieren de verdad intentarlo otra vez.
El mensaje de Asher llega casi una hora más tarde, cuando ya estoy en pijama, sentada en el borde de la cama de invitados improvisada que le he preparado a mi madre, ayudándola a decidir dónde colocar el regalo que trae para mi hermano.
Veo aparecer el mensaje en la pantalla: He llegado a casa, ya estoy mejor, tranquila.
Y para que conste, te creí desde el primer segundo.
Nadie que estuviera huyendo de mí habría tenido esa cara de pánico absoluto al ver el móvil.
Habría inventado algo mucho más elegante que “mi madre está sola en un aeropuerto”.
Deberíamos intentarlo otra vez, sin aceite de trufa ni osobuco.
Y quizás sin coincidir con vuelos internacionales.
Sonrío tan fuerte que mi madre, que sigue rebuscando en su maleta al otro lado de la habitación, levanta la vista y me pregunta:
—¿Buenas noticias?
—Buenas noticias —confirmo, sin poder borrarme la sonrisa de la cara, mientras fuera, a través de la ventana entreabierta, un chico con el estómago todavía revuelto por los nervios y la cena decide, a pesar de todo lo que ha salido mal esta noche, que quiere intentarlo otra vez conmigo.
A la mañana siguiente, Helen aparece en mi puerta antes de que haya terminado el primer café, con dos cruasanes en una bolsa de papel y una expresión que deja claro que ha estado esperando toda la noche para tener esta conversación en persona.
—Cuéntamelo todo —exige, sentándose en mi cocina sin quitarse siquiera el abrigo—. Nico me contó que recogió Asher del restaurante. Asher llegó a casa hecho polvo, y aun así no ha parado de sonreír al móvil desde entonces.
—¿En serio ha dicho eso?
—Palabra por palabra. Así que ahora mismo necesito la versión completa, con todos los detalles, empezando por qué llevabas puesto y terminando por qué demonios tu madre eligió precisamente esa noche para aterrizar.
Le cuento todo, con pelos y señales como me había prometido, incluyendo la parte en la que salí corriendo del restaurante convencida de estar arruinando cualquier posibilidad con él.
Helen escucha con los ojos como platos, alternando entre la risa y una expresión de auténtico horror compasivo, hasta que llego a la parte del mensaje que me envió después.
—Eso es una declaración de intenciones, Diana. Un chico normal, después de una noche así, se habría ido a casa pensando “menudo desastre, mejor lo dejamos aquí”. Este te ha escrito para asegurarse de que sabías que te creía.
—Puede ser casualidad o que sea educado.
—Nadie es tan educado con el estómago hecho polvo. Eso es interés de verdad, del que no se explica con cortesía.
Mi madre, que ha aparecido en la cocina en pijama con el pelo todavía revuelto de dormir, se sirve un café y se une a la conversación sin que nadie se lo pida, como es su costumbre, y entre las dos —Helen analizando cada palabra del mensaje como si fuera un texto sagrado, mi madre aportando la sabiduría acumulada de treinta años de matrimonio y algún que otro desastre romántico propio antes de conocer a mi padre—, terminan de convencerme de algo que, en el fondo, yo ya sospechaba desde que leí el mensaje la noche anterior: que a pesar del osobuco, del aeropuerto, de las llamadas perdidas y de la vergüenza acumulada suficiente para durar varios diciembres, esto, sea lo que sea esto, todavía no ha terminado.
Si acaso, empieza de verdad ahora, con las dos peores primeras impresiones posibles ya superadas y nada más que quedar por delante.