El desastre con mantel de cuadros #3
—Tienes que ir —dice, sin dudarlo, incorporándose un poco en la silla a pesar de la mueca de dolor que se le escapa con el movimiento—. Ahora mismo. Yo estoy bien, puedo volver solo a casa.
—No estás bien, Asher.
—Estoy mejor que tu madre sola en un aeropuerto a las nueve de la noche en diciembre, te lo aseguro.
Lo dice con humor, intentando aligerar el momento, pero el pánico que llevo encima no me deja apreciarlo del todo. Me levanto tan rápido que la silla araña el suelo con un ruido que hace que medio restaurante se gire hacia nosotros.
—No sé cómo explicarte esto sin que suene fatal —digo, ya rebuscando el abrigo, las llaves, todo a la vez, con las manos temblándome un poco—, pero tengo que irme.
De verdad que tengo que irme. Mi madre está sola, odia viajar sola en los taxis de aquí, le prometí que iría a buscarla…
Sé que esto suena a la excusa más inventada del mundo para salir corriendo de una cita, créeme que lo sé, lo estoy oyendo en mi propia cabeza mientras lo digo y suena fatal, pero te juro que es verdad.
Es completamente verdad, tengo una madre real en un aeropuerto real ahora mismo maldiciéndome en silencio.
Asher, a pesar del color ceniciento de su cara y de la mano que sigue apretada contra su estómago, se ríe.
—Diana, te creo. Nadie inventaría una excusa tan específica y tan mal explicada. Eso solo pasa cuando es verdad.
—¿En serio?
—En serio. Vete, tu madre te necesita más que yo ahora mismo.
—¿Estás seguro de que vas a estar bien? Puedo llamarte un taxi antes de irme, o pedirle a alguien que…
—Diana, vete. Es solo un dolor de estómago horrible que probablemente tenga que ver con lo nervioso que estaba antes de la cita y que decidí calmar comiendo demasiado aceite de trufa y osobuco. Vete a rescatar a tu madre. Ya hablaremos.
Dudo un segundo más, con el abrigo a medio poner y el corazón dividido entre dos direcciones completamente opuestas.
Me inclino y, sin pensarlo, doy un beso a Asher en la mejilla, torpe y apresurado, tan distinto del beso lento y cargado de significado que no llegamos a darnos en el balcón de Helen.
—Lo siento muchísimo —digo, ya de espaldas, caminando hacia la puerta—. Esto no es lo que quería que fuera nuestra primera cita de verdad.
—Yo tampoco planeaba pasar la noche compitiendo en palidez con un mantel —contesta él, alzando la voz para que le oiga mientras salgo—. Así que estamos empatados en desastres.
Salgo a la calle helada con el abrigo mal abrochado y el corazón latiéndome tan fuerte que casi me duele, y corro las dos manzanas hasta la parada de taxis más cercana con los tacones repicando contra la acera helada, resbalando una vez, agarrándome a una farola en el último segundo antes de acabar sentada en el suelo, mientras marco el número de mi madre una y otra vez sin que me conteste, mientras le escribo mensajes atropellados que no tienen ningún sentido gramatical, mientras me repito a mí misma, en bucle, que soy la peor hija del mundo, que cómo he podido olvidarme de algo así, que en qué momento exacto mi cabeza decidió que una cita con un chico que conozco desde hace apenas una semana era más importante que mi propia madre esperándome sola con las maletas en un aeropuerto frío a estas horas de la noche.
El taxi tarda una eternidad en aparecer, y cuando por fin subo y le doy la dirección del aeropuerto, el conductor, con esa sabiduría silenciosa de la gente que ha visto pasar mil crisis ajenas por el asiento trasero de su coche, no dice nada, solo pone la radio un poco más baja y acelera con discreción.
Me paso todo el trayecto mirando el teléfono, viendo cómo mis mensajes cambian de “enviado” a “entregado” sin llegar nunca a “leído”, lo cual, conociendo a mi madre, es peor señal que cualquier respuesta enfadada que pudiera haberme escrito.
Por la ventanilla van pasando las luces de la ciudad, escaparates decorados que a cualquier otra noche me habrían hecho sonreír sin remedio y que esta noche apenas registro, demasiado ocupada repasando mentalmente cada mensaje que le envié a mi madre esta semana, buscando el momento exacto en el que debería haberme dado cuenta del error, sin encontrarlo, porque la verdad es que no hubo ningún momento así, solo dos conversaciones distintas ocurriendo casi a la vez, cada una absorbiendo toda mi atención por separado, sin que ninguna se cruzara con la otra hasta que ya era demasiado tarde.
Pienso también, sin poder evitarlo, en Asher, solo en el restaurante, pagando una cuenta que no debería pagar solo, con el estómago revuelto y sin nadie que le pregunte si necesita ayuda para llegar a casa, y esa idea me pesa casi tanto como la de mi madre esperando sola con las maletas.
Cuando llego al aeropuerto, encuentro a mi madre sentada en un banco cerca de la cinta de equipajes, con dos maletas apiladas delante de ella y el abrigo todavía puesto a pesar del calor de la terminal, con esa expresión específica que solo pueden poner las madres, una mezcla calibrada de alivio y de reproche que no necesita ni una sola palabra para comunicarse.
—Mamá, lo siento muchísimo, se me fue completamente de la cabeza, no tengo ninguna excusa que valga…
—Diana. —Se levanta, me abraza, y noto que el abrazo es más apretado de lo habitual, lo cual significa que el alivio le está ganando la partida al reproche, al menos por ahora—.
Estoy bien. Me he tomado un café horrible y he visto pasar a suficiente gente rara como para tener material de conversación para una semana entera.
—Aun así, no debería haber pasado.
—¿Dónde estabas? —pregunta, apartándose un poco para mirarme. En su expresión, veo cómo se activa el radar materno, ese que detecta al instante cuando algo no cuadra—. Vienes muy arreglada para un jueves cualquiera.
—Tenía una cita.
A mi madre se le ilumina la cara con tanta rapidez y tanto entusiasmo que casi me hace olvidar la culpa que llevo acumulada desde que salí del restaurante.
—¿Una cita? ¿Con quién? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no me habías contado nada?
—Mamá, ahora mismo no es el mejor momento para el interrogatorio completo.
—Siempre es buen momento para el interrogatorio completo. Soy tu madre, tengo derechos adquiridos.
Cojo una de las maletas, más pesada de lo que su tamaño sugiere, cosa que no me sorprende en absoluto tratándose de mi madre, y empezamos a caminar hacia la salida.
Mientras caminamos le cuento, en versión resumida y editada para evitar más preguntas de las que puedo gestionar en un pasillo de aeropuerto, la existencia de Asher, la fiesta de Helen y la cita de esta noche que ha terminado de la manera menos romántica posible.
—Espera, espera —me interrumpe, deteniéndose en mitad del pasillo—. ¿Le has dejado tirado en el restaurante, enfermo, para venir a buscarme?
—No lo dejé tirado exactamente. Le pregunté como quince veces si estaba bien.
—Diana.
—¿Qué?
—Ese chico va a pensar que le has abandonado en su peor momento por una excusa rarísima.
—No es una excusa rarísima, mamá. Eres tú literalmente, de carne y hueso, con maletas y todo.
—Ya, pero él no lo sabe todavía con certeza, ¿verdad? Solo tiene tu palabra, dicha a toda prisa, mientras salías corriendo de un restaurante.
—Mamá, por favor, no me hagas sentir peor de lo que ya me siento.
—No es mi intención hacerte sentir peor, cariño. Es mi intención hacerte pensar. Hay una diferencia, aunque a veces suenen parecidas.
Seguimos caminando hacia la parada de taxis, arrastrando las maletas entre la multitud de gente que llega y se va, y ella me mira de reojo, con esa expresión que ya conozco de toda la vida, la de estar a punto de contar algo que, en teoría, es sobre otra persona pero que, en realidad, es sobre mí.
—¿Sabes que a tu padre lo conocí en una situación parecida? —dice, después de un silencio breve—. Bueno, no exactamente parecida, pero con el mismo tipo de desastre de por medio.
—Nunca me has contado esa historia.
—Porque nunca ha venido a cuento hasta ahora.
Fue en una boda de un primo lejano, y yo llevaba un vestido que se me rompió por detrás a mitad de la cena.
Él, que era el único que se dio cuenta antes de que fuera demasiado obvio para el resto de invitados, me prestó su chaqueta y me acompañó fuera para que pudiera arreglarlo con imperdibles que sacó, no sé de dónde, de un bolsillo.
Pasamos el resto de la boda fuera, sentados en un jardín, hablando de todo menos del vestido roto.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo mío?
—Que los desastres a veces son solo la manera que tiene la vida de darte una excusa para conocer de verdad a alguien, sin la fachada perfecta que todos intentamos mantener en una primera cita.
Tu padre me vio con el vestido roto y con las mejillas coloradas de vergüenza, y decidió quedarse de todos modos.
Ese chico te ha visto huir de él en mitad de una cena por tu madre, y en vez de sentirse abandonado, según cuentas, se ha preocupado por ti.
Eso dice mucho, Diana. Mucho más de lo que habría dicho una cita perfecta sin ningún tropiezo.
Esa observación me golpea con una fuerza que no esperaba.
Por primera vez desde que salí corriendo del restaurante, me permito pensar de verdad en cómo debe de haber sonado todo aquello desde el punto de vista de Asher: una chica que conoce desde hace apenas una semana, que se levanta a mitad de la cena farfullando algo sobre un aeropuerto y una madre, justo cuando él estaba pasando, literalmente, por el peor momento físico de la noche.
Suena exactamente a lo que él dijo que no sonaba: a la excusa más torpe y menos creíble del mundo para huir de una situación incómoda.
—Voy a escribirle en cuanto lleguemos a casa —digo, más para mí misma que para mi madre, sacando el teléfono del bolso mientras seguimos caminando hacia la parada de taxis—. Necesito asegurarme de que entiende que era verdad, que no estaba huyendo de él.
—Deberías escribirle ya, no cuando lleguemos a casa. Un mensaje así no debería esperar ni un minuto más de lo necesario.