El desastre con mantel de cuadros #2
El corazón me da ese vuelco tan familiar ya, el mismo de la fiesta, y estiro la mano sobre la mesa sin pensarlo demasiado, dejándola cerca de la suya, no encima todavía, solo cerca, una invitación silenciosa. Él la mira, y luego me mira a mí, y finalmente cubre mi mano con la suya.
—Gracias por contármelo —digo, con la voz más suave de lo que pretendía.
—Gracias por preguntar de una manera que no se sintiera como un interrogatorio. La mayoría de la gente pregunta por preguntar. Tú preguntas como si de verdad quisieras la respuesta porque te preocupas.
Llega el primer plato —él ha pedido unos raviolis de calabaza que huelen a mantequilla y salvia, yo una burrata que se derrama de manera fotogénica sobre el plato—, y la conversación fluye con facilidad: su trabajo, que sigue describiendo con el mismo desdén cariñoso; mi trabajo, que intento explicarle sin aburrirlo hasta la muerte; una discusión completamente absurda sobre si los perros entienden la Navidad o si simplemente reaccionan a que hay más gente en casa; anécdotas de la infancia que van y vienen entre risas.
Animados ya por la segunda copa de vino, Asher se inventa un juego sobre la marcha: cada uno tiene que confesar el peor regalo que ha recibido nunca, y el otro tiene que adivinar si la historia es completamente cierta o si hay algo exagerado escondido dentro.
—Empiezo yo —dice, apoyando los codos en la mesa con una energía competitiva que no le había visto todavía—. Mis catorce años. Mi tío me regaló un calendario de pared con fotos de gatos disfrazados de personajes históricos. Napoleón gato. Cleopatra gata. Todo el calendario.
—Eso me parece un regalo maravilloso, no un mal regalo.
—El problema no era el calendario en sí.
El problema es que mi tío llevaba tres años sin hablarse con mi padre y decidió que ese era el momento perfecto para intentar reconciliarse, en mi cumpleaños, delante de toda la familia, usando el calendario de los gatos como excusa para iniciar la conversación.
Pasé mis catorce años viendo a dos adultos llorar sobre Napoleón gato.
Me río tan fuerte que un par de mesas cercanas se giran a mirarnos, y él sonríe, orgulloso del efecto, con esa mirada satisfecha de quien sabe exactamente cómo contar una historia para sacarle el máximo partido cómico incluso cuando el fondo tiene algo de agridulce.
—¿Y bien? ¿Verdad o exagerado? —me pregunta.
—Verdad. Nadie inventaría lo de Napoleón gato, es demasiado específico.
—Correcto. Te toca.
Pienso un momento, dándole vueltas a la copa de vino entre los dedos, y al final elijo una historia de cuando tenía diez años y mi abuela, convencida de que yo necesitaba “afición por las manualidades”, me regaló un kit completo para hacer velas artesanales que terminó incendiando parcialmente la cortina de mi habitación.
—Verdad, sin duda —contesta Asher sin dudarlo—, aunque me cuesta imaginarte a ti, la reina de la Navidad perfecta, provocando un incendio doméstico.
—Fue pequeño, controlado. Mi madre lo cuenta como una anécdota divertida ahora, aunque en su momento gritó bastante.
—¿Sigues teniendo afición por las manualidades?
—Ninguna. El fuego me curó completamente.
Seguimos así un rato, turnándonos historias cada vez más absurdas —un jersey tejido a mano por una tía con tan mala vista que el cuello quedó del tamaño de una cabeza mucho más pequeña que la mía, un perfume que él jura que olía a gasolina con toque de canela—, y sin que ninguno de los dos lo planee, nuestros pies se rozan bajo la mesa, un contacto pequeño que ninguno retira, y que se queda ahí, discreto y cálido, durante el resto de la cena, como una conversación paralela que no necesita palabras.
—Creo que voy ganando —anuncia Asher, después de que yo le cuente lo del kit de velas—. Mis historias son objetivamente peores.
—Esto no es una competición de sufrimiento navideño, Asher.
—Todo es una competición si se plantea con suficiente compromiso.
Con la luz de la vela reflejada en sus ojos marrones y su pie todavía apoyado contra el mío bajo la mesa, pienso que podría quedarme aquí sentada durante horas, escuchando historias sobre gatos disfrazados de Napoleón y calendarios incómodos, sin necesitar absolutamente nada más.
Mientras discutimos sobre cuál es la peor película navideña jamás hecha —él defiende con una pasión sorprendente una comedia de acción con excesiva pirotecnia que asegura que técnicamente cuenta como película navideña porque transcurre en Nochebuena, yo insisto en que eso no cuenta y que está haciendo trampas con la definición—, noto que se lleva la mano al estómago, interrumpiendo su frase antes de retomarla como si nada.
—¿Estás bien? —le pregunto, aunque no le doy demasiada importancia todavía. Podría ser cualquier cosa, un tirón, una postura incómoda en la silla.
—Sí, sí. Perfectamente.
Asher continúa hablando, terminando su argumento sobre la película de acción navideña con la misma energía de antes, y yo dejo pasar el momento, concentrándome de nuevo en mi burrata.
El camarero retira los platos y trae los principales —él ha pedido un osobuco que llega humeante, yo unos tagliatelle con ragú que huelen a horas de cocción lenta— y seguimos hablando, aunque noto, sin querer prestarle demasiada atención, que Asher empieza a comer más despacio de lo que había comido los raviolis, que sus respuestas se vuelven un poco más cortas, que su sonrisa, aunque sigue ahí, tiene algo tenso detrás de la ligereza.
—Oye —le digo, esta vez sin dejarlo pasar—, ¿seguro que estás bien? Llevas un rato con cara rara.
—Es solo… —se detiene, se lleva la servilleta a la boca un segundo, y respira—. Puede que el osobuco no me esté sentando del todo bien. No es nada.
—¿Quieres que pidamos algo más ligero? Podemos cambiar de plan, ir a dar un paseo, lo que necesites.
—No, no, estoy bien. No quiero estropear la cita por un dolor de estómago tonto.
Insiste con tanta convicción, que decido creerle, aunque hay algo en su color de piel que no me termina de convencer. Está más pálido que hace diez minutos, un tono ceniciento que contrasta con el calor del restaurante y con las mejillas sonrosadas que tenía al llegar por el frío de la calle.
Sigo hablando, intentando distraerlo, contándole una anécdota sobre mi madre y su obsesión por decorar la casa con luces que cambian de color según la música, y él se ríe, aunque la risa le sale un poco más forzada que antes, como si necesitara toda su concentración en otra cosa que no es reírse de verdad.
—¿Quieres que pida la cuenta? —pregunto, después de verlo apretar la mandíbula durante una pausa incómoda en la conversación.
—No, no, estoy… —se detiene otra vez, y esta vez la pausa dura más, y veo cómo cierra los ojos un segundo, respirando por la nariz de una manera que reconozco, porque es exactamente así como respiro yo cuando intento no vomitar en un avión con turbulencias—.
Vale. Puede que sí que no esté completamente bien.
—Asher…
—Es solo el estómago. Seguro que se me pasa.
—Estás blanco como el mantel.
—Eso es un poco exagerado.
—No lo es. Literalmente estás compitiendo en palidez con la servilleta.
El esfuerzo por el que le cuesta sonreír me confirma que la situación es peor de lo que quiere admitir.
Se lleva la mano al estómago otra vez, sin disimularlo, y respira hondo, con los ojos cerrados.
Me asusto de verdad, ese tipo de miedo tonto y desproporcionado que aparece cuando ves a alguien que apenas conoces sufrir de una manera que no sabes cómo arreglar.
—Vale, se acabó —reacciono tras lo que estoy presenciando—, pido la cuenta.
—Diana, en serio, no…
—No estoy preguntando, Asher. Tienes la cara del color de este mantel y estás sudando a pesar de que aquí no hace tanto calor. Vamos a llevarte a casa, o a un médico, o a donde tenga que ser, pero no te voy a dejar aquí sentado fingiendo que esto es un simple tirón de estómago.
—Eres bastante mandona cuando quieres.
—Cuando alguien está sufriendo delante de mí, sí. Es una de mis peores virtudes.
Levanto la mano para llamar al camarero.
En ese preciso instante, con la peor sincronización posible del universo entero, mi teléfono empieza a vibrar sobre la mesa, insistente, una llamada tras otra.
Bajo la vista esperando ver el nombre de Helen o de algún grupo de trabajo, y en su lugar veo tres llamadas perdidas de mi madre y un mensaje que se ha ido acumulando en la pantalla de bloqueo con una urgencia que me hiela la sangre mucho más rápido que cualquier frío de diciembre: Cariño, llevo aquí más de una hora, ¿dónde estás? Empiezo a preocuparme.
El mundo se detiene. Literalmente siento cómo el aire del restaurante, cálido y lleno de olor a mantequilla y salvia, se me queda atascado en la garganta mientras el jueves se parte en dos delante de mis ojos: el jueves en el que le dije que sí a Asher para una cita, y el jueves en el que le dije que sí a mi madre para recogerla del aeropuerto a las 19:40, la misma palabra escrita en dos conversaciones distintas con poco tiempo de diferencia, sin que ninguna alarma sonara en mi cabeza en su momento. El reloj marca las 20:52...
Estaba tan centrada pensando en la cita con Asher y en la elección del vestido, que la respuesta a mi madre fue automática, sin reparar en que ya tenía planes.
—Ay, no —digo en voz alta, con una mano tapándome la boca.
—¿Qué pasa? —pregunta Asher, todavía pálido y con una mano en el estómago.
—Mi madre. ¡Mi madre llega hoy! Llegaba hoy. A las siete y cuarenta. Le dije que la recogería en el aeropuerto. Me olvidé por completo, como si esa conversación jamás hubiera existido, y ahora lleva ahí más de una hora sola con las maletas esperándome.
Lo digo todo de un tirón, sin respirar apenas, con la voz subiendo de volumen al final hasta que un par de mesas cercanas nos miran con curiosidad. Asher, a pesar de estar claramente sufriendo, hace un esfuerzo visible por concentrarse en lo que le estoy diciendo en vez de en su propio malestar.