Doce citas para no enamorarnos en Navidad El desastre con mantel de cuadros
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El desastre con mantel de cuadros

Llevo dos días viviendo en un estado de nerviosismo tan absurdo que en algún momento Helen, con la paciencia de una santa, ha dejado de contestarme los audios de WhatsApp con palabras y ha empezado a responder solo con emojis de ojos en blanco.

¿Le escribo yo o espero a que escriba él?

, pregunté a Helen el domingo por la mañana, doce horas después de la fiesta, con la vista clavada en la conversación con Asher, donde el último mensaje llevaba ya desde la noche anterior sin respuesta.

Entonces, dos horas después, mientras fingía ante mí misma que estaba concentrada viendo una película en el sofá, llegó el mensaje de Asher:   ¿Qué tal si te recupero del trauma del ponche este jueves?

Conozco un sitio que promete ser mejor, aunque no prometo nada porque mis promesas navideñas tienen un historial cuestionable.

Lo leí catorce veces.

No exagero, las conté, sentada en el sofá con el mando a medio camino entre la mesa y mi mano, congelada en ese gesto ridículo de felicidad silenciosa que solo permito cuando estoy completamente sola.

Contesté que sí, obviamente, aunque tardé casi veinte minutos en decidir el tono exacto del “sí” —ni muy entusiasta, ni muy calculado, el punto justo entre “me hace ilusión” y “tengo vida propia más allá de este mensaje”.

Desde entonces, hemos estado escribiéndonos todos los días, pequeñas cosas sin importancia que, de alguna manera, se han convertido en lo más importante de mi jornada: una foto suya del café espantoso de la máquina de su oficina, un meme mío sobre gente que decora la casa demasiado pronto, una discusión entera de cuarenta mensajes sobre si el turrón es o no es, técnicamente, un dulce aceptable fuera de las fechas navideñas.

Él dice que no, yo digo que cualquier cosa que sepa bien es aceptable en cualquier fecha.

El miércoles por la noche, la víspera de la cita, Helen se presenta en mi casa sin avisar, con dos bolsas de patatas fritas y la firme determinación de ayudarme a decidir qué ponerme, a pesar de que la cita es al día siguiente y todavía me quedan veinticuatro horas de margen para tomar esa decisión con calma.

—Nadie toma nada con calma cuando hay un hombre de por medio con esa sonrisa —dice ella, hojeando mi armario con el ojo clínico de quien lleva media vida ejerciendo de asesora de imagen no solicitada—. Además, quiero ver cómo reaccionas cuando te pregunte algo importante.

—¿Qué algo importante?

—¿Vas a besarlo mañana?

Me atraganto con nada, literalmente con aire, y ella se ríe tan fuerte que tiene que taparse la boca con un cojín para no despertar a los vecinos.

—No lo sé, Helen. No tengo un plan de besos preestablecido para mañana.

—Deberías tenerlo. Yo siempre tengo un plan de besos preestablecido.

—Eso explica muchas cosas de tu vida amorosa.

—Explica que tenga vida amorosa, que es más de lo que puedo decir de la tuya en los últimos ocho meses.

No puedo rebatirle eso. Le tiro un cojín a la cara, que ella esquiva con una agilidad sorprendente para alguien que lleva ya media bolsa de patatas fritas consumida, y seguimos así, hablando de todo y de nada, de Asher y de lo que Nico le ha contado a Helen sobre él en el trabajo —que es bueno en su puesto pero que se queda hasta tarde más de lo necesario, como si no tuviera muchas ganas de volver a un piso vacío—, hasta bien pasada la medianoche, cuando por fin se va a su casa, dejándome con el armario todavía abierto de par en par y una idea mucho más clara de lo que quiero llevar mañana, aunque ninguna idea en absoluto de si voy a besarlo o no.

Así que aquí estoy, de pie frente al armario abierto de par en par, con tres vestidos distintos tirados sobre la cama y una sensación en el estómago que no sé si es entusiasmo o directamente pánico controlado, intentando decidir si el vestido rojo dice “he pensado en esto con cuidado” de una manera atractiva o de una manera que grita “he decidido llevar puesta la Navidad entera encima”.

Mi teléfono vibra sobre la cómoda y esta vez es mi madre: Cariño, confirmado: llego el jueves a las 19:40. Ya sabes que odio ir sola en los taxis en esta ciudad, ¿me recoges tú o le digo a tu hermano que se acerque?

La leo mientras me pruebo el vestido rojo delante del espejo, girándome un poco para ver cómo cae por detrás, y respondo sin pensarlo demasiado, con esa media atención que dedicamos a las cosas que creemos que tenemos controladas: Claro que te recojo yo, mamá. No te preocupes.

Ha llegado el día de la cita. Al final, he elegido el vestido verde oscuro, el que Helen bautizó hace un año como “mi vestido de villancico sexy”, una descripción que, en su momento, me pareció absurda y que ahora, mirándome al espejo con el pelo recogido en ondas sueltas y un toque de brillo dorado en los párpados, entiendo perfectamente.

Me pongo los pendientes de mi abuela, los pequeños con forma de estrella, porque una parte supersticiosa de mí cree que traen suerte en las ocasiones importantes, y salgo de casa con quince minutos de margen que se convierten en cinco en cuanto el autobús decide, por pura maldad navideña, tardar el doble de lo habitual.

La Trattoria Lucciola está en una calle pequeña del centro, con el nombre pintado a mano sobre la puerta y un ventanal lleno de vaho por dentro que deja adivinar, más que ver, las mesas con mantel de cuadros rojos y blancos y velas encendidas metidas en botellas de vino vacías.

Es exactamente el tipo de sitio que yo habría elegido, íntimo sin ser pretencioso, y me pregunto, mientras cruzo la calle esquivando un charco helado, si Asher lo eligió pensando en eso o si simplemente le gustó el olor a pan cuando pasó por delante un día cualquiera.

Las dos opciones me parecen igual de entrañables.

Lo veo antes de que él me vea a mí, de pie junto a la puerta, con un abrigo oscuro y una bufanda que no lleva puesta del todo bien, torcida hacia un lado de una manera que resulta adorable, revisando el teléfono con esa expresión de concentración fingida que la gente pone cuando está nerviosa y necesita hacer algo con las manos y los ojos mientras espera.

—Llegas tarde —dice Asher en cuanto me ve, aunque la sonrisa que lo acompaña deja claro que no le importa lo más mínimo.

—Llego con estilo, es distinto.

Nos quedamos quietos en la puerta, sin decidir si nos saludamos con un abrazo o con dos besos.

Ahser resuelve el dilema inclinándose y dándome un beso rápido en la mejilla.

Huelo su colonia, y deseo que también me abrace para que el olor quede impregnado en mi ropa.

Hago lo mismo y nuestras mejillas se rozan más tiempo del necesario para un saludo cordial.

—¿Entramos? —pregunta él, con la voz un poco más ronca de lo normal—. Aquí fuera hace un frío que ni el mejor de los jerséis navideños podría arreglar.

Dentro, el calor nos envuelve de golpe. El camarero nos acompaña a una mesa junto a la ventana, lo bastante cerca del resto del comedor para sentirnos parte de algo, lo bastante apartada para que se sienta privada.

Asher me aparta la silla antes de sentarse él, un gesto pequeño y anticuado que no sé si es genuino o si lo ha ensayado mentalmente durante todo el trayecto hasta aquí, y decido, sin necesidad de preguntárselo, que prefiero no saberlo, que prefiero simplemente disfrutar del gesto sin analizarlo hasta la muerte.

—Bueno —dice Asher una vez sentados, con las manos alrededor de la carta que todavía no ha abierto—. Esto es oficialmente una cita de verdad. Sin fiesta de por medio, sin Nico interrumpiendo, sin jerséis con luces parpadeantes.

—Llevo pendientes con forma de estrella, así que sigue habiendo un pequeño componente navideño en mi vestuario.

—Voy a permitírtelo, parece que es innegociable en ti.

—Es parte del encanto.

—No lo dudo.

Pedimos vino y él insiste en que probemos el pan con aceite de trufa que recomienda el camarero.

A Asher se le nota nervioso. No de la manera sarcástica y controlada de la fiesta, sino de una manera más visible en los pequeños gestos —cómo dobla y desdobla la servilleta sobre su regazo, cómo pide disculpas de más cuando el camarero tarda en traer el vino como si fuera responsabilidad suya, cómo se ríe un poco demasiado fuerte de un chiste mío que en realidad no era tan bueno—, y descubro que ese nerviosismo, lejos de resultarme incómodo, me parece la cosa más tierna que le he visto hacer hasta ahora.

El chico del jersey cínico, el que hace bromas sobre el amor navideño como si fuera un concepto de marketing, está nervioso por impresionarme, y eso, de alguna manera absurda, me hace confiar en él un poco más de lo que confiaba antes de sentarme a esta mesa.

—Cuéntame algo de tu familia —le pido, mientras mojamos el pan en el aceite de trufa que, hay que decirlo, está francamente bueno—. En la fiesta dijiste que no tenías mucha gente cerca estas fechas. ¿Es una elección o una circunstancia?

Se toma su tiempo antes de responder, girando la copa de vino entre los dedos.

—Circunstancia, sobre todo. Mis padres se separaron cuando yo tenía catorce años, justo antes de Navidad, lo cual, si lo piensas, es un timing bastante cruel por parte del universo.

Desde entonces, las navidades siempre han sido una especie de negociación diplomática: medio día aquí, medio día allá, intentando que nadie se sintiera abandonado y acabando, casi siempre, sintiéndome yo un poco abandonado en medio de los dos…

Este año decidí, por primera vez, no jugar a ese juego.

Me quedo aquí, con mi trabajo nuevo y mi piso vacío y mi absoluta falta de espíritu navideño.

La verdad es que pensaba que iba a ser el peor diciembre de mi vida.

—¿Y ahora?

Levanta la vista, con esa media sonrisa que ya empiezo a reconocer como suya, la que usa cuando está a punto de decir algo que le da un poco de vergüenza admitir.

—Ahora no estoy tan seguro.