Doce citas para no enamorarnos en Navidad La fiesta de jerséis #4
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La fiesta de jerséis #4

—¿Puedo pedirte tu número? —me pregunta sin rodeos, como si hubiera decidido que ya había hecho suficiente esgrima verbal por una noche y quisiera, por una vez, decir exactamente lo que quiere—.

Me gustaría, no sé, invitarte a algo. Una cita de verdad, quiero decir.

Sin jerséis ridículos ni Nico interrumpiendo en el momento menos oportuno.

El corazón me da otro de esos vuelcos escandalosos y tengo que resistir el impulso de sonreír de una manera desproporcionada para la situación.

—Me parece razonable —digo, intentando sonar mucho más tranquila de lo que estoy por dentro—. Aunque te advierto que voy a esperar que superes el nivel de esta noche. Has puesto el listón bastante alto sin querer.

—No tenía ni idea de que estaba compitiendo por ningún listón. —Todo el mundo compite por el listón, Asher, solo que algunos no lo sabemos hasta que alguien nos hace reír más de lo previsto en un balcón helado.

Nos intercambiamos los teléfonos, y mientras tecleo mi número en el suyo —con un pequeño emoji de árbol de Navidad al lado de mi nombre—, siento la mirada de Helen clavada en mí desde el otro lado del salón, con una expresión que dice claramente que mañana va a exigir un relato detallado de todo, cronológico y con análisis emocional incluido.

—Buenas noches, Diana —se despide Asher, ya en la puerta, con el abrigo puesto y el gorro de vuelta en la cabeza, tapándole el pelo revuelto—. Ha sido... —se detiene, busca la palabra un segundo— inesperadamente bueno.

—Buenas noches, Asher. Y para que conste, yo ya sabía que iba a ser bueno. Simplemente tenía fe.

Ahser pone los ojos en blanco, pero sonríe al hacerlo, y sale al rellano con las manos en los bolsillos. Me quedo en la puerta, viéndolo bajar las escaleras, hasta que desaparece en el giro del primer piso.

Cuando vuelvo dentro, Helen ya está ahí, con los brazos cruzados y una ceja levantada tan alto que prácticamente le desaparece en el nacimiento del pelo.

—No digas nada —le advierto.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy fuerte.

Me dejo caer en el sofá, agotada de esa manera feliz y ligera que solo te deja una buena fiesta, con el jersey de los renos todavía puesto y las lucecitas del cuello parpadeando despacio.

—Vamos a tener una cita —le hago saber. Decirlo en voz alta lo hace real de una manera que me sube un cosquilleo por el estómago—. Él me lo ha pedido.

—¡Lo sabía! —exclama Helen, dando un salto de emoción—. Lo sabía desde el momento en que Nico os interrumpió en el balcón y volvisteis con esas caras.

—No teníamos ninguna cara.

—Teníais cara de gente a la que acaban de interrumpir justo antes de besarse.

No lo niego, porque no puedo, porque probablemente tiene razón.

En vez de discutírselo, me limito a hundirme un poco más en el sofá, con una sonrisa que no consigo borrarme de la cara aunque lo intento, mientras fuera, a través de la ventana del salón de Helen, empieza a caer una nieve fina y tardía, la primera de la temporada, justo a tiempo, como si el cielo también hubiera decidido, esta noche, ponerse de mi parte.

Camino a casa más tarde, sola, con el frío mordiéndome las mejillas y los copos posándose en mi pelo sin llegar a cuajar en el suelo.

Saco el teléfono del bolsillo del abrigo más veces de las que estoy dispuesta a admitir, solo para comprobar si Asher me ha enviado un mensaje.

No lo ha hecho todavía. Está bien, es pronto.

Cuando por fin llego a mi portal, me quedo bajo la farola de la esquina, viendo cómo los copos cruzan el círculo de luz naranja antes de perderse otra vez en la oscuridad, y pienso en lo raro que es que una noche cualquiera de diciembre —una fiesta más, un jersey más, un ponche más que sabe siempre igual de mal—, pueda convertirse en la noche que recuerdas después, la que señalas en el calendario mental como el principio de algo, aunque todavía no sepas de qué.

Dentro de casa, mientras me quito las botas y cuelgo el abrigo verde botella en la percha de siempre, saco otra vez el teléfono, más por costumbre que por esperanza real, y esta vez sí hay algo: un mensaje de Asher, llegado hace apenas un minuto, mientras yo estaba distraída mirando la nieve: Ha sido la mejor fiesta de jerséis feos a la que he ido en mi vida.

Aunque, para ser justos, es la única fiesta de jerséis feos a la que he ido en mi vida. Buenas noches, Diana.

Me siento en el borde de la cama y leo el mensaje tres veces seguidas como si fuera a decir algo distinto la cuarta vez.

Después escribo y borro cuatro respuestas distintas hasta que encuentro el tono exacto que quiero, ese punto intermedio entre “me importa” y “no voy a parecer desesperada”, que es un equilibrio mucho más difícil de lo que cualquier persona no soltera estaría dispuesta a admitir: Me alegra ser tu primera vez en algo, aunque sea en algo tan absurdo como esto. Buenas noches, Asher.

Lo envío antes de poder arrepentirme, dejo el teléfono en la mesilla boca abajo y me tumbo en la cama mirando el techo, donde todavía tengo pegadas, desde hace años, unas estrellitas fosforescentes que ya casi no brillan pero que nunca me he decidido a quitar.

No tengo ni idea de cómo nos irá la cita. Solo deseo que llegue ya para ver a Asher y que, por fin, se produzca un milagro navideño.