La fiesta de jerséis #3
El corazón me da un vuelco tan escandaloso que estoy segura de que él lo puede oír desde donde está.
Miro sus labios sin querer, medio segundo, lo suficiente para que él lo note.
Justo cuando el mundo entero parece contener la respiración esperando a ver qué pasa, la puerta del balcón se abre de golpe y Nico asoma la cabeza con una sonrisa de idiota feliz.
—¡Ahí estáis! Helen dice que si no entráis ahora mismo a la foto de grupo os va a tachar de la lista de invitados del año que viene.
El momento se rompe como se rompe una bola de cristal contra el suelo: de golpe, en mil pedazos brillantes, y los dos damos un paso atrás casi al mismo tiempo, como si nos hubiéramos pillado haciendo algo prohibido, aunque no hemos hecho nada, técnicamente, más que mirarnos demasiado tiempo en un balcón helado.
—Ya vamos —dice Asher, y su voz suena un poco más ronca de lo normal.
Nico desaparece de nuevo dentro, sin sospechar en absoluto lo que acaba de interrumpir, silbando una versión especialmente desafinada de Jingle Bells .
Asher y yo nos quedamos un momento más en el balcón, ninguno de los dos con prisa por moverse.
—Deberíamos entrar —digo, sin ninguna convicción real.
—Deberíamos —contesta él, igual de convencido que yo. Es decir, nada.
Pero entramos porque hay límites razonables incluso para dos personas que acaban de descubrir que tienen una tensión eléctrica considerable entre ellas en un balcón con un ciprés diminuto de testigo.
La foto de grupo es un caos: veinte personas con jerséis horribles apretujadas en el salón de Helen, alguien grita “decid Feliz Navidad” y la mitad dice eso y la otra mitad dice cosas sin sentido, y cuando reviso la foto después en el teléfono de Helen, noto que estoy justo al lado de Asher, nuestros brazos rozándose, los dos con una sonrisa que no es exactamente la sonrisa de foto de grupo estándar.
La fiesta continúa un rato más —más baile, más ponche que ya nadie finge que no lleva alcohol, una ronda espontánea de villancicos cantados fatal pero con muchísimo entusiasmo—, y Asher y yo nos separamos y nos reencontramos varias veces a lo largo de la noche, como dos planetas en órbitas que insisten en cruzarse.
Cada vez que volvemos a coincidir hay una sonrisa cómplice, una broma nueva, un comentario que solo tiene sentido para nosotros dos porque hace referencia a algo que dijimos antes.
En algún momento, alguien —sospecho de Helen, aunque lo negará hasta la muerte—, decide que ya es hora de bajarle el ritmo a la playlist, y la música pasa del reguetón navideño a algo más lento.
Un par de parejas empiezan a moverse despacio en el centro del salón, entre risas y comentarios de “esto parece una peli mala”, y Helen, con esa capacidad suya de aparecer exactamente en el peor —o mejor— momento posible, me agarra del brazo y me empuja literalmente hacia donde está Asher, apoyado en el marco de la puerta de la cocina con un vaso vacío en la mano.
—Diana necesita pareja de baile —anuncia Helen, con el tono de quien está resolviendo un problema urgente de logística mundial.
Antes de que pueda protestar, Helen ya ha desaparecido entre la gente, dejándome plantada delante de Asher con la cara ardiendo.
—No tienes que hacerlo —le digo, dándole una salida que en el fondo espero que no use—. Helen tiene un concepto muy flexible de lo que es una emergencia.
—¿Y si quiero hacerlo?
—Tendrás que aceptar las consecuencias de bailar con alguien que pisa los pies.
—Estoy dispuesto a asumir ese riesgo.
Asher deja el vaso vacío en la encimera más cercana, me tiende la mano y yo la acepto, sería absurdo no hacerlo después de toda la noche que llevamos construyendo hacia este momento.
Bailamos mal, los dos, con esa torpeza específica de la gente que no ha bailado agarrada desde una boda de hace tres años y que ha bebido ponche suficiente como para haber perdido buena parte de la coordinación.
La mano de Asher se posa en mi cintura con una cautela casi cómica al principio, como si estuviera esperando que le dijera que se había pasado de la raya, y la mía sube a su hombro con la misma indecisión, hasta que en algún momento los dos dejamos de pensar tanto en dónde poner las manos y simplemente nos movemos, despacio.
—Para que conste —dice Asher, con la boca peligrosamente cerca de mi oído para que le oiga por encima de la música—, esto no cuenta como que me guste la Navidad. Es autodefensa contra Helen.
—Por supuesto, es puramente estratégico.
—Exacto.
—Aunque noto que no has soltado mi cintura en los últimos dos minutos, lo cual parece una estrategia bastante elaborada solo para librarte de mi amiga.
—Vale, puede que haya algo más de motivación implicada.
—¿Solo puede?
—Sigo siendo generoso conmigo mismo. Es tarde y el ponche me ha bajado las defensas.
—El ponche debería llevar advertencia sanitaria.
—Debería llevar sirena y luces de emergencia.
Giramos despacio y por encima de su hombro veo fragmentos de la fiesta: Nico intentando enseñarle a alguien un paso de baile que claramente se está inventando sobre la marcha, la tía de Helen riéndose a carcajadas de algo con un vaso de ponche en cada mano, las luces del árbol de plástico parpadeando fuera de ritmo con la música...
Todo se siente exactamente como se supone que debe sentirse una fiesta de Navidad.
—¿Sabes qué es raro? —dice Asher, con la vista fija en algún punto por encima de mi cabeza—.
Llevo dos meses en la ciudad. No conocía a nadie de aquí antes de eso, salvo a Nico, y a Nico lo conozco del trabajo, que no es exactamente lo mismo que conocer a alguien de verdad.
Y esta es la primera noche desde que me mudé que no he mirado el reloj esperando a que fuera un momento razonable para irme.
Algo se me aprieta en el pecho al oír eso, una mezcla de ternura y de algo más afilado, más parecido a la posesividad, aunque no tengo ningún derecho todavía a sentir nada parecido a la posesividad sobre este hombre que conozco desde hace apenas un par de horas.
—Me alegro de que esta noche haya sido distinta —le digo.
—Yo también.
Su mano en mi cintura se cierra un poco más y yo me acerco un centímetro más de lo estrictamente necesario para bailar.
Pienso que esta vez sí va a pasar, que el beso que se quedó a medias en el balcón va a terminar de suceder aquí, en medio del salón de Helen, rodeados de gente con jerséis ridículos y villancicos de fondo.
Pero la canción termina, y otra más animada la sustituye. El hechizo se rompe otra vez porque el mundo real vuelve a entrar por la puerta que la música lenta había mantenido cerrada un rato.
Asher da un paso atrás, no muy convencido, y yo tampoco estoy muy convencida de querer que dé ese paso atrás, pero los dos sonreímos, un poco sin aliento, un poco avergonzados de lo cerca que hemos estado de algo que ninguno de los dos ha nombrado todavía.
—Voy a necesitar más ponche después de esto —comenta Asher.
—El ponche no va a arreglarte nada, pero te deseo suerte en el intento.
Asher se aleja hacia la cocina y yo me quedo en el centro del salón, recuperando el aliento, con Helen apareciendo de nuevo a mi lado, como si hubiera estado esperando entre bastidores todo este tiempo.
—No voy a decir nada —dice ella, con una sonrisa que sugiere exactamente lo contrario.
—Mejor.
—Vas a tener que contarme todo con pelos y señales.
—No hay nada que contar.
—Diana... Acabo de veros bailar durante tres canciones seguidas mirándoos como si el resto de la fiesta no existiera. Hay mucho que contar.
No se lo niego porque sería mentir. La abrazo, agradecida en silencio por haberme empujado hacia él al principio de todo esto, aunque jamás se lo vaya a decir con esas palabras exactas.
En los últimos momentos de la noche, cuando la gente empieza a despedirse en pequeños grupos y Helen reparte abrazos de borracha sentimental a todo el que se cruza en su camino, Asher se acerca a por su abrigo justo cuando yo estoy recogiendo el mío.
Estamos los dos solos junto a la puerta, en esa zona incómoda y dulce de las despedidas de fiesta donde nadie sabe muy bien cómo terminar la conversación.
—Bueno —dice él, enredándose la bufanda con más cuidado del necesario, como si estuviera ganando tiempo—. Esto ha sido... no era lo que esperaba de la fiesta.
—¿Es bueno o malo?
—Todavía lo estoy procesando.
—Muy diplomático.
Sonríe, y hay algo tímido en esa sonrisa que contrasta con la seguridad sarcástica del resto de la velada.