Doce citas para no enamorarnos en Navidad La fiesta de jerséis #2
6%

La fiesta de jerséis #2

—Vale. A ver qué tienes.

Y así, sin que ninguno de los dos lo planeara, empezamos a hablar.

De verdad a hablar, no la charla superficial de fiesta que se disuelve en cuanto aparece alguien más interesante.

Nico intenta arrastrarlo un par de veces hacia otros grupos y Asher se resiste con excusas cada vez menos convincentes.

Helen pasa por detrás de mí y me hace un gesto con las cejas tan exagerado que tengo que fingir un ataque de tos para que Asher no vea que me estoy riendo de mi mejor amiga y no de lo que él acaba de decir.

Descubro varias cosas en los siguientes veinte minutos: Asher se mudó a la ciudad por trabajo, algo relacionado con análisis de datos que él mismo describe como “aburrido de una manera que ni siquiera es interesante de explicar por qué es aburrido”; no tiene mucha familia cerca en estas fechas, cosa que dice con un tono demasiado casual, el tono de alguien que ha practicado sonar despreocupado sobre algo que en realidad le pesa; no le gusta especialmente la Navidad, no de una manera dramática tipo Ebenezer Scroogel, sino de una manera más cansada, más de “he visto suficientes diciembres decepcionantes como para no montarme expectativas”.

—¿Y tú? —me pregunta, cuando le he sonsacado ya suficiente información como para sentirme un poco culpable de no haber compartido nada mío—. ¿Cuál es tu trauma navideño? Porque todo el mundo tiene uno, aunque sea de los buenos, escondido en alguna parte.

—No tengo trauma navideño. Me encanta la Navidad sin ironía ni distancia de seguridad.

Me mira como si acabara de decir que creo en los unicornios.

—Eso es imposible.

—¿Por qué es imposible?

—Porque nadie llega a nuestra edad sin que la Navidad le haya decepcionado al menos una vez. Un regalo que no llegó, una familia que se peleó en la mesa, una persona que se suponía que iba a estar y no estuvo…

Hay algo en cómo dice esa última frase que suena demasiado específico para ser hipotético. Pero no lo empujo a que lo cuente, no todavía, apenas nos conocemos y hay una línea que se cruza cuando le preguntas a un extraño por su dolor en una fiesta con luces parpadeando.

—Tengo decepciones —admito—. Claro que las tengo, pero elijo no dejar que sean lo que define lo que siento por diciembre. Me parece un desperdicio. Es como decidir odiar el océano entero porque una vez te tragaste agua salada.

—Es una buena metáfora.

—Gracias, la tengo preparada para estas ocasiones.

—¿Cuántas veces la has usado?

—Esta es la primera, aunque sonaba tan segura de mí misma que parecía que la tenía preparada, ¿verdad?

Se ríe y algo en mi pecho hace un pequeño movimiento que decido ignorar de momento, achacarlo al ponche, al calor de la casa y a las tres galletas de jengibre que comí.

Helen anuncia, con un megáfono improvisado hecho con las manos, que va a empezar el intercambio de regalos absurdos, una tradición de la fiesta tan sagrada como el ponche malo: cada persona trae un regalo envuelto de menos de cinco euros, lo más ridículo posible, y se sortean por parejas.

Nico, con una sonrisa que no me gusta nada, es quien saca los papelitos de un gorro de Papá Noel.

Por supuesto, por absoluta casualidad que Nico jurará después no haber tenido nada que ver, me toca con Asher.

—Qué casualidad tan sospechosa —le digo a Nico, entrecerrando los ojos.

—El destino navideño, Diana. No te metas con el destino navideño.

Asher, a mi lado, se limita a encogerse de hombros con una expresión que dice claramente que él tampoco se cree ni por un segundo que sea casualidad, pero que tampoco piensa protestar.

—Bueno —me dice, mientras nos sentamos en el sofá con nuestros regalos respectivos sobre las rodillas—, ¿lista para el momento más incómodo de la noche?

—Nací lista para este momento.

Abro primero el mío. Es una vela con forma de pepino, con una etiqueta escrita a mano que dice “EL AROMA DE TUS PESADILLAS”. La huelo, con precaución, y efectivamente huele a pepino de una manera perturbadora y muy real.

—Esto es lo más inquietante que he olido en mi vida —anuncio, mostrándosela.

Asher la huele también, hace una mueca de auténtico horror, y dice:

—Esto no debería ser legal.

—Voy a quedármela para siempre. Se merece un lugar de honor en mi casa.

—Eso dice mucho de ti como persona.

—Lo tomo como un cumplido.

Le toca a él. Desenvuelve una caja pequeña que resulta contener un calcetín navideño en miniatura, del tamaño de un dedo, sin ninguna función aparente más allá de existir.

—¿Qué se supone que hago con esto? —pregunta él, observándolo entre risas.

—Ponértelo en el dedo meñique cuando haga frío.

—Diana, esto no calienta nada, es del tamaño de una gominola.

—Es el gesto lo que cuenta.

—El gesto de alguien regalando algo completamente inútil.

—Bienvenido al espíritu navideño real, Asher. No todo tiene que servir para algo. A veces las cosas solo tienen que existir y hacerte sonreír un segundo mientras te preguntas qué demonios estás mirando.

Pasamos el resto del intercambio de regalos riéndonos de los desastres ajenos —alguien recibe un imán de nevera con la cara de un gato disfrazado de Santa Claus que resulta ser el objeto más codiciado de toda la fiesta, y hay una negociación de intercambios tan intensa que Helen tiene que intervenir como mediadora oficial—, y en algún momento, sin que yo lo decida conscientemente, mi hombro termina apoyado muy cerca de de Asher en el sofá.

Ninguno de los dos se aparta. Noto el calor de su brazo a través de las dos capas de tela de nuestros jerséis ridículos como si fuera información relevante que mi cuerpo ha decidido procesar sin consultarme.

Más tarde, cuando la fiesta empieza a espesarse un poco —más gente, más volumen, alguien ha puesto una playlist de villancicos con ritmo de reguetón que es objetivamente un crimen y objetivamente también hace que todo el mundo baile—, Asher se inclina hacia mí y dice, casi al oído para que le oiga por encima de la música: —¿Te apetece que salgamos un momento?

Necesito recordar cómo suena el silencio.

—Eres la persona menos navideña que he conocido en mi vida y aun así quieres huir de la fiesta conmigo. Interesante elección.

—No estoy huyendo de la fiesta. Estoy huyendo del reguetón navideño, que es distinto.

—Me parece un argumento válido.

Salimos al pequeño balcón del piso de Helen, que apenas tiene espacio para dos personas y una maceta con un ciprés en miniatura decorado con lucecitas diminutas.

El frío nos golpea de inmediato, aunque se siente más íntimo, como si la ciudad entera se hubiera quedado en pausa solo para nosotros dos durante unos minutos.

Desde aquí se ven los tejados cercanos, algunas ventanas iluminadas con árboles de Navidad al fondo y, más allá, borroso, el brillo naranja de las farolas del centro.

—Mejor —dice Asher, apoyándose en la barandilla, con el vaho saliéndole de la boca al hablar.

—Mejor —confirmo, aunque no sé muy bien si me refiero al silencio o a estar aquí con él.

Durante un rato no decimos nada, simplemente miramos la ciudad.

Es un silencio cómodo, de esos que no necesitan que los llenes con palabras nerviosas, cosa que en mí es prácticamente un milagro porque yo, por lo general, tengo terror a los silencios y los relleno de cualquier cosa con tal de que no se hagan raros.

Este no se hace raro. Este se siente como el momento antes de que empiece a nevar, esa quietud extraña que tiene el aire justo antes.

—¿Puedo preguntarte algo? —dice Asher al fin, sin mirarme, con la vista todavía fija en los tejados.

—Depende de la pregunta.

—¿De verdad crees en todo esto? —Hace un gesto vago con la mano que abarca, supongo, la fiesta, las luces, el jersey ridículo que llevo, la Navidad entera como concepto—. ¿En el amor con mayúsculas, en que va a pasar algo mágico solo porque hay nieve y villancicos de fondo?

—No creo que la magia venga de la nieve o de los villancicos.

Creo que la Navidad nos da permiso para prestar atención a cosas que el resto del año ignoramos.

Todos estamos tan ocupados corriendo que se nos olvida mirar a la gente de verdad.

En diciembre, no sé por qué, nos permitimos bajar la velocidad un poco.

Y cuando bajas la velocidad, ves cosas que normalmente se te pasan.

—Eso ha sido convincente. ¿Y qué has visto tú esta noche, entonces? Ya que estamos bajando la velocidad.

La pregunta se queda suspendida entre los dos, en el aire frío, con el vaho de nuestras respiraciones casi tocándose.

—He visto a un hombre con el peor jersey de toda la fiesta que resulta ser mucho más gracioso de lo que su cara de amargado sugería al principio.

—Mi cara no es de amargado.

—Tu cara, cuando entraste, decía claramente “preferiría estar en cualquier otro sitio”.

—Eso era antes de conocerte.

Lo dice de forma casi automática, y en cuanto las palabras salen de su boca, parece sorprendido de haberlas dicho en voz alta.

De repente, soy más consciente de lo cerca que estamos, de cómo la barandilla del balcón nos ha ido empujando el uno hacia el otro sin que nos diéramos cuenta, de sus ojos que ya no parecen marrones ni negros, sino simplemente oscuros y fijos en mí de una manera que hace que se me olvide respirar con normalidad.

—Asher.

—¿Sí?

—Creo que si sigues mirándome así voy a tener que revisar oficialmente mi teoría sobre que no te gusta la Navidad.

Se ríe bajito y niega con la cabeza, pero no da un paso atrás. Al contrario, algo en su postura se inclina un poco más hacia mí, casi imperceptible, del tipo de movimiento que solo notas si estás prestando la misma atención desmedida que yo le estoy prestando en este momento.

—No es la Navidad lo que estoy revisando.